miércoles, 27 de junio de 2018

HISTORIAS DEL SIQUIATRICO

Creo que la esquizofrenia es una enfermedad idónea para un escritor, la Enfermedad del escritor, su malestar cultural, la solitaria a la que se refiere Viagra RRosa en cartas a un novelista. Te permite un pensamiento abierto a todas las formas de pensar y cosmovisiones. La del esquizofrénico es una mente privilegiada y multidimensional. Fomenta la creatividad y el pensamiento mágico. Te permite desligarte en otras personas, tus personajes, y crear una voz interior que es la del narrador, además de encontrarte con los múltiples yos de tu interior. Se produce una especie de desdoblamiento interior, ideal para crear personajes complejos. También es verdad que aquel tormentoso monologo interior llevó a Virginia Woolf a la muerte. La vida y la obra no se pueden separar, y al igual que no hay barómetros para crear ni reglas ni leyes universales como en la ciencia, tampoco se pueden sistematizar y etiquetar las locuras.  La habitación propia de la Woolf a veces se vuelve un lugar angustioso en tu cerebro del que es imposible escapar. Estoy hablando de las caréceles de los sanatorios mentales, los centros de días (para jubilados, minusválidos y otras pestes) y de los centros de trabajo protegido para discapacitados. Virginia oía voces en su cabeza y las bombas de la primera guerra mundial retumbando y estallando en su cerebro. Hay muchos ejemplos de artistas esquizofrénicos, Joyce, Oteiza, Felini… Nietzsche y Hölderlin acabaron en psiquiátricos por ser demasiado neurasténicos o románticos para la época.  Dalí jugaba a hacerse el loco. Hay tantos ejemplos de intelectuales locos como de cuerdos. Y sin embargo hay una relación entre creatividad, y sicologías y sexologías divergentes o diferentes. Ya decía Platón que había que estar algo loco para escribir
 
El ingreso era involuntario, ordenado por un juez de Madrid, al que no había visto la cara ni él la mía. Sólo conocía su letra, agresiva y orgullosa, por las firmas de los informes que la siquiatra iba pasando a mis padres. La siquiatra nunca me miraba a los ojos. Si la visita era conjunta, mis padres se ponían cada uno en su silla con los brazos cruzados y yo en medio, como una especie de chivo expiatorio o cordero de dios. Empezaban a desahogarse delante de la siquiatra, comentando de niño las trastadas que hacía y ya de mayor los disgustos que les daba. No me dejaban intervenir, se interrumpían entre ellos y a la siquiatra. Me humillaban y no me dejaban hablar. A veces no aguantaba más y tenía que marcharme de la consulta para no seguir oyendo sus voces, hirientes, taladrando mi cabeza. En cierta forma siempre me había sentido en esa silla de sicoanalista, en medio de los dos. Ni siquiera era un psicoanálisis, pues eso ya no lo cubre la seguridad social, y se reserva para los hijos edípicos de la burguesía. Lo mío era una terapia conductista. Fuera la silla eléctrica de tortura que fuera, yo estaba en medio. 

Igual que el cobre hace de canal entre metales emisores de electricidad, yo siempre estaba en medio de sus discusiones. En cambio, el duro hierro no deja pasar eones y electrones, es impermeable. Algunas noches me despertaban sus discusiones y las espiaba escondido tras la puerta. -Si hubiéramos tenido un hijo normal no nos habríamos divorciado- Sé lo oí tantas veces a mi padre cuando hablaba con sus nuevas amantes por el móvil que lo creí una Verdad Universal. Todas las discusiones que recuerdo de niño tenían que ver con mi educación, si debía ser pasota o sobreprotectora, autoritaria o permisiva, técnica o creativa. Mi madre leía aquellos libros beauvoristas del Bernabé Tierno y siempre había en la biblioteca de la sala titulos del pelo “cómo no ser una buena madre”, “ganar el pulso a tu hijo” Esa bipolaridad en esas dialécticas agresivas se repetía en la escuela. La profesora excéntrica de pelo rojo defendía la creatividad, la generación del 27 y el romanticismo. En cambio, el religioso profesor de historia defendía el conservadurismo, la del 98 y el realismo. ¿Debían calificar mis cerditos pintados de Plastidecor y pintura Marley según la creatividad trasgresora de los 80 o evaluarlos por su técnica y  utilidad positivista de “producto” para prepararme así al mundo de la rentabilidad económica de los 90?  Si todo su matrimonio lo habían basado en mi educación, yo era el causante de su separación.

 Así que aquella noche decidí que jamás tendría hijos, ¿Traer a un ser a este infierno de lágrimas sin pedirle permiso siquiera? Por unas pocas tardes felices en familia llorando con Mujercitas o jugando al Monopoly tenías que aguantar miles de años de tortura psicológica. 

El ingreso era involuntario. Y unos enfermeros vinieron a sacarme de la cama. Yo creí que me pondrían una camisa de fuerza, pero aquel proceso penoso trascurrió con serenidad. Me subieron a un furgón a la parte de atrás, junto a los trastos. No podía ver el paisaje. Y sólo supe cuando frenó la ambulancia que habíamos llegado a Vitoria. Los conductores me habían estado dando conversación y no pegué ojo en el viaje, estaba demasiado nervioso, aunque los ojos me pesaban de sueño. Abrieron la verja del Centro de Rehabilitación para pacientes de sicosis refractaría. Había un gran jardín, por el que la gente daba paseos. En la recepción me explicaron las normas de funcionamiento y no me acuerdo de nada de aquel rollo. Luego me llevaron a mi unidad de enfermos especiales. Lo primero que vi fue un paquete de tabaco y cogí un cigarro. Me amonestaron; “No se roba, se pide. Aprende a compartir”. La unidad estaba llena de posters con más normas de funcionamiento del chiringuito. Tenían montada dentro una caseta donde las enfermeras tomaban el café, establecían los horarios, y distribuían el tabaco y las medicaciones. También a veces dentro te hacían revisiones médicas, tumbado en una camilla de chiste como las de los pediatras. Había un cuarto para fumar, una especie de patio interior y allí se pasaba la peña el 90% del día. Me acompañaron a la habitación, estrecha celda de monja, sin ninguna mesa para escribir y solo un armario de ropa, una pila para beber agua o mear dentro y una cama con dos sabanas blancas y una almohada de piedra. A veces te encerraban allí, había días que te castigaban allí bajo llave y ni te llevaban un plato de comida. Tampoco echaba de menos la bandeja minimalista con un poco de arroz blanco del Supercor y un hámago de filete. A veces una pera daba color a la raquítica naturaleza muerta. Desde la habitación se oían los gritos de los demás pacientes. Había noches en que no pegaba ojo. Siempre se oía a una vieja de la planta de arriba, de los incurables, gritando “me muero, me muero” y así toda la santa noche. ¡a ver cuándo se moría de una vez por todas!

Te despertaban a las 7 de la mañana con un análisis de sangre directo a la vena. Ibas con la ropa y la toalla a la ducha donde un enfermero controlaba nuestro chorro de agua fría. “Échate más jabón, límpiate bien las axilas” Era humillante verme allí desnudo y expuesto delante de todos y ver sus barrigas ocultando sus flácidas pichas.  Ya duchaditos y vestidos pasábamos a la reunión de Buenos Días. “Buenos días, este es mi 556 día en esta institución. Ayer hice todas las tareas, Luego comimos, salíamos a dar vueltas al patio, fui a comer una barrita de chocolate kínder y volví a acostarme”. Hubiera preferido rezar el padrenuestro. Y así todos los días. Había gente que llevaba allí años, pero todos sabían perfectamente cuantos días llevaban allí encerrados, como el preso que hace marcas de tiza en la pared de su celda. Me habían juntado con malas compañías, de aquel psiquiátrico salías peor de lo que entrabas o drogadicto perdido, porque todos eran delincuentes juveniles a los que un juez progre les había rebajado la pena enviándoles aquí, en vez de a un penitenciario para menores, quedaba de lo más guay. Allí todo el mundo se metía de todo y rulaban porros y por eso nos hacían mear en un bote de plástico para cerciorarse de que nos habíamos metido la droga legal farmacéutica y no la ilegal. Al principio mear en el tubito tenía su gracia, pero luego era como si te fueran a operar de la próstata todos los días. 

