martes, 3 de julio de 2018

DEL RELATIVISMO A LA AMBIVALENCIA MORAL

Critiquilla a la razón pura (teoríca) y a la razón moral (práctica)

La secularización de la moral ha sido uno de los avances más valiosos que nos dejó la ilustración. El paso de la moral hetero-noma (la norma religiosa, la política de fuera.) hacía una ética propia, de dentro. El peligro del imperativo moral de Kant y de la ética autónoma es volverse relativista, al entender cada persona una razón moral diferente. Los de la manada igual no consideraban estar causando dolor. Un catedrático de ética puede ser una persona horrible, con lo cual el intelectualismo moral socrático de que "sí obras mal es por desconocer el bien" se desmonta. Kant invita a la ética subjetiva de cada uno, pero en el fondo invita a Su ética, se cree que todos van a actuar tan éticos como el, y por si acaso las éticas subjetivas subordinadas al utópico tribunal de la Razón Universal, que es el mayoritario buenismo que toque en esa época, como los EEUU a la ONU.

Una ambivalencia entre que lo moral no sea heterónomo sino interno-subjetivo, pero a la vez sea objetivo, que esa ética interna no se aleje mucho del "sentido común" de todos.  

No se puede ser a-moral, porque incluso lo in-moral para unos es otro tipo de moral para otros. Se puede considerar uno contra-moral, pero no al margen de la moral, fingiendo que no existe el otro y su problema ético. igual que no se puede ser apolítico si estamos metidos en la Polis. 

Reeducar al Padrino para que su empatía con el dolor del otro sea hacia todos y no solo a su hija. Desde el siglo XVII a nuestra época, la fría diosa razón pura se ha ido paulatinamente convirtiendo en la razón vital poética sintientemente inteligencia emocional de cada cual, la razón practica o moral se va sentimental-izando y subjetivizando. Con los románticos vuelven todas las corrientes irracionalistas, anteriores al logos. Y allí en lo subjetivo y sentimental de cada cual empezaría el problema moral del relativismo y la solución puesta en cierta ambivalencia moral.
 
Habría que definir que es la razón; la de estado, la de cada cual, la que la pasión no entiende...Y que consideramos intelectual Ego Yo, que Subconsciente Emocional Super-Yo con el otro, que inconsciente sensorial instintivo Id animal. 

¿En qué momento el Logos se ha engreído superior al Mito?¿Cuando sabemos que hemos mordido del árbol de la ciencia y ya existimos con conciencia si seguimos a la vez viviendo instintivamente? ¿Qué siquiatra es capaz de distinguir lo que era propio de la esquizofrenia de Panero y lo que son "momentos de lucidez"? Hoy en día no tendríamos encerrado a Nietzsche y quizá si a muchos catedráticos del positivismo de su época. Para Nietzsche todo nace en el estómago y en la nariz, como el decía. Le ambi-vale lo mismo la sistematización de la fenomenología de Hegel que un poema de Hölderlin. Incluso las leyes matemáticas son convenciones, 2+2 son 4 es innegable, pero porque alguien fantaseó y barruntó estos signos, estos significantes en el alfabeto sumerio. 

Incluso los significados los hemos puesto nosotros, no nace la naturaleza con un sentido ni con leyes naturales, son una interpretación humana, incluso en la especulación científica. y cuando nos muramos se muere todo sentido que le demos. Todo el mundo confunde el referentecon el significado, (Hasta tal punto nos han hecho creer los curas que nacemos con alma. Hasta tal punto nos han convencido los científicos de lo irrefutable de sus teorías e hipótesis), pero cuando se muera la naturaleza seguirá siendo solo el sentido que le den otros. Por eso no creo en los espíritus, almas y otros fantasmas, materias primeras o demiurgos. O creo en ellos mientras lo leo Sueño sabiendo que sueño, decía Nietzsche. Sé que son cuentos y que desaparecerán al dejar el libro. Igual que leo la biblia como la mayor colección de cuentos de género fantástico, como decía Borges. No doy una interpretación literal a la biblia, pero veo a los evangelistas como “la generación Kronen” de su época, aunque fuera una tradición literaria de siglos. En la propia biblia hay un paso del mito al logos, de un dios tiránico y belicoso a un dios amor, de una colección de mitos e historias truculentas hacía unos evangelios en los que un loco o un revolucionario comunista de estos “tomó conciencia”, y dijo; mi palabra es logos de Dios. Yo no puedo honestamente identificar mi pensamiento como ajeno a mí, como palabra de un dios exterior a mí. (Y eso que dicen que la esquizofrenia consiste en “oír voces”) No, yo ya no creo en estos cuentos de hadas. Solo tengo fe esperanza en el hombre. 

