martes, 3 de julio de 2018

UNA SESION DE TERAPIA CONDUCISTA


“Le faltan habilidades sociales”, iba diciendo el padre a la siquiatra como si yo no estuviera presente. “Tiene que aprender a respetar a la autoridad por la autoridad”. ¿Y si la autoridad se equivoca? ¿Y nuestro derecho a decir “el emperador va desnudo”? “Aunque no tenga razón hay que respetarla”, respondió. ¿La profesora del Trabajo final de grado tenía derecho a humillarme y yo no podía responderla? Si el mundo es de lobos habrá que sacar la garra. La profesora se sentía evaluada, al sugerir que debería leerse el libro sobre el que hacía el trabajo para no estar hablando de la nada en las tutorías. Era un librito que se lee en un viaje en metro. Me hacía corregir una y once veces el mismo reportaje, pero al no saber el tema hablábamos del vacío y solo me sacaba errores ortográficos. A veces hablábamos de literatura de adulterio del siglo XIX, muy interesante, pero que no venía al caso. Le puse sobre la mesa los 30 ensayos que me había leído para hacer este trabajo. Ella se disculpaba con su sueldo, lo poco que la pagaban. Estaba muy ocupada con sus columnas en el Berria y sus intervenciones en radio. ¿Y a mí todo eso que me importaba? A mí no me pagaban por hacer este trabajo. A ella sí, y se quejaba. Las funcionarias sustitutas ven peligrar su puesto laboral y por eso se quería desvincular de un trabajo que la superaba intelectualmente, pues cuando me examinaran a mí en el tribunal también la examinarían a ella como tutora. Cuando me echó del despacho fingiendo un ataque de ansiedad me obligó a hacerlo solo. En el informe ponía que yo desde mi libertad había elegido hacerlo sólo. Prometió que abalaría el trabajo fuera lo que fuera, era mentira. Mandó un informe negativo al tribunal afirmando que era “arduo y frustrante” trabajar conmigo, aunque ella había hecho excepcionalmente su trabajo, y que todo lo que allí presentara era fruto de “mi insigne pluma” y no de su supervisión. Esto tenía que quedar claro, no por venganza hacía mí, sino por asegurarse la provisional plaza. Tenía yo que pagar la frustración de aquella neurótica lesbiana, que un día me llamaba joven promesa de las letras y al siguiente que sí me creía el nuevo Shakespeare. Los mismos prejuicios, buenos o malos, hacía mí, sin conocerme. Aguanté todas sus faltas de respeto y la tuve que pedir perdón dos veces, porque a ella lo que le parecía una falta de respeto era una falta de ortografía. Siempre, las malditas formas. Aquella profesora ¿Qué sabía si mientras escribía la grafía formalmente correcta la estaba odiando por dentro? O, si por el contrario la estaba amando en cada falta ortográfica. Al emperador no le importa si va desnudo o no, sólo quiere que no se lo digan.  

