sábado, 22 de junio de 2019

COMPARACIÓN DE TRAGEDIAS SEGÚN LA POÉTICA DE ARISTÓTELES

Comparo Las coéforas de Esquilo, Electra de Sófocles y Electra de Eurípides. (Y Helena de Eurípides) entre sí, y con la intención de ver sí estas tragedias cumplen en la práctica lo que teoriza Aristóteles en su Poetica.   


1. La fábula trama en las tres obras es la misma: vengar a Agamenón, pero difieren en el motivo. En Esquilo se trata de vengar la falta de una autoridad moral paterna; en Sófocles el problema es dejar un reino sin rey; en Eurípides la venganza parece humanizarse porque se trata de restituir el honor de un héroe que tanto ha hecho por la Polis, animando, como en Helena, el ánimo ciudadano desencantado de la guerra. Por ello en Esquilo recae el peso de este asesinato más en Clitemnestra y la inmoralidad matrimonial, en Sófocles más en Orestes el usurpador del reino político y en Eurípides más en el carácter humano en sí y las causas sociales-míticas.     

2. Cantidad de actores. Respecto a la cantidad de actores en todas las obras vemos parecidos personajes (un grupo de esclavos, coéforas o dioscuros cuentan como una sola presencia aunque interpreten esta voz coral varios actores.) Siempre son 7 o 8 presencias y no suben más de tres a escena a la vez, salvo ya en Eurípides. En Las coéforas de Esquilo son Electra, Orestes, Clitemnestra, Egisto, Pilades, La nodriza de Orestes, coro de esclavas y un esclavo. En Electra de Sófocles son Electra, Orestes, Clitemnestra, Egisto, el pedagogo, el coro de doncellas. Crisótemis. En Electra de Eurípides: Electra, Orestes, Clitemnestra, Egisto, el labrador micénico introductor, Pilades, viejo esclavo, los dioscuros y un coro femenino micénico. Y en Helena de Eurípides son Helena, Menelao, Teónoe y su servidor, Teoclimeno, Teucro, el coro, una anciana, dos mensajeros, y los dioscuros. Eurípides aumenta el número de personajes, no solo en ese momento en escena, sino en general en toda la obra. Y comprobamos lo que ha afirmado Aristóteles: Esquilo introduce solo dos actores en escena (Electra-Orestes; Orestes-Pilades, Orestes-Clitemnestra…) y da mucha importancia al coro con una función moral y al monologo que  “aportó un tono más grave y elevado, llegando a su magnificencia. Se descartaron los diálogos breves y el lenguaje chabacano popular se volvió más digno.” Sófocles añade un tercer actor. De esta forma al introducir más personajes se dio más prioridad a la parte hablada que al coro, y fue perdiendo poder la danza ditirámbica (entre lamentos en Las Coéforas), y por ello se pasó del hexámetro de la épica al metro trocaico y al yámbico, una forma de hablar más natural, menos grave. En Eurípides denotamos una heterogeneidad; hay más escenas y una fuerte presencia de coro pero más musical y del monólogo combinado con escenas de dos actores (En Helena; Helena con Menelao, Téone con Helena, el servidor con su señor Teoclimeno…) diálogos de tres (como se ve también en su Electra.) Estas formas dialógicas menos pomposas y una representación de escenas más anecdóticas y cotidianas (Con Eurípides ya se iba popularizando la comedia), la humanización de personajes, la introducción de nuevas máscaras y el avance en su precaria técnica escenográfica y decoración dio un tono más realista a las obras e introspección sicológica a unos personajes que no dejaban de ser máscaras, y no personajes de Stanislavski.

3. El espacio. Tienen lugar en Esquilo “en el palacio de los Atridas, con tres puertas (el gineceo), y en el proscenio la tumba de Agamenón” (acentúa el ámbito familiar y moral de una uxoricida y una hija humillada en el ámbito más privado, y sólo le falta a la alusión a la tumba añadir “con la sangre del esposo aún caliente”) En Sófocles “ante el palacio real de Micenas, en Argos, desde donde divisa la llanura de la Argólida amaneciendo” (acentúa la parte política de la historia) Y en Eurípides “en la frontera de Argos ante la casa de un labrador” (le interesa resaltar la parte humana y social de la fábula.) Respecto a la calidad moral de los protagonistas de estas tragedias; Electra, Orestes, el pedagogo y su hijo Pílades, algún esclavo, los dioscuros…tienen caracteres épicos, heroicos, descritos mejor de cómo somos los individuos en realidad, cual aristoi. También el coro, otro protagonista más, parece, por la forma de consolar a estos virtuosos y de entrometerse en la mala conciencia de los antagonistas, formado por caracteres más nobles de lo habitual. Estos villanos no llegan a estar a un nivel inferior, que resultaría cómico, o satírico al menos; pues aunque cometan asesinatos cruentos se hacen pasar por verosímiles escuchándose gritos, suplicas del interior de palacio (aunque tenga que imaginárselo el espectador y no se presente visualmente esta violencia en la propia escena.) En Helena el escenario se confunde entre Egipto y Micenas.

4. El prólogo o proemio/ Exordium exordio/ prooemium proóimion proóimion. Empieza a medida que la tragedia se va acercando a la época de Eurípides (y a las comedias de Aristófanes) a hacerse común que presente la obra un personaje de una clase social inferior, un personaje popular empático con el público en un tono menos grave que el resto de la obra (también se ve en época medieval en los serranos de Gil Vicente; o en el barroco con obras de Lope con un elemento folk del mundo bucólico-pastoril); en Sófocles y Eurípides se ve esta figura del humilde pedagogo. Su función es introducir la obra; anunciarla a veces en boca del propio autor, situar al espectador en el tiempo, espacio y presentar a los personajes, en una actitud apelativa con la audiencia, invitándoles a entrar en la ficción. En las tres versiones de Electra es un personaje de clase económica inferior (unas mujeres alquiladas para llorar en los entierros en Esquilo, un ayo criado de la casa en Sófocles, un campesino arruinado económicamente y además meteco en Eurípides) En estos últimos es pobre pero culto (pedagogo) y mejor en moral que un hombre normal. Ha visto crecer en el gineceo a Electra (temía Egisto que si encontraba varón engendrará un descendiente competidor por el reino) y a Orestes (el legítimo heredero marginado hasta el ostracismo.) Por temor y piedad a que Egisto le asesine, Electra le esconde y le pone al cuidado de este educador. En Esquilo este personaje humanizado no aparece, y en su lugar introduce la escena un corifeo plañidero; el pedagogo es sustituido por un aya de leche, una nodriza. 

En el prooemium de Sófocles se le presenta como alguien cercano a la casa, pero en Eurípides con la figura del extranjero, del foráneo, que ha traído el contacto intercultural forzado de un contexto bélico. Este campesino tiene ya nombre y procedencia (Estrofio de Focea), por lo que denotamos una humanización del personaje. Es el padre de Pilades. También explica su origen la verosimilitud de que sea este dialecto el que imite Orestes al enmascararse de meteco. Sigue teniendo una extracción social pobre pues su familia se ha arruinado, pero es noble de cuna, y sobre todo aristócrata de moral, de carácter, ya que cuida de Electra respetando su virginidad; no quiere mezclar su sangre deshonrada económicamente con la de una familia de tan alta estirpe, aunque hasta a él esto le parezca “bobo: tener a una joven tan bella y virgen y no haberla tocado”. Este personaje rural loa en un encomio su tierra, las corrientes del Inaco y la llanura de Argos (así sitúa el espacio) y alaba las glorias bélicas de los aqueos en Troya (así enmarca el tiempo.)Es un marco espacio-temporal mítico, legendario, pretende hacerse universal y atemporal dentro de esta tradición. Relata cómo Agamenón destruyó Dárdano como si anunciara que se planteará en la obra un mechanema de destrucción (más que de salvación, pues en el epodo final los propios héroes no se salvan y son castigados por los dioscuros, sus tíos.) Y alude a que levantó templos religiosos en honor a los dioses que le acompañaron y ayudaron en la victoria para reflejar ese mundo politeísta ritualista que vincula el pathos del héroe a su moral y a la intervención divina. Contrapone la virtud de Agamenón con la muerte deshonrosa que recibió por Egisto, el usurpador del reino y a quien culpa más que a Clitemnestra. Se dice en la obra que ella tiene motivos o argumentos (pensamiento, estrategia de mechanema) para asesinar al esposo, pero ninguno que le excuse matar a sus propios hijos cual Medea, así que esto le imprime cierto carácter moral que la libera del peso en el asesinato, cargándolo sobre su amante. Aquí el verdadero culpable es Egisto, y se subrayan sus motivos más pragmáticos: la usurpación del reino y el lucro, pues también pone precio monetario a la cabeza de Orestes.

El prólogo de Helena de Eurípides es un monologo de la princesa que parece encontrarse a orillas del Nilo alabando su fertilidad, pero también encomiando su patria de origen, Esparta, y su añorada Micenas. Rebela su origen: su padre es Tinciáreo y no sabe sí es fidedigno o verosímil ese mito de Zeus fecundando a su madre Leda bajo la apariencia de un cisne, fingiendo huir de un águila que le ha herido. (Eurípides es escéptico con ciertos mitos. En la leyenda; Helena tenia pies de pato por esto del cisne.) Se dispone Helena a contarnos los males de su vida. Intenta desmontar la mentira que se ha formado con una Helena maldecida de mujer infiel y traidora a la patria, y parece que tímidamente se esté quejando de ese eterna mística de lo femenino que se empeña en elevar a la mujer a su esencia sin ver a la mujer real, que sufría el patriarcado en el gineceo. Hay varias versiones del rapto de Helena. La homérica es la oficial: la raptó París por deseo del eros y trofeo, provocando la guerra. En el Elogio a Helena Gorgias la escusa en que no pudo resistirse ella ni al amor ni a los dioses (Afrodita/ Eros), con lo cual no dependía de su voluntad. Parecen así legitimar algunos autores por qué Menelao la acepta y no la repudia. Para otros el rapto fue una mentira consciente de Helena, a quien le seducía París. En otras versiones Menelao recibe con hospitalidad a París y “se la regala.” En algunas va ella sola a Troya, o acompañada, pero para preparar el viaje de su tía Hesione. También se rumoreaba que la habían “robado” los espartanos y devuelto a su tierra natal. En Las Troyanas e Ifigenia en Áulide, Eurípides sigue con esta versión oficial del rapto, pero Estesicoro en su poema Palinodia poetiza que lo que viajó a Egipto fue un fantasmata hecho de aire y éter, un eidolón, una creación deus machina (como lo fue Pandora) creada por Hera, Zeus o Afrodita según distintas versiones. Las razones de Hera y Afrodita son los celos por Helena y la de Zeus pretenderla para sí. Lo cual aumenta esa tópica de los celos de Hera y se convierte en su mayor acosadora. Y esta nueva versión del mito es la que Eurípides sigue en Electra y Helena, y la  que aprovecha Platón para su juego con la dualidad de lo aparente de la mujer y la Helena esencial o real.  

(Ya que eleva a ontológico el mundo metafísico, ideal, intelectual: los sentidos y las apariencias engañan y nos traicionan las formas que no pueden expresar los fondos esenciales. Es un giro gnoseológico o epistemológico. Platón y la mentalidad general griega creía vivir en el mundo aparente de Maya, las verdaderas esencias morales e ideales se habían perdido en su mundo fenomenológico tangible, un mero teatro de sombras indignas. Sólo podían hallar pálidos reflejos de estas esencias primigenias en el mundo sensible: la reminiscencia con el sueño dorado de los dioses, la manía en la inspiración, la mántica, el recuerdo del ideal de justicia divina Themis en un tribunal humano…siendo la idea de la bien la principal esencia en Platón.)  Helena en el prólogo se queja de que en ella veían la belleza pandémica del deseo más primario y no el amor sublime uránico que hizo que su hermana Clitemnestra tuviera más pretendientes. Pero su belleza la quiso conocer el rey Alejandro Paris de Troya. Explica el conocido juicio de París en el monte Ida. Este príncipe debía regalar una manzana dorada a la mujer más bella en virtudes, escogiendo entre Afrodita (la belleza uránica), Hera la reina de los dioses (el poder) y Atenea (la sabiduría) pero elige a una mujer mortal (o semidiosa.) Las diosas se sienten celosas de esta elección por una mujer con divinidad de carácter, pero humana y no diosa. Afrodita Uránica nació en Cripis Chipre surgida en una concha entre la espuma, simbolizando la belleza templada, hija de Urano, titán ordenador del cielo, (y la pandémica de otra infidelidad más de Zeus.) Atenea también era virgen, al nacer por una penetración nasal de Zeus metamorfoseado en mosca y por incubarse en el cerebro esta deidad se relacionó con la sabiduría (hay feministas que han protestado por el mito metafórico: ¿Por qué un hombre debía darle el conocimiento sin reconocerla un pensamiento propio?)  Hera fue la más ofendida y fabricó una imagen con su apariencia que es la que París raptó hasta Troya. (Aunque la que mayor culpa tuvo fue Afrodita, enamorando a Paris de Helena, a través de su hijo Eros, y provocando así el rapto, pues ya el nombre de Helena etimológicamente está conectado semióticamente con el verbo “robar” y “arrebatar”.) Hermes, el dios mensajero de los dioses, hijo de la diosa Maya (este mundo aparente), la condujo con sus pies alados, envuelta en una nube, a través de las profundidades del éter hasta Egipto.

