miércoles, 27 de marzo de 2019

LAS COÉFORAS DE ESQUILO

LAS COÉFORAS de Esquilo.    

 

Orestes, Pilades, coro de esclavas, Electra La nodriza de Orestes, Clitemnestra, Egisto, un esclavo. En el palacio de los Atridas, con tres puertas (el gineceo, y en el proscenio la tumba de Agamenón con la sangre aún caliente.

Orestes se encuentra a su hermana Electra en una profesión de Coéforas (de ahí el título, nombre que deriva en femenino del coro-foro) que son plañideras contratadas para llorar en el cortejo fúnebre de Agamenón (asesinado de Clitemnestra, su esposa, y madre de ambos y por Egisto, el amante, aunque en Esquilo la mayor responsabilidad en el crimen recae sobre ella.) La voz coral se expresa sobre esta ritualizaciones del entierro (libaciones, intérpretes de sueños, vestidos de lino de luto) La función de este coro de siervas es mostrar dolor, quizá censurar a los asesinos. El hecho de que esté implicada su propia madre causa el primer dilema moral en la obra, en sus hijos. Se refieren a su madre como extranjera, aunque perteneciente al oikos (propiedad del marido junto a la servidumbre e hijos) y al gineceo doméstico, es extraña afectivamente a estos hijos que no comprenden que haya asesinado a su padre y puede referir también a su condición de meteca o extranjera, hermana de Helena, Cástor y Pólux (Polideceus), de hija de Leda y Tindaréo, reyes en otra región. Pide a los dioses un vengador de su padre y sienten a Egisto un usurpador en su familia y hacienda, yaciendo con esta madre a la que ven como extraña. Se produce el primer encuentro, ese reconocimiento entre dos personajes tan común en la tragedia griega (aunque no llega al dramático autoconocimiento presente en Edipo y otras obras), al reencontrarse los dos hermanos que llevan mucho tiempo separados. Se ejecuta un plan en cada uno. Electra quiere matar a su madre, es un plan de destrucción. Se trata de engañar al oponente y conseguir salvarse los protagonistas; algo que Esquilo refleja pero no Eurípides que castiga a los asesinos por honor que estén defendiendo en su venganza. Igual que un mechón de pelo de su padre les sirve para especular en torno a esta tragedia familiar; ellos también se reconocen hermanos por el parecido en su pelo; compartiendo dolor, deseo de venganza y de restitución del honor.  A Orestes le ha vaticinado el oráculo de Loxias (en nombre de Apolo o Pitio al que estas pitonisas estaban dedicadas como vestales, envueltas ellas mismas en pieles de serpiente o serpientes vivas, entre almizcles e inciensos, siendo Casandra, la profetisa del oráculo de Delfos, por enamorada de Agamenón la que más ha transcendido) que debe “dar muerte por muerte” al asesino de su padre. Le obligan a ello los dioses (a través del oráculo), la tradición, el dolor o “duelo” y el estado de indigencia económica (y de orfandad en el prestigio social de la polis) en que esta tragedia ha dejado a los dos hermanos desheredados. Además se trata de un asunto de justicia, ético.  Ya no se trata de un honor individual (el de Electra y Orestes) sino familiar y social, ciudadano o político en cuanto Agamenón encabezó las filas aqueas, caudillo de los arquos, contra los troyanos con “su cetro de rey.” No hubiera deseado que cayera su padre en la batalla, pero quizá habría sido muerte más digna que fenecer en manos de su esposa y el amante de esta, con la concubina Casandra con la que se había presentado. También gritan homicidio y Orestiada las Erinis o erinias, las diosas y furias de la venganza. “Los restos del reino Atrida son la humillante privación de este palacio.” Juzgan de cruel que le haya asesinado su esposa, cuando nunca le dio “llanto ni lamento.” (Solo la tuvo abandonada unos cuantos años de guerra y se presentó en casa con una amante pitonisa y solo quiso sacrificar a su otra hija, Ifgenia.) 