Los siquiatras también eran muy progres, guays y modernos. A mí me llevaba el más cínico de todos, que bromeaba con mi enfermedad y si me quejaba de que una enfermera me había destruido mis dibujos en la trituradora, él bromeaba “¿Y qué hacemos? ¿la despedíamos?” Me veía indefenso o impotente ante sus humillaciones de intelectual con peluca de ilustrado. 

Una vez sin venir a cuento, al volver de un café, me desnudaron en la sala de castigos y me quitaron los papeles que llevaba encima como si fuera marihuana. Abrieron la habitación, y se llevaron mis dibujos y mi diario. Aquello me dolió más que si me hubieran torturado físicamente. Por la noche traté de recuperar aquellas páginas que habían escrito mis lágrimas. ¡Hubiera sido un documento tan valioso para entender lo que hacen a los minusválidos psíquicos...! A la altura testimonial del diario de Ana Frank. Pero, aunque me agaché para rescatarlo de la basura, en nocturnidad y alevosía, saltaron las alarmas. Y vinieron los enfermeros que me agarraron con brutalidad de Gestapo y me ataron a la cama, cerrando el cuarto. Aquella noche el “me muero, me muero” de la vieja de arriba me acunaba el insomnio.   

Si dicen que dormir es como un ensayo del morir, despertar allí era como si sujetaran tus ojos con pinzas en el infierno mientras te clavan cuchillos e inyectan agujas.  Desde la ventana de mi habitación se veía un trozo del patio marrón y también la cabina de los enfermeros. Había un enfermero que se pasaba el día en la misma posición. No movía ni el gesto. Podían pasar horas y horas y él seguía en la misma postura. Era un buen funcionario. De 8 a 2 de la tarde cumplía su función. A las 2 se levantaba y se iba. ¡Qué gran persona! 

No era como las enfermeras histéricas que unas veces hacían de madres crueles, y fatales, y montaban escándalos por todo. Las venas de su cuello se iban hinchando con aquellos berridos y chillidos que molestaban a todos los pacientes. Las mirábamos con miedo, pero sobre todo con pena. Eran como niñas, con algún elogio cariñoso se las calmaba. En el fondo eran mujeres entrañables, que asentían en todo al doctor pero que no podían evitar mirarnos maternalmente cuando nos daban el tabaco diario. 

La comida era horrible. Bandejas de plástico con la comida establecida en diferentes espacios, como en cualquier hospital. En los cafés traficábamos con los cigarros y los cambiábamos por algo de comida que nos habíamos guardado en la servilleta, pues los más gordos necesitaban comer doblemente y los delgados nos alimentamos sólo del aire del tabaco. No dejaban repetir y tampoco podías dejar el plato lleno, había que morder con asco la pera, aunque luego la escupieras al suelo. 

Odiaba cada vez que me mentaban los siquiatras progres la película “Una mente prodigiosa” por quinta vez. A veces nos ponían documentales de cómo debíamos tomarnos la medicación, era todo un arte saber digerirla bien y no guardársela en la mano o esconderla entre los dientes. Y sobre todo, no mezclarlas con droga, decían, mientras nos suministraban nuestros dos paquetes de tabaco diario. Como éramos enfermos mentales debíamos tragarnos documentales sobre tabaquismo, insomnio, anorexia, la situación en Cuba, el alcoholismo o los derechos de los trans. Daba igual, todo era la misma mierda, debían de pensar cuando juntaban a deficientes intelectuales con discapacitados psíquicos. ¿Qué tendría que ver un síndrome de Down con un esquizofrénico? Me han advertido que no meta metasicología en mis relatos, que no hable de bipolares, maniacodepresivos, trastornados psíquicos de la personalidad, limites, esquizo- afectivos, esquizo-típicos, esquizo-paranoicos. No lo meto por pedantería psicoanalítica.  Al contrario. Yo no entiendo qué quieren decir con cada uno de estos nuevos diagnósticos, enfermedades nuevas que han ido saliendo en los últimos años a la par que las nuevas medicinas balsámicas y sanadoras. Para mí un esquizoafectivo debe ser un esquizofrénico al que le faltan unos arrumacos afectivos y el típico debe ser más normal. No sé quién se inventa estos nombres absurdos.

No quiero hablar de Freud, un cocainómano adicto a los puros que murió de cáncer a los 80, padre de una gran prole de niños sin Edipo y símbolo del hetero patriarcado modélico. Cuando querían ver algo fálico en los habanos que se fumaba les decía a los periodistas; “a veces un puro sólo es un puro” Este hombre misógino y homófobo es el fundador de la psicología y su obra ocupa dos estanterías completas en la consulta de mi tía, la loquera.
A la mujer le falta un pene que llevarse a la boca para completarse, y de ahí su envidia al pene del varón. Y el gay es un enfermo libidinoso que no ha superado su fase edípica, se ha quedado en su inmadurez de niño de 10 años y en la fase anal. ¡claro, él retiene sus heces en el baño de niño y por eso de adulto se vuelve una persona retentiva y acumuladora y con Diógenes! Y como está en la fase anal y también le falta pene, le gusta que le completen por el trasero. 

Paseaba por aquel recinto. Las antiguas paredes se habían pintado de colores estridentes, porque esto daba una imagen más progresista al sitio. Era lo mismo, pero con colores naranjas y sillas ergonómicas. Nos obligaban a aquellas absurdas tareas para completar la jornada diaria y así rellenar sus informes. Responder a test psicotécnicos, test de rochar (el de las sombras), crucigramas, completar laberintos, detectar el triangulo en una serie de cuadrados, sopas de letras del País… Todo cabía en aquellos juegos absurdos. Adivinar el titular de una noticia. Detectar las diferencias en las fotos de los periódicos. Inventar el final de un cuento del Barco de Vapor. Hacer un resumen del libro que nos obligaran a leer. Cada vez que nos ponían otro de esos documentales infumables había que hacer un comentario. Si nos llevaban a ver cuatro fotos en una casa de cultura; comentario. Si salíamos a pasear por la ciudad; comentario. Sólo nos dejaban libertad para cagar en paz. Eso cuando no nos metían el tubo de mear a través de la puerta. 

Al principio sólo nos dejaban salir por el recinto. Ir hasta la cafetería a pedir un café aguado y fumar junto a los viejos que veían expectantes a Belén Esteban. ¡Me daba tanta pena ver aquellas momias que nunca leerían ni viajarían ni se moverían de sus sillas! Les dejaban morir en vida. Cuanta más clarividencia tuvieran esto más insoportable se volvería aquello. Pero hasta las viejas de la sala de incurables, que babeaban un chorro de saliva y tenían la cabeza ida, tenían momentos de lucidez, en los que se palpaban las venas de sus brazos decrépitos y veían horrorizadas los barrotes de las ventanas. Había un viejo que danzaba por la sala, molestando a los demás, pidiéndoles cigarros que chupaba ansiosamente y a veces le prestaban algo de atención para reírse de su deficiencia. Era el bufón de los locos.  Había una señora arrugada muy digna ella, con una boina parisina que le tapaba los ojos. Era como si hubiera decidido cerrar los ojos a todo aquello y perderse por sus recuerdos o a otros mundos mejores. 

