martes, 3 de julio de 2018

EL ARMARIO DE LA DUQUESA DE MARZANA

Con esto de la crisis la marquesa de Marzana estaba completamente arruinada. La iban a desahuciar de su casona y había tenido que reducir el servicio. Ahora sólo tenía a una asistenta que limpiaba por las mañanas y dejaba la comida hecha, pero en sus tiempos tuvo muchas criadas, vestidas con cofia. La marquesa solía organizar un mercadillo beneficio en su jardín todos los años, pues era la socia honorifica de una asociación caritativa que ella heredó de sus padres. Era una tradición familiar celebrar aquel domingo de rastrillo solidario. Ahora, bajo una sombrilla del jardín, hacía inventario de los trastos viejos que vendería esa mañana. El dinero obtenido iría a diferentes causas. Antes solía ceder cantidades considerables de su fortuna a diferentes ONG, pero ya no podía permitirse esos excesos. 
 
En el jardín había preparado una gran mesa con libros y objetos de decoración a cada cual más exótico. Iba prácticamente a regalar un montón de antigüedades de la casa y objetos que había ido trayendo de sus viajes por el mundo. Era cuestión de tiempo, tendría que abandonar la casona de piedra, pero se llevaría todo, absolutamente todo, a otra residencia que tenía en Madrid. La marquesa tenía ahora más titulos que dinero. La mansión se había ido poblando de telarañas y polvo, había decaído la limpieza a la par que ella misma. Se sentía vieja, arrugada, un trasto más del caserón. A pesar de su paso por el cirujano y del Botox que había agrandado sus labios, sus senos…el tiempo seguía pasando y cada vez era más difícil mantener su exótica belleza y su aspecto de niña eterna. A la marquesa le gustaban aquellas galas benéficas, aparecer en la prensa, gritar al mundo lo que ella hacía por la gente pobre. El jacuzzi y la piscina hacía tiempo que no lo pisaba. La marquesa solía pasarse el día bebiendo cocteles en una hamaca. Se tumbaba a veces en el sofá con aire teatral y mientras sorbía en pajita una bebida tras otra, iba dictando sus memorias a su biógrafo personal.  La marquesa no escuchaba y hablaba y hablaba y se metía con los funcionarios, mientras bebía y bebía, o con los politicos o con lo que tocara hoy.

La marquesa tenía una gran conversación, cuando no estaba borracha. Pero, a partir de la séptima copa de ginebra con zumo de fresa, no había quién la aguantara. Su humor dejaba de ser inglés o ironía romántica y se volvía burdo. A veces se ponía agresiva o cínica. Se ponía a la defensiva, por inseguridad en sí misma, y respondía a cada interpelación de su invitado con un sarcasmo. Si ella juzgaba que no la hacías el suficiente caso a sus palabras, entornaba los ojos en blanco, enfadada y se llevaba las manos a la cabeza, enfadada con el mundo. Se dejaba caer en su mecedora o sofá, fingiendo un teatral desmayo y no se levantaba de allí hasta que se le pasaba.  No había nada peor que no ser escuchada, no le gustaba repetir lo que ya había dicho, a veces sentía que tenía que tratar con retrasados mentales en todo momento. Alguna vez venía a visitarla su sobrina, una niña rubia difícil de trato. Ella ni se levantaba de su dormitorio, alegando jaquecas que duraban días enteros y la niña se pasaba la tarde sola en el cuarto de juegos, balanceándose en un caballito de madera o admirando las casas de muñeca de su tía. Una vez las visitas le preguntaron dónde estaba su sobrina, para darla dos besos y ella, sin moverse del sofá, exclamó como una diva del cine “Dentro del armario” Aquella niña pasaba demasiado tiempo sola, pero la señora no mostraba ningún afecto por ella. Lo natural es que la niña se perdiera dentro de los armarios, con los monstruos que en él se esconden, o al otro lado de los espejos, igual que ella pasó su infancia en estos mundos de fantasía.