Electra también se queja de los “malos tratos” a los que les sometió su madre mientras el padre estaba en la guerra yo era alejada, humillada, por nada tenida. Recluida en mi habitación como perra perniciosa, las lágrimas más prontas que la risa brotaban de mis ojos, vertiendo ocultamente infinitos llantos y gemidos. Invocan a Ares, el dios de la guerra pues guerra quieren y justicia claman, en una cólera parecida a la de Aquiles, que puede considerarse una hybris de transgresión si no se tuviera en cuenta de que tienen a los dioses (Ares, las furias y erinias) a su favor, y lo hacen en nombre del honor ciudadano, la virtud familiar y el amor paterno. Invocan a Perséfone, no en cuanto diosa de la primavera (hija de Deméter, especie de diosa maternal natural) sino por raptada en el Hades y por ello señora de los pronto a morir. Incluso invocan a su padre recién fallecido. Los velos refieren al tipo de muerte por estrangulamiento en una manta envenenada por serpiente que recibió su padre (que la profetisa Casandra ya había vaticinado.) Y se encadena con la metáfora a los trapos de lino con que se cubren a modo de luto. El coro y los hermanos la comparan a una serpiente y que manaba por sus pechos sangre en vez de leche. Orestes tendrá que metamorfosearse en la misma serpiente para neutralizar ese veneno con el que le ha amamantado desde niño y así vengar al padre. 

El plan es disfrazarse de extranjero de Daulia hasta las puertas de su casa, con Pílades (un huésped amigo familiar) imitando ambos el dialecto focense (de la Fócide) del Parnaso (deben referirse a la región y no a este espacio en el Olimpo.) Irá armado “de ágil bronce”, matándole a espada. Pide discreción a su hermana. Hay una digresión por parte del coro en que reflexionan cómo el deseo más primario puede inmiscuirse en la virtud matrimonial y destrozar una familia, como ha sido el caso (ambos padres con sus sendos amantes.) Comparan a su madre con la sanguinaria Escila que sacrificó a un ser querido y por los collares de oro cretense (por un pragmatismo) mató al noble Niso traicioneramente mientras dormía. Es el mayor crimen de Lemnos. Se refieren a la Moira, la diosa del Ado, del destino, una de las gorgonas que creían los griegos tejían y cortaban los hilos de sus vidas. Piden Orestes y su siervo o amigo Pílades que salga una autoridad en el oikos, pero Clitemnestra no se considera tal al estar su género desvalorizado. “No parece tratarse de paños calientes, un lecho de descanso en la fatiga y la presencia de ojos leales. Así que es un asunto de hombres, de más reflexión.” 

Orestes hace ver a su madre que su hijo Orestes ha muerto en la guerra. Y ella se lamenta de perder no ya una persona querida sino la descendencia masculina del oikos de Atreo y nombre familiar. Y aunque la noticia sea trágica, ordena a sus esclavos que acomoden a los dos extranjeros. Ya no es momento de Persuasión sino de Lid, de vengar el homicidio guiados por Hermes (ese alado dios “mensajero” que comunica a vivos y muertos, a dioses y mortales.) Ciclia, la nodriza de Orestes, sale de la casa llorando por la muerte de quién cuidó desde niño. Me llama la atención que ni la madre ni la niñera reconozcan a Orestes, un ser tan cercano con el que han convivido, en el extranjero. El coro pide la ayuda de Zeus, padre supremo de los dioses y mortales, que la libertad florezca entre las tinieblas, que se juzgue heroica su venganza, que les ayude en justicia el hijo de Maya (uno de los velos del mundo, pero en este caso apelan a la justicia esencial y no a sus manifestaciones aparentes, como diría Platón) Este coro parece animarle e instigarle al crimen: solo importa la victoria, el triunfo, y si ella te suplica ¡hijo! tú la respondes invocando ¡Padre! Egisto no se cree la fatal noticia de la muerte de su hijastro y sospecha de los extranjeros y de que no sea todo “esos rumores medrosos de mujeres que saltan por los aires y mueren sin realizarse.” Un esclavo anuncia la muerte de su señor Egisto que se ha reunido con Orestes para comprobar la fidelidad de su palabra.