¡Todo para culpar o excusar a un personaje cabeza de turco o chivo expiatorio de una guerra!, explicar de forma mítica unas matanzas causada por razones humanas y además bastante más pragmáticas que basadas en el honor (la expansión por el mediterráneo en una campaña política de colonización imperialista anexionándose los puertos áticos donde se daba gran tráfico de comercio de productos debido a que eran zonas ricas en productos minerales y así imponer su monopolio en las polis panhelénicas, a-culturizándolas y arrasando el territorio.) Este mito de Helena era muy importante porque explicaba si la guerra de Troya había tenido al menos algún sentido tras dejar tantas muertes, como se queja el soldado cuando reconoce a la Helena maldita. Era más fácil culpar a una mujer mitológica que reconocer la culpa compartida por todos, la banalidad del mal, que diría H. Arendt, con la que se va ordenando administrativamente, burocráticamente un conflicto bélico, sin un demonio antropomórfico en el que liberarnos de culpas. Troya simbolizaba la guerra por antonomasia, la guerra universal, pero se concretiza en los conflictos bélicos que están sufriendo los espectadores de estas obras en su actualidad. Se trata de demostrar que la guerra se ha debido a errores de hapatia y no de autoconciencia, pero obviamente cualquier guerra se emprende con toda su intencionalidad y no por malentendidos y equívocos (además en todas las versiones se denota el machismo propio del sistema patriarcal griego, Helena cosificada en triunfo de guerra.) Eurípides es el más escéptico de los tres trágicos con este pensamiento mágico del mito pero al que más le interesa que la sociedad olvide una guerra que ha causado tantas víctimas y dejado a las mujeres viudas o sin hijos (en analogía a todas las guerras que en su tiempo estaban teniendo lugar.) Por ello parece exculpar a Helena de “haber montado la de Troya” dotándola de mejor carácter moral al ser su error de hapatia y no auto-consciente, ya que a Troya fue llevada una fantasmata, su apariencia, y la real reparó en Egipto, fiel al esposo y la patria. Pero sigue siendo una explicación mágica. No se reconoce capaz Helena en su monologo de desembocar ella sola una guerra ni se considera una recompensa. Se duele de que muchas almas hayan perecido por su culpa y que la hayan maldecido como una esposa infiel y una traidora a los aqueos. Se lamenta también de la destrucción de los troyanos, sin culpa de nada. Pero ella no era tampoco consciente del mechanema que los dioses estaban tejiendo. Se trata de disculpar. Además sigue amando a su esposo Menelao y se ha mantenido virgen para él: en Egipto reinaba Proteo, el más virtuoso de los hombres que ha respetado su castidad. Pero su hijo Teoclímeno pretende esposarla al morir su padre y asumir el reino. Helena ha huido de él y ha vuelto a Micenas, donde su nombre lo cubre la infamia, para aclarar el asunto a su esposo y sobre todo a todos los griegos. Helena lo explica en varias escenas: a su esposo, al soldado, a Téone, que mezclan reconocimientos con escenas de mensajero.

5) Función del coro. Aristóteles asegura que debe considerar el crítico al coro como un actor más en la obra; es una parte integral del todo y participa en la acción (este papel tan protagonista del coro se fue perdiendo de Sófocles a Eurípides, separándose el escenario del público y del coro; y así la ficción moral de la vida real, y se va sustituyendo por un interludio coral donde primaba más la fábula y la armonización ambiental.) El coro representaba la tradición popular y hacía de juez moral (imitando un tribunal de justicia rural; o una asamblea judicial o deliberativa de la Polis, entre sus miembros más ancianos y sabios que dialogaban en una retórica demagógica.) Así el coro se fue separando del corifeo, que pasó a tener un papel más musical, de danza y animación del ambiente. Se fue sustituyendo este coro moral entrometiéndose en las conciencias de los personajes por interludios más funcionales a las escena y proto-satíricos  en cuanto creaban un ambiente más distendido y animaban (en vez de deprimir y sacralizar el ambiente, como intenta Esquilo.) El contexto de estas guerras extranjeras llevaba al coro muchas veces a mostrar el dolor de las mujeres que habían perdido en ella a los hombres del oikos. Por ello, una función  importante del coro es reflejar el ambiente fúnebre con sus ritos (libaciones y ofrendas en la tumba, intérpretes de sueños proféticos, vestidos de luto de lino negro); consolar y apoyar al héroe de su hado fatal y de las acciones negativas de sus antagonistas y censurar moralmente a estos asesinos. Se introducía el coro en la mente de protagonistas y antagonistas como una sola voz de la conciencia de la tradición popular juzgándoles éticamente. Donde más claro se ve es en Esquilo: el mismo título de Las Coéforas remite a las plañideras contratadas para llorar en los cortejos fúnebres y en esta obra los core-foros (coro phoroi femenino) llevan las libaciones a la tumba de Agamenón según los ritos religiosos formales. (En Los Persas, este autor va aumentando el clímax fúnebre in crescendo a lo largo de la obra, hasta la catarsis final que consigue durante cientos de páginas recreándose en la derrota con la entrada final del rey con el vestido rasgado y el carcaj de flechas.)

Los interludios son breves momentos en los que el coro participa para resaltar el carácter del héroe comparándolo con un personaje mitológico inserto en la tradición, pero también para descansar de la acción dramática. Lo cual no quiere decir que sean escenas accesorias pues refuerzan el eje dramático de la fábula o trama (que en las tres versiones descansa en la misma venganza, aportando distintos motivos. En Helena consiste en demostrar la heroína su inocencia pues la guerra fue un error inconsciente y lo hará ver a los personajes pues su peripecia empieza por convencer con la palabra antes de pasar a la acción.) Estas escenas colaboran al avance del suspense y la intriga. Los interludios en Eurípides son largos, musicales, descriptivos de este carácter del héroe con la ecfrasis del escudo de Orestes o la descripción del mundo marino en Helena en la que los delfines cantan (y sí se permite el reconocimiento: he imaginado en fotogramas de La sirenita de Disney.) Tienen esa función de resaltar del carácter moral del héroe, dejar respirar al espectador, pero sin que frene la trama. En Esquilo estos interludios son cortos, en Las coéforas el primero va del verso 472 al 515, un breve canto coral compuesto de estrofa- apostrofa, antistrofa y epodo. Está el coro esperanzado pues Clitemnestra tiene pesadillas en las que profetizan la venganza a los asesinos. El coro juzga que Electra habla con sabiduría, pues va a convencer a Orestes de su plan de destrucción (va a por la madre más que a por Egisto) y explica desde cuando está maldita Micenas (desde Enómao.) Un segundo interludio, entre los versos 1058-1097, son apenas dos cortas estrofas con sus antistrofas correspondientes. Comparan los llantos de Electra con los plañidos del cielo, y reprochan a su hermano Crisótemis que no les obedezca y no se comporte como esta “sabia y excelente hija.” “Pero la impiedad no escapará al castigo.” El coro desea que Agamenón se estuviera enterado de cómo sus hijos le van a vengar, Electra está completamente sola ante su destino, pero implora al cielo que haga Themis en la vida humana. 

En Electra de Sófocles el coro interviene desde el mismo párodo (121-250): entra durante los lamentos de Electra, e inicia un larguísimo dialogo lirico compuesto por tres pares de estrofas y el epodo final. En este dialogo con el coro; Electra justifica moralmente la venganza en su fidelidad a la autoridad paterna y se reconforta en la esperanza de que Orestes vuelva para llevar a cabo este plan de destrucción. El coro simpatiza con su carácter, pero le recomienda calma, confianza en los dioses, esperanza en el retorno de su hermano y paciencia con los culpables. Ella no puede aguantar su sed de justicia, pero se debate entre parecer desleal a la autoridad paterna y cómo han acabado otros, más virtuosos que prudentes: recuerda otros crímenes familiares, los preferidos de Aristóteles pues suceden entre personas consanguíneas que en teoría deberían amarse, y esto aumenta su crueldad. (El espectador podía estar pensando: ¿Y sí un día a mi esposa le diera por…?) Se van fundiendo estos crímenes lejanos y míticos con los que más de cerca y directamente le afectan a Electra: han tratado matar a sus hermanos Crisótemis, Orestes, Laocide, Ifianasa e Ifnigea -que podrían ser la misma persona-….y así pasa de lo tradicional-universal a apelar a lo emocional individual. Argumenta también que “se siente extranjera, incapaz de administrar dignamente la casa paterna, vagando entre mesas vacías, maltratada peor que su hermana.” Describe lo vergonzoso del asesinato, lo imagina desarrollándose tras un simposio o mientras se duchaba su padre. No entiende cómo los asesinos pueden yacer tan tranquilos en el lecho paterno con la sangre de su padre aún caliente, ofreciendo sus hipócritas  libaciones a los dioses. El coro, como en digresión (parékbasis/ digressio/egressus) reflexiona sí el deseo más primario de unos amantes (el eros pandémico) puede inmiscuirse en la virtud y orden matrimonial y destrozar una familia. Compara a la madre con la sanguinaria Escila que sacrificó a su esposo Niso mientras dormía por unos pragmáticos collares de oro cretense, en el mayor crimen que Lemnos ha conocido. A esta parte reflexiva le sigue una escena agitada (se anuncia desde el principio que ya no es momento de persuasión sino de venganza, de lid, guiados por Hermes que comunica entre dioses, mortales y muertos.) Clitemnestra ordena a sus esclavos acomodar con hospitalidad a los (caracterizados de) extranjeros aunque le traigan tan fúnebre noticia. La nodriza de Orestes llora a quién cuidó desde niño, y me llama la atención la inocencia inverosímil de una madre y nodriza no reconociendo a alguien tan cercano. El coro reaparece con función de plegaria: pedir ayuda a Zeus para que “la libertad florezca entre las tinieblas y se juzgue heroica su venganza”. Con la invocación al hijo de Maya (el velo del mundo aparente) parece referirse Sófocles a una justicia terrenal, aparente diría Platón, es decir: más política y legal que moral, en contraste a Esquilo. El coro anima, instiga al crimen: “Solo importa la victoria, el triunfo, y si ella te suplica ¡hijo! tú la respondes invocando ¡Padre!” En la 3ª escena (hasta el 870) tras los asesinatos del 2ª episodio anunciados por un esclavo en escena de mensajero; Electra llora en un dialogo lirico con un coro consolador que le pone el ejemplo moral de Anfiarao, adivino de Argos, que luchó en la guerra de Los siete contra Tebas (otra tragedia de Esquilo) obligado por su esposa Erifile, con plena conciencia de que moriría su esposo allí, agasajada por un collar de su amante Policinides. Su hijo Alcméón vengó al padre asesinándola; y allí en el Hades el adivino siguió profetizando según La Odisea y Píndaro. (No entra en la mimesis que sí fue virtuoso vaya a los infiernos.)   