Luego ya me dejaron pasear por el jardín. Había una señora pesadísima que venía a visitar a su hija, aunque la loca era ella. Estaba empeñada en arreglarnos un matrimonio. Una boda entre locos le parecía ideal, pues ambos compartíamos las mismas aficiones; vomitar del exceso de tabaco y medicación y ver juntos documentales en la sala de proyección del manicomio.   Pero la reina del jardín para mí era una señora cincuentona, con gafas de culo de vaso, que tenía los brazos escritos y llevaba un vestido confeccionado de recortes de periódico y notas que se auto escribía. Aquella mujer lo apuntaba absolutamente todo. Todas las conversaciones que teníamos las registraba. Cuando veía los documentales les entregaba a los enfermeros una trascripción completa y al pie de la letra de la película con sus diálogos. Se sabía libros enteros de memoria como en Fahrenheit y a veces componía ripios con su letra perfecta de esquizofrénica. Aquella señora era para mí la escritora. por antonomasia. 
 La señora me lo explicaba muy claro; “Yo no oigo voces ni duendes que me digan que queme un arbolito. Yo lo que oigo son todos los insultos que he recibido y que me han escupido toda mi vida. Yo lo que oigo es gorda, maricona, loca, bollera, vieja, pirada. Y lo oigo muy clarito, todas las noches. Y además esas voces me las dicen personas a las que identifico muy bien la cara. Tengo mucha memoria y nunca olvido. No te hablo del perdonar cristiano o el no perdonar.” Aquella señora tenía sin duda una mente privilegiada. Tenía tanta memoria que se sabía fechas históricas, biografías de personajes famosos mejor que la Wikipedia británica. Te podía calcular cifras astronómicas en un instante. Podía argumentar la no existencia de Dios citando filósofos hasta el infinito. La dialéctica terminaba con su agotamiento físico. Tenía un cuaderno de flores en los que dibujaba corazones y mándalas. “Claro, la diferencia con un cuerdo es que yo no puedo parar mi pensamiento, ni decirles que ¡ya vale! a esas voces insomnes. Pero el que se considera sano oye una voz interior, un monologo continuo, y lo llama mente e incluso a veces lo llama Dios. ¿Quién dicta lo que es racional y lo que no?” Los locos son los Otros. 

Luego ya me dejaron pasear por la ciudad de Vitoria. Venía a visitarme mi tía, era tal la liberación de salir del hospital de Las Nieves que me daba igual pasear que tomar un café o ir al cine. Me veía todas las películas de estreno. Me hice adicto al café. Robaba libros en las bibliotecas y librerías y los iba guardando en la taquilla. No se me ocurrió continuar con los estudios que la enfermedad había interrumpido, ni siquiera se me pasó por la cabeza la posibilidad de estudiar a distancia. Sin embargo, seguí cultivando mi educación autodidacta en aquellas sesiones de cine y esos libros robados. Cada vez que me dejaban libre me sentía un diletante paseando por el París arbolado del parque y cada café irlandés era para mí Le Flore.  

Algunos fines de semana volvía a mi domicilio a comprobar que mis padres no se habían desecho de mi biblioteca. Pero ya no sentía esa nostalgia y ganas de verlos que tenía al final de los campamentos scout de niño. En el campamento de verano había un domingo en que los padres te visitaban y hacíamos un campin y luego nos desprendían cruelmente de ellos. Pero ahora sólo sentía indiferencia por unos seres que me habían llevado a aquel horror. Claro que volver al sanatorio era peor. Toda aquella racionalizacion de tabaco, los castigos en la habitación sin comida, el pasear por un patio vacío una y otra vez… Era tan absurdo dar vueltas en circulo en torno a un patio cerrado que algunos chutaban una pelota de goma. Ni siquiera era Cross, era sólo dar vueltas. Así que me ponía a hablar de filósofos situacionistas, algo tan absurdo como dar patadas a un balón de cuero. El paseo peripatético era un monologo, pues no había Platón que me respondiera, sólo aquellas enfermeras custodiándonos día tras día y que escondían la cicuta en el armario prohibido. Las enfermeras hacían memorias e inventarios de todo, no sólo del tabaco, y hacían listas de premios-castigos, apuntaban nuestras reacciones-acciones, nuestros comportamientos, y hacían tablas de Excel con nuestras evoluciones. 

Era imposible escapar de allí porque si te rebelabas era peor. Un chico se subió a una mesa y dándoselas de Lenin nos empezó a arengar y nos hablaba de una revolución, de libertad, de derechos. Y nos sonaba a chino. Parecía un discurso de Castro, pues nunca terminaba, y con el puño en alto. No sé qué tendrá que ver el comunismo en todo esto, pero cada vez que Panero salía de Mondragón levantaba el puño, igual que los terroristas de ETA.  Aquel chico fue atado en un colchón y lo llevaron arrastrando el colchón al cuarto de castigo. Dicen que le practicaron un electroshock, aunque está prohibido, y a todos nos vino a la cabeza la Naranja mecánica. El chico salió cabizbajo, pero corregido, arrepentido y dispuesto a disculparse ante todos en su 877 reunión de Buenos Días.

Una vez me escapé del psiquiátrico. No fue algo premeditado ni la fuga de Alcatraz. No iba acumulando cucharillas para escarbar un túnel ni bajé por un nudo de sabanas por la ventana del sanatorio de Santander como Leonora Carrington. (¡qué maravillosas son sus Memorias de Abajo, en el peor de los mundos podemos inventarnos otro de Fantasía!) No, simplemente abrí la puerta y salí. ¡Si hubiera sabido que era tan fácil…! Claro que me encontraron al poco tiempo. Otra vez se me ocurrió trepar por la verja del jardín, para ir a un ciber a chatear por internet con una chica que conocí, y luego volví para cenar. Tenía hambre. Ese día había venido a verme mi madre. Había fines de semana en los que estaba castigado dentro, y tenía todo el patio para mí. Y me moría de asco. Y así un día como otro cualquiera, me dieron el alta. 

Creo que ha sido la peor experiencia de mi vida. mucho peor que los que van al ejército. El ejercito te hace hombre, pero allí yo no maduré un ápice, ¿Madurar como la diosa manzana que le cayó a Newton de tan podrida ya? Yo la manzana del pecado la pondría encima de la cabeza de mi progenitor y disparar mis flechas de Guillermo Tell. Y que todos los árboles del pecado, de la ciencia y de la vida se incrustaran en su cráneo. Y así, edípico perdido y en mi fase anal, fui de un psiquiátrico a otro. unos mejores, otros peores. En algunos te dejan fumar en la cama. Allí teníamos conversaciones filosóficas y como me veían con gafas me pedían discursos políticos. Allí hice el amor con una actriz enloquecida y con la pierna vendada. Y fue algo frustrante y penoso. En los demás psiquiátricos encontré más libertad. Pronto pasaba de hacer los ejercicios establecidos, la gimnasia o el taller de peluquería y me pasaba el día en la biblioteca. Me daba por apuntar todos los titulos de las estanterías. Aquella manía de escribirlo todo me la había contagiado la escritora esquizofrénica, la diosa del jardín. También lo de guardar recortes de periódicos culturales. En la cafetería bebíamos una bomba explosiva que era mezclar coca cola con café. Estuve deambulando de psiquiátrico en psiquiátrico un par de años. Son los años perdidos de mi vida, la nada, el vacío sideral entre las galaxias, el silencio de los tiempos.
Ahora todos me ven mejor, no saben que sigo loco. Los análisis de sangre han salido perfectos, aunque voy guardando las pastillas en una caja de nácar y cuando no me entra el sueño me tomo media.