Clitmenestra comprende las palabras de su esclavo; “los muertos matan a los vivos” y que se trata de una venganza, en la que se ha de defenderse aunque se trate de su propio hijo. La madre llora a su amante, sin que esto despierte compasión en su hijo, que la consuela con que ella al seguir su suerte no le traicionará ni en la muerte. Y ella, obviamente, apela a su condición de madre y a tantos años amantándole (de sangre, según Electra.) y le recrimina también haberle amado en vez de a su padre. Le sigue el patetismo emocional de una madre, que amenaza maldecirle, que se excusa en la Moira o en lo sola que se sentía sin su padre en la guerra (por lo que hubo de tomar otro páter familis en el oikos), que le recuerda que le crio y quiere envejecer con él, que le dio un hogar hospitalario…pero según Orestes le dio luz para mandarle a las tinieblas. Con su muerte (se sugiere que la obliga a su madre a matarse así misma) llega la justicia a las Priámidas (los descendientes de Príamo.) Y así se ha cumplido la profecía de Pitón (de Apolo) y consumado la venganza. Parece un fin moral “libre de males” y un happy end en lo económico “en la disipación de la riqueza en manos de la pareja denigrante”, aunando la cólera con la astucia (el ardid de disfrazarse de extranjeros.) Se alude a la purificación, coincidiendo con este final de clímax catártico que para algunos críticos tenía un sentido purificador en los receptores, ya que veían unos ejemplos morales puros que podían seguir en sus propias vidas, y lejos de una hybris o transgresión más parece una justicia poética, familiar, social, política, contando con el favor de las alturas. Llegan gente de Argos, compañeros en el combate con Agamenón, a testificar este castigo al adulterio y al asesinato al esposo, de acuerdo a la ley. Y vuelve a referirse a la condición serpentina de esa madre que asesinó por esos medios de envenenamiento de sierpe y estrangulamiento de manto a su esposo y padre de sus hijos.  Y vuelve a enlazar estas metáforas con el sudario del muerto, los lazos (ardides, la trampa) que le tendió en forma de manta, el peplo femenino, el luto… Pide que avisen a Menelao (el tío) cuando vuelva de Troya de toda esta tragedia (la muerte de su hermano Agamenón y la Orestiada final en venganza, asesinando a su cuñada.) Se ve la muerte de estas dos serpientes una liberación en todo el reino del Argos. El coro de plañideras las delira de Gorgonas envueltas en serpientes. Y finalmente se concluye con que toda esta tragedia familiar no deja de cumplir la profecía de Tiestes. ¿Hasta dónde llegará el furor del Ate?

EL SIMULACRO DEL YO. LA AUTOFICCIÓN EN LA NARRATIVIDAD ACTUAL


EL SIMULACRO DEL YO. LA AUTOFICCIÓN EN LA NARRATIVIDAD ACTUAL

Ana Casas trata en este artículo ensayístico, de carácter expositivo-argumentativo, publicado por la madrileña universidad de Alcalá de Henares, de trazar unas líneas generales en torno al concepto de autoficción. Celebra que tengamos una fecha tan concreta y precisa del nacimiento del vocablo. Doubrowsy acuña el término autoficción en el 77: “una ficción de acontecimientos estrictamente reales (vividos por el autor.)” Y pone algún ejemplo de estas narraciones del yo, contradiciendo a Lejeune para quien el personaje real no podía ser a su vez héroe en la ficción (pues rompía “el pacto autobiográfico”, como tituló su conocida obra: un pacto más que de ficción de estar relatando unos hechos reales experimentados por el autor) y ampliando con este concepto los que ya se conocían en torno a la autobiografía, difuminando más las barreras entre estos textos híbridos y géneros mestizos por definición. A finales de los 70, principio de los 80, se popularizan estos vocablos a la vez que se empiezan a escribirse este tipo de textos o al menos a ser calificados por la crítica como auto ficciones, revindicando la autonomía del género. Junto al interés académico se une el comercial, editorial, y la demanda de este tipo de obras por el público; ya no tan interesados en las autobiografías de las figuras importantes en las esferas públicas del poder, la economía o la cultura, sino sedientos por su vida más personal e íntima. (Algunos autores llevan mejor o peor que se identifique esa voz del narrador y personaje protagonista con su propia naturaleza de autores explícitos o empíricos.) Parece el género un hibrido cajón de sartre donde su calidad de autoficción no lo tiene porqué determinar ser narrado en primera persona o en tiempos verbales pretéritos. Incluso sus versiones de parodia y deconstrucciones del género han empezado a autodenominarse así y a estudiarse como tales, pero en mi opinión creo que la autoficción está presente desde el inicio de la literatura. 