En Electra de Eurípides el coro inicialmente tiene una función consoladora de la heroína y luego de ecfrasis describiendo el escudo de Orestes. Se abre la tragedia con el monologo plañidero de Electra en medio de la noche, con un cántaro en la cabeza lleno de llanto por los maltratos de su madre y padrastro y por el asesinato de su padre. Ella quiere aligerar a su esposo labriego las tareas del campo pero él considera que no son propias de su carácter. Orestes acaba de regresar a su patria, y anoche lloró en la tumba a su padre, ofreciéndole en homenaje un mechón de pelo (como en Esquilo) como si el muerto pudiera vivir un reconocimiento del hijo, y sacrificando una oveja en un altar. Esta versión culpa a Egisto: “le mató con una espada de doble filo en tres sablazos.” Electra se queja de su pelo y peplo enlutado no son dignos de una princesa. El coro le presta una túnica llena de broches y adornos de oro, pues considera que a los dioses no se les honra con lamentos elegiacos sino con suplicas de veneración y con enthousiasmós. Electra se queja que ningún dios la vele. En la 2ª parte; este coro, a modo rapsódico, recita- canta las glorias de las naves aqueas para aumentar “el espíritu nacional”. El coro cuenta una historia narrativa, pero sobre todo descriptiva: las Nereidas danzan entre las olas y hasta un delfín toca la flauta animando a los aristoi camino a la guerra. Tetis le dio a su hijo Aquiles en dádiva un escudo fruncido en hierro y oro por el propio Hefestos. Según la tradición mítica en este casco dorado que ahora hereda Orestes está grabada la efigie de Perseo (es el broquel reflector que Atenea le donó para que la Gorgona, con el pelo en serpientes, se petrificara así misma. Perseo simboliza un san Jorge o Gabriel-mata-dragones, arquetipo del “príncipe rescatando a princesa”, cosificada así la mujer en objeto mágico de deseo, custodiado por monstruo o bestia. Se repiten estos arquetipos, según Campbell en El héroe de las mil caras, en los mitos de epopeyas clásicas, épicas medievales, cuentos fantásticos de hadas, en la bilguns-roman romántica…

Estereotipos de la tradición y especie de símbolos en un inconsciente colectivo relacionados con las teorías sicoanalíticas de Jung.) En la ecfrasis del escudo aparece Hermes, hijo de Maya (el mundo aparente), el mensajero alado y pregonero de los dioses, entre sí y con los mortales; el carro dorado (análogo al auriga celeste de la metáfora platónica) en el que se arrastró el cadáver de Héctor para la humillación troyana; la Esfinge a la que interrogó Edipo las tres edades del hombre, una leona respirando y expulsando fuego también en el mito egipcio; y la Quimera que venció Pegaso montado por Belerofonte. (Larga y sugerente ecfrasis al escudo para legitimar la violencia en la tradición legendaria, en mi doxa.)  En Helena de Eurípides el corifeo la tranquiliza que estas funestas noticias de su familia son mentiras del soldado meteco y la recomiendan hablar con Teónoe, vestal hija de la nereida póntica, para que su oráculo le confirme la verdad o desmienta los hechos; como hermana del rey puede ayudarla a convencerle de que desista de matrimoniarse con ella y de matar a Menelao. El coro le recuerda la leyenda del rapto de Perséfone en clara alusión al de la propia Helena dándole así esperanza, pues su madre Deméter llegó a un acuerdo con Hades. Un interludio coral se mezcla al monologo de la protagonista cantando su desgracia e invocando a las sirenas, a las hijas de la tierra, a los muertos y a Perséfone y le da igual convocarlas con flauta libia de Lot, sironga o lira. La antistrofa sorprende sus llantos sobre el río entre juncos y hierba, en una imagen bucólica pero plañidera, semejante a aquellas que protagonizaban ninfas y nereidas con sus peplos purpuras de luto. Se culpa por haberse iniciado en su nombre la guerra, por la inmolación de su madre, la infelicidad de su esposo y la perdida de sus hermanos, los gemelos Pólux y Castor (a este le cree muerto), a su hermana Ifigenia casi la matan. Es inocente y lamenta lo ocurrido, desea el perdón social. Piensa en suicidarse, pues ni su esposo el futuro nuevo rey ni su patria la van a dejar volver. Hasta se lamenta de su belleza causante del horror. Vemos un coro  más funcional con la trama y el argumento que moral, que depende más de lo que piden las escenas explicar que de la intención del autor en juzgar a sus entes a través de esta figura coral representando la tradición.

6-Escenas de mensajero, reconocimientos y auto-conciencias. Para Aristóteles el personaje suele necesitar al menos dos pruebas de reconocimiento en la obra para llegar él mismo a una conciencia (por ejemplo convencerse de que el otro en efecto es su hermano.) En Las coéforas; el primer encuentro de Orestes con su hermana se da en la profesión de plañideras tras mucho tiempo separados. Se reconocen hermanos por la prueba del parecido del mechón de pelo, como el que ha ofrecido Orestes a su padre. Comparten pelo, dolor y deseo de venganza para restituir el honor familiar. En el tercer episodio de Electra de Sófocles es bastante similar este reconocimiento físico; y del amor y dolor compartido que clama nueva sangre. En Eurípides en este encuentro, Electra compara a Orestes al mismo Apolo, quien a través del adivino Tisias le ha vaticinado la venganza. Le explica a su hermano que Egisto le ha apartado de la casa, rapado el pelo y obligado a casar, aunque con un buen hombre que respeta su virginidad. Pero a su hermano le parece “un desclasamiento haberla casado con un obrero por cuerdo que sea.” La madre no sabe nada de todo esto, “no nos dejan casi hablarnos entre nosotras.” No tiene conciencia de estas inmoralidades de su amante. A Eurípides no le interesa culpar a la madre por uxoricida e infidelidad en un plano moral sino castigar al usurpador del trono con una intención política, como Sófocles, incluso más social; la sociedad griega está avanzando de ese mundo “oscurantista” de reinos micénicos de guerreros aristoi a una polis ciudadana democrática del periodo clásico. Orestes la anuncia su plan de venganza: “la piedad solo es propia de los sabios, pero los que se pasan de listos merecen castigo.” Electra se queja de la suciedad de su ropa y de que la hayan apartado de la vida social, de las amigas (por vergüenza a no tener esposo digno.) Ha tenido que renunciar al matrimonio concertado por sus padres con su pariente Castor (su tío), héroe de Troya. Egisto ha usurpado el trono de quién si luchó por algo y venció. Se ha quedado con su esposa, y no esconde sus infidelidades con las esclavas asiáticas que conquistó su padre. La tumba de Agamenón es un monumento enano, la tienen abandonada, sucia, sin ornamentos, no han hecho libaciones ni sacrificios, quizá hasta esté vacía. El “ilustre” Egisto (obligan a llamarle ahora así) pisotea y apedrea este su último lecho. Y encima provoca al aire a Orestes, que no está allí presente para defenderse; “¿Dónde estás ahora para proteger a tu padre?” Electra no se convence de que ha tenido un reconocimiento con Orestes hasta que el anciano niñero se lo hace ver, en una escena de mensajero en que se hacen autoconscientes de su consanguinidad. La prueba final es la cicatriz en la ceja que le dejó un cervatillo que ambos hermanos perseguían de niños. La oratoria judicial también necesitaba este tipo de pruebas materiales, “a lo Sherlock Holmes”. Al anciano le acomodan por respeto a sus canas, llora de emoción por este segundo encuentro fraternal, se seca con sus harapos. Han encontrado en la tumba de Agamenón un mechón de pelo rubio y los restos de una ofrenda de oveja; dudan sí ha sido Orestes o la propia Electra, las huellas coinciden con las de su pie pero ella lo niega, lo achaca a un foráneo o alguien que ha burlado la prohibición de Egisto de homenajear a su padre, quizá ha sido una hipocresía de Egisto. Se comprueba otra vez el mechón de pelo como sí de prueba judicial se tratara.

En Helena; Menelao tiene una mezcla de reconocimiento, autoconocimiento y dudas al encontrarse con la Helena real o con una mujer que dice ser su mujer, “¡se parece tanto a ella!” Una escena recibida de forma cómica por los espectadores, tiene algo risible que compitan en quien ha sufrido más con su ausencia, y la obra es un juego constante de hapatia, malentendidos y autoconocimientos. Se han reencontrado, pero la escena es breve, y se vuelven a ir cada uno por su lado. Menelao la esconde en una cueva hasta que se aclare todo, y ella se vuelve a volatilizar en el aire. Todo ello debió provocar al menos una sonrisa en aquella audiencia. Un mensajero anuncia que la Helena que Menelao ha escondido en la ruta se ha vuelto a desvanecer en éter (en un nueva fantasmata o ídolo, como el raptado a Troya, por intervención de la celosa Hera de nuevo.)  El anciano emisario, el pedagogo de esta pareja, se acuerda de lo feliz que fue el matrimonio cuando competían en las cuadrigas. Helena pasó del padre al esposo, se ha mantenido fiel y al tratarse todo de un malentendido (sin conciencia) no les ha ofendido ni al esposo, ni a sus tíos los dioscuros, ni a nadie (a ninguna víctima de la guerra, a ninguna viuda o madre sin hijo pues realmente creía este público que todo se debía al rapto de una princesa.) Se enlaza con una segunda escena de mensajero: Helena pide a un esclavo, que se desea liberto, que comunique la verdad a toda Grecia y que organice sacrificios a los dioses para celebrarlo. Aunque se hubiera tenido conocimiento de todos estos errores de hapatia y no de voluntad humana, no se habría evitado tan penosa guerra: el adivino Calcante la había profetizado y París era consciente de su trasgresión y nada hicieron por evitar tanta víctima inocente y además sin motivo.

Menelao le cuenta a su vez a su esposa su periplo de vuelta, ¡toda una odisea!: El desastre en el mar Egeo donde Nauplió provocó unos fuegos fatuos, eubeos, hogueras entre arrecifes cerca al cabo Carafeo vengando así el asesinato de su hijo por estos guerreros y estrellando la nave contra las rocas, donde murió el héroe Ayante Telamonio, Áyax “el Grande”. De esta forma ¡el culpable de la guerra es este señor concreto, ya fallecido, al que no podemos pedir cuentas!, quien también pervirtió a las mujeres de estos soldados forzándolas a tomar amantes (con lo que sí ha habido alguna mujer infiel entre el público queda excusada.) Le cuenta su desastroso viaje, en un pensamiento mágico ante su sentimiento de culpa por matar en la guerra. La achaca a la maldición a su abuelo Pélope de Pisa (la maldición a la casa de Atreo la explico en el apartado mitológico.) Una anciana, custodia de la puerta del reino, no le deja entrar ni ver al nuevo rey sin identificarse. La cuenta Menelao que el viento no le deja regresar a su patria y ha roto su nave, salvando solo la quilla y a Helena, a quien por fin trae de vuelta, aferrado a ese salvavidas de madera. Le da vergüenza volver y no tiene dinero ni ropa, pues el viento que ha soplado el destino ha arrasado con todo. Pero la anciana asegura que Helena, al que él cree haber escondido en una gruta hasta que se arregle el asunto, sigue en Egipto. También le dice que el antiguo rey (Agamenón) ha muerto y se halla ya en el negro inframundo del ërebo. La profetisa le recomienda que huya para que este nuevo rey no le mate. Helena teme que ese rey la encuentre y la haga su esposa; Menelao teme por su vida. Ni el soborno, la audacia ni la elocuencia les salvará, sólo que nadie sepa de ambos regresos. A Helena la tratan de desanimar de su mechanema de igual forma que a Menelao en otra escena de mensajero. El soldado Teucero la recibe con ese odio de quien sospecha que se ha encontrado con la causa de tantas víctimas. Ella no desvela su identidad. Este guerrero es hijo del rey Talamón de Salamina (donde la famosa batalla) pero le han expulsado de ese hogar y ha regresado porque Áyax, su hermano, se ha inmolado en el combate (pues Aquiles le ha robado sus armas), no sin antes pedirle que regrese a dar la triste noticia a la familia. Esta guerra ha durado 10 años (fueron bastantes más) y 7 lleva Troya destruida. No se conoce el paralelo de esta Helena maldita, sí su esposo Menelao “la ha traído de los pelos a Argos o si sigue a orillas de las Eurotas donde nació.” Otros creen que ella ha muerto y que la nave de Menelao se ha perdido en el viento para siempre. Leda se suicidó con un sable ante la desgracia que había provocado su hija (sin llegar a conocer la que perseguiría a su otra hija Clitemnestra.) Incluso sus hermanos han debido convertirlos en astros los dioses, pero es un tema tabú del que no gustan de hablar y lo dejan, aunque Helena sugiere, como dejándolo caer, la versión de la fantasmagoría rumbo a Egipto. Este héroe parte a la isla de Chipre, reino de Afrodita, para fundar una nueva Salamina y así se despiden, dejando a Helena desolada de que todo sea cierto. Solo el coro la consolará, de la forma en que ya he explicado.   