ya lo siento. (no llego a intelectual, soy emocional) 

Y aunque creyera en una causa primera, motor inmóvil, esto ¿me tranquilizaría, alcanzaría la ataraxia y el nirvana como aquel que abandonó el partido comunista un día de iluminación bajo el árbol de Buda?, ¿Le serenaría realmente a Bergman leer a Xubiri o seguiría no queriendo morirse como Unamuno? Quizá esa noche se tomaría el pastillazo de un maticillo de logos, pero al día siguiente seguiría igual. y el banquete de Sócrates solo acaba cuando se duermen borrachos. La dialéctica sin síntesis no tiene más sentido que ese ágape conversando entre amigos con unos pinchos. 

Quizá la diferencia clasificatoria sea; 
la literatura se contenta con la Verosimilitud, con un mito o ficción creíble.  
La filosofía implica un compromiso de honestidad con la Verdad.  
La ciencia además de la ocurrencia o la manzana-idea que le cae inspirada a Newton y sus teorías e hipótesis y especulaciones (fantasías) necesita de cierto Empirismo. 
Y la religión, aunque tenga una base intelectual filosófica (escolástica o deísta), acaba siendo cosa de Fe y Sentimiento.  

Pero todas esas verdades y sentidos siguen siendo fantasías humanas, solo que en las distintas épocas de la historia hemos subordinado unas a otras. La filosofía era esclava de la religión igual que ahora lo es de la tecnociencia. No veo tan clara la diferencia entre lo mitológico y lo lógico, la frontera entre lo racional e irracional Cada dia volvemos más al Mitos y nos aproximamos más al origen (presocrático). 

Pero es que, en ese origen, en ese paraíso, entre lobos para unos y entre corderos para otros, al principio no fue ni Dios (sentido significado logos verdad) ni el Verbo (todos estos significantes científicos, físicos, metafísicos religiosos, filosóficos, mitológicos, literarios) sino el Hombre encontrándose así mismo en un paraíso extraño. Con él y esos corderos alobados. El referente es lo único que tenemos, el niño tarda en hablar y dotar de significantes y tarda en crearse su universo simbólico, los arquetipos inconscientes no nacen por ciencia infusa, se van adquiriendo. 

Exagerando Nietzsche consideraba el cerebro una malformación corporal que nos ha hecho superiores en esta lucha antropológica para sobrevivir como especies. Hemos priorizado la esencia ideal sobre el cuerpo material existente, y el bigotudo de Basilea se preguntaba si el origen de toda creación está en un cuerpo enfermo y resentido (pues la razón o principio de realidad siempre reprime instintos de los dos caballos de placer y muerte, eros thanatos, si no son correctamente sublimados

Estaba hablando de su propio cuerpo material sifilítico de anticristo socrático apolíneo proyectándose en el ideal de super hombre dionisiaco que le hubiera gustado ser. Un fantasma, vamos. Nietzsche no estaba más allá del bien del mal, fue un pobre hombre que se iba con prostitutas porque no ligaba y dominado por la madre y la hermana. Yo veo más su muerte de dios como una denuncia y una constatación y a la vez una provocación contra su época, y en su inmoralidad me parece un hombre profundamente moral.  

Todo lo hemos establecido según ese pensamiento vertical; un cerebro que manda sobre lo demás, una jerarquía de arriba a abajo, un mundo de ideas arriba y lo demás, sombrío e infernal, abajo...Pero lo ambivalente es lo horizontal, como las plantas que sienten con todo el cuerpo. El misterio de una materia capaz de soñarse a sí misma y fantasear el mundo. Llamemos a su fantasía auto creadora como la llamemos. 