Esta identificación puede ser muy explícita o encontrarse más encubierta y sutil, por lo que rompe con las estructuras cerradas de Lejeune para quien el autor debía manifestar su intención de autoficción explícitamente en la obra. Ahora se consideran así también obras en las que, ya sea su intención explicita o no, ese narrador no las protagoniza. O en las que el narrador se manifiesta a través de digresiones y comentarios internos fácilmente confundibles con los pensamientos del autor real. O en las que ese narrador protagonista incorpora hechos fabulosos o fantásticos que, sin romper el criterio de verosimilitud (si lo sabe narrar un Borges meta e inter literario por ejemplo) si dañan un poco la intención mimética. Se considera la autoficción una especie de hibrido que admite varias graduaciones en la impronta del propio yo en la narración. Su requisito, el elemento común sine qua non, es ese narrador proyectado ficcionalmente en la obra (protagonista, personaje, connotación del autor mediante digresiones o introducido en forma de metalepsis como Unamuno en Niebla.) Y así se conjugan elementos paratextuales, factuales, experienciales y los propios de la ficción. Algunos críticos consideran que es una derivación posmoderna de la autobiografía. Se empezaron a estudiar obras del canon clásico teniendo en cuenta este género, que hoy en día goza de autonomía (al menos como subgénero) y obras del momento relacionadas con la vanguardia (nouveau romans, los neoromance de Sagan, Duras etc.) pues se consideró una más entre las experimentaciones formales que estos grupos literarios y de crítica en avanzadilla habían descubierto (o puesto nombre.) Parece que hoy en día la autoficción está más de moda que nunca. Recordar un pasado juega con la desventaja de la distorsión tanto de la memoria y el paso del tiempo como de la subjetividad, sentimentalidad, cambio de perspectiva intelectual y sensibilidad que traicionan toda intención mimética de denotar unos hechos objetivos.  Lo irreal del pasado” dota a la autobiografía de rasgos de diegesis, de ficción. Es una renovación del tiempo pasado, una reelaboración de lo vivido, y por tanto más una invención de la propia vida que su copia fiel. 

A la autobiografía se le supone autenticidad y sinceridad (aunque hay ejemplos de falsos testimonios, que por un oportunismo interesado han afirmado haber sufrido un campo de exterminio por ejemplo.) A partir del románticismo la crítica (y la filosofía que la envuelve) se ha vuelto escéptica con los metarelatos, las significaciones esencialistas o el mismo concepto de razón, realidad y verdad universal (y más con los filósofos de la sospecha. Hoy en día se habla de posverdad que no llega a ser mentira del todo.) Se han introducido aspectos psicoanalíticos en cierta crítica “freudianista o sicologista”, que ha desvelado lo fragmentario y dividido que es ese yo interno de la sique posmoderna, no una unidad de identidad compacta sino una lucha de egos con sus voluntades de poder, entre esa mínima proporción del consciente y las partes subconsciente e inconscientes que son reprimidas por este yo racional. Por eso se habla de crisis y fragmentación del yo contemporáneo, de pensamiento débil, de heterogeneidad múltiple y plural de yos dentro de uno mismo. A estos problemas para identificar una voz unitaria, un yo claro, en la narración autofictia se añade el hecho de que en toda narración del yo el autor debe seleccionar los pasajes a contar, ya que la vida es relativamente larga y sus significaciones infinitas, (y cambian las perspectivas también desde donde se escribe, el grado de madurez intelectual y sico-afectiva que no son categorías estáticas como se creía.) Al ser correlatos de la vida interior y el ser este Yo tan vago, impreciso, inefable o intangible aumentan las vicisitudes para marcar límites al género. Se seleccionan espacios vitales, se los ordena, se les adorna retóricamente y acabamos mostrando la máscara social, el alter ego o algún aspecto de la personalidad, pero jamás podremos reflejar el yo interior del todo (como tampoco un exterior real en esos mitos de objetividad, mimesis…) Para el siquiatra y ensayista Castilla del Pino la misión de estos relatos obedece a un autor que quiere reflejarse a sí mismo y esclarecerse lo sucedido en su vida, (puede funcionar sanándonos terapéuticamente, o para contrastar visiones infantiles con las adultas.)  