7-La mechanema es el plan urdido por los héroes, ardid, argucia, peripecia. Cidolón en castellano se traduce por engaño y mechanema por mecanismo (se refiere a una argucia verbal y práctica; más que al mecanismo técnico del Deus machina: En Las nubes suben a Sócrates, con su daimón interior, a una alzaprima como si fuera Zeus, dios o ídolo.) Son dos artificios o mecanismos para resolver algo; humano en la argucia y automático sí se trata de optimizar estos problemas técnicos de escenografía (que no pertenecen a lo literario, para Aristóteles, y de los que no deben abusarse por vano gusto de la masa.) Este plan empieza con un ardid del logos, lingüístico: Helena o Menelao se explican los malentendidos, o Electra con Orestes, y luego convencen a los personajes secundarios auxiliares o donantes (Pílades, Teóne) pidiéndoles ayuda. Seguido el plan pasa a la praxis. Puede ser un cidolón de destrucción (asesinato), de salvación (conseguir salvarse los protagonistas y engañar al oponente) y generalmente la combinación de estos dos tipos (con Eurípides se incide más en la salvación: En Helena ambos sólo pretenden salvarse y lo logan y en Electra son castigados ambos hermanos por su plan de destrucción.) En Esquilo consiste claramente en un plan de destrucción: asesinar a esa madre en metáforas tan serpentina de la forma más cruel y vengativa, con un sentido muy sagrado del ámbito familiar íntimo. Sófocles explica la peripecia de la obra ya desde el prólogo; Orestes pacta con Pilades ir ambos a derramar libaciones y ofrendas sobre la tumba de Agamenón. Justifica este plan de venganza más que por una cuestión personal (Electra sufre tanto que se compara a aquella que Hera convirtió en vaca por los topos común de celos a Zeus) por la profecía divina de Febo Apolo Pitis en el oráculo de Delfos; por una cuestión religiosa de la tradición. El plan de Oretes es hacerse pasar por meteco de Focea, y comunicar su muerte de parte de Feneteo, su mejor amigo. En Eurípides la estratagema es la misma: disfrazarse de extranjero de Daulia junto a su amigo Pílades imitando el dialecto focense (de la Fócide) del monte Parnaso (con ello se refieren a su muerte), armados “de ágil bronce.” Aquí más que obedecer a una tradición moral matrimonial o religiosa parece más cuestión política y de restituir un honor social. También difiere con las anteriores versiones en el planteamiento de la mimesis: no es verosímil entrar en los muros, plagados de centinelas, y tiene más sentido sorprender a Egisto mientras ofrenda toros en el campo, y junto a Clitemnestra para aumentar el odio popular que la tienen a esta adultera y uxoricida. La estratagema en  Helena empieza al explicarle al esposo su infidelidad con París: Le maldice, asegura que su rapto ha sido un fallo de hapatia inconsciente: a Troya fue una machina construida por los dioses mientras ella le esperaba fiel en Egipto, gobernado por el rey Proteo. Este tiene dos hijos: Teoclímeno (llamado así por honrar a los dioses todos los días de su vida) y la bella y noble Ido (a quien en edad de casarse llamaron Teónoe pues “sabía las cosas divinas, lo que es y lo que será, el arte de los presagios heredados de su abuelo Nereo, el titán del mar.”) Próteo le ha respetado, pero su hijo la pretende su esposa y la está buscando. El plan inicial es convencer al rey de que no ama ni quiere casarse con su hijo, quien debería dedicarse a una vida pía y no insistir en bodas. Helena ingenia también convencer a Teónoe para que persuada a su hermano de que tenga clemencia con Menelao y con su Noluntad. Menelao toma conciencia moral de los deberes conyugales y políticos, piensa en suicidarse, se apena de las viudas de guerra (Tetis perdió a su Aquiles; el gerenio Néstor a su hijo Antíloco…) El linaje de Tántalo debería verse ya libre de infortunio. Menelao huye y aparece en escena la vieja profetisa Teóne, ofreciendo una antorcha a Helena, quien le suplica de rodillas que interceda ante su hermano el rey y escuche a su padre Proteo, aunque ya ha fallecido. Ella no puede traicionar ni a uno ni a otro. Helena reclama la hospitalidad que se le debe dar a un extranjero y alude a la virtud matrimonial, un voto de unión tan importante como el de mantenerse su interlocutora vestal. Por sí esto no le persuade; amenaza que no dudará Menelao en retarse con él y matarle.

El argumento que más pesa en Teóne será la voluntad del padre fallecido: “Aunque los muertos ya no estén siguen estado en el éter.” Eurípides de nuevo plantea un problema de mimesis, de verosimilitud; y un conflicto ético: No es buena idea matar al rey hiriendo así a la hermana que tanto les ayudará y guardará su secreto. Helena urde su estratagema en la mentira de que su esposo ha perecido en el mar. Se teñirá sus bucles, cambiará sus vestidos blancos por unos negros, y caracterizada de soldado se ensangrentará las mehalas para testificar como víctima de este naufragio en el que ha quedado viuda. Y así ejecuta el plan. Teoclímeno no la cree al inicio, pero está dispuesto a enterrar aunque sea a “una sombra” (nada queda de la nave ni de Menelao tras el siniestro) por amor a Helena y a los dioses. Haciendo honor a su devoto nombre, ofrecerá a los dioses libaciones, sacrificios de toros y caballos, armas de bronce (Menelao era hombre de armas) frutos, lo que haga falta, desperdiciándolo todo al mar en un barco de remeros fenicios (la nave de Sidón.) Premiará a este extranjero mensajero con ropas y riquezas, asegurándole buen viaje de regreso a su tierra. (Hacerse pasar por foráneo se popularizó en la tragedia a medida que se traían de la guerra esclavos y venían metecos mensajeros a dar a la viuda o madre sin “héroe de la casa” la fatal noticia.) Al rey por razones obvias le alegra la muerte de Menelao.  

8-Epodo catártico. Se corresponde en un discurso con el epílogo, peroratio, conclusio. La catarsis es el estado de conciencia en que entra el público al final de la obra: tras asistir a lo sucedido, como si de un tribunal judicial se tratara, ha de juzgar como espectador critico esta dialéctica retórica de la obra con dos argumentaciones, la tesis de los héroes y la antítesis de los antagonistas. Una kataskeué confirmatio, probatio, confirmación/ demostración/ pruebas contrapuesto a la anaskeué refutatio, confutatio, reprehensio, confutación. Hace el público de juez decidiendo sico-afectivamente sí la obra le ha causado temor (está de acuerdo con que se han merecido este final el antagonista o el héroe) o piedad (misericordia y compasión por cómo les ha tratado el destino a los personajes principales) o una mezcla ambivalente de ambos sentimientos intelectualizados. Puede traducirse la catarsis como una purificación que sanea y expurga el alma del receptor, encomiando la virtud heroica del héroe e identificándose con ella o vilipendiando los defectos morales del antagonista. O traducirse como purga y pugna interior que remueve emociones pasionales (pathos) y no sólo las racionales (éticas,) Se estudia porqué en algunas obras, más debido a la peste de la etapa final de la democracia de Pericles que a otra cosa, el organismo de algún espectador desechaba de manera espontánea vómitos (esto significa en el ámbito biológico “purgar”, mientras que en el sicoanalítico simboliza la liberación de un trauma.) En todo caso producía un cambio en el estado sicoemocional, en el aparato nervioso del receptor, que puede sentir empatía o antipatía por el héroe. Aunque puede ser consciente de que todo ha sido una ficción y no va a sufrir este castigo divino por una falta de carácter parecida al del personaje, pretendía la obra confundirle vida y ficción. Los héroes servían de modelos morales y los “malos” de contra-ejemplos. Según J.P. Vernan: La tragedia monta una experiencia humana a partir de máscaras heroicas, pero las instala y las hace conducirse de tal forma que la catástrofe que sufre aparece en su totalidad como probable o necesaria. El espectador ve todo con piedad y terror, adquiere la sensación de que cuanto sucede a ese individuo, habría podido o le podrá suceder a él.” La caída o elevación, la destrucción o salvación de los héroes no les era indiferente; la obra habla de cuestiones de vida y muerte. 

En el epodo de Las Coéforas, Esquilo pretende llevar a su audiencia a una catarsis de miedo y purificación. Clitemnestra comprende las palabras de su esclavo mensajero; “los muertos matan a los vivos”, se hace consciente de que se trata de una venganza, y que ha de defenderse, aunque se trate de su propio hijo. La madre llora a su amante, sin que esto despierte compasión en su hijo, que la “consuela” con que ella al seguir su suerte no le traicionará ni siquiera en la muerte. Y ella apela a su condición de madre y a tantos años amantándoles (“de sangre”, según Electra) y que le ha querido más que a su esposo y otros hijos. También le maldice. Trata de excusar su culpa con que este asesinato estaba escrito en su Moira o en razones más humanas: se sentía sola sin Agamenón y tomó consuelo en Egisto. Por sí no parece suficiente razón la personal: explica que la estructura familiar y del reino necesitaba otra autoridad. Con recursos de patetismo emocional, apela a que “le ha criado dándole un hogar hospitalario y quiere envejecer con él”, pero según Orestes “le dio luz para mandarle a las tinieblas.” Todo esto juega una especie de dialéctica de tesis y antítesis para que el público decida sí Orestes obra moralmente o no con un matricidio que venga el honor familiar. Orestes le hace matarse a sí misma y así Esquilo parece restarle al héroe mala conciencia, liberándole de culpa del matricidio, dando la sensación de que el mal se castiga solo, siempre insistiendo en los caracteres negativos de la asesina, que ahora se vuelve a manchar de sangre contra sí misma. De esta forma se cumple la profecía de Apolo y se consume la venganza llegando al fin la justicia a las Priámidas, descendientes de Príamo. Es una solución a asuntos de orden económico, político, social, moral y personal, como deja ver la acusación “la pareja denigrante ha disipado la riqueza de esta casa”, y ante todo han vengando una infidelidad matrimonial dentro del orden familiar. Y siempre con el favor de los dioses. En la estratagema se ha unido la cólera con la astucia al disfrazarse de extranjeros, Hay alusiones durante toda la tragedia a la purificación, la recepción esperada por Esquilo; ver en Orestes ejemplo moral y a su madre manchada de sangre y connotaciones negativas. Para darle una especie de validez jurídica llegan compañeros en el combate con Agamenón del pueblo de Argos a testificar que ha sido un castigo al adulterio y al asesinato al esposo de acuerdo a la ley local. Y para apelar de nuevo y finalmente a lo emocional vuelve a referirse a la condición serpentina de esa madre que envenenó una capa con veneno de sierpe (siempre estos animales que acechaban al ganado se han asociado al mal, al Hades, al demonio.) y con ella estranguló a su propio esposo y padre de sus hijos. Detalla así la crueldad y enlaza esa comparación de Clitemnestra con una serpiente con una concatenación metafórica: el sudario del muerto, los lazos… recuerdan a la trampa que ha tejido ella a su esposo en su estratagema de destrucción concretado en ese manto. Su peplo femenino de luto debe causar temor en el espectador. A Esquilo en esta obra le interesa causar una purificación a través del miedo, más que la compasión del espectador. Para dar validez “legal” a este matricidio se asegura que avisarán a Menelao cuando regrese de Troya ya que le corresponde el trono de su hermano (lo que en la realidad sucedió.) El coro compara a Clitemnestra a una Gorgona envuelta su pelo en serpientes. Y finalmente se concluye con que toda esta tragedia familiar se pone fin a la maldición de Tiestes contra la casa de Atreo.

Sófocles inicia su epodo con un dialogo lirico y aterrado de Electra saliendo de palacio para describirnos la situación dentro (pues las mujeres no pueden intervenir en un “asunto de hombres” ni era quizá costumbre mostrar explícita esta violencia en el escenario.) Se representa auditivamente el matricidio. Se escucha apenas “ten compasión de la madre que te parió”, y la respuesta de Orestes de que ella no tuvo piedad del padre que también le engendró.  Luego se aproxima Egisto, al que Electra recibe con ambiguas palabras. Él pregunta por su concubina Clitemnestra y promete enterrar con honores a Orestes, pero no tiene conciencia de que está tratando de muerto a un vivo. Egisto, por su propio pie, entra en palacio, donde va a correr la misma suerte que su indigna compinche. Electra anima gritando a Orestes que la mate con celeridad, “envíala pronto a los sepultureros con sus perros y buitres.” El asesinato es lo más amargo posible: en el Megarón, cayendo primero ella y luego él (En Sófocles ella parece solo cómplice, y al ser Egisto más consciente es el más culpable. En Eurípides Clitemnestra parece hasta engañada, como Helena.) Se pone fin justo a la maldición de los Atridas Pelópidas; la sangre ha reclamado el honor y se ha cobrado nueva sangre. Los extranjeros descubren los cadáveres.

