Mimesis e imitatio. Tanto para Aristóteles como para Platón el arte trata de imitar la realidad (y no “la realidad es la que imita el arte” del esteta Oscar Wilde en su “arte por el arte” entendiendo por arte todo y que todo nos influye socialmente en la realidad.) Platón a ese “poeta técnico-emulador” le considera inferior al inspirado por la manía divina, por debajo incluso de un artesano que al menos crea algo útil o pragmático para la Polis. Este tipo de poeta imita solo la sombra de la realidad, que tampoco son los objetos del mundo sensible sino el mundo esencial con categoría ontológica per sé. Pero en Aristóteles (más preocupado por estructurar o clasificar el mundo fenomenológico de las cosas que en especular los noúmenos) la mimesis es la condición si no qua non de toda diegesis o ficción artística: imitar la rex, ontos, la natura. Se refiere más a la verosimilitud con la realidad que a la objetividad tal como ahora se entiende (científicamente) o el mimetizar tal como se entendió en el medioevo o empieza a entenderse de nuevo en los copia-pegas posmodernos. En una obra pueden suceder hechos sobrenaturales, la presencia intervencionista de los dioses (incluso en la historiografía antigua) o la subjetividad del personaje (en la tragedia, este yo del héroe trágico se refleja en los monólogos, en los que el coro se interna en su conciencia), pero ha de resultar una ficción aceptable según los horizontes de expectativas del espectador. Por eso, para la poetica aristotélica “es preferible mostrar algo irreal pero creíble que algo que haya sucedido, pero resulte inverosímil.” (Un público supersticioso de pensamiento mágico politeísta lo ponía fácil) Según Aristóteles se debe evitar lo que resulte raro, irracional… al espectador le puede llevar a un extrañamiento excesivo, dudando de que le cuentan, y por tanto desconectando de la representación, romper ese “pacto de ficción” en que transitoriamente se cree lo que le cuentan en la ficción. La fábula, sobre todo los diálogos, puede ser interpretados en poli significación y por ello el autor no debe dejar nada a la improvisación, sino probar todos los sentidos posibles que el receptor pueda darle, a fin de conducirle al adecuado; precisando y concretando en su obra esos efectos en el receptor pretendidos. “Los críticos se quejan cuando una tragedia es imposible, improbable, inmoral, contradictoria, o inexacta técnicamente.” Aristóteles reconoce que el arte debe representar a veces también las faltas éticas, estéticas o intelectuales, pues la condición básica es la de resultar verosímil con una realidad donde se dan estos defectos. Ha de imitar el poeta trágico también esta fealdad de carácter, pero tratando de que aparezcan personajes ejemplares en honor, modelos de virtud. Dirá que “la actuación no es una mera imitación de los hombres (aunque surge porque somos animales imitativos unos de otros) sino imitarles en una acción de la naturaleza” Y esto sugiere una elección por parte del poeta de los hechos más heroicos, donde tratará de mostrar su propio pensamiento moral. Aristóteles prefiere las obras que reflejan al personaje “mejor en carácter de cómo somos en realidad (la épica y la tragedia.)” Aristóteles teoriza más sobre la forma de creación, la tecné-estilo-técnica- el ars, y sobre su fondo moral. Mientras Platón investiga dónde halla el autor estas temáticas y fondos: en el propio don del poeta, inspirado por el dios o daimón, un talento dádiva de Apolo, Dioniso, las musa… metáforas de las ideas intelectuales primigenias e inmortales en su esencialismo y hoy de la creatividad humana. El poeta ideal en Platón debe seguir un método racionalista o idealista, deductivo a priori, partir de estos presupuestos y aplicarlo a todas las formas estéticas (por eso rechaza la mimesis de lo aparente, falso, inmoral, “lo feo” no adecuado a sus pre-juicios anteriores a las formas.) El método aristotélico, por el contrario, pretende ser materialista, inductivo, empírico, juzgar a posteriori. Tras la observación crítica de la fenomenología escénica de su época llega a una serie de conclusiones y las describe como normas o consejos a seguir por el poeta trágico. Establece un canon muy similar al platónico por su concepto de la arete (la virtud en el carácter) de lo bello, bueno, verdadero, caracteres propios del aristoi, heroico y semidiós (con la divinidad en su interior), un hombre mejorado a cómo es en realidad.