domingo, 10 de marzo de 2019

LO HORACIANO EN LA NADA



“Lo Horaciano” en la Nada de Laforet
En El ars poetica; Horacio dirá que ante todo el discurso ha de tener una intención ética, que debe pronunciarlo el hombre más justo, el Vir bonum dicendi peritus (el hombre honrado experto en hablar) de Catón a Quintiliano pasando por Séneca y Cicerón, entendida esa bondad al modo platónico de abstracción, y en el sentido latino de un bonum pragmático económica, social, políticamente. Nada de Laforet es una obra de dialéctica ética, narrada por una primera persona cándida, angelical (Andrea) ahogada en “la parrilla del otro”, en un caserón horrendo en la calle Aribau lleno de seres demoniacos, sombríos tal que sus muebles entelarañados, corrompidos en la decadencia física y moral franquista, con una psicología retorcida en la que todos tratarán de herir lo más posible a sus otros familiares, llamas en las que Andrea terminará por quemarse. Ni podrá escapar cuando salga a las opresivas calles de la Barcelona más provinciana (que había idealizado) en la época más dura de posguerra, topando con la placa del infierno de Dante: “¡Oh!, ¡Quienes entréis abandonar toda esperanza!”. La noche que llega a la casa familiar, mientras se da una ducha con agua helada (han cortado la calefacción por no poder afrontar su cuota esta familia arruinada)) no puede siquiera intuir este averno terreno en que se achicharrará. 

Nada retrata, la melancolía de la adolescencia donde la vida cae en todo su peso; un mundo perverso que se quería comer pero que la devora; la queja de una mujer a la que se le ha connotado una condición inferior (de clase, género…); la orfandad y vacío tras la guerra; una radiografía fotográfica (en blanco y negro) del hambre, las cartillas de racionamiento de un régimen sin razonamiento, el mundo del estraperlo, la sordidez, los apagones de luz, el peso de la religión, el cinismo y sarcasmo falangista. La crítica al régimen aparece en toda la obra, algo disimulada pero evidente incluso para el lector de entonces. A pesar de tener solo 15 años y encontrarse en Canarias al empezar la contienda se la puede considerar a esta narradora del 50 una “niña de la guerra”: este trauma lo refleja en toda su obra. Además cuando la obra se escribe y cuando la protagoniza Andrea está empezando la Segunda Guerra Mundial. La lucha interior en Andrea (o de Gloria) recuerda a la de las heroínas cotidianas de V. Woolf (que oía retumbar cañonazos y aviones bombardeando su cabeza, según afirmó) y Simone (en el fragor de La Comuna y luego del Mayo), por citar solo algunos monólogos interiores en pugna, con voz femenina. A Horacio le tocaron unos tiempos de relativa pax romana. Aunque el estilo sea realista (con una prosa más cuidada que la normal y que trata de ser convencional y no “dar la nota” al régimen), la temática torna mágica, fantástica y esa sensación de irrealidad disimula la sólida denuncia. En el tono existencialista del diario se escucha un grito romántico de protesta ahogado en ese estilo costumbrista naturalista. De la guerra no se habla, alguna referencia y nunca explicita, debido claro a la censura (disfrazada eufemísticamente en “Servicio de Lectura”) y a que Laforet nunca ha escrito panfletario proselitista de un signo u otro, ni siquiera católico cuando sufre “el brote cristiano-frénico”, y es más subjetiva que realista-socialista, aunque simpatice con la izquierda exiliada. Sí aparece la fractura denotada en sus consecuencias de pobreza y connotada en el recuerdo idealizado y nostálgico de una Barcelona de infancia con los abuelitos. Angustias resume este contexto para que nos demos por enterados: «La ciudad es un infierno. Y en toda España no hay ciudad que se parezca más a un infierno que Barcelona» 

Es una novela trasparente, original, fresca, narrada en primera voz, con un lenguaje sencillo y convencional en decoro horaciano con la situación social de sus actores. Se trata de una familia burguesa que un día fue feliz, pero a la que la guerra ha dejado en la miseria. Laforet se desenvuelve con maestría entre el desparpajo de la joven reflexionando en su diario y la extraña situación. El titulo juega con el nihilismo (el estoica Séneca cortándose las venas ante la caída del imperio y el relativismo moral que Horacio y Laforet también denuncian) y el existencialismo (el epicúreo vivir la existencia) que son los significados filosóficos de la obra (pero la alegría de Andrea al llegar, al irse y en sus momentos de nocturnos ensueños nos resperanza.) En este relato de la costumbre no parece ocurrir Nada, pero sucede de