Eurípides en el epodo de Electra hace encender altares de fuego, expandir inciensos dorados, y se canta con una flauta inspirada en las musas. Un argivo gime, y el cielo parece cambiar de color. La tragedia se masca en el aire. El mensajero de Orestes le cuenta a Electra cómo su hermano ha vengado al padre. Se han hecho pasar junto a Pílades por tesalio que van a Alfeo a hacer un sacrificio a Zeus, donde se topan con Egisto, quien les invita a un banquete en honor a las ninfas. Los tesalios tienen fama degollando y despiezando terneros, por lo que les pasa el doris (el cuchillo para esta tarea.) Orestes no duda en hundírselo hasta las vértebras desgarrándole los músculos de la espalda. Las descripciones no ahorraban en crueldad, aunque no podemos saber con certeza hasta qué punto esta violencia se llevaba a escena. Cuando van a defenderlo sus esclavos, Orestes se presenta como el sucesor legítimo de Agamenón y todos celebran la venganza contra el tirano usurpador. Electra se alegra tanto que luce sus mejores joyas abriendo todas las ventanas, cantando a Helios, dios del sol mientras las esclavas danzan un baile de musas. Le brinda orgullosa una banda a su hermano y le regala a su escudero Pilades una corona. Exponen el cadáver del asesino asesinado para que se lo coman los bichos, aves y fieras. Electra teme la murmuración en la ciudad, aunque han cometido un acto heroico en nombre del honor. La venganza se sirve en plato frio y tarda en llegar, como todo buen plato, pero al fin se ha consumado; Electra se deleita despachándose a gusto con el cadáver de su padrastro. Le reprocha su privación de vida social y libertad de casarse con quien le correspondía por tradición, la muerte de su padre, el deshonor a su madre. Y todo por robar un trono, y un afán de lucro que ha dilapidado. La riqueza material es efímera, mientras que la naturaleza y moral permanecen. Le manda en definitiva al infierno. Electra le pide a su hermano que consuma la venganza con el matricidio y al principio él protesta, se trata de una madre y él de un ser puro, apolíneo. Teme que aconseje esto un alástor (genio vengativo, “el que no olvida ni perdona”, “Alath o alaos” se traducía por la “venganza ciega e invisible.”) El coro se extraña ante la venida de unos dioses, o quizá daimones, no es su senda habitual. Son los dioscuros, sus tíos Castor y Pólux, seguidos de su sequito. Vienen a conocer la tragedia de su hermana y reino. Les parece justo y merecido el castigo  a la infidelidad (aunque sea su hermana) pero no el matricidio (que a Esquilo le debía parecer estupendo sí vengaba una falta familiar) por lo que Orestes sufrirá su Moira. Electra se casará con el escudero Pilades y marchará exiliada en ostracismo. Las furias les perseguirán en vida y le harán dar vueltas como en una rueda, enloqueciendo sus conciencias. Se celebrará para este proceso un juicio emulando al divino (y al terrenal democrático), con voto secreto y sagrado. Se juzgará a Orestes e incuso a Loxías por vaticinarle el matricidio, pero seguramente no le condenen a muerte y tendrá que exiliarse a las riberas del Alfeo, en una ciudad arcadia, y peregrinar al templo de Liceo. Se abrirá una sima sobre el oráculo que le ha engañado. El cadáver de Egisto se ocultará. El de la madre lo enterrará Menelao; regresado, tras vencer en Troya, en Nauplia, capital periférica de la Argólida. Helena ha retornado de Egipto. A Troya sólo fue un simulacro como el famoso caballo, una ficción. A Menelao y Helena pertenecen ahora trono y riquezas de la casa de Atreo. Termina este juicio del tío sentenciando: “Común fue la acción y vuestro destino, y una sola maldición de vuestros padres os perdió a los dos.” Se lamenta Orestes de separarse de su hermana. Según Castor, ella es la menos perjudicada pues tendrá esposo y nueva casa aunque abandone esta. Se produce la despedida, la separación forzada, como antítesis del reencuentro inicial y reconocimiento a través del ayo. El ejército de los dioscuros se marcha en sus naves al mar de Sicilia aprovechando la suerte de los vientos. Se quedan solos los héroes trágicos ante el destino: “No sólo han ofendido a los dioses; ¡a su familia, a todo el reino! ¡Quién puede estar contento y no le doblega desgracia alguna ha conseguido la felicidad!”

Eurípides mantiene una perspectiva más racionalista que Esquilo ante los mitos y rituales tradiciones. Crítica la visión teológica en Electra, ridiculizando alguno de las supersticiones que las otras versiones reflejan. Sin embargo, su final es más trágico y ético que en Esquilo sí cabe: no solo han sido castigados los oponentes sino los héroes por sus asesinatos. Los dioscuros han frustrado lo que parecía un final feliz cuando una Electra enjoyada abría las ventanas al divus disco solar. Me da la impresión de que Aristóteles no simpatizaba con el nuevo teatro, como si de Esquilo a Eurípides se hubieran ido a su juicio relativizando los valores morales, propio de toda crisis, y a veces parece ironía cuando afirma que iba mejorando la tragedia de uno a otro. Le parece que va perdiendo gravedad teológica este teatro más humanizado, menos religioso y tradicional; con este coro menos censor moralmente y más dionisiaco (no en el sentido ditirámbico plañidero sino pro-satírico) que armoniza el espectáculo con interludios  musicales y nuevos aparatajes escénicos “que no son del arte” para él; y con ese tono popular de alguna escena anecdótica, por ejemplo de la vida privada de Electra (que reclama haberse quedado sin ella) en su monólogo de queja “sentimental”, y escenas en las que aparece el pueblo, o mayor presencia de esclavos, femenina y meteca. Es un coro el de Eurípides que se preocupa más de la trama, de la fábula en sí, de la coherencia interna de la obra y de justificar con el mito la guerra… que de plasmar un pensamiento moral. El mito se usa para algo más pragmático que en el juicio moral de Esquilo. Eurípides plasma el arete del carácter, pero de forma sensorial, descriptiva, por ejemplo en la larga ecfrasis de entusiasmós con el escudo de Orestes, y no en lamentos elegiacos del coro. Hay más escenas y personajes en ellas y en toda la obra en general, aparecen retratados con mayor introspección sicológica, son menos planos, con todo ello se consigue cierto realismo. Se preocupa mucho de los asuntos de mimesis y verosimilitud, trata de humanizar a sus héroes, de repartir las culpas socialmente (castigar a unos y a otros)

Aunque sin dejar de esquivar la responsabilidad de la guerra con una serie de mitos que en nuestra imago posmoderna podríamos tildar de metafísica ingenua, pero su postura trata de ser más lógica y racional. Las obras de Eurípides han sido las que a mí personalmente más me han gustado. Y según el canon de La poetica; esta debería ser la tragedia preferida de Aristóteles de las tres versiones de Electra; se han dado tres reconocimientos, varias autoconciencias, peripecias, mayor mimesis (tomando conciencia de la verosimilitud de asesinar a Egisto fuera de palacio y junto a su cómplice, y de que la verdadera razón de matar a Agamenón no era la venganza de Clitemnestra por Ifigenia, dejarla sola el esposo o amar a Egisto sino las ambiciones políticas de este.) Se ha complicado de escenas, y aunque hayan sido algunas anecdóticas con interludios musicales, se ha seguido la tradición religiosa, y se ha castigado moralmente, además doblemente. El público se le ha llenado de temor tanto como de piedad: nos aterra el fin trágico que los cuatro se han provocado ellos mismos con sus malas acciones, fruto de mayor o menos conciencia (obedecía todo a un pathos, maldición que la casa de Atreo no podía evitar.) Pero también nos pueden mover a la compasión; sentir a Orestes y a Electra injustamente castigados por sus tíos por un plan más de destrucción que de salvación (Egisto ni sabía del regreso de Orestes.) Esta mezcla de miedo y piedad que Aristóteles preferencia en una tragedia se ha dado en esta, ambivalencia de que ni buenos ni malos pueden huir a su destino.
En el epodo de Helena; el rey; ilusionado ya con yacer con  la hija de Leda, es informado por un mensajero de que la ausencia de Helena en la gruta se ha tratado de un ardid  (“astucia femenina” como la de Eva o Pandora, tan censuradas.) Ha huido Helena con Menelao a Nauplia y están lejos de Egipto. Quiere el rey vengarse al menos de su hermana por ayudarles, pero el mismo esclavo de buen corazón (que ayuda a Helena al principio de la tragedia) se lo impide. Llegan también los dioscuros a poner orden y fin a la tragedia: Menelao gobernará en Las Islas de los Bienaventurados, Islas Dichosas, donde Helena será tratada como una diosa. El rey desiste del propósito de matar a su pretendida si no se casan, a su hermana, a Menelao. En esta obra el plan ha sido más de salvación que destrucción (no muere nadie, no se vierte sangre. Helena se ha liberado de un casamiento forzado, Menelao sólo urdía salvar su propia vida, aunque se hayan amenazado un poco el rey y él. Se aligera el conflicto trágico, se frivoliza un  tanto así, lo que podía disgustarle a Aristóteles.) Esto lleva al receptor a alabar los caracteres éticos de todos los personajes, y purificar su honor como ciudadanos de una polis democrática. La obra explica que la guerra se debe a malentendidos humanos y polémicas de los dioses; por lo que el espectador siente que su democracia sigue en orden, no hay objeción para la guerra si pertenece a su pathos y así lo desean los dioses. Es una forma de quitar hierro al dolor tan presente en Las coéforas, pero no deja de ser un maquillaje social. El autor reconoce que “los dioses obran bien y que sus obras a veces toman cauces inesperados”, y en mi humilde doxa creo que no sólo se refiere a las decisiones de los dioses (que a un escéptico con la religión ritualista como Eurípides le pueden parecer algo arbitrarias y que usa los mitos con intención política) sino a su propia obra con este final inesperado (como lo ha sido en Electra con los dioscuros), pero dentro de lo mimético y creíble; un rey que finalmente acepta dejar con vida a Menelao y que Helena es su esposa y no debe interponerse él, pues además debe dedicarse al culto religioso con castidad. Su hermana sólo ha mostrado filantropía, propia de seres piadosos como ambos son, por dos seres virtuosos injustamente difamados. Con su epodo consigue una catarsis de purificación a través de la piedad, el receptor incluso se ablanda por este antagonista que en el último momento muestra su carácter moral de no tomar represalias contra nadie; y en vez de sentirle repulsión moral (purga) por él se apiada al final con su rendición, le purifica. Hasta un personaje de condición económico-social humilde, el pedagogo, demuestra moral heroica de aristoi y humanidad.

INFORMACION ADICIONAL----------------------------

Contexto En la Grecia clásica (hacía el siglo V a. C.) en Atenas y las polis aliadas pan-helénicas, se celebraban las dionisiadas ciudadanas (en las aldeas; las rurales), en honor a este dios del vino, con la fe de que favorecería su cosecha y por ello en el mes de marzo al empezar la primavera. Insertas en estas fiestas de carácter civil, religioso y cultural tenía lugar un certamen de poetas: se representaban tres días estrenos de tragedias y otros tres días de comedías: 3, 4 obras por día. Luego se solían volver a representar estas obras a lo largo de las dos semanas que solían durar la efeméride. Se suspendían los demás actos de la vida pública ante la importancia de este “fenómeno de masas”; llegaban desde toda la Hélade y colonias de alrededores. La organización corría a cargo de 10 arcontes y lo sufragaban los ciudadanos adinerados. Su época de auge fue este siglo de oro cultural en que políticamente Atenas alcanza un sistema asambleario popular que conocían por Democracia (gobierno de todos.) Aunque controlado militarmente por diez estrategos, se intentó la “separación de poderes”; incluso el strategos, el mando supremo del ejército, era un cargo público, una magistratura más que cada año ocupaba un ciudadano distinto elegido por esta asamblea y que debía rendir cuentas públicas al acabar su gestión. (El general e historiador Tucídides perdió durante las guerras del Peloponeso la batalla de Anfípolis y al termino de ese año fue destituido y desterrado en ostracismo.) Se favoreció económicamente al funcionario público, se intentó proporcionar trabajo a las clases más pudientes, expropiar tierras para un reparto más comunitario y otra serie de ayudas sociales (a los huérfanos, viudas, heridos…que dejaban este periodo bélico.) La democracia se garantizaba porque no ejercían estos cargos políticos profesionales sino un sector ciudadano tratando de evitar intereses de lucro y voluntades de poder. Obviamente no era una democracia representativa ni participativa del todo; esclavos, metecos, mujeres estaban excluidos de ella, no había espacio físico en la Acrópolis para esta reunión total, seguía habiendo ambiciones y la mayoría de la población se desinteresaba de la cosa pública (se quejaba la élite más ilustrada de que por esta indiferencia y otras causas no se tomaban las decisiones correctas.) Se trató de equilibrar y separar los poderes entre la asamblea o ekklesia (frente a la Acrópolis de Atenas) con poder legislativo, prolongada  en un consejo o bulé administrativo o ejecutivo (elegido a tabas, pero la palabra “bula” etimológicamente viene de las medallas de patricios romanos): una especie de consejo de sabios donde el peso recaía en las personas más ancianas, a quienes se suponía más conocimiento y experiencia. Los tribunales judiciales eran populares, se dictaba justicia rápida, el mismo día. Por ello era importante la competencia retórica, que teoriza Aristóteles, al tener que argumentar en discursos judiciales, deliberativos (o políticos, decidir por ejemplo sí participaban en otra guerra) y epidicticos (alabanza a héroes, caídos, elegías a los dioses…), los más parecidos a la concepción de literatura actual.