UNA SESION DE TERAPIA CONDUCISTA


“Le faltan habilidades sociales”, iba diciendo el padre a la siquiatra como si yo no estuviera presente. “Tiene que aprender a respetar a la autoridad por la autoridad”. ¿Y si la autoridad se equivoca? ¿Y nuestro derecho a decir “el emperador va desnudo”? “Aunque no tenga razón hay que respetarla”, respondió. ¿La profesora del Trabajo final de grado tenía derecho a humillarme y yo no podía responderla? Si el mundo es de lobos habrá que sacar la garra. La profesora se sentía evaluada, al sugerir que debería leerse el libro sobre el que hacía el trabajo para no estar hablando de la nada en las tutorías. Era un librito que se lee en un viaje en metro. Me hacía corregir una y once veces el mismo reportaje, pero al no saber el tema hablábamos del vacío y solo me sacaba errores ortográficos. A veces hablábamos de literatura de adulterio del siglo XIX, muy interesante, pero que no venía al caso. Le puse sobre la mesa los 30 ensayos que me había leído para hacer este trabajo. Ella se disculpaba con su sueldo, lo poco que la pagaban. Estaba muy ocupada con sus columnas en el Berria y sus intervenciones en radio. ¿Y a mí todo eso que me importaba? A mí no me pagaban por hacer este trabajo. A ella sí, y se quejaba. Las funcionarias sustitutas ven peligrar su puesto laboral y por eso se quería desvincular de un trabajo que la superaba intelectualmente, pues cuando me examinaran a mí en el tribunal también la examinarían a ella como tutora. Cuando me echó del despacho fingiendo un ataque de ansiedad me obligó a hacerlo solo. En el informe ponía que yo desde mi libertad había elegido hacerlo sólo. Prometió que abalaría el trabajo fuera lo que fuera, era mentira. Mandó un informe negativo al tribunal afirmando que era “arduo y frustrante” trabajar conmigo, aunque ella había hecho excepcionalmente su trabajo, y que todo lo que allí presentara era fruto de “mi insigne pluma” y no de su supervisión. Esto tenía que quedar claro, no por venganza hacía mí, sino por asegurarse la provisional plaza. Tenía yo que pagar la frustración de aquella neurótica lesbiana, que un día me llamaba joven promesa de las letras y al siguiente que sí me creía el nuevo Shakespeare. Los mismos prejuicios, buenos o malos, hacía mí, sin conocerme. Aguanté todas sus faltas de respeto y la tuve que pedir perdón dos veces, porque a ella lo que le parecía una falta de respeto era una falta de ortografía. Siempre, las malditas formas. Aquella profesora ¿Qué sabía si mientras escribía la grafía formalmente correcta la estaba odiando por dentro? O, si por el contrario la estaba amando en cada falta ortográfica. Al emperador no le importa si va desnudo o no, sólo quiere que no se lo digan.  

“Tienes que cuidar las formas” Pero las formas, las palabras, el lenguaje mismo, solo es un instrumento. Lo importante es el fondo. Me puede decir la siquiatra el diagnostico exacto con el mayor de los eufemismos y me hace daño, y en cambio alguien me puede llamar “loquito” cariñosamente y no me ofendo. No hay mayor insulto que un eufemismo, la forma que se usa para no ofender. El eufemismo hace que a un negro le prejuzguemos el color, vayamos al rincón de las palabras políticamente correctas y al final le llamemos “persona de color”.  Con sus amigos se llamarán “negratas” entre ellos. La gente se olvida del significante cuando el significado está lleno de amor, y fraternidad, aunque no haya respeto. Sólo nos fijamos en las formas cuando disimulamos. Uno siente que está respetando al rey cuando le reverencia una y otra vez. Cuando está haciendo el amor a su mujer no siente que la está respetando, simplemente la ama. Se olvida de la forma, sí la hace el amor suave o salvajemente, porque lo importante es lo de dentro. Hablamos de respeto generalmente cuando no hay amor ni fraternidad hacía ese jefe que nos está mandando, igual que nos quedamos en las formas cuando no hay ningún fondo detrás. La profesora se fija en mis faltas ortográficas porque no le importa el contenido del trabajo. Uno se empieza a fijar en cómo está escrita una novela cuando el fondo no le atrapa. Y así vivimos en un mundo de formas y apariencias, de mentiras y formalismos, sin esencia ni sentido, sin significados, sin verdad. Un cáncer es un cáncer, te lo comuniquen con el acordeón o con el txistu. Me es difícil fingir respeto, si no hay fraternidad. No hablo de que el profesor o el padre tenga que ser tu amigo sino de que, en mi caso al menos, siempre hay un sentimiento detrás. Para respetar a alguien debes sentir un mínimo de afecto. No puedo fingir que todo va bien y lo felices que somos sí por dentro estoy odiando a esa persona. Mi padre vive en la ficción de lo buen padre que es, porque me deja dos rodajas de lomo en la nevera vacía cuando marcha al apartamento en la costa a atender sus negocios. Nunca le importa que estoy escribiendo en mi ordenador, sólo que respete un horario, la autoridad y las normales sociales. Mientras cumpla el horario de acostarme a las 12 le da igual si me paso la noche llorando bajo la almohada. Se preocupan los padres si un hijo sale de fiesta, toda la noche desvelados sin dormir, pero en cuanto el chico se va de casa parece que la noche es menos peligrosa y duerme tranquilo. En el fondo lo que quieren egoístamente es no tener remordimientos de conciencia. Proyectan en su hijo su propio miedo como padres. La autoridad se resquebraja, porque no cree en ella misma, tiene dudas de fe, y está desnuda. Pero nadie puede decirle que su traje es invisible. Ni siquiera él mismo.  