  
 

DON INSEGURINI TRAS EL 11 S

El miedo a la amenaza terrorista, sobre todo del fundamentalismo islámico, se ha convertido en la principal causa de preocupación en los países del primer mundo, además del miedo a caer en la locura. Esto sólo es un exponente más del pánico que se ha instalado en nuestras conciencias y del que los poderes del capital o el estado se han aprovechado para aumentar sus medidas de seguridad, cámaras de vigilancia y control ciudadano y también las aduanas en los aeropuertos. El 11 s fue el fatídico comienzo de nuestro siglo XXI, una época cargada de incertidumbre e inestabilidad más mental que real. Las enfermedades psicológicas como la paranoia o la esquizofrenia han aumentado como nunca en la historia, también los índices de suicidio. El otro pasa a ser visto como una amenaza potencial, un enemigo. Esto ha aumentado el racismo, que no es otra cosa que miedo al diferente. El muro de Trump es un muro de la vergüenza, tanto como el muro de Berlín.  Las personas van a llorar a este muro de las lamentaciones, pues nos sentimos más solos e incomunicados que nunca a pesar de vivir en la era de la comunicación sobre informada. Es la paranoia de la seguridad colectiva. Un estado debe abrir sus fronteras a la inmigración sin que esta suponga una amenaza. Sólo calificar como eje del mal a los países árabes ya nos dice mucho sobre cómo hemos demonizado al enemigo del Otro. La ONU no puede ser ni es ajena a estos miedos de sus ciudadanos en todas sus políticas.  
 
 
 
Tras el 11 s, tras toda la tragedia, Nueva York ha vuelto a la normalidad. Relativamente. En el metro noto las caras de pánico de todos. Nadie lee una novela, todos se remueven nerviosamente en su asiento y escuchan con terror cada parada que anuncia el metro. Hay ejecutivos consultando su reloj de mano. Todos tienen prisa, como el conejo de Alicia, todos llegan tarde. Parecen cuervos negros con trajes y maletines negros. Los inmigrantes miran al suelo como si estuvieran en un tren de deportados hacía un campo de exterminio. Una pareja de ecuatorianos se ha quedado dormida a la vez, compartiendo el mismo sueño. Otros bostezan invitando a bostezar a los demás, como si sobre aquel vagón se hubiera posado el sueño centenario del hechizo de la bella durmiente. 
 
En el asiento de al lado una especie de monja masculla como oraciones de un libro negro que parece la Biblia. Un punki de pelo azul eléctrico me mira agresivamente, con dentadura y baba de rottweiler fiero. Estas nuevas generaciones no respetan nada. Quizá los mismos salmos que a la religiosa le parecen palabra dulce del señor sean para este psicópata en potencia unos mensajes apocalípticos geniales para escribir con sangre de victima degollada en la pared. Me siento mal conmigo mismo por desconfiar de este adolescente que quizá se dirija a leer poesía anarquista en una casa okupa. Pero no confío en nadie. Cada vez que veo a un árabe meto la mano a mi bolsillo para comprobar que sigue mi móvil en el bolso en el que le dejé. Luego pienso en el terrorista potencial que en su maleta puede guardar una bomba. Abro el periódico y el titular sensacionalista me da aún más miedo. ¡Una nueva amenaza del dictador coreano de usar sus armas de destrucción masiva! Imagino cómo sería la destrucción de este mundo. Incluso de la monja que me sonríe con su mirada limpia dulcemente. Todo será destruido como en una nueva Sodoma y Godoma. ¿Y si hay veinte hombres inocentes? ¿Y si hay un solo hombre justo en el mundo? (que por supuesto soy yo) “Entonces no destruiré el mundo, tranquilo”, prometía ese dios mentiroso e hipócrita. Pero Dios provocó el diluvio universal, y sólo se preocupó de salvar especies animales. Y a Noe y a su mujer, como unos nuevos Adán y Eva. 

Aquel Dios amor era en realidad un dios castigador y belicoso, un dios vengativo al que no le tembló el pulso para matar a su propio hijo en la cruz, que había castigado al pueblo judío, desde el éxodo y la diáspora hasta ya en el siglo XX con el holocausto. ¡Y menos mal que era el elegido, que sí no llega a serlo…! Trump se estaba cargando todos los acercamientos de Obama con Cuba, seguí ojeando el periódico, el problema de oriente medio, de nuevo. Aún me dolía en el estomago el kebab que había comido hoy al salir del trabajo. Me había recorrido todos los restaurantes de la gran Manzana, pero todos los menús eran demasiado caros y al final había encontrado un kebab de dos euros. Tenía calagera, me gritaba el estómago. Los kebabs son la venganza de oriente hacía los occidentales. Nosotros les hemos robado su vida, su cultura, hemos provocado guerras internas para seguir explotando su petróleo. Las multinacionales de armas en áfrica se frotan las manos cada vez que se desata una nueva guerra tribal. Todos aquellos niños armados y esas victimas inocentes eran sólo cifras aumentando sus negocios. Podía llegar a comprender intelectualmente a los integristas islámicos, pero no por ello dejaba de tener menos miedo cada vez que veía a un árabe. A un amigo le gustaban las chicas árabes, decía que tenían una boca más sensual que la de los occidentales, pero yo era racista incluso en el sexo. Me parecían sucios y oscuros. Cada vez que pisaba un mercadillo de antigüedades y segunda mano me daba la paranoia de que los árabes se pasaban objetos robados de mano en mano y que luego lo metían en el saco de la vieja que me estaba vendiendo.
 
Invadido por estos recuerdos ha llegado mi parada. Pero en cuanto subo las escaleras del metro y veo los altos rascacielos el miedo aumenta. Aquellas torres que hemos creído eternas parecen tambalearse y amenazan caer sobre nuestras cabezas. El lamento de los edificios eternos, lo llamaba Seneca, que se cortó las venas en la caída del Imperio Romano. Me gustó la película las invasiones bárbaras, ponía en jaque nuestros valores occidentales. Los nuevos barbaros son estos extranjeros que nos quitan el poco trabajo que hay aquí. Antes llegaban diariamente a América en grandes barcos, las grandes migraciones de los años 20, esperando una ciudad de jazz y fiestas continuo y encontrándose con lo que se encontraban. Pero ahora el muro no les deja pasar. Ni siquiera los turistas que llegan a Nueva York pueden permanecer en el país más de tres meses. 

 
Cuando llegué a Nueva York hace ya 23 años soñaba con ocupar una de esas buhardillas de artistas en Greenwich Village y encontrarme a Woody Allen en un banco con Any Hall y a Paul Auster perdido en la suerte de calles laberínticas. Pero cuando mi avión aterrizó la estatua de la libertad me pareció un monstruo fálico con un dedo señalando mi parcela en el cielo de la nada. Me perdí en Central Park que es el pulmón cancerígeno por el que respira el monstruo. Me iba fijando en las vagabundas con pareos hipiosos, ¿Sería yo también otro de esos nómadas de los cubos de basura? Los veía recogiendo comida del suelo y dormir entre cartones. Por la sexta avenida yo era uno más. Podía ponerme un saco en la cabeza o caminar desnudo y nadie se fijaría en mí. Todos parecían fantasmas errantes de un dantesco paraíso. En Tiffany me miré en los escaparates intentado que el espejo me devolviera el rostro de Audrey Hepburn con un collar de perlas engazándola el cuello. Por la calle había músicos y teatro improvisado, y el jazz me acompañaba ya en mi cabeza como un ritmo del que no podía desasirme. No conocía los bares cool, los pubs de lujo a los que irían los entendidos después de sus cenas en restaurantes de precios prohibitivos. No conocía a nadie en la ciudad. Ni siquiera era un turista al que enseñar cuatro lugares de postal y subir a unos rascacielos programados. 