Resumen de la POETICA DE ARISTÓTELES



Mimesis e imitatio. 
Tanto para Aristóteles como para Platón el arte trata de imitar la realidad (y no “la realidad es la que imita el arte” del esteta Oscar Wilde en su “arte por el arte” entendiendo por arte todo y que todo nos influye socialmente en la realidad.) Platón a ese “poeta técnico-emulador”  le considera inferior al inspirado por la manía divina, por debajo incluso de un artesano que al menos crea algo útil o pragmático para la Polis. Este tipo de poeta imita solo la sombra de la realidad, que tampoco son los objetos del mundo sensible sino el mundo esencial con categoría ontológica per sé. Pero en Aristóteles (más preocupado por estructurar o clasificar el mundo fenomenológico de las cosas que en especular los noúmenos) la mimesis es la condición si no qua non de toda diegesis o ficción artística: imitar  la rexontos, la natura. Se refiere más a la verosimilitud con la realidad que a la objetividad tal como ahora se entiende (científicamente) o el mimetizar tal como se entendió en el medioevo o empieza a entenderse de nuevo en los copia-pegas posmodernos. En una obra pueden suceder hechos sobrenaturales, la presencia intervencionista de los dioses (incluso en la historiografía antigua) o la subjetividad del personaje  (en la tragedia, este yo del héroe trágico se refleja en los monólogos, en los que el coro se interna en su conciencia), pero ha de resultar una ficción aceptable según los horizontes de expectativas del espectador. Por eso, para la poetica aristotélica “es preferible mostrar algo irreal pero creíble que algo que haya sucedido, pero resulte inverosímil.” (Un público supersticioso de pensamiento mágico politeísta lo ponía fácil) Según Aristóteles se debe evitar lo que resulte raro, irracional al espectador le puede llevar a un extrañamiento excesivo, dudando de que le cuentan, y por tanto desconectando de la representación, romper ese “pacto de ficción” en que transitoriamente se cree lo que le cuentan en la ficción. La fábula, sobre todo los diálogos, puede ser interpretados en poli significación y por ello el autor no debe dejar nada a la improvisación, sino probar todos los sentidos posibles que el receptor pueda darle, a fin de conducirle al adecuado; precisando y concretando en su obra esos efectos en el receptor pretendidos. “Los críticos se quejan cuando una tragedia es imposible, improbable, inmoral, contradictoria, o inexacta técnicamente.” Aristóteles reconoce que el arte debe representar a veces también las faltas éticas, estéticas o intelectuales, pues la condición básica es la de resultar verosímil con una realidad donde se dan estos defectos. Ha de imitar el poeta trágico también esta fealdad de carácter, pero tratando de que aparezcan personajes ejemplares en honor, modelos de virtud. Dirá que “la actuación no es una mera imitación de los hombres (aunque surge porque somos animales imitativos unos de otros) sino imitarles en una acción de la naturaleza” Y esto sugiere una elección por parte del poeta de los hechos más heroicos, donde tratará de mostrar su propio pensamiento moralAristóteles  prefiere las obras que reflejan al personaje “mejor en carácter de cómo somos en realidad (la épica y la tragedia.)” Aristóteles teoriza más sobre la forma de creación, la tecné-estilo-técnica- el ars, y sobre su fondo moral. Mientras Platón investiga dónde halla el autor estas temáticas y fondos: en el propio don del poeta, inspirado por el dios o daimón, un talento dádiva de Apolo, Dioniso, las musa… metáforas de las ideas intelectuales primigenias e inmortales en su esencialismo y hoy de la creatividad humana. El poeta ideal en Platón debe seguir un método racionalista o idealista, deductivo a priori, partir de estos presupuestos y aplicarlo a todas las formas estéticas (por eso rechaza la mimesis de lo aparente, falso, inmoral, “lo feo” no adecuado a sus pre-juicios anteriores a las formas.) El método aristotélico, por el contrario, pretende ser materialista, inductivo, empírico, juzgar a posteriori. Tras la observación crítica de la fenomenología escénica de su época llega a una serie de conclusiones y las describe como normas o consejos a seguir por el poeta trágico. Establece un canon muy similar al platónico por su concepto de la arete  (la virtud en el carácter) de lo bello, bueno, verdadero, caracteres propios del aristoi, heroico y semidiós (con la divinidad en su interior), un hombre mejorado a cómo es en realidad.


Imitatio. Al igual que el arte ha de imitar la realidad con verosimilitud en ese concepto de mimesis (y ofrecer algún ejemplo moral en el caso de que retrate seres inferiores o iguales a nosotros), ha de seguir una tradición compartida heredada de imitación de obras. Un tradición enraizada en lo mítico, encantada en la leyenda popular, en las epopeyas recreadas por los aedos y cantadas por los rapsodas, trasmitida oral y generacionalmente, de padres a hijos. El público espera ver cumplidas sus expectativas y que estas historias no se desvíen demasiado de la versión original tradicional. Aún así, cada autor le da un toque especial, distintivo (Esquilo y Eurípides usan parecidos detalles, el mechón de pelo en homenaje a Agamenón, pero difieren con la versión de Sófocles: en quién llevó más culpa en el asesinato, presentan diferentes justificaciones a la venganza…), para marcar su propio talento o ingenium (una especie de don divino en Platón que hay que devolverles con entusiasmo o elegías; o un don de la natura que se desarrolla con tekné según Aristóteles.) Se versiona con algunos pequeños cambios también para defender una tesis diferente (Platón cambia el final y todo el sentido del Hipólito de Eurípides en su dialogo con Fedro: y para que no se le derribe el auriga le da más alas: el conductor templa con sus razones el caballo negro -la cólera violenta y airada, el dolor- y el blanco -el deseo sexual pandémico- y va ascendiendo por su escala epistemológica, estética, ética, y metafísica (destrozando en mi opinión la verosimilitud y mimesis con esta vida, en la que se nos derrumban aurigas doradas celestes por la vía láctea cada día. Aristófanes parodia las altas elevaciones de Sócrates en Las nubes.) En este sentido, Eurípides era más escéptico que Esquilo con la tradición religiosa ritualista, como se ve en su Electra comparada a Las coéforas que acentúa tanto la parte trágica y fúnebre. Esta cultura propiciaba la poética de la repetición, no literal, sino versionada en cada autor, pero lejos de imagos de originalidad y novedad romántica que podamos tener ahora en mente. Seguramente también los gestos corporales de los actores serían convencionalismos, máscaras en el sentido más apegado a la cara y a la expresión facial y corporal: quinésica, prosémica, gestualidad, vestuarioatrezo, su precaria escenografía de juego de luces y sombras…todo debía guardar su decorum y con la situación representada, con la fábula del poeta, con la tradición, con un sentido moral, con los pensamientos y caracteres de los personajes. El decorum es una traducción del mundo humanista, pero se corresponde con esta idea de adecuación de Aristóteles. La máscara da idea de personare, de la que proviene etimológicamente la palabra persona. Se trata de personajes simples, arquetípicos, moldes, estereotipos, y así se iban repitiendo en las obras una serie de figuras cuyo perfil ya estaba tipificado de antemano: el pastor, el sacerdote o profetisa con un sentido mantico y adivinatorio, el rico comerciante ciudadano…se adecua también con su expresión hablada: llana, moderada o culta. El estilo grandilocuente es un elemento de ridiculización de la comedía, para hacer parodia de los personajes pedantes, pero en la tragedia es propio de un dios o un héroe hablando en hexámetros. Su habla se adecua a su región geográfica, género, estamento socioeconómico, honor, edad…
Estos caracteres del personaje-mascara estaban ya bastante determinados por la fábula imitada de carácter repetitivo, por la tradición, con una mínima deconstrucción respecto a la versión anterior. Por ejemplo: Los persas de Esquilo, la única tragedia con temática contemporánea histórica que ha llegado (dramatiza la derrota del ejército persa acaudillado por Jerjes, hijo del gran Darío, rey de los medos antiguos y persas, al intentar invadir la Hélade en la Segunda Guerra Médica.) versiona la misma fábula que había presentado Frínico hacía 4 años. Desde el prólogo, Esquilo da señales de que quiere seguir los pasos de este autor, con versos casi calcados, las variaciones son mínimas. Era un reto para el poeta presentarse a un concurso con una obra ya estrenada y activar la memoria teatral de los atenienses, que aquello sonara a lo otro, se compararan las versiones, se evidenciaran las fuentes intertextuales (influencias, inspiraciones, hipotextos anteriores…) y también su excelencia como poeta en haberlo imitado bien. Se imitaba incluso la puesta en escena, los pasos de baile, el escenario, la música… y por supuesto estos mitos interminables en sus miles de versiones divergentes pero relacionadas, unas con más prestigio en credibilidad que otras.