“Tienes que cuidar las formas” Pero las formas, las palabras, el lenguaje mismo, solo es un instrumento. Lo importante es el fondo. Me puede decir la siquiatra el diagnostico exacto con el mayor de los eufemismos y me hace daño, y en cambio alguien me puede llamar “loquito” cariñosamente y no me ofendo. No hay mayor insulto que un eufemismo, la forma que se usa para no ofender. El eufemismo hace que a un negro le prejuzguemos el color, vayamos al rincón de las palabras políticamente correctas y al final le llamemos “persona de color”.  Con sus amigos se llamarán “negratas” entre ellos. La gente se olvida del significante cuando el significado está lleno de amor, y fraternidad, aunque no haya respeto. Sólo nos fijamos en las formas cuando disimulamos. Uno siente que está respetando al rey cuando le reverencia una y otra vez. Cuando está haciendo el amor a su mujer no siente que la está respetando, simplemente la ama. Se olvida de la forma, sí la hace el amor suave o salvajemente, porque lo importante es lo de dentro. Hablamos de respeto generalmente cuando no hay amor ni fraternidad hacía ese jefe que nos está mandando, igual que nos quedamos en las formas cuando no hay ningún fondo detrás. La profesora se fija en mis faltas ortográficas porque no le importa el contenido del trabajo. Uno se empieza a fijar en cómo está escrita una novela cuando el fondo no le atrapa. Y así vivimos en un mundo de formas y apariencias, de mentiras y formalismos, sin esencia ni sentido, sin significados, sin verdad. Un cáncer es un cáncer, te lo comuniquen con el acordeón o con el txistu. Me es difícil fingir respeto, si no hay fraternidad. No hablo de que el profesor o el padre tenga que ser tu amigo sino de que, en mi caso al menos, siempre hay un sentimiento detrás. Para respetar a alguien debes sentir un mínimo de afecto. No puedo fingir que todo va bien y lo felices que somos sí por dentro estoy odiando a esa persona. Mi padre vive en la ficción de lo buen padre que es, porque me deja dos rodajas de lomo en la nevera vacía cuando marcha al apartamento en la costa a atender sus negocios. Nunca le importa que estoy escribiendo en mi ordenador, sólo que respete un horario, la autoridad y las normales sociales. Mientras cumpla el horario de acostarme a las 12 le da igual si me paso la noche llorando bajo la almohada. Se preocupan los padres si un hijo sale de fiesta, toda la noche desvelados sin dormir, pero en cuanto el chico se va de casa parece que la noche es menos peligrosa y duerme tranquilo. En el fondo lo que quieren egoístamente es no tener remordimientos de conciencia. Proyectan en su hijo su propio miedo como padres. La autoridad se resquebraja, porque no cree en ella misma, tiene dudas de fe, y está desnuda. Pero nadie puede decirle que su traje es invisible. Ni siquiera él mismo.  

“Hay que respetar a la autoridad, aunque se equivoque”. Si todos pensásemos así jamás se habría derrocado al rey de Francia. “Existen unas normas sociales que hay que respetar. Hasta la alcaldesa de Barakaldo está supeditada a normas” Pero las normas son convenciones creadas por alguien y cuando no te dejan participar de ellas te están marginando. Se tiende a criminalizar a la víctima. "Si está marginado es porque quiere, por no respetar las normas". Tú tienes tu libertad de decir las palabras sagradas del SI y el NO o, tu voluntad y tu noluntad. Pero la mayoría de nuestras acciones no son libres, sino determinadas por las circunstancias. Si te ponen contra la espada o la pared no hay elección posible. Si estás en una habitación dónde te están pegando tú eres libre de huir. ¡Menuda libertad! Si estás en un sistema debes participar de él, pero ¿y sí estás tomando un café tranquilamente en Marzana y te empiezan a poner un ruido estridente de rock? Tu libertad es huir, marginarte. Eso no es libertad. El capitalismo nos deja libres hasta que nos rebelamos, y el paternalista proteccionismo entonces se vuelve represor y opresor. A veces el problema está en la propia formulación de esa pregunta. Es una pregunta cerrada que se responde con Sí o NO, pero  la vida está llena de maticillos, no es una pregunta en la que sólo te dejan asentir o negarte. Entre la espada y la pared. Si toda mi vida he huído de los que me pegaban en el colegio es porque no había otra opción. Poner la otra mejilla no es una opción válida salvo para el masoca. . Tambien está la de enfrentarte, en la que siempre sales perdiendo. Y la otra, la más inteligente o la única que hay, es huir. Pero por mucho que te evadas siempre vuelves a aquel matón del patio de colegio al que no te enfrentase, ccomo proyeción, como trauma. Y tarde o temprano te enfrentas. Y pierdes, claro. Puedes estar ignorando la dura realidad toda la vida si quieres, pero tarde o temprano te matará.
Yo sabía lo que tenía que decir para salir de aquella consulta de psiquiatría, sin crear alarma en mi siquiatra. Pero no me daban los santos cojones de interpretar mi papel en aquel momento.  La libertad que nos dejan consiste en ir haciendo una serie de concesiones a la autoridad y al poder hasta que te dicen; jamás trabajarás en ningún medio periodístico mientras nosotros vivamos. O; te internamos en un psiquiátrico. O; te maltratamos toda la vida. 0; somos tan progres que no te suspendemos el trabajo, sino que te obligamos a repetirlo con el mismo tema y la misma profesora en el plazo de dos meses. O; tienes un ictus y te vas a morir en dos meses.