 
Sería un artista más en la ciudad. Pero la ciudad me frustraría y acabaría vendiendo salchichas en un fast food, librando por la noche para ir a una obra de teatro hipter mala y escribir de madrugada unos versos creyéndolos mejores que los de Thomas Wolfes. Acabaría arrastrando el carro de perritos calientes del de la conjura de los necios, para luego suicidarme, como su autor. Luego otro autor escribió la conjura contra América. Y es que realmente creo que hay una conjura árabe contra los EEUU, una conjura judío- masónica. Nada de todo esto que imaginé pasó, ni triunfé en la literatura ni acabé de vagabundo o vendiendo pizzas. Fui contratado por una empresa modesta y hasta hoy.  Pero allí era el hispano, ellos también me veían con el mismo racismo que yo veía a los árabes. Hacía años que me hacían mobbing en la empresa porque yo sobraba y era una amenaza a sus trabajos.
 
Caminando he llegado a mis oficinas. Llamo al ascensor. El ascensor es de estos viejos, con verjas de hierro. Primero he de abrir una puerta, luego otra reja y llega el ascensor. Tengo la sensación de precipitarme al abismo, pero entro en él. Dentro del ascensor un botones de cara pálida de payaso siniestro del Mc Donald me pregunta a qué piso me dirijo, aunque me ve llegar todas las mañanas. Los segundos se hacen eternos. Comentamos en el ascensor lo bonito que ha amanecido hoy la ciudad que nunca duerme. La luz del botón se enciende, mi piso. Salgo del ascensor. mi despacho es muy modesto, no se esperen ahora al entrar ver uno de esos de las películas.

 
La puerta de mi despacho está abierta. No recuerdo sí la dejé abierta. Creo que alguien ha entrado en mi despacho. Por el suelo hay papeles desperdigados, aunque este desorden es normal en mí. La ventana está abierta y la cortina se mece fantasmal. En el cenicero esta una colilla aún reciente, sin apagar. Alguien ha entrado. Saco mi pistola, calibre del 36. Hay alguien tras el sofá de recepción, sombras que se mueven. Disparo a la nada, y mi mente se puebla de las imágenes de tiroteos que he visto en las películas de acción yanquis. Un gato sale con el rabo entre las piernas de su escondrijo. Rebusco entre los papeles de la oficina. Faltan papeles. El mismo miedo que me hacía desconfiar de todos los viajeros del metro irrumpe de nuevo en mi frente, mareada y sudorosa. Algo se mueve en el armario. El monstruo que todos llevamos dentro. ¿Por qué he tenido que disparar? Les he anunciado mi presencia. Estoy en las de perder si los ladrones son varios y armados. En la alfombra aparece mi cuerpo rodeado de una mancha de sangre, intento borrar esa imagen de mi cabeza. ¿Por qué estoy jugando a Sherlock Holmes con su lupa buscando pistas? Odiaba a esos personajes entrometidos como Miss Marple que se creen más listos que la policía y querían investigarlo todo ellos mismos. 

Por la ventana entra una brisa fuerte que vuela mis papeles como una bandada de palomas. El silencio es la única respuesta a todo esto. Tampoco está la secretaría en su despacho. La oficina está vacía y sí me mataran nadie oiría mis gritos y tardarían tiempo en encontrarme. Mis dedos tiemblan y soy incapaz de llamar a la policía, aunque tengo su número guardado varias veces en la agenda del teléfono. Me asomo a la ventana. Wall Street sigue con sus coches rugiendo salvajes en la selva urbana y con sus caminantes zombis.  Mi rascacielos no es de los más altos, pero la altura es suficiente para matarme si me asomo demasiado. Me dan miedo las alturas y a mi mente acuden suicidas tirándose aquella tarde de horror. El gotelé de la pared parece una mancha de sangre, como si dentro hubiera muertos emparedados que gritan de agonía. Hasta el ordenador parece ahora una amenaza. ¿Y sí han cortado los cables? ¿Y si han borrado todos mis discos duros? 
 
Me llena de terror la silla ergonómica en la que me balanceaba como un yupi de los negocios. Ahora se columpia como el asesino con la peluca de su madre de Sicosis. Me asusta mi propia imagen reflejada en el espejo. ¿Por qué me he convertido en un ejecutivo de un aspecto tan amedrentador? Lo primero que compré al llegar a EEUU fue esta pistola. Aquí es un objeto de necesidad diaria, tanto como el cepillo de dientes. No es la américa sureña de A sangre fría, pero nunca sabes lo que te puedes encontrar paseando por las oscuras calles del Bronx. De noche han robado carteras, han violado, y han asesinado sin piedad, ya fueras un estudiante o una viejecita. 

Sé que hay gente que desea mi muerte, sé que espían mis llamadas telefónicas, que me tienen interceptado el ordenador, a veces hasta la cuenta de email me señala que estoy en seguimiento. Tiene que ver con unos informes secretos que son más valiosos que mi propia vida. A veces siento que soy una amenaza para el Sistema y que ellos saben todo de mí. Cuantas más claves pongo en mi ordenador más inseguro me siento. Tampoco me dan seguridad los policías uniformados que hay a la entrada de mi edificio. ¿Quién te dice que no sean miembros disfrazados de una mafia américo-italiana? He visto demasiadas veces el Padrino.
 
Consigo encender el móvil, tengo 500 mensajes de diferentes grupos de wasap. Pero todos son videos de gatos o de chistes de televisión y programas musicales, Operación Pufo. Desde el móvil entro a mi correo atestado de mensajes publicitarios. Nadie de mi familia me ha escrito y aquí en Nueva York no tengo a nadie. Si me muriera mi muerte pasaría desapercibida, como otra alma más perdida en el barco sin rumbo de Caronte que a nadie le importa. Me siento solo cada vez que llego a mi apartamento. Hace años que no hablo con nadie después del trabajo. Y cuanto más quiero comunicar al mundo más solo me descubro. Quizá sea mejor que destruya mi móvil, porque si me lo roban tengo dentro todos mis datos bancarios. Llamo a la dirección de la empresa, para denunciar que han entrado en mi oficina, pero comunica. Al cabo de varias llamadas me sale la música de espera, es la quinta sinfonía de Beethoven. Dicen que siga en espera, que me pasan con la secretaria. Pero tarda tanto que corto la llamada. Me tiembla el móvil entre los dedos. Tengo miedo. Sigo teniendo la pistola en la mano, pero me siento como un arlequín en medio de un escenario sujetando un plátano.  Creo que esas películas del oeste y de Jon Wayne me han afectado el coco. La cabeza me va a explotar. Siento como se desintegran mis neuronas y mi cerebro. Lo de calibre del 36 me recuerda a la guerra.
 
¡Qué ridícula me parece toda esta situación! Mi sicoanalista diría que la pistola es un símbolo fálico, igual que la estatua de la libertad, y me volverá a hablar del patriarcado. No me ayuda. Me paso las dos horas de sesión confesándole mis miedos, mis angustias, pero, aunque me tiemble la voz, ella nunca me interrumpe y me asiente a todo como a los locos. Ella nunca habla, solo mueve la cabeza y apunta todo en sus malditas libretitas de color morado. Me deja hablar y luego me pasa la factura cada mes. Yo la hablo de lo sólo que me siento, me gustaría tener pareja, de mi miedo al compromiso. A veces le hablo de los informes secretos, pero ella piensa que todo es una paranoia. Igual que lo de ir tantas veces al médico, dice que soy hipocondriaco, pero es que aquí la sanidad no es como en España…He visto cómo tenían que esperar en lista de espera gente que estaba muy grave, no daban abasto y he visto llevar a gente en camillas con disparos en la sien y el cerebro volado. Y yo no quiero morir, aunque mi vida sea una farsa. El móvil se ha apagado, no duran nada estas baterías de ahora. El móvil se despide con la maldita sintonía de siempre. Y un dibujito de un gato sonriente. 
 