Hola, amantes de la cultura. Este blog cumplirá la tiple función de informar, entretener y divulgar contenidos humanísticos. Servirá como agenda de las distintas actividades en el panorama cultural. Publicaré relatos propios, entrevistas a escritores, fotos con ellos, conferencias, presentaciones de libros, artículos sobre filósofos o artistas... https://about.me/gonzalovillar
sábado, 22 de junio de 2019
Resumen de la POETICA DE ARISTÓTELES
Mimesis e imitatio. Tanto para Aristóteles como para Platón el arte trata de imitar la realidad (y no “la realidad es la que imita el arte” del esteta Oscar Wilde en su “arte por el arte” entendiendo por arte todo y que todo nos influye socialmente en la realidad.) Platón a ese “poeta técnico-emulador” le considera inferior al inspirado por la manía divina, por debajo incluso de un artesano que al menos crea algo útil o pragmático para la Polis. Este tipo de poeta imita solo la sombra de la realidad, que tampoco son los objetos del mundo sensible sino el mundo esencial con categoría ontológica per sé. Pero en Aristóteles (más preocupado por estructurar o clasificar el mundo fenomenológico de las cosas que en especular los noúmenos) la mimesis es la condición si no qua non de toda diegesis o ficción artística: imitar la rex, ontos, la natura. Se refiere más a la verosimilitud con la realidad que a la objetividad tal como ahora se entiende (científicamente) o el mimetizar tal como se entendió en el medioevo o empieza a entenderse de nuevo en los copia-pegas posmodernos. En una obra pueden suceder hechos sobrenaturales, la presencia intervencionista de los dioses (incluso en la historiografía antigua) o la subjetividad del personaje (en la tragedia, este yo del héroe trágico se refleja en los monólogos, en los que el coro se interna en su conciencia), pero ha de resultar una ficción aceptable según los horizontes de expectativas del espectador. Por eso, para la poetica aristotélica “es preferible mostrar algo irreal pero creíble que algo que haya sucedido, pero resulte inverosímil.” (Un público supersticioso de pensamiento mágico politeísta lo ponía fácil) Según Aristóteles se debe evitar lo que resulte raro, irracional… al espectador le puede llevar a un extrañamiento excesivo, dudando de que le cuentan, y por tanto desconectando de la representación, romper ese “pacto de ficción” en que transitoriamente se cree lo que le cuentan en la ficción. La fábula, sobre todo los diálogos, puede ser interpretados en poli significación y por ello el autor no debe dejar nada a la improvisación, sino probar todos los sentidos posibles que el receptor pueda darle, a fin de conducirle al adecuado; precisando y concretando en su obra esos efectos en el receptor pretendidos. “Los críticos se quejan cuando una tragedia es imposible, improbable, inmoral, contradictoria, o inexacta técnicamente.” Aristóteles reconoce que el arte debe representar a veces también las faltas éticas, estéticas o intelectuales, pues la condición básica es la de resultar verosímil con una realidad donde se dan estos defectos. Ha de imitar el poeta trágico también esta fealdad de carácter, pero tratando de que aparezcan personajes ejemplares en honor, modelos de virtud. Dirá que “la actuación no es una mera imitación de los hombres (aunque surge porque somos animales imitativos unos de otros) sino imitarles en una acción de la naturaleza” Y esto sugiere una elección por parte del poeta de los hechos más heroicos, donde tratará de mostrar su propio pensamiento moral. Aristóteles prefiere las obras que reflejan al personaje “mejor en carácter de cómo somos en realidad (la épica y la tragedia.)” Aristóteles teoriza más sobre la forma de creación, la tecné-estilo-técnica- el ars, y sobre su fondo moral. Mientras Platón investiga dónde halla el autor estas temáticas y fondos: en el propio don del poeta, inspirado por el dios o daimón, un talento dádiva de Apolo, Dioniso, las musa… metáforas de las ideas intelectuales primigenias e inmortales en su esencialismo y hoy de la creatividad humana. El poeta ideal en Platón debe seguir un método racionalista o idealista, deductivo a priori, partir de estos presupuestos y aplicarlo a todas las formas estéticas (por eso rechaza la mimesis de lo aparente, falso, inmoral, “lo feo” no adecuado a sus pre-juicios anteriores a las formas.) El método aristotélico, por el contrario, pretende ser materialista, inductivo, empírico, juzgar a posteriori. Tras la observación crítica de la fenomenología escénica de su época llega a una serie de conclusiones y las describe como normas o consejos a seguir por el poeta trágico. Establece un canon muy similar al platónico por su concepto de la arete (la virtud en el carácter) de lo bello, bueno, verdadero, caracteres propios del aristoi, heroico y semidiós (con la divinidad en su interior), un hombre mejorado a cómo es en realidad.