“Hay que respetar a la autoridad, aunque se equivoque”. Si todos pensásemos así jamás se habría derrocado al rey de Francia. “Existen unas normas sociales que hay que respetar. Hasta la alcaldesa de Barakaldo está supeditada a normas” Pero las normas son convenciones creadas por alguien y cuando no te dejan participar de ellas te están marginando. Se tiende a criminalizar a la víctima. "Si está marginado es porque quiere, por no respetar las normas". Tú tienes tu libertad de decir las palabras sagradas del SI y el NO o, tu voluntad y tu noluntad. Pero la mayoría de nuestras acciones no son libres, sino determinadas por las circunstancias. Si te ponen contra la espada o la pared no hay elección posible. Si estás en una habitación dónde te están pegando tú eres libre de huir. ¡Menuda libertad! Si estás en un sistema debes participar de él, pero ¿y sí estás tomando un café tranquilamente en Marzana y te empiezan a poner un ruido estridente de rock? Tu libertad es huir, marginarte. Eso no es libertad. El capitalismo nos deja libres hasta que nos rebelamos, y el paternalista proteccionismo entonces se vuelve represor y opresor. A veces el problema está en la propia formulación de esa pregunta. Es una pregunta cerrada que se responde con Sí o NO, pero  la vida está llena de maticillos, no es una pregunta en la que sólo te dejan asentir o negarte. Entre la espada y la pared. Si toda mi vida he huído de los que me pegaban en el colegio es porque no había otra opción. Poner la otra mejilla no es una opción válida salvo para el masoca. . Tambien está la de enfrentarte, en la que siempre sales perdiendo. Y la otra, la más inteligente o la única que hay, es huir. Pero por mucho que te evadas siempre vuelves a aquel matón del patio de colegio al que no te enfrentase, ccomo proyeción, como trauma. Y tarde o temprano te enfrentas. Y pierdes, claro. Puedes estar ignorando la dura realidad toda la vida si quieres, pero tarde o temprano te matará.
Yo sabía lo que tenía que decir para salir de aquella consulta de psiquiatría, sin crear alarma en mi siquiatra. Pero no me daban los santos cojones de interpretar mi papel en aquel momento.  La libertad que nos dejan consiste en ir haciendo una serie de concesiones a la autoridad y al poder hasta que te dicen; jamás trabajarás en ningún medio periodístico mientras nosotros vivamos. O; te internamos en un psiquiátrico. O; te maltratamos toda la vida. 0; somos tan progres que no te suspendemos el trabajo, sino que te obligamos a repetirlo con el mismo tema y la misma profesora en el plazo de dos meses. O; tienes un ictus y te vas a morir en dos meses.

Todo esto se hace desde nuestra libertad. Y somos nosotros los únicos culpables de todo esto que nos pasa. Si te echan a la calle es tu libertad, o sí te desahucian, todo se hace en nombre de esa libertad. Quizá podría haber entregado un trabajo hecho en un mes, haber ido a una o dos tutorías y poner una bibliografía de dos libros. Así haría trabajar menos al tribunal y hubiera aprobado seguro. Pero había algo interno, una coherencia conmigo mismo, un imperativo que surgía de las tripas, que me había hecho ofrecerles un Trabajo fin de grado de dos años de trabajo (Se valora el producto final y no ese esfuerzo) Me tuve que trasladar a Madrid por capricho de la profesora ya había conseguido entrevistas de escritoras inaccesibles, niñas prodigio del momento. Y todo para nada. Mi trabajo era ímprobo, pero ímprobo no significa sólo “trabajoso” de leer sino “trabajado”. Era un consuelo. Creían ofenderme comparándome al nuevo periodismo, o diciendo “sólo te ha faltado presentarlo fumando como el loco de la Colina” Pero me estaban alabando. 