Resumen critico de La poetica de Aristóteles.  Una tragedia se compone de una fábuladonde se representan unas mascaras (personajes) que expresan su pensamiento (todos lo tienen) en una dicción elocuente o dictamen en adecuación con sus condiciones vitales y contexto, pero en los protagonistas sobresale en ese pensamiento, reflejado en la parte dialógica y de monologo con el coro, su arete, su virtud y cualidad ética que muestran su carácter heroico, aristoi, mejorado al resto de humanos, lo que aporta el tono moral a la tragedia. Guarda unidad en todas sus partes, una modulación melódica y armónicasobre una perspectiva escénicaYa ha afirmado que toda diegesis (toda ficción artística) es una mimesis imitando verosímilmente lo real, pero difieren las artes entre sí en el referente imitado (temática), las formas o modos  (estilos) y los fondos (significación social, sentido personal en el receptor.) Este “triángulo semiótico” de Aristóteles no lo inventa Saussure ni U Eco, (aunque estos lo contemplen ya secularizado de la causalidad de un noúmeno divino.) Y así en todo discurso cultural, dirá Aristóteles, importa el número (la cantidad) y la calidad (determinada por esa armonía, consonancia, cohesión de todas las partes integradas en la obra como una unidad; con una parte moral- escolástica o ejemplar y otra de melodía deleitosa.) El placer estético en una tragedia es sentir en la catarsis una mezcla de terror por los crímenes (y por el miedo a que se trasladen a sus vidas), compasión o piedad por la muerte o el castigosobretodo sí el  espectador no cree que la haya merecido el personaje; una purna interior que lleva de la pugna o asco moral a la purificación. Lo esencial en la tragedia es esa combinación armónica de los incidentes o acciones en una fábula (trama) y mostrar estos caracteres ejemplares de virtud heroica (lo “bueno, viril y adecuado” para Aristóteles.) La presencia actuando de los intérpretes es el elemento más obvio y aparente, y después esa elocución  de versos en tono melódico, pero no son lo que caracteriza en esencia una tragedia para él, y lo menos importante es la perspectiva, que Aristóteles entiende por los aparatajes técnicos y otras cosas que para él no competen al arte (al entender el teatro más literatura que como espectáculo, como Kowzan, Esslin y la concepción actual; algo más que literatura, con la importancia de la comunicación no verbal, prosémica etc., y en este teatro griego tenía mucha importancia elementos como lo musical, la expresión corporal y sobre todo lo gestual y lo auditivo pues hay escenas que no representan sino que se escuchan gritos para que el espectador rellene el espacio vacío e imagine un asesinato que no se representa dada su crueldad. )  La extensión de la obra obedece a las condiciones pragmáticas del lugar donde se escenifique, tan larga como lo requiera la fábula, pues cada trama pide su propia extensión, pero que pueda memorizarse (ya que, como la épica, se tratan de tradiciones orales.) Los héroes asumen varias acciones en la obra, más de una, pero todas deben guardar una coherencia unitaria con las demás, estos hechos deben seguir su relación causal y no parecer fruto espontaneo del azar o la casualidad. Y así ordena las acciones de los episodios, en mimesis con la vida real: todas son consecuencia de una causa, ya sea en la fenomenología natural o así querido por el misterioso noúmeno de los dioses. Es imposible una obra sin acción, sin que no suceda nada en escena (incluso sí fuera un sólo monologo y no hubiera acciones está ocurriendo algo), pero las hay sin carácter, y estas al no mostrar la virtud, le parecen de menor calidad. Esta ordenación causal se debe repartir con armonía de principio, punto medio a final catártico. Y la armonía de partes integradas en un todo se consigue a veces simplemente con su carácter repetitivo, no solo de las reiteraciones versionadas respecto a una tradición sino con las mismas insistencias dentro de la obra (por ejemplo Electra insiste en legitimar la venganza por el honor.) Así no se pierde el hilo de la trama o eje dramaticom con interludios y escenas anecdóticas que a Aristóteles no le convencen por distraer de la fábula moral.
El personaje va pasando, en una serie de pruebas a su virtud, de la felicidad a la desdicha o de la desgracia a la dicha (hay tragedias que acababan con final feliz: se puede considerar que Electra en Esquilo y Sófocles vence, aunque en Eurípides es castigada por sus tíos dioscuros.) El autor se debe preocupar más por los fondos (la fábula moral) que por sus formas (versos) pero, aunque trate un tema mitológico (increíble) deben las formas hacer creíble el fondo (teniendo en cuenta lo fantástico-mitológico de su historiografía o de su proto-ciencia.) Debe una obra evitar lo anecdótico, rellenos y sobrantes; priorizando la fábula moral, la historia en sí. La acción es simple si se realiza faltando la comprobación (reconocimiento) o la peripecia (plan, ardid, mechanema)Compuesta si se dan estas dos técnicas además del reconocimiento más perfecto que es el interior: el autoconocimiento (Edipo es el ejemplo perfecto, también para Freud.) La tragedia se divide en secciones (partitio/enumeratio/divisio): empieza con un párodo del coro lírico en dialecto ático, más  musical, acompañado de danzas de avance y retroceso; y un prólogo, tras el cual se van sucediendo los cinco episodios (en algunas tragedias son antecedidos y precedidos por canciones corales como los commos, pasajes plañideros en los que intervenían juntos actores y coros, pero estos cambios de escena solo se dan en algunas obras, como en Las coéforas. Eurípides preferirá los interludios musicales, menos morales que ese coro, más funcionales con la trama o con la parte deleitosa.) En la escena del epodo final y en la última canción del coro  (un estásimo sin anapestos o tróqueos) se lleva al  público al éxtasis, a “salirse de sí mismo”) Se causa en el espectador una catarsis, debe provocarle sufrimiento al recordarle la parte patética, patológica y dolorosa de la vida (causada por el determinismo biológico o el destino predestinado por los dioses en el pathos, que venían a creerlo la misma cosa.) Una catarsis en la tragedia se consigue metiendo miedo, transmitiendo al público temor a que le puedan castigar así los dioses su propia conducta si se parece al del personaje.
El error del héroe puede ser una trasgresión consciente (de su hýbrislibertad racional, ὕβρις 'soberbia' o 'malversación', actuación contra las leyes divinas que lleva al personaje a cometer conscientemente el crimen) o un fallo inconsciente (hamartia) Otro tipo de catarsis se consigue causándole piedad, compasión por el personaje infortunado. El éxodo es todo lo que ya se sale de la tragedia en sí (despedida de actores, esta reacción catártica del público) Le parecen peores las obras anecdóticas, basadas solo en escenas, o las que sustituyen el papel moral del coro por breves interludios musicales. Lo anecdótico complace más en la comedia y a las clases populares pues retratan más escenas comunes de las personas consideradas inferiores. Las prefiere cuanto más unitarias sean y más parte moral reflexiva tengan a través del coro y los caracteres. “La forma más bella  de tragedia es complicada (con episodios cortos, pero sin caer en lo anecdótico de la vida cotidiana), compuesta (reconocimientos, autoconocimiento, peripecias) y que despierte la mezcla de temor y piedad /compasión en el desenlace catártico.” No podrá premiarse a un ser inferior en caracteres morales con un final feliz (no es propio del género, sino más de la comedía) ni a un héroe excelente y perfecto castigarle haciéndole pasar de la felicidad a la desdicha (“eso no inspira temor, simplemente nos resulta odioso moralmente y en cambio nos apiadamos cuando un ser noble sufre una injusticia inmerecida.”)
Hacía el final de La poetica toca algunos temas que desarrollará en la Retórica: la dicción ha de ser clara a la par que elocuente (de figuras, metáforas, analogías…) También contemplaba ya Aristóteles que todo emisor comunica un mensaje a un receptor (en un contexto, por un canal o medio, con un fin, la presencia de ruido etc.), y en la Retórica teoriza sobre cómo ha de ser más efectivo ese discurso formal dirigido a la masa, o cómo hablar en público con sabiduría y elocuencia (distinto al habla común.) Tiene mérito usar palabras extrañas (extranjerismos, neologismos, arcaísmos, cultismos…) pero deben emplearse con maestría y no tratar de “innovar por innovar” con el lenguaje ni “trasgredir por trasgredir” con los deus ex machina y aparatos técnicos, que por mucho que deslumbren al auditorio, no aportan gran cosa a la historia. Lo poético se adecua mejor a lo yámbico o trocaico, las palabras extrañas se merecen el metro heroico (hexámetro) y las palabras sencillas son más claras en el ditirámbico. La tragedia recoge mucho contenido de la épica mítica, pero la epopeya la supera en elementos fantásticos y es por su extensión más monótona y no se podría llevar esa extensión y dinamismo (tantas acciones, lugares, personajes…) del cantar heroico a la escena más que adaptado. Insiste en conclusión que una tragedia siempre “debe mejorar al hombre”, no solo el carácter del personaje de ficción sino servir de ejemplo moral al receptor. “La fábula debe ser probable y el carácter intachable, no deplorable.” La tragedia es la forma más elevada de arte ya que tiene todo lo que aporta la épica y un sentido más diferido, cercano, inmediato, en el receptor removiéndole esa mezcla de pavor y humanidad. La normatividad de La poetica se fue añadiendo paulatinamente en las siguientes poéticas clásicas y sobre todo durante la edad media hasta el barroco, llegando en esta época a un punto tan dogmático que ya Lope de Vega se queja de ellas en El arte nuevo de hacer comedias de las tres unidades de tiempo, espacio, personajes (Análogo a cómo los humanistas renacentistas habían protestado a su vez de la tergiversación teológica del “panteísmo” de su Metafísica.) En la Poetica verbos como “la tragedia debe” dan la impresión de que normativiza, pero a la par describe las formas teatrales de su tiempo. Es a un tiempo crítico de su momento juzgando y al mismo teórico de la forma idónea de composición aconsejando cómo deberían componer los nuevos poetas.

jueves, 20 de junio de 2019

LA CHICA DE SEDA ARTIFICIAL (ANCHOAS DEL DUQUE DE MARZANA)

TAJIN DE ANCHOAS DEL DUQUE DE MARZANA
          

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                                                       Desde el baluarte inexpugnable del belicoso EGO, la protagonista inicia una andadura narcisista que fiscaliza su egocentrismo en forma de relato. Tanta vida por vivir y tantos OBJETOS por sentir en una sucesión caótica de novedades/experiencias  que muestran el carácter débil/dubitativo de una aprendiz de SUJETO. "La chica de seda artificial" de Irmgard Keun(Berlín 1905-Colonia 1982) es un recorrido iniciático/sucesivo entre el Ser y el Deseo y su relación asimétrica. Altibajos emocionales entre el éxito y la derrota. La punta del iceberg en pro del placer  controlada con el lenguaje, y lo oculto, lo canalizado en una no vocalización que potencia la trama y el drama de la incomunicación vivida en soledad. La buena/enigmática literatura despunta mediante ese aparente silencio que es sinónimo de un discurso que emerge por la intención/intuición creativa del lector. "Siento una necesidad muy profunda de que todo el mundo me quiera". Soliloquio que encuentra cómplices en  seres  ávidos de comprensión de esas imperativas motivaciones de la protagonista. Nunca descansa en su predisposición a un aprendizaje/materialización de una búsqueda tendente al infinito. Insatisfacción constante que se renueva(esperanza) ante el nimio posible acto que satisfaga su tentencia a registrar una idealización que supera la Realidad. Enfado, protesta ante ese entorno y sus gentes(pobres) que no sobrepasan el listón de apetencia vital. Los diálogos, cual bucle continuo, se suceden dentro de una misma temática(repetitiva) de ansia insuficiente/insatisfecha.La autora alemana plasma el espíritu del Expresionismo, tanto en pintura como en narrativa. Seres ausentes de color plácido/plástico se adentran en lo tortuoso de experiencias que canalizan en la pérdida de inmaculada plasmación colorista. Cambio de impresiones/depresiones que refuerzan la idea original de un existencialismo inmaduro, incapaz de abordar/abarcar lo complejo y a la vez posibilitador de expectativas que transciendan la imperativa necesidad de DESEO. Las circunstancias doblegan y a la vez motivan/excitan a una aprendiz de persona en el turbio andamiaje de construcción de su identidad entre neurótica e incapaz de salir de su interioridad patológica.
Vuelta a empezar. Pasan los años. Siempre es un nuevo día en la eternidad del anhelo motivador. "Toda deseo es una necesidad y por tanto una carencia"(A. Shoppenhauer).
Filosofía y Literatura como vasos comunicantes en el agua cristalina de la COMPRENSION.


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domingo, 16 de junio de 2019

CALÍGULA (PELÍCULA Y TRAGEDIA DE CAMUS), EL GRAN DICTADOR DE CHARLES CHAPLIN


¿Hasta qué punto aguanta un humano a otro el delirio de yacer con la luna o darle una patada al globo del mundo por hastió ya de lo humano? En la teoría y el arte hasta el infinito, en la vida real hay que poner un límite. "Me cansa ser hombre" versaba Neruda y ese es el problema más profundo del homosexual reprimido de Hitler y del abiertamente bisexual o maricón Calígula; pero lo macho y hembril no se demuestra en el sexo sino en el amor hacia lo más diferente a nosotros, no en ese amor como una mera proyección-prolongación del ego hacia el otro como simple espejo/esencia/idealización (pues también Calígula idealiza a un caballo y se casa con él; Platón maltrata al pobre jamelgo con su látigo moral por no ajustarse a su idea de “Caballosidad”, Descartes le juzga “sin alma” y Nietzsche le tiene que pedir perdón al pobre “caballo teorizado” de parte de estos dos racionalistas.) No me refiero tampoco al amor como construcción ordenación deconstrucción cultural de la Polis, ni a alguna especie de eros o filia intelectualista que puede ser la racionalización de un emperador pirado, que lo mismo mata personas que compone ripios a Selene, sino a sentir algo emocional de calor por un judío desconocido quemándose vivo. Eso es hombría o “hembria”, la valentía de dar valor a lo humano, lo que marca ovarios y testículos distinguiéndolos de los genitales animales.


Chaplin y Albert Camus parecen humanizar a Hitler y Calígula en sus obras, pero para volver por ello su crimen más animal, porque brota del animal que puede actuar en el rol y performance más cruel entre todas las especies: no mata solo por miedo o hambre, también asesina por placer y por imperativo categórico de SU razón más consciente, amparada en el tribunal Universal de su palacio riéndole los chistes malos. Lo que más aterra en estas tragedias del holocausto-genocidio nazi y la caída de Roma es que suene una risa lunática, un chiste negro de mal gusto de fondo, la histriónica risa de un bufón elevado a nuestro tirano. Que el verdugo ría es lo que más duele en una ejecución mientras nos apuñalan; esa risa cínica de sarcasmo hipócrita del niño cruel, mimado y consentido, que se olvidó de como reía cuando más niño. El poeta es demasiado niño para escribir de la muerte, pero no para quedarse huérfano por este tirano y Calígula a sus 30 años es demasiado viejo para recordar esa sonrisa de afecto al otro.  A Calígula le hastía ya el bicho humano, solo oír otra voz… El absurdo existencial le enfrenta “a un cielo vacío” y a "soy un dios", no cree siquiera en la orgia de su fantasía y matar ya tampoco le place, es un juego que le duele dentro lo que le queda de humano. Hitler necesita más espacio vital para poder respirarse así mismo. Pero, aunque nos den las razones humanas o sentimentales del mal, esto no lo hace menos horrible. Nos explican ambos dictadores el pensamiento de su argucia en la tragedia, pero no tienen el carácter moral de ser héroes en ella y por ello se queda su sed de protagonismo en el drama del lucro y la ambición, la necesidad y la necedad, en un antagonismo que aterra, asquea y compadece al espectador. La sangre vertida por Calígula y la del exterminio nos lleva a la catarsis, o sea a la purga, al vómito ético, a una purga/purna interior, que también nos purifica con el contraejemplo ético. Muestra Chaplin cómicamente y Camus trágicamente la banalidad del mal que decía H Arendt: seguir la fantasía peregrina de dos chalados, que podrían haberse quedado el uno escribiendo aforismos sobre nuestra condena a ser libres y muertos como hijos de este adán medio desnudo toda la obra con un laurel de cesar en la mollera y el otro creando su Mi lucha, pero decidieron confundir su ficción con la de la humanidad que les molesta (como más o menos nos molesta a todos.) La diferencia es que estos retrasados mentales creían que con ir matando uno a uno cada bicho molesto acabaría su suplicio,  pero allí quedaron a solas con su alma, con todo el espacio vital que precisaba Hitler, pero no aguantándose el mostacho en el espejo; queriendo desprenderse su propia piel Calígula,  pues el bicho más molesto eran ellos mismos. 