jueves, 20 de junio de 2019
LA CHICA DE SEDA ARTIFICIAL (ANCHOAS DEL DUQUE DE MARZANA)


domingo, 16 de junio de 2019
CALÍGULA (PELÍCULA Y TRAGEDIA DE CAMUS), EL GRAN DICTADOR DE CHARLES CHAPLIN
jueves, 13 de junio de 2019
COSEJAS DEL DUQUE: INSTRUCCIONES PARA CONVERTIRSE EN FASCISTA MICHELA MURGIA
EL SUEÑO DEL HUMANISMO (DE PETRARCA A ERASMO.)
EL SUEÑO DEL HUMANISMO (DE
PETRARCA A ERASMO.) FRANCISCO RICO, 1993 1
Temía, según iba
leyendo el prólogo y primeras páginas de este ensayo expositivito-argumentativo, que pretendiera F. Rico citar,
en otra especie de “manual positivista”, una lista ingente de autores y obras;
mas a medida que avanzaba sentía dulcificarse este recorrido por los studia humanitis ilustrado de anécdotas y
con un lenguaje sencillo (en el que mezcla para mi extrañamiento la erudición en obras, fechas, nombres y términos
epistemológicos con un tono gratamente coloquial.) Me asustaba también que al dedicárselo a Juan
(Benet) fueran a compartir ambos caballeros de la letra armada cierta “hipotaxis hiperbólica.” La obra dedica a
cada autor un espacio propio, pero la interrelación
le obliga a Rico a pasar de uno a otro y volver al anterior; y así nos guía de
Erasmo a Petrarca sin percatarnos de las analepsis
o flashbacks, las prolepsis, anticipaciones y flashforwards. Saltos
temporales que alucinan el viaje histórico-filológico-filosófico-literario… por
el contexto renacentista, pero con un rigor que jamás permite el anacronismo. Al principio apenas se
aclara la cuestión de sí “humanistas” fue un término programático con la que estos autores se autodenominaron,
conscientes de formar un grupo, o más bien una nomenclatura asignada a posteriori por la crítica; pero se
responde en el excurso, cierre anillar de la obra 2 (Este segundo
superíndice quiere visibilizar que yo también he marginado este tema al final,
en el apartado de información
complementaria, donde aparto mis comentarios
críticos personales suscitados a lo largo de la obra, por no molestar lo
escrito por Rico, aunque se me resbalen añadidos breves, y por cumplir con el
criterio sugerido en extensión, al menos en el resumen per sé, teniendo en cuenta que sintetiza todo el ensayo.) Más que
el nombre le interesa humanizar a sus protagonistas con el porqué de sus obras,
definir que estos estudios englobaban la gramática,
retorica, poesía, la historia y la filosofía moral. El latín era la lengua
para las artes liberales, pues como
decía Valla: “Si hemos perdido el imperio
de Roma nos queda la lengua”, pero en aquel renacer a lo clásico seguían idealizando
la antigua civilización romana en sus mitos de una cultura inmortal, de unidad
(ante la amenaza de fragmentación territorial en su propia realidad) y de
fuerza militar contra “la barbarie” (temían regresaran “las invasiones
verticales” en los paganos.) La primera universidad escolástica medieval se
erigió en Bolonia siguiéndose su docto ejemplo rhetor por toda Europa. El papa Urbano había afirmado que los galos no gozaban de la elocuencia y moral
romana, pero el humanismo no fue un fenómeno exclusivamente italiano, había
academias notables en La Sorbona o en Oxford. 3 Por el norte de
Italia se popularizaban academias de primera enseñanza, con la figura del profesor de gramática. La escolástica católica
medieval había estratificado el saber convirtiéndolo en una jerga técnica
especializada, reservada a una élite de iniciados (“el que sabe sabe; y el que no…” ¡A ciencias!, sí se permite el
humor); sobre-ornamentada de una retórica jeroglífica para el profano común,
no apta para laicos. Estos nuevos estudiosos
critican los excesos gramaticales, teológicos (y abusos en lo pragmático) serviles
a los papados del Vaticano o Aviñón (en Lutero ya tienen “mala prensa” las bulas.)4 Se quejan de la
filosofía trascendental, especulativa y nominalista (sobre todo de la última etapa de la escolástica tomista) por abstrusa en
fondo y árida en forma, ¡pero no reaccionan radicalmente contra todo el teocentrismo! Según la Rhetorica add Herennium cada tópico debía ser dicho con pureza y