Ahora en su despacho gritaba a la criada. -Lo siento, ayer era mi día libre y me liaron.  Sólo iba a ser ir al cine y cenar, pero me llevaron a un local, una copa llevó a otra. Esta mañana ha sonado el despertador, pero no podía moverme de la cama. Tengo una resaca tremenda- La criada no había llegado a su hora y la marquesa descargaba con ella su furia, una furia que la iba amargando por dentro. En realidad, aquellos reproches parecían dirigirse a ella misma. La marquesa sabía que Ana solía meter todas las sobras de la comida y la cena en bolsas de plástico y que se las llevaba a unos amigos indigentes. A veces faltaban cosas de la casa y la marquesa sospechaba de su fiel cuidadora. Hoy estaba tan enfadada con ella y con el mundo que estuvo a punto de despedirla. La criada tenía un novio que rebuscaba en la basura. Al principio a ella le hacía gracia que el novio cogiera de vez en cuando comida que se encontraba. Pero cuando él empezó a abrir bolsas de la basura aquello la superó. 

Nadie estaba libre de las manías de una sique enferma, pues la marquesa tenía Diógenes. Guardaba todo. Iba amasando una colección de libros que ya no cabían en la biblioteca y que jamás abría. También recopilaba folletos y entradas a teatros y programas de actos. La marquesa no podía perderse una charla en el Ateneo o en el Círculo de Bellas Artes ni sus citas de café con amigas de salón. Su sueño era haber sido una especie de mecenas cultural. Una Salomé moviéndose entre escritores, consiguiendo contactos, soñaba mientras sorbía su café con leche merengada. No se perdía una sola conferencia en la Bilbaína. Quería estar en todos los actos culturales, conocer a todos los artistas… A veces viajaba a otras partes del país con un carné falso de periodista, asegurando que pertenecía a una revista cultural de la que no había ni oído hablar. Esto daba lugar a cenas incomodas cuándo la preguntaban por esa revista a la que supuestamente representaba, pero ella salía airosa hablando de su admiración por Eduardo Mendoza. Quería estar en todos los sitios a la vez sin tener el don de la ubicuidad. A veces sus amigos para rabiar no la invitaban a una audición de música o a una obra de teatro que sabían que a ella le encantaba. “Hoy no va a mover su culo del sillón Chesterfield” Cuando la marquesa se enteraba entraba en cólera. Dejaba de hablar durante años al amigo que no la había informado de aquella cena, en la que no había estado ella presente. A la salida de todos los actos invitaba a todo aquel que la saludara a conocer su mansión. El 80% de la pensión que le dejó su marido iba para pagar la mansión, que la esclavizaba. La mansión estaba llena de libros, pero ella no los leía. En las tardes de sopor se aburría soberanamente. A veces jugaba sola en el ajedrez de ébano, o disponía la porcelana china para tomar té ella sola, como el sombrerero loco de Alicia, celebrando todos los días su no cumpleaños. Si la soledad se hacía insoportable, obligaba a sus criadas a compartir el té con ellas, pero siempre notaba que lo hacían por compromiso.  

Como la mujer del ciudadano Kane, a veces perdía la serenidad y se gritaba cosas al espejo de madrastra de Blancanieves, mientras observaba sus objetos acumulados. El espejo se resquebrajaba en su interior y de nuevo estaba al otro lado, asomándose al precipicio de la locura. Vivía en la jaula de oro que se había construido, o en la que le habían ido dejando sola, como ave rota, sin alas. Si una amiga de café se negaba a ver su mansión por octava vez, también la negaba el saludo. La gracia del castillo era presumir de él. No era feliz en su farsa, en la que ella era la princesa Sissi, tenía momentos lúcidos en los que se cuestionaba su vida lujosa. Para ser feliz en un palacio no hay que enterarse de nada, ni de las deudas del banco, ni de los pobres que hay pasada la verja del jardín. Si hubiera vivido en la fantasía por la fantasía, sin conciencia de la realidad, habría sido feliz, pero ella era demasiado inteligente para engañarse así misma.  Quizá Madame Boba-ry habría sido menos Boba y feliz si se hubiera contentado con leer novelas de amor y no querer llevarlas a la realidad con sus amantes, igual que el quijote si nunca le hubieran quemado sus libros.