Hitler se suicida cuando se ve solo al fin y han cesado los serviles aplausos al histrión. Calígula, con toda esa ausencia de afecto moral que Camus quiere reflejar en sus personajes aparentemente fríos y duros, arde por dentro de infiernos de Nerón, un alma vacía pero que exclama: "Nunca estamos solos, aunque sea que vuela una mosca y cuando creemos estarlo; la soledad se llena de los que asesinamos en el pasado, ridiculizamos en el presente y tememos en el futuro." Siempre hay risas molestas para Calígula, o fantasmas que Hitler no ha ensayado en su espejo demagógico, y la suya es la peor. Calígula desprecia a los únicos que podrían amarle, porque ha renunciado a la fraternidad y como le dice a su esposa Cesonia: "Hablo de la vida, no del amor." No sabe que habla de lo mismo, le avergonzaba esta palabra. Lo malo de estas cosas de las tiranías es que aburren; Calígula tras cada asesinato necesita otro; y cada verdugo cumple religiosa, profesional y mecánicamente su tarea, y obedece su sed de circum y sangre hasta que messier Guillotín prueba su propia medicina de palo y cuchilla.   Hay que parar el eterno retorno de verdugos dejando de recrearnos en el juego de nuestra moral de víctimas. Alguien tendría que calmarle la neurosis existencial a Calígula para que no asesine más personas (sus andróginos amantes, el mismo), pero hasta que deje de avergonzarnos la palabra amor seguiremos asesinando a la tirana del alma: "Me avergüenza esta ternura: la curiosidad de como envejecerás" le susurra en el cuello a su esposa oficial antes de estrangularla. En esta tragedia quizá la curiosidad del amor podría no haber matado al gato, pero Calígula acaba bañado en el charco de su propia sangre; arañándose así mismo, maullando en su estertor y ya el lindo gatito no inspira ternura. ¡Todo por avergonzarse de la fraternidad!, convirtiéndose así este chalado con laureles, o el payaso ensayando su patada de niño rabioso al mundo, en el “hazme llorar” y la vergüenza ajena. El texto de Albert Camus da mil vueltas a la película famosísima de Calígula, con todo lo que está tenga de contenido visual-colorista-erótico. La comedia de Charlot da mil vueltas a esa tragedia que causaron los nazis, y lo peor de todo: sin conciencia de su ficción ni de su mal. ¡¿DE QUÉ LE SERVIRÁ A UN HOMBRE GANAR EL MUNDO ENTERO SI PIERDE SU ALMA?!



jueves, 13 de junio de 2019

COSEJAS DEL DUQUE: INSTRUCCIONES PARA CONVERTIRSE EN FASCISTA MICHELA MURGIA

COSEJAS  PUNTUALES   DEL DUQUE DE MARZANA


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                                Tomar en consideración la Esencia de las cosas entronca con conceptos tan arriesgados como Belleza y Verdad. La aparición de lo fácil(subterfugio) debilita el noble y arduo esfuerzo de enfrentarse a cara descubierta a esa Realidad donde la Fealdad y la Mentira también pueden hacer acto de presencia. La comodidad, ajena al compromiso, establece un discurso(teoría/praxis) innoble que puede ser asumido/aplaudido como loable/necesario.El FASCISMO no se escapa a esta aseveración innata/común a cualquier Inteligencia Sentiente: En nombre de una aparente/necesaria Libertad subyuga/extirpa cualquier armonioso movimiento, eso sí, con lógica y mecanismos sibilinos de penetración en las masas que, de forma en apariencia inocua, asienten/defienden ese sistema de falsos valores. La escritora italiana, Michela Murgia(Cerdeña, 1972), en "Instrucciones para convertirse en fascista" establece desde un cuerpo irónico los mecanismos para asumir sin complejos tal estado de convicciones. El humor soterrado dulcifica el entorno, en esta ocasión el concepto seco/ardiente de lo totalitario, y eleva a categoría de digerible lo que es una indigestión para paladar libertario ansioso de alimento sano y vitamínico.Las palabras abren un mecanismo poliédrico de aceptación/rechazo que encauza con la pretensión/manipulación de comportamientos en función a intereses creados. Se ama al JEFE porque envuelve/guía las pasiones siempre esperanzadoras de mundo nuevo organizadas desde la sabia interpretación del IMPRESCINDIBLE(beatífico ser de ordeno/mando). En sus manos encomendamos los cansados/combativos espíritus.Tiemblen los otros(distintos/distantes) ante la SEGURIDAD del yo/nosotros.
Se cuela de rondón, sí, un maticillo que resulta impropio su no mención: USO Y PALABRA, y lo que agranda la comunicación: el ámbito no verbal. Es en el gesto y en los sonidos guturales donde el patriótico fascista consigue triunfos de impacto en su proselitismo/persuasión. Si con el verbo florido se recrea en la suerte, con verificaciones semánticas de gran alcurnia, es, sin embargo, en sus intervenciones teatrales donde suena el despertador de su madrugador acto de solvencia manipuladora. Manos, caras, y ese énfasis de ruído gargantil aleccionador que ampara al ímprobo prócer. Connotaciones a gusto del consumidor, y denotaciones(Palabra) camufladas de imperativos categóricos. Al fascista le entusiasma lo SUPERFLUO. Consigue, a través de los Medios de Formación de Masas que controla, que la falsa Realidad se convierta por arte de birlibirloque en Verdad sedienta de ser bebida.

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EL SUEÑO DEL HUMANISMO (DE PETRARCA A ERASMO.)


EL SUEÑO DEL HUMANISMO (DE PETRARCA A ERASMO.)  FRANCISCO RICO, 1993  1   
Temía, según iba leyendo el prólogo y primeras páginas de este ensayo expositivito-argumentativo, que pretendiera F. Rico citar, en otra especie de “manual positivista”, una lista ingente de autores y obras; mas a medida que avanzaba sentía dulcificarse este recorrido por los studia humanitis ilustrado de anécdotas y con un lenguaje sencillo (en el que mezcla para mi extrañamiento la erudición en obras, fechas, nombres y términos epistemológicos con un tono gratamente coloquial.)  Me asustaba también que al dedicárselo a Juan (Benet) fueran a compartir ambos caballeros de la letra armada cierta “hipotaxis hiperbólica.” La obra dedica a cada autor un espacio propio, pero la interrelación le obliga a Rico a pasar de uno a otro y volver al anterior; y así nos guía de Erasmo a Petrarca sin percatarnos de las analepsis o flashbacks, las prolepsis, anticipaciones y flashforwards. Saltos temporales que alucinan el viaje histórico-filológico-filosófico-literario… por el contexto renacentista, pero con un rigor que jamás permite el anacronismo. Al principio apenas se aclara la cuestión de sí “humanistas” fue un término programático con la que estos autores se autodenominaron, conscientes de formar un grupo, o más bien una nomenclatura asignada a posteriori por la crítica; pero se responde en el excurso, cierre anillar de la obra 2 (Este segundo superíndice quiere visibilizar que yo también he marginado este tema al final, en el apartado de información complementaria, donde aparto mis comentarios críticos personales suscitados a lo largo de la obra, por no molestar lo escrito por Rico, aunque se me resbalen añadidos breves, y por cumplir con el criterio sugerido en extensión, al menos en el resumen per sé, teniendo en cuenta que sintetiza todo el ensayo.) Más que el nombre le interesa humanizar a sus protagonistas con el porqué de sus obras, definir que estos estudios englobaban la gramática, retorica, poesía, la historia y la filosofía moral. El latín era la lengua para las artes liberales, pues como decía Valla: “Si hemos perdido el imperio de Roma nos queda la lengua”, pero en aquel renacer a lo clásico seguían idealizando la antigua civilización romana en sus mitos de una cultura inmortal, de unidad (ante la amenaza de fragmentación territorial en su propia realidad) y de fuerza militar contra “la barbarie” (temían regresaran “las invasiones verticales” en los paganos.) La primera universidad escolástica medieval se erigió en Bolonia siguiéndose su docto ejemplo rhetor por toda Europa. El papa Urbano había afirmado que  los galos no gozaban de la elocuencia y moral romana, pero el humanismo no fue un fenómeno exclusivamente italiano, había academias notables en La Sorbona o en Oxford. 3 Por el norte de Italia se popularizaban academias de primera enseñanza, con la figura del profesor de gramática. La escolástica católica medieval había estratificado el saber convirtiéndolo en una jerga técnica especializada, reservada a una élite de iniciados (“el que sabe sabe; y el que no…” ¡A ciencias!, sí se permite el humor);  sobre-ornamentada  de una retórica jeroglífica para el profano común, no apta para laicos. Estos nuevos estudiosos critican los excesos gramaticales, teológicos (y abusos en lo pragmático) serviles a los papados del Vaticano o Aviñón (en Lutero ya tienen “mala prensa” las bulas.)4 Se quejan de la filosofía trascendental, especulativa y nominalista (sobre todo de la última etapa de la escolástica tomista) por abstrusa en fondo y árida en forma, ¡pero no reaccionan radicalmente contra todo el teocentrismo! Según la Rhetorica add Herennium  cada tópico debía ser dicho con pureza y trasparencia (pure et aperte) y el latinitas diáfano (claritas.) El discurso debe ser llano e inteligible usando preferiblemente palabras sencillas y propias, pero aquella teología, empeñada en mimetizar sentencias de Aristóteles, sin embargo no traducía fiel su pensamiento, instrumentalizándole en autoridad para su propia doctrina y predicación moral. 5 A estos estudiosos, más filólogos que filósofos, no les interesa por el contrario la ratio abstracta sino la oratio concreta. Lo textual, contextual y paratextual, sin interpretación alegórica sagrada añadida; acercarse al original. Fue un proyecto común estudiar la lengua real acercándose a los originales clásicos; sin la sobre interpretación, cuando no tergiversación directa, de unos clérigos apropiados físicamente de los ejemplares y de su única lectura, monista y dogmática, con la philosophia ancilla theologiae. La filología (pretendiendo limpiar el latín de impurezas; y escribir y hablar el mejor) sería entonces por decirlo en términos feministas “la esclava múltiple” tratando de barrer en lo que Voltaire llamaba “la casa de locos de la teología.” 6
En el Enarratatio auctorum (lectura- comentario) preferían el usitatis de verbos propios y corrientes. “La imitatio no es acumulatio.” 7 Y la nota original parecía mejor criterio para el estudio e imitación de textos que su mero coleccionismo. Muchos no se contentan con una mera mimesis de referencias remitiendo a hipotextos, (citas que no llegaban a inter-literarias en el caso de los ciceronianos,  ni a una autentica transducción cultural); y en sus comentarios críticos decostruyen en revisión esta tradición renovándola como “dignos herederos” (Ortega); ya que su escepticismo en Las Verdades-Buenas-Bellas Universales (eternas, inmutables…en correlato con lo divino) sospecha de esa ética, estética y epistemología platónica tópica del medioevo y empiezan a ver una multi-significación relativa a su diacronía histórica. Saben, como tribu, que sus contextos políticos, religiosos…son convenciones públicas consentidas, consuetudo, construcciones compartidas a las que se les había querido dar un significado esencialista. El lenguaje también se hereda con su norma  pero es una sociedad mutable quien le da uso, por lo que evoluciona con las alturas y bajuras de los tiempos, y cada autor en su contexto le imprime la originalidad de su “langue y parole” individual. Si el lenguaje imprime significados universales; la literatura permite ver los diferentes sentidos individuales. Más allá de la reiteración textual  ornamentada; sus comentarios buscan la opinión propia. El latín no acabó de convencerse con las abstracciones (del griego) y buscó la expresión directa, concreta, pragmática, civil. Valla decía: “El pueblo habla y se comunica mejor que el filósofo”, incapaz de expresarse con sencillez y concreción; pero el populus pasaba de todo (en la Roma clásica, renacentista y ahora.) Para recobrar la realidad había que restaurar la dimensión humana de la cultura y por eso les emocionaba toparse con obras, ósea “encontrarse hombres”. Poggio y Valla, aunque “enemigos”, compartían la admiración por Quintiliano; “nadie con más elegancia e ingenium.”  A Alfonso “El Magnánimo” 8le fascinaban las décadas de la historia romana de Tito Livio tanto como le epataba a Lovati (Petrarca le dedica una edición crítica y se emociona al hallar el sepulcro de un tal “Tito”) pues   creía que las batallas se lograban “por dignidad, fama  y excelencia humana.” Admiran sus leyes e instituciones sólidas y democráticas, sus bienes (bonum) económicos, militares, morales... su pax romana y concordia. Estos estudiosos, ante la frustración de su tiempo, eran conscientes de que hubo y a lo mejor volvería una edad dorada. Cola di Rienzo anhelaba su sentido de la justicia y se preguntaba dónde pararían ahora aquellos huesos, “¡ojala su tiempo fuera el mío!” “Entre el doscientos y el trescientos un puñado de notarios en Padua empezaban sin saberlo la Modernidad”, como hace ver Billanovich.