Todo esto se hace desde nuestra libertad. Y somos nosotros los únicos culpables de todo esto que nos pasa. Si te echan a la calle es tu libertad, o sí te desahucian, todo se hace en nombre de esa libertad. Quizá podría haber entregado un trabajo hecho en un mes, haber ido a una o dos tutorías y poner una bibliografía de dos libros. Así haría trabajar menos al tribunal y hubiera aprobado seguro. Pero había algo interno, una coherencia conmigo mismo, un imperativo que surgía de las tripas, que me había hecho ofrecerles un Trabajo fin de grado de dos años de trabajo (Se valora el producto final y no ese esfuerzo) Me tuve que trasladar a Madrid por capricho de la profesora ya había conseguido entrevistas de escritoras inaccesibles, niñas prodigio del momento. Y todo para nada. Mi trabajo era ímprobo, pero ímprobo no significa sólo “trabajoso” de leer sino “trabajado”. Era un consuelo. Creían ofenderme comparándome al nuevo periodismo, o diciendo “sólo te ha faltado presentarlo fumando como el loco de la Colina” Pero me estaban alabando. 

Mi padre me da la libertad de echarme de casa. Ni siquiera puedo disponer de las llaves del desván para que no lo llene de libros, pero él sí tendrá llaves de mi nueva casa. La casa que me están buscando estará entre la de mi padre y la de mi madre para seguir controlándome. No se fían de mí, igual que nadie daba un duro por mí, que podía acabar una carrera. Mi padre es un hombre importante, tiene muchos contactos en la empresa y por eso lo mejor que había podido conseguir era un sueldo de 100 e en una empresa de trabajo protegido. La mayoría de las decisiones que han tomado ellos, sin mi voluntad, han salido mal. (Enviarme al colegio de curas del barrio, lo que más cerca estaba de casa. Meterme a grupos scout para que tuviera amigos. Ingresarme en psiquiátricos) Y las que he elegido yo, aunque hayan salido mal, las recuerdo como propias. Equivocarse es el precio de la libertad, pero es peor cuando no eres libre y son los otros los que se equivocan por ti. Cuesta perdonar. Tendré a mi madre todo el día allí llevándome táper de comida. En el fondo quieren que me vaya para vaciarme la habitación de libros y así no avergonzarse de aquel cuarto cuándo enseñaran la casa a los vecinos. 

La editorial me daba la libertad de trabajar gratis para ellos, renunciando incluso al 5% de los beneficios de mi propio libro (en otros he tenido que comprarme mi propio libro) y no pudiendo publicar mis propios textos hasta pasados 5 años. Primero querían cuatro cuentos y luego cuarenta. Las mil y unas noches os escribo, y sí quieres hago de Sherezade. Aquellas consultas con la siquiatra no servían para nada. Sólo se fijaba en las formas, y en las conductas, como el formalismo y el conductismo, el positivismo y el utilitarismo. En estas terapias te pueden decir “no fumes que es malo”, cambia tu conducta, pero no les importa la conciencia o el pensamiento que hay detrás lo más mínimo. Todo lo que sonara a pensar, a filósofo, ellos lo llaman “racionalizar” La profesora del trabajo no se lo iba a leer y simplemente me decía “resume”. Para estas sabias conclusiones no hace falta tener mil carreras de psicología y periodismo ni once mesteres.  En el máster no me cogerían, gracias al gesto tan caritativo de aquel tribunal en poner “no presentado” en vez de “suspendido”. Yo desde mi libertad de pronto tengo un trauma con una familia que me ha sido impuesta, la patada a la calle de esta misma familia, un pasado azul internado en psiquiátricos LIBREMENTE escogidos, la marginación de no tener ningún amigo, el trabajo final de grado suspendido, 32 años (con los que todos los periódicos se pegarían por mi currículo), un trabajo de “negro” sin sueldo, y un máster en el que no me han aceptado. Me dije que era tan libre que me asustaba tanta libertad. ¡Qué libre que era! Y sin embargo, cuando abandoné la consulta de la siquiatra de un portazo, a aquella autoridad no le hizo mucha gracia tanta libertad que me había tomado. Y no obstante, la siquiatra, tan vestida de palabras, está desnuda. Como las formas sin fondo.

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