Mi padre me da la libertad de echarme de casa. Ni siquiera puedo disponer de las llaves del desván para que no lo llene de libros, pero él sí tendrá llaves de mi nueva casa. La casa que me están buscando estará entre la de mi padre y la de mi madre para seguir controlándome. No se fían de mí, igual que nadie daba un duro por mí, que podía acabar una carrera. Mi padre es un hombre importante, tiene muchos contactos en la empresa y por eso lo mejor que había podido conseguir era un sueldo de 100 e en una empresa de trabajo protegido. La mayoría de las decisiones que han tomado ellos, sin mi voluntad, han salido mal. (Enviarme al colegio de curas del barrio, lo que más cerca estaba de casa. Meterme a grupos scout para que tuviera amigos. Ingresarme en psiquiátricos) Y las que he elegido yo, aunque hayan salido mal, las recuerdo como propias. Equivocarse es el precio de la libertad, pero es peor cuando no eres libre y son los otros los que se equivocan por ti. Cuesta perdonar. Tendré a mi madre todo el día allí llevándome táper de comida. En el fondo quieren que me vaya para vaciarme la habitación de libros y así no avergonzarse de aquel cuarto cuándo enseñaran la casa a los vecinos. 

La editorial me daba la libertad de trabajar gratis para ellos, renunciando incluso al 5% de los beneficios de mi propio libro (en otros he tenido que comprarme mi propio libro) y no pudiendo publicar mis propios textos hasta pasados 5 años. Primero querían cuatro cuentos y luego cuarenta. Las mil y unas noches os escribo, y sí quieres hago de Sherezade. Aquellas consultas con la siquiatra no servían para nada. Sólo se fijaba en las formas, y en las conductas, como el formalismo y el conductismo, el positivismo y el utilitarismo. En estas terapias te pueden decir “no fumes que es malo”, cambia tu conducta, pero no les importa la conciencia o el pensamiento que hay detrás lo más mínimo. Todo lo que sonara a pensar, a filósofo, ellos lo llaman “racionalizar” La profesora del trabajo no se lo iba a leer y simplemente me decía “resume”. Para estas sabias conclusiones no hace falta tener mil carreras de psicología y periodismo ni once mesteres.  En el máster no me cogerían, gracias al gesto tan caritativo de aquel tribunal en poner “no presentado” en vez de “suspendido”. Yo desde mi libertad de pronto tengo un trauma con una familia que me ha sido impuesta, la patada a la calle de esta misma familia, un pasado azul internado en psiquiátricos LIBREMENTE escogidos, la marginación de no tener ningún amigo, el trabajo final de grado suspendido, 32 años (con los que todos los periódicos se pegarían por mi currículo), un trabajo de “negro” sin sueldo, y un máster en el que no me han aceptado. Me dije que era tan libre que me asustaba tanta libertad. ¡Qué libre que era! Y sin embargo, cuando abandoné la consulta de la siquiatra de un portazo, a aquella autoridad no le hizo mucha gracia tanta libertad que me había tomado. Y no obstante, la siquiatra, tan vestida de palabras, está desnuda. Como las formas sin fondo.

EL ARMARIO DE LA DUQUESA DE MARZANA

Con esto de la crisis la marquesa de Marzana estaba completamente arruinada. La iban a desahuciar de su casona y había tenido que reducir el servicio. Ahora sólo tenía a una asistenta que limpiaba por las mañanas y dejaba la comida hecha, pero en sus tiempos tuvo muchas criadas, vestidas con cofia. La marquesa solía organizar un mercadillo beneficio en su jardín todos los años, pues era la socia honorifica de una asociación caritativa que ella heredó de sus padres. Era una tradición familiar celebrar aquel domingo de rastrillo solidario. Ahora, bajo una sombrilla del jardín, hacía inventario de los trastos viejos que vendería esa mañana. El dinero obtenido iría a diferentes causas. Antes solía ceder cantidades considerables de su fortuna a diferentes ONG, pero ya no podía permitirse esos excesos. 
 
En el jardín había preparado una gran mesa con libros y objetos de decoración a cada cual más exótico. Iba prácticamente a regalar un montón de antigüedades de la casa y objetos que había ido trayendo de sus viajes por el mundo. Era cuestión de tiempo, tendría que abandonar la casona de piedra, pero se llevaría todo, absolutamente todo, a otra residencia que tenía en Madrid. La marquesa tenía ahora más titulos que dinero. La mansión se había ido poblando de telarañas y polvo, había decaído la limpieza a la par que ella misma. Se sentía vieja, arrugada, un trasto más del caserón. A pesar de su paso por el cirujano y del Botox que había agrandado sus labios, sus senos…el tiempo seguía pasando y cada vez era más difícil mantener su exótica belleza y su aspecto de niña eterna. A la marquesa le gustaban aquellas galas benéficas, aparecer en la prensa, gritar al mundo lo que ella hacía por la gente pobre. El jacuzzi y la piscina hacía tiempo que no lo pisaba. La marquesa solía pasarse el día bebiendo cocteles en una hamaca. Se tumbaba a veces en el sofá con aire teatral y mientras sorbía en pajita una bebida tras otra, iba dictando sus memorias a su biógrafo personal.  La marquesa no escuchaba y hablaba y hablaba y se metía con los funcionarios, mientras bebía y bebía, o con los politicos o con lo que tocara hoy.