trasparencia (pure et aperte) y el latinitas diáfano (claritas.) El discurso debe ser llano e inteligible usando preferiblemente
palabras sencillas y propias, pero aquella teología, empeñada en mimetizar
sentencias de Aristóteles, sin embargo no traducía fiel su pensamiento,
instrumentalizándole en autoridad
para su propia doctrina y predicación moral. 5 A estos
estudiosos, más filólogos que filósofos, no les interesa por el contrario la ratio abstracta sino la oratio concreta. Lo textual, contextual
y paratextual, sin interpretación alegórica sagrada añadida; acercarse al
original. Fue un proyecto común estudiar la lengua real acercándose a los
originales clásicos; sin la sobre
interpretación, cuando no tergiversación directa, de unos clérigos apropiados
físicamente de los ejemplares y de su única lectura, monista y dogmática, con
la philosophia ancilla theologiae. La
filología (pretendiendo limpiar el latín de impurezas; y escribir y hablar el
mejor) sería entonces por decirlo en términos feministas “la esclava múltiple” tratando de barrer en lo que Voltaire llamaba
“la casa de locos de la teología.” 6
En el Enarratatio auctorum (lectura- comentario) preferían el usitatis de verbos propios y corrientes.
“La imitatio no es acumulatio.” 7 Y la nota
original parecía mejor criterio para el estudio e imitación de textos que
su mero coleccionismo. Muchos no se contentan con una mera mimesis de referencias remitiendo a hipotextos, (citas que
no llegaban a inter-literarias en el caso de los ciceronianos, ni a una autentica transducción cultural); y en sus comentarios críticos decostruyen en revisión esta tradición renovándola como “dignos herederos” (Ortega); ya que su escepticismo en Las Verdades-Buenas-Bellas Universales
(eternas, inmutables…en correlato con lo divino) sospecha de esa ética, estética
y epistemología platónica tópica del medioevo y empiezan a ver una multi-significación relativa a su diacronía histórica. Saben, como
tribu, que sus contextos políticos, religiosos…son convenciones públicas
consentidas, consuetudo,
construcciones compartidas a las que se les había querido dar un significado esencialista. El lenguaje también se
hereda con su norma pero es una sociedad mutable quien le da uso, por lo que evoluciona con las alturas
y bajuras de los tiempos, y cada autor en su contexto le imprime la
originalidad de su “langue y parole”
individual. Si el lenguaje imprime significados universales; la literatura
permite ver los diferentes sentidos individuales. Más allá de la reiteración
textual ornamentada; sus comentarios
buscan la opinión propia. El latín no acabó de convencerse con las
abstracciones (del griego) y buscó la expresión directa, concreta, pragmática,
civil. Valla decía: “El pueblo habla y se
comunica mejor que el filósofo”, incapaz de expresarse con sencillez y
concreción; pero el populus pasaba de
todo (en la Roma clásica, renacentista y ahora.) Para recobrar la realidad
había que restaurar la dimensión humana de la cultura y por eso les emocionaba
toparse con obras, ósea “encontrarse
hombres”. Poggio y Valla, aunque “enemigos”, compartían la admiración por
Quintiliano; “nadie con más elegancia e
ingenium.” A Alfonso “El Magnánimo” 8le fascinaban las décadas de la historia romana de
Tito Livio tanto como le epataba a Lovati (Petrarca le dedica una edición
crítica y se emociona al hallar el sepulcro de un tal “Tito”) pues creía
que las batallas se lograban “por dignidad,
fama y excelencia humana.” Admiran
sus leyes e instituciones sólidas y democráticas, sus bienes (bonum) económicos, militares, morales...
su pax romana y concordia. Estos
estudiosos, ante la frustración de su tiempo, eran conscientes de que hubo y a
lo mejor volvería una edad dorada. Cola di Rienzo anhelaba su sentido de la
justicia y se preguntaba dónde pararían ahora aquellos huesos, “¡ojala su tiempo fuera el mío!” “Entre el doscientos y el trescientos un
puñado de notarios en Padua empezaban sin saberlo la Modernidad”, como hace
ver Billanovich.