Me estoy volviendo loco, o quizá siempre he estado loco. Me han dejado sólo en la oficina como a un triste actor monologando. Pero prefiero esta soledad de ahora que la presencia amenazante de las personas. La oficina parece espectral, tiene la luz de una nave espacial, de un ovni de Mar Attac y los rascacielos son como torres de Babel hiriendo al cielo. Parecen las chimeneas negras de Blade Runner. Mi mente está llena de novelas de Asimov, de películas de marcianos, de clones, de la guerra de las galaxias, Indepence Day y hombres de negro doblándose a lo Matrix, y descubriendo realidades paralelas. Mi mente se ha llenado de estos virus del cine. Siento que roban mis ideas igual que en mi ordenador pinchado e interceptado por los servicios secretos de espionaje. Es como si me robaran mi propio pensamiento y una especie de esquizofrenia se adueña de mí.
 
No puedo dejar de pensar en todos los trabajadores que se arrojaron aquel día por la ventana. el mundo se destruirá, es cuestión de tiempo. aunque puede que no. Cuando iba a llegar el año 1000 los medievales creían que el mundo acabaría en una especie de Apocalipsis Nown, también hay otros chalados que aún esperan la segunda venida de Jesús. Y otros afirman que nunca existió. Hay locuras para todos los gustos. Cuando llego el año 2000 todos pensábamos que iba a haber un apagón informático y que desaparecerían todos nuestros archivos del ordenador. En cierta forma deseábamos que fuera así y perder todos los documentos que nos habían llevado años componer y que nos esclavizaban en nuestros trabajos. Pero no pasó nada. Por mucho que lo anunciara Nostradamus, no pasó nada. Ahora tampoco tiene por qué pasar nada. Quizá todo esto sean alucinaciones mías. Detrás de las cortinas creo distinguir una cámara de video, sé que la empresa pone cámaras de video para espiar el trabajo de sus empleados. Todo el edificio está lleno de cámaras de vigilancia. Si hubieran detectado algo vendrían en mi ayuda. Nadie puede subir hasta mi despacho saltándose las medidas de seguridad. Y sin embargo, la puerta estaba abierta y los papeles en el suelo, algo se movía en el sofá y en el armario. Me siento en el sofá, con mi pistola, y la acarició, siento miedo de mí mismo.  

 

MOBBING


Según el sexto principio de la ONU acordado en el pacto mundial de la red de empresas, en las que participaron las españolas, estas deben apoyar la abolición de las prácticas de discriminación en el empleo y la ocupación. El acoso laboral es un problema grave que dificulta la productividad y rentabilidad de la empresa y que el profesional haga un buen trabajo, pero sobre todo atenta contra la dignidad de esa persona. Muchos individuos ven sus rutinas laborales como un infierno y se convierte en una tortura ir cada día a trabajar. A través de humillaciones, bromas crueles, micromachismos, discriminaciones por cualquier razón (en este cuento por su enfermedad mental o su nivel intelectual) se puede obligar a una persona a dimitir de su trabajo o a ser despedida de forma improcedente. Si educamos a los niños para que no marginen a otros ni hagan bullyng estaremos más cerca de evitar estas prácticas de mobbing o acoso laboral.

 

LOS DESHAUCIOS


Hubo un tiempo en que España se endeudó. Nos prometieron el paraíso terrenal de la prosperidad económica. Parecía que todos teníamos derecho a una segunda residencia en la playa y a unas vacaciones de dos meses viajando por el mundo. Éramos los nuevos ricos. Con la crisis los desahucios han destrozado la vida de miles de familias. Les ha expropiado sus casas y su vida, sin darles otra salida o futuro. Muchas personas se han suicidado por no poder hacer frente a sus hipotecas. El derecho a la vivienda es un derecho reconocido por nuestra constitución y debe primar ante políticas de bancos crueles y deshumanizadas. (También está penado legalmente la ocupación de viviendas deshabitadas, las casas okupas.) Entre los objetivos para el desarrollo de la ONU están erradicar la pobreza, reducir las desigualdades en materia de vivienda y crear modelos de ciudad sostenibles. Este cuento trata de reflejar una situación penosa, pero habitual en la crisis, en la cual se vulneran estos derechos. 
 


viernes, 22 de junio de 2018

LA CANTANTE CALVA DE IONESCO


Hoy asistimos al segundo festival de teatro de la casa de cultura de Solokoetze, con la obra del grupo teatro estudio la cantante calva. Se ha visto esta obra en el Arriaga, y cobraban 15 e. Llevan casi 9 meses ensayando. La que hace de marido es Clara Fraile, del taller de Pinilla. 

 

jueves, 21 de junio de 2018

RESUMEN DE LA CONNSTRUCION DEL PERSONAJE LITERARIO, ISABEL CAÑELLES


No escribimos de la nada, siempre nos influencia algo, aunque sea el televisor. Este libro echa al traste el mito del escritor romántico inspirado y del escritor obrero técnico del lenguaje. Nada de lo humano nos es ajeno. La persona es el centro de nuestro estudio, aunque solo interese el lenguaje a un estructuralista. Buscamos en el arte la vida. Escribir te ofrece multiplicidad de vidas y personas, es el juego del disfraz. Un juego de ajedrez con la muerte, acabo de ver el 7 sello. Nos identificamos con los personajes, el autor les da tipicidad con la singularidad huyendo de la topicidad. Es distinta la mirada de cada persona. Buscamos una respuesta en la vida. Escogemos un referente de la realidad para escribir. Pessoa (1888 35) es un poeta que gusta mucho a esta autora. Su nombre significa persona (mascara) Es un poeta que cambia su vida. Tabucchi dice que en los heterónimos de Pessoa coinciden muchos poetas en un tiempo y lugar. Ricardo Reiss, Álvaro de campos (el drama en la gente) Bernardo Solares. Saramago escribe la muerte de Ricardo reis en el 35. Cobra vida el heterónimo al morir Pessoa. Alberto Caeiro en su poema dice; la luna es más que luna. La vida está hecha de física química electrones, la materia de la vida y la muerte, Asimov dice que escribir es creer y crear, echarle fe. La novela surge de una idea o frase. Se juntan palabras y se busca el conflicto abstracto. 

 


EL SILENCIO DEL ABUELO


Dentro del proyecto tercero del programa de la ONU para el desarrollo se incide en la salud y el bienestar de todos los ciudadanos teniendo especial cuidado en el trato médico, sanitario y hospitalario hacía las personas mayores. Han sido los grandes olvidados y desaparecidos de los planes de desarrollo económico, pero en un mundo en que la tasa de ancianidad crece hasta casi equiparar las de población en edad activa y productiva, la tercera edad reclama mayor atención por parte de instituciones públicas, como se ha visto en las manifestaciones de pensionistas. Los ancianos se han manifestado en contra de recortes en pensiones o de esos aumentos de céntimos que parecen casi un insulto. Los países del primer mundo asisten con miedo al envejecimiento de su población. La vejez no siempre es sinónimo de posturas conservadoras o inmovilistas. Visibilizarlos en toda su complejidad es el objetivo también de este cuento.
 

martes, 19 de junio de 2018

DE JUGAR A JUGARSELA

De jugar a jugársela.