La marquesa tenía una gran conversación, cuando no estaba borracha. Pero, a partir de la séptima copa de ginebra con zumo de fresa, no había quién la aguantara. Su humor dejaba de ser inglés o ironía romántica y se volvía burdo. A veces se ponía agresiva o cínica. Se ponía a la defensiva, por inseguridad en sí misma, y respondía a cada interpelación de su invitado con un sarcasmo. Si ella juzgaba que no la hacías el suficiente caso a sus palabras, entornaba los ojos en blanco, enfadada y se llevaba las manos a la cabeza, enfadada con el mundo. Se dejaba caer en su mecedora o sofá, fingiendo un teatral desmayo y no se levantaba de allí hasta que se le pasaba.  No había nada peor que no ser escuchada, no le gustaba repetir lo que ya había dicho, a veces sentía que tenía que tratar con retrasados mentales en todo momento. Alguna vez venía a visitarla su sobrina, una niña rubia difícil de trato. Ella ni se levantaba de su dormitorio, alegando jaquecas que duraban días enteros y la niña se pasaba la tarde sola en el cuarto de juegos, balanceándose en un caballito de madera o admirando las casas de muñeca de su tía. Una vez las visitas le preguntaron dónde estaba su sobrina, para darla dos besos y ella, sin moverse del sofá, exclamó como una diva del cine “Dentro del armario” Aquella niña pasaba demasiado tiempo sola, pero la señora no mostraba ningún afecto por ella. Lo natural es que la niña se perdiera dentro de los armarios, con los monstruos que en él se esconden, o al otro lado de los espejos, igual que ella pasó su infancia en estos mundos de fantasía.

Ahora en su despacho gritaba a la criada. -Lo siento, ayer era mi día libre y me liaron.  Sólo iba a ser ir al cine y cenar, pero me llevaron a un local, una copa llevó a otra. Esta mañana ha sonado el despertador, pero no podía moverme de la cama. Tengo una resaca tremenda- La criada no había llegado a su hora y la marquesa descargaba con ella su furia, una furia que la iba amargando por dentro. En realidad, aquellos reproches parecían dirigirse a ella misma. La marquesa sabía que Ana solía meter todas las sobras de la comida y la cena en bolsas de plástico y que se las llevaba a unos amigos indigentes. A veces faltaban cosas de la casa y la marquesa sospechaba de su fiel cuidadora. Hoy estaba tan enfadada con ella y con el mundo que estuvo a punto de despedirla. La criada tenía un novio que rebuscaba en la basura. Al principio a ella le hacía gracia que el novio cogiera de vez en cuando comida que se encontraba. Pero cuando él empezó a abrir bolsas de la basura aquello la superó. 

Nadie estaba libre de las manías de una sique enferma, pues la marquesa tenía Diógenes. Guardaba todo. Iba amasando una colección de libros que ya no cabían en la biblioteca y que jamás abría. También recopilaba folletos y entradas a teatros y programas de actos. La marquesa no podía perderse una charla en el Ateneo o en el Círculo de Bellas Artes ni sus citas de café con amigas de salón. Su sueño era haber sido una especie de mecenas cultural. Una Salomé moviéndose entre escritores, consiguiendo contactos, soñaba mientras sorbía su café con leche merengada. No se perdía una sola conferencia en la Bilbaína. Quería estar en todos los actos culturales, conocer a todos los artistas… A veces viajaba a otras partes del país con un carné falso de periodista, asegurando que pertenecía a una revista cultural de la que no había ni oído hablar. Esto daba lugar a cenas incomodas cuándo la preguntaban por esa revista a la que supuestamente representaba, pero ella salía airosa hablando de su admiración por Eduardo Mendoza. Quería estar en todos los sitios a la vez sin tener el don de la ubicuidad. A veces sus amigos para rabiar no la invitaban a una audición de música o a una obra de teatro que sabían que a ella le encantaba. “Hoy no va a mover su culo del sillón Chesterfield” Cuando la marquesa se enteraba entraba en cólera. Dejaba de hablar durante años al amigo que no la había informado de aquella cena, en la que no había estado ella presente. A la salida de todos los actos invitaba a todo aquel que la saludara a conocer su mansión. El 80% de la pensión que le dejó su marido iba para pagar la mansión, que la esclavizaba. La mansión estaba llena de libros, pero ella no los leía. En las tardes de sopor se aburría soberanamente. A veces jugaba sola en el ajedrez de ébano, o disponía la porcelana china para tomar té ella sola, como el sombrerero loco de Alicia, celebrando todos los días su no cumpleaños. Si la soledad se hacía insoportable, obligaba a sus criadas a compartir el té con ellas, pero siempre notaba que lo hacían por compromiso.  