Igual que quería retener para ella sus amigos, o la vida cultural de su ciudad, acumulaba todo lo que el ser humano puede acumular. Era incapaz de desprenderse de nada. Todo lo que vendía en aquellos mercadillos beneficios lo volvía a recuperar luego, de una forma u otra. Por más que se deshiciera de trastos viejos, nuevos objetos iban llegando a la casa. Era incapaz de dejar de gastar y de comprar ropa. Le gustaba cómo se deslizaba la tarjeta de crédito del bolsillo y con sólo poner el pin todo podía ser suyo. La marquesa se sentía sola en aquellas tertulias, por rodeada de amigas que estuviera. Llevaba más tiempo viuda que lo que recuerda haber estado soltera. Se había convertido en una vieja tacaña, que sufría dándole la paga a su sobrina o invitando a una amiga a un café, por mucho dinero que tuviera. Siempre el miedo a arruinarse, y haber hipotecado su vida para pagarse un palacio en el que se aburría, y del que estaba cansada. Pasaba muchas tardes en la ciudad y cuando volvía al castillo se le hacía demasiado grande, y sucio, cuanto más grande más suciedad acumulaba. Para escapar de aquel paraíso extraño se inventaba cosas, a veces iba a dar conferencias con las monjas sobre cualquier tema y así viajaba a otros lugares. 

Sentía que su vida era una película que protagonizaban con ella sin pedirla permiso, para exhibirla en un programa de corazón. Se sentía dentro de una especie de Show de Truman. Todo esto era más paranoia que realidad; su vida no era tan interesante como la de otras famosas y ya no la hacía caso la prensa. Toda su vida social era un paripé y sus amigas sólo actrices en este montaje. Parecían todos contratados en esta ficción retrasmitida en todo el mundo. La verían las abuelas en sillas de rueda zapeando sus programas basura en las residencias. Se morirían de envidia. La marquesa disfrutaba con estos pensamientos mientras se miraba al espejo de madrastra de Blancanieves. ¡Qué bella sigo siendo!
Hubo un tiempo en que la prensa rosa la persiguió, hace ya muchos años, cuando murió su marido el viejo banquero. Entonces sí interesaba su persona, sus romances eran una cuestión de estado. Todos censuraban su comportamiento frívolo y licencioso y que, con el cadáver aún caliente, se entregara a los brazos de cualquier chulo buscavidas 20 años más joven que ella. Ella no era imbécil, sabía que aquellos donjuanes se acercaban a ella por su dinero. Pero le divertía aquella situación. Los podía conocer en cualquier fiesta y el romance la rejuvenecía; viajes en yate, champán descorchado, noches de sexo, ¡tan buenas para el cutis! Los paparazis ya no se interesaban por ella. Al fin y al cabo, ella no era nadie. No importaban los titulos de su padre o lo que había estudiado ni las gestiones en asociaciones que llevó en Ginebra. Ella sería para siempre la mujer del banquero López. Los rumores de una boda por poderes, de que se había casado para heredar, habían sido imparables, y ya se aceptaban como verdad incuestionable. El tiempo había pasado y se habían olvidado de ella. Quería perseguir a los paparazis hasta que su coche se estrellara, devolverles lo que le habían hecho a Lady Dy. Se iba de cada sarao triste porque ni siquiera la habían fotografiado. Como en un crepúsculo de los dioses, se sentía una actriz en ciernes, que sólo interesaba a un director; el cínico Dios. 