Uno sabe que ha caído en la adicción cuando se pasa de jugar a jugársela. Según la Organización Internacional del Trabajo, la mayoría de personas que caen en el problema social del juego están en paro o en condiciones económicas precarias. El juego parece la salvación a sus problemas económicos, y se ve como una forma rápida y fácil de ganar mucho dinero en poco tiempo. La realidad es que el juego ha llevado a situaciones de mayor pobreza a muchas personas y se ha convertido en una adicción tan fuerte como la de la droga. El abuso sexual a menores también está denunciado por la ONU, pero no bastan sus directrices consultivas y no vinculantes, sino que desde el sistema penal se deben castigar estos abusos y educar a la población para que denuncie y no sea cómplice de este tipo de situaciones. De estos dos temas trata el cuento de Norberto.

 

Norberto me había llevado al casino que había en el hotel Bilbao. Para entrar pasabas por recepción, unas cortinas blancas servían de acceso al lugar. Al entrar había una barra de bar donde Norberto me abandonó tras pedirle un café con leche al camarero. Yo removía nervioso la cuchara en la taza y constantemente giraba la cabeza por sí veía a mi amigo. Había desaparecido, ni rastro de él. Dos cucharillas de azúcar y la leche templada, como me gusta. Abandoné el café sin terminar y empecé a buscarle entre las máquinas tragaperras. En el centro había una gran mesa donde se jugaba al póker y se hacían apuestas. Una especie de crupier repartía las cartas y las fichas. Pensé que Las Vegas sería lo mismo, pero con más máquinas. No, lo de las Vegas debía ser algo monstruoso. Todos aquellos locales con luces de colores y paneles luminosos. Cada casino estaba decorado de una forma diferente y pensé en todas las imágenes de las películas de Hollywood. Azafatas y azafatos vestidos de egipcios, de payasos, de pingüinos, según fuera el ambiente del lugar.

Norberto me había dicho que era su cumpleaños y que por eso venía a jugarse algo de dinero que le habían regalado sus padres en las máquinas. Pero Norberto parecía cumplir años todas las semanas, incluso todos los días. Siempre que quedábamos era para ir a casinos, bares con tragaperras, bingos y locales así. Cuando le conocí me pareció un chico normal. Era mayor que yo, tenía poco pelo y lo llevaba engominado hacía un lado. Intentaba disimular las calvas, pero le queda francamente mal, parecía un peluquín. Sí que note desde el primer día cosas raras en él, y manías, por ejemplo, su adicción bestial al tabaco. Norberto encendía un cigarrillo con la mecha del anterior. Siempre le recuerdo fumando, lo mismo negro que rubio. Luego descubrí en su coche negro de paredes tintadas que también era adicto a la cocaína. Casi siempre speed, porque la cocaína es más cara, pero a veces ganaba algo de dinero en las maquinas y se la podía permitir.
 

Su coche por dentro estaba horteramente decorado y lo utilizaba de picadero. Norberto era homosexual, pero yo nunca le atraje, me veía como un amigo o más bien como a alguien con el que desahogarse y quejarse del mundo y sobre todo del juego. Él solía preferir chavalines más jóvenes. Ha tenido varios casos de perversión de menores. Debía creer que el dinero lo compra todo y les ofrecía dinero o regalos a los adolescentes a cambio de una noche de sexo con él en el coche. Norberto parecía el típico violador de las películas sensacionalistas que se ponen los sábados por la noche para intranquilizar a los padres y a las señoras mayores. La típica persona de la que no te puedes fiar y del que las madres tienen miedo cuando dejan a sus hijos en el colegio. No te fíes de los extraños es la moraleja de caperucita roja y él en todo, en su físico y en su forma de ser recordaba a un lobo. Me lo imaginaba a las puertas de los colegios ofreciendo chucherías a los niños. No quería imaginarlo. No sé cómo he podido ser amigo de una persona así.

En su coche le había visto esnifar la papelina con polvo blanco. Alguna vez me había ofrecido, pero mi torpeza había provocado que se cayera la sustancia al suelo. Y entonces Norberto se ponía como una furia. Jamás le había visto así. “¿sabes lo que vale esta mierda? Y me has puesto perdido el Peugot”. Yo me empecé a cansar de que siempre que quedábamos fuera para ir a estos sitios.

Aquella noche de su cumpleaños sí que debió ganar mucho dinero. Había apostado poco y ganó mucho. Pero la mayoría de las veces perdía. Él decía que las maquinas estaban trucadas, que las hacían así para que no tocara. Y que los chinos que rondaban la zona tenían de misión espiar las jugadas de los que apostaban y calcular cuanto dinero había escupido la maquina y cuanto le tocaría al siguiente, si es que le tocaba algo. Aquellas maquinas le atraían despertando en él un instinto primario de jugar. El demonio le llamaba en medio de un aquelarre y era atraído hipnóticamente hacía él. Entonces los ojos se le ponían rojos. Había algo ancestral en aquel ritual del que no podía desembarazarse. La maquina le llamaba con sus lucecitas, con sus colores estridentes, con el sonido del dinero cayendo y aquellos ruidos cada vez que coincidían las tres estrellas o los tres símbolos de dólar. La maquina lo hipnotizaba y le encantaba magnéticamente hacía ella. Podía pasarse horas echando una moneda tras otra. El tiempo se paraba y se condensaba eterno en aquel ambiente cargado de humo de tabaco, sudor y nervios. 

Las noches de sábado yo quería bailar, beber algo e ir a discotecas. Pero él se pasaba la noche entera en aquellos sitios. A veces también le acompañaba a los cibercafés donde se ponía a chatear con desconocidos y a buscar sexo. Norberto tenía 40 años, pero buscaba un perfil muy concreto de adolescentes de 16 años con aspecto de niños. No sabía cómo podían irse con él, no sólo por la edad sino porque a mí no me parecía nada atractivo. Norberto me compraba unas chucherías y tenía que estar allí sentado en una silla al lado de la suya, mirando como abría perfiles falsos e interceptaba adolescentes. En cierta forma yo era cómplice de sus delitos y aquello me excitaba. Él se ponía distintos seudónimos. La red permitía que uno dejara de ser el que es para convertirse en un Nick. Y así mandaba fotos de modelos fibrados. ¿Qué sentirían aquellos niños al ver que aquel cuerpazo que se habían imaginado no era más que una foto robada de la nube Google por la mente perversa de mi conocido?  Entonces no daba cuenta de que me encontraba con un pervertidor de menores, una especie de violador en serie, pues, aunque esos chicos accedían libremente a las citas, no tenían la madurez suficiente para elegir con qué desconocido se acostaban. Él lo arreglaba todo con dinero. Me sacaba un café, incluso a veces un croissant, y yo me moría de asco esperando que dejara de chatear o de jugar en las máquinas.


Luego la cosa empeoró pues ya ni siquiera quedábamos. Me llamaba muy apenado, muy deprimido, aunque también había mucho de teatro en su voz. “He perdido 10 millones de euros”, me iba lloriqueando, su voz iba bajando de cadencia, hasta hacerse casi un lamento de tragedia griega. “Estoy arruinado. Necesito dinero. Solo 20 e. es justo lo que necesito para recuperar. Esta vez sí, lo tengo todo calculado, ya sé la maquina que toca”. Yo intentaba explicarle que no había ninguna matemática, ningún calculo racional, con el que pudiera establecer cuando ganaría con la máquina. Pero entonces el me hablaba de la familia de los Pelayos y como habían logrado poner en jaque a todos los casinos de España. Él pensaba que había una formula secreta que le permitirá ganar por fin todo el dinero que había perdido.