Como la mujer del ciudadano Kane, a veces perdía la serenidad y se gritaba cosas al espejo de madrastra de Blancanieves, mientras observaba sus objetos acumulados. El espejo se resquebrajaba en su interior y de nuevo estaba al otro lado, asomándose al precipicio de la locura. Vivía en la jaula de oro que se había construido, o en la que le habían ido dejando sola, como ave rota, sin alas. Si una amiga de café se negaba a ver su mansión por octava vez, también la negaba el saludo. La gracia del castillo era presumir de él. No era feliz en su farsa, en la que ella era la princesa Sissi, tenía momentos lúcidos en los que se cuestionaba su vida lujosa. Para ser feliz en un palacio no hay que enterarse de nada, ni de las deudas del banco, ni de los pobres que hay pasada la verja del jardín. Si hubiera vivido en la fantasía por la fantasía, sin conciencia de la realidad, habría sido feliz, pero ella era demasiado inteligente para engañarse así misma.  Quizá Madame Boba-ry habría sido menos Boba y feliz si se hubiera contentado con leer novelas de amor y no querer llevarlas a la realidad con sus amantes, igual que el quijote si nunca le hubieran quemado sus libros.

Igual que quería retener para ella sus amigos, o la vida cultural de su ciudad, acumulaba todo lo que el ser humano puede acumular. Era incapaz de desprenderse de nada. Todo lo que vendía en aquellos mercadillos beneficios lo volvía a recuperar luego, de una forma u otra. Por más que se deshiciera de trastos viejos, nuevos objetos iban llegando a la casa. Era incapaz de dejar de gastar y de comprar ropa. Le gustaba cómo se deslizaba la tarjeta de crédito del bolsillo y con sólo poner el pin todo podía ser suyo. La marquesa se sentía sola en aquellas tertulias, por rodeada de amigas que estuviera. Llevaba más tiempo viuda que lo que recuerda haber estado soltera. Se había convertido en una vieja tacaña, que sufría dándole la paga a su sobrina o invitando a una amiga a un café, por mucho dinero que tuviera. Siempre el miedo a arruinarse, y haber hipotecado su vida para pagarse un palacio en el que se aburría, y del que estaba cansada. Pasaba muchas tardes en la ciudad y cuando volvía al castillo se le hacía demasiado grande, y sucio, cuanto más grande más suciedad acumulaba. Para escapar de aquel paraíso extraño se inventaba cosas, a veces iba a dar conferencias con las monjas sobre cualquier tema y así viajaba a otros lugares. 

Sentía que su vida era una película que protagonizaban con ella sin pedirla permiso, para exhibirla en un programa de corazón. Se sentía dentro de una especie de Show de Truman. Todo esto era más paranoia que realidad; su vida no era tan interesante como la de otras famosas y ya no la hacía caso la prensa. Toda su vida social era un paripé y sus amigas sólo actrices en este montaje. Parecían todos contratados en esta ficción retrasmitida en todo el mundo. La verían las abuelas en sillas de rueda zapeando sus programas basura en las residencias. Se morirían de envidia. La marquesa disfrutaba con estos pensamientos mientras se miraba al espejo de madrastra de Blancanieves. ¡Qué bella sigo siendo!
Hubo un tiempo en que la prensa rosa la persiguió, hace ya muchos años, cuando murió su marido el viejo banquero. Entonces sí interesaba su persona, sus romances eran una cuestión de estado. Todos censuraban su comportamiento frívolo y licencioso y que, con el cadáver aún caliente, se entregara a los brazos de cualquier chulo buscavidas 20 años más joven que ella. Ella no era imbécil, sabía que aquellos donjuanes se acercaban a ella por su dinero. Pero le divertía aquella situación. Los podía conocer en cualquier fiesta y el romance la rejuvenecía; viajes en yate, champán descorchado, noches de sexo, ¡tan buenas para el cutis! Los paparazis ya no se interesaban por ella. Al fin y al cabo, ella no era nadie. No importaban los titulos de su padre o lo que había estudiado ni las gestiones en asociaciones que llevó en Ginebra. Ella sería para siempre la mujer del banquero López. Los rumores de una boda por poderes, de que se había casado para heredar, habían sido imparables, y ya se aceptaban como verdad incuestionable. El tiempo había pasado y se habían olvidado de ella. Quería perseguir a los paparazis hasta que su coche se estrellara, devolverles lo que le habían hecho a Lady Dy. Se iba de cada sarao triste porque ni siquiera la habían fotografiado. Como en un crepúsculo de los dioses, se sentía una actriz en ciernes, que sólo interesaba a un director; el cínico Dios. 