La marquesa era cleptómana. Era un poco absurdo pues ella podía permitirse lo que quisiera, pero cada vez que metía algo en su abrigo caro de piel la adrenalina le subía hasta el estómago y se sentía viva y joven de nuevo. Le gustaba que la grabaran en video cuando salía del centro comercial, cargada de prendas bajo su abrigo. Se las metía debajo del visón sabiendo que estaba siendo grabada. Y como la mejor de las actrices saludaba a su público. Sabía que pitaría la banda electrónica al salir del mega centro, pero le daba igual, porque nada era real, todo era la misma película. Robaba perfumes en estos almacenes, para palpitar de adrenalina y luego los tiraba al cajón de las colonias robadas, junto a la caja dónde guardaba los periódicos que hablaban de ella. Tenía miles de cajones, que iba llenando de objetos que fueron preciados y codiciados por ella durante quince minutos y luego relegados al olvido. Tenía libros que no leía, juegos de té para fiestas en las que sólo estaba ella y vestidos que nunca se ponía. Cada vez que iba a una de esas fiestas sentía que la seguían, que su suegra había contratado a un detective para saber de sus amores. Cada amante que encontraba lo creía contratado para vigilarla y con su vida estaban haciendo un reality show. De vez en cuando el director querría dar un nuevo giro a la película y surgirían nuevos figurantes contratados. 

Aquella noche todo debía ser perfecto. Como un director de escena, preparó la fiesta hasta el más mínimo detalle. La criada, a la que iba a despedir, puso manteles de Burdeos y varios cubiertos, el cuchillo del pescado, el de la carne, las copas de cristal… La propia marquesa seleccionó la música que se escucharía en la velada. Enya y Lorena McKernitt. Nada podía quedar a la improvisación. Se había ensayado la cena repetidas veces. Había enviado invitaciones en sobres lacados y no faltó casi nadie. A medida que entrabas al jardín la criada los iba anunciando. La cena trascurrió en silencio. Nadie se atrevía a levantar la cabeza del plato, mientras el marisco en bandejas se iba sirviendo. La marquesa bendijo la mesa y después le dejó bendecirla a su sobrina. Esta se levantó de su silla y exclamó; “Dios bendice el odio que nos tenemos, y que la marquesa viva muchos años de odio más” La marquesa se puso tan colérica que su crucifijo quedó completamente cubierto de la mahonesa de los langostinos. “Me da miedo su ironía”, exclamó. Luego se desmayó al sofá levantando ambos brazos al aire, mientras los comensales fingiendo no haber pasado nada siguieron repartiendo el caviar. A la niña la invitaron a irse de la mesa, y su madre, la hermana de la marquesa, la disculpó; “A esta niña le gusta bromear. Siempre le ha costado distinguir entre la fantasía y la realidad” Como en la película Celebration, la niña salió de mala gana y la cena transcurrió, sin niña ni marquesa. Terminados los postres sirvieron los cafés. Los hombres fumaron puros en el cuarto del opio y las mujeres hablaron de sus cosas en la sala rosa, hasta que todos bailaron charlestón en el cuarto de baile. La criada ya tenía tema de que hablar y se sonrió con maldad de la desgracia de la señora que la acababa de despedir. La niña paseó por el jardín, lleno de mesas con objetos cubiertos por bolsas de plástico y mantas protegiendolos de la lluvía. A la mañana siguiente la gente se pelearía por los jarrones a precio rebajado, por las cristalerías de bohemia prácticamente regaladas, regatearían por el precio de unos libros de los que la marquesa sólo conocía el título. La marquesa tan caritativa hacía mucho por los pobres, aunque ahora sólo gimoteara en su cama de dosel dorado y bebiera una copa de champán tras otra. La niña entró a su habitación, silenciosamente para no despertar el sueño de su tía carcelera, y se metió de nuevo en el armario.  

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