Había perdido casi 20 millones de las antiguas pesetas en el juego. Eso era cierto. Se había arruinado y había arruinado de paso a su padre, a su familia y a la empresa familiar; una imprenta en Zorrozaude. Norberto no tenía estudios, empezó a estudiar empresariales para cumplir con el gusto paterno, pero lo dejó al primer año. Creo que no aprobó ni una. Su padre quería que tuviera la formación que él nunca tuvo.
Su padre había fundado y dirigía una empresa modesta y familiar allí en Deusto, pero se había hecho así mismo sin ningún tipo de titulación. La empresa había prosperado relativamente, aún ya empezada la crisis, pero todo eso se fue al traste con las deudas por juego del hijo. Norberto trabajaba allí en la empresa, pero le habían puesto como a un florero, pues no hacía nada, simplemente pasaba las horas chateando en los chats o buscando páginas pornográficas. Debía de tener un cargo importante en la empresa, pero él ni siquiera tenía contacto con los trabajadores de la imprenta. Llegaba a las 10 de la mañana a su despachito, decorado con un florero y un mapa del mundo, y se sentaba en el sillón, encendía el ordenador y así dejaba pasar las horas muertas hasta la hora de comer que volvía a casa. Ningún banco ya quería hacerles ningún tipo de préstamo. El padre tuvo que pagar las deudas del hijo que no tenía ningún tipo de ingresos. Al principio le quitaba una parte de su sueldo para pagarlas, luego le congeló completamente el sueldo. Las deudas llegaron hasta un punto que el padre tuvo que responder con todos sus ahorros y con el capital invertido en la imprenta. Hubo EREs en la empresa y algunos empleados fueron despedidos. Todo esto a Norberto le daba igual.

 
Norberto solía pedir dinero prestado a sus amigos y vecinos del barrio para seguir jugando. Y algunos incluso se lo prestaron. Norberto debía dinero a todo el mundo. Ya nadie se fiaba de él y mucha gente quería pegarle si le veían por el barrio. Así que el padre le tuvo que alejar un tiempo de la casa familiar, porque la presión de sus acreedores era tal que le habían hecho pintadas en la pared del edificio o rayaduras en la puerta de su casa. Le compró una casa en Sopuerta, alejado de todo, y todo se llevó en secreto. A las deudas de su hijo se sumaba la crisis que atravesaba la empresa familiar, y la hipoteca de aquella casa. Para Norberto fue ideal irse vivir allí, pues ya no necesitaba su coche como lugar de sus encuentros sexuales. El coche se lo había regalado su padre cuando se sacó el carnet de conducir.
 
Ahora disponía de una casa entera para llevar allí a los adolescentes medio engañados. Norberto ni siquiera se atrevía a quedar conmigo por el barrio y su nueva casa quedaba muy lejos para mí. Después de aquella cantinela de quejas, lloriqueos y blasfemias contra dios y el mundo, cambiaba de tono de voz y me contaba que estaba viviendo con un jovencito bisexual y el mucho sexo que tenía con él. A veces me llamaba a las tantas de la noche, bien para pedirme dinero o bien para desahogarse. El jovencito bisexual debía tener una novia y esto le llenaba de celos a Norberto. Después de tener sexo con él sentía que el otro lo había hecho a desgana o coaccionado. El chaval no tardó en irse de la casa y le dejó solo, a solas con su alma, sus remordimientos y su sentido de culpa.

Norberto era muy religioso, pero porque tenía una imagen antropomórfica de dios. Dios era otra persona a la que llamar a las tantas de la noche para desahogarse, liberarse de su culpa o buscar un cómplice a sus delitos. A Dios también le pedía dinero. Le rezaba cada vez que metía una moneda en la máquina y accionaba la palanca. Norberto de niño iba obligado por sus padres a la misa de la parroquia de los jesuitas de Deusto. Luego dejó de ir porque le parecía una chapa. Dios para él era una forma de absolver sus pecados, de buscar una aprobación a su conducta, como si descargara en él el juicio moral de sus acciones. Norberto me enseñaba su cadenita en el cuello terminada en una cruz de oro o las figuritas religiosas de las que tenía lleno el coche, pero luego era capaz del peor de los pecados sin apenas sentir remordimientos éticos.
 
Además, Norberto había tenido problemas por el tabaco. Le habían descubierto una especie de enfisema. Pero no dejaba de fumar, ni de fumar porros. Tenía todas las adiciones, y no me hubiera extrañado descubrir que también le daba a la heroína. El dinero que disponía para el día se lo gastaba a primera hora de la mañana en el paquete de tabaco y en las 7 cervezas que podía beberse a lo largo del día.
Sus padres le habían restringido el dinero del que ponía disponer, pero no sé cómo se las arreglaba para seguir apostando. A veces me llevaba al bingo. Aquello estaba lleno de amas de casa y viejecitas. Algunas venían en cuadrilla y pedían cafés con leche o incluso bebidas alcohólicas. La camarera servía las copas a las distintas mesas, y de su bandeja pasaba un cupón a las mesas que se lo pedían. Norberto iba rasgando las casillas según las bolas salían del bingo y el número que cantaran. De repente alguna señora al fondo gritaba bingo y todos girábamos la vista hacía ella, que se acercaba a la mesa para recoger su premio. Nunca le vi a Norberto ganar en este tipo de apuestas. A mi me gustaba ir al bingo y tomar el café con leche, era como cualquier bar de no ser por las conversaciones tan a gritos que se me hacían tan pesadas. Me gustaba ir a aquel bingo porque tenían libros en una estantería y a veces hojeaba uno, aquel juego de las abuelas me aburría soporíferamente.

Norberto no había aguantado ni dos días en la psicóloga de la seguridad social, ni tampoco en los numerosos sicoanalistas privados a los que sus padres le llevaron. Él se escapaba de las consultas o directamente no iba. Los padres siempre echaban la culpa a esos psicólogos y siquiatras y no a su hijo, al que cada vez era más difícil amar. Yo le recomendé una asociación de ludópatas de mi pueblo, más que nada porque lo habían fundado los padres salesianos y mis abuelos cuando eran jóvenes. De niño había asistido a alguna de esas sesiones, aunque fuera desde el vestíbulo donde esperaba a mi abuela. Me solían dar unos cacahuetes y aquello me divertía. Norberto tampoco duró nada en este lugar. No le ayudaban los testimonios de otras personas que a veces se echaban a llorar tras confesar su adicción.
 
El presidente de la asociación era un señor que había perdido todo con el juego. Me tocó entrevistarle para un reportaje que hice en la universidad. Me contó que su mujer le había dejado y se había llevado a los niños, su familia se había roto. Había perdido su trabajo y la mayoría de sus amistades. Él empezó a acudir a esta asociación y acabó haciéndose el mayor de los militantes por la causa. Ahora desde hacía dos años era el presidente y para él cada persona que lograba superar su adicción suponía una conquista personal.  Pero con Norberto no pudieron. Sé que su padre hizo que le prohibieran la entrada en muchos casinos, pero siempre había nuevos casinos que Norberto descubría con el coche.

Siento no poder contar cómo acabó esta historia. borré todo contacto con él. Me costó eliminar su número de teléfono pues yo también había recaído en una adición peor, que es la de engancharse a ciertas personas toxicas que solo nos hacen sufrir, pero de las que nos cuesta desprendernos, quizá por pena o por deseo de redimirlas. No sé cómo acabó o acabará esta historia, ni si ha encontrado a un nuevo adolescente como amante. No sé si el tabaco y la droga se llevará su vida, si ha ganado o perdido, si ha conseguido saldar sus deudas. Alguna vez le he visto en la entrada de algún bar, pero he cambiado de acera. Una vez le vi en el parque de doña Casilda, donde se suele hacer cruisin y los homosexuales se reúnen a altas horas de la noche para tener encuentros sexuales. Norberto cuando pasaba con el coche por la zona se había referido a estas personas de los parques como enfermos. No creo que sea la persona más indicada para juzgar y diagnosticar enfermedades. Siento no poder dar un final feliz a esta historia, pero si que le concedo el beneficio de la duda, deseándole el arrepentimiento de su conducta o la cura a su enfermedad.