La marquesa era cleptómana. Era un poco absurdo pues ella podía permitirse lo que quisiera, pero cada vez que metía algo en su abrigo caro de piel la adrenalina le subía hasta el estómago y se sentía viva y joven de nuevo. Le gustaba que la grabaran en video cuando salía del centro comercial, cargada de prendas bajo su abrigo. Se las metía debajo del visón sabiendo que estaba siendo grabada. Y como la mejor de las actrices saludaba a su público. Sabía que pitaría la banda electrónica al salir del mega centro, pero le daba igual, porque nada era real, todo era la misma película. Robaba perfumes en estos almacenes, para palpitar de adrenalina y luego los tiraba al cajón de las colonias robadas, junto a la caja dónde guardaba los periódicos que hablaban de ella. Tenía miles de cajones, que iba llenando de objetos que fueron preciados y codiciados por ella durante quince minutos y luego relegados al olvido. Tenía libros que no leía, juegos de té para fiestas en las que sólo estaba ella y vestidos que nunca se ponía. Cada vez que iba a una de esas fiestas sentía que la seguían, que su suegra había contratado a un detective para saber de sus amores. Cada amante que encontraba lo creía contratado para vigilarla y con su vida estaban haciendo un reality show. De vez en cuando el director querría dar un nuevo giro a la película y surgirían nuevos figurantes contratados. 

Aquella noche todo debía ser perfecto. Como un director de escena, preparó la fiesta hasta el más mínimo detalle. La criada, a la que iba a despedir, puso manteles de Burdeos y varios cubiertos, el cuchillo del pescado, el de la carne, las copas de cristal… La propia marquesa seleccionó la música que se escucharía en la velada. Enya y Lorena McKernitt. Nada podía quedar a la improvisación. Se había ensayado la cena repetidas veces. Había enviado invitaciones en sobres lacados y no faltó casi nadie. A medida que entrabas al jardín la criada los iba anunciando. La cena trascurrió en silencio. Nadie se atrevía a levantar la cabeza del plato, mientras el marisco en bandejas se iba sirviendo. La marquesa bendijo la mesa y después le dejó bendecirla a su sobrina. Esta se levantó de su silla y exclamó; “Dios bendice el odio que nos tenemos, y que la marquesa viva muchos años de odio más” La marquesa se puso tan colérica que su crucifijo quedó completamente cubierto de la mahonesa de los langostinos. “Me da miedo su ironía”, exclamó. Luego se desmayó al sofá levantando ambos brazos al aire, mientras los comensales fingiendo no haber pasado nada siguieron repartiendo el caviar. A la niña la invitaron a irse de la mesa, y su madre, la hermana de la marquesa, la disculpó; “A esta niña le gusta bromear. Siempre le ha costado distinguir entre la fantasía y la realidad” Como en la película Celebration, la niña salió de mala gana y la cena transcurrió, sin niña ni marquesa. Terminados los postres sirvieron los cafés. Los hombres fumaron puros en el cuarto del opio y las mujeres hablaron de sus cosas en la sala rosa, hasta que todos bailaron charlestón en el cuarto de baile. La criada ya tenía tema de que hablar y se sonrió con maldad de la desgracia de la señora que la acababa de despedir. La niña paseó por el jardín, lleno de mesas con objetos cubiertos por bolsas de plástico y mantas protegiendolos de la lluvía. A la mañana siguiente la gente se pelearía por los jarrones a precio rebajado, por las cristalerías de bohemia prácticamente regaladas, regatearían por el precio de unos libros de los que la marquesa sólo conocía el título. La marquesa tan caritativa hacía mucho por los pobres, aunque ahora sólo gimoteara en su cama de dosel dorado y bebiera una copa de champán tras otra. La niña entró a su habitación, silenciosamente para no despertar el sueño de su tía carcelera, y se metió de nuevo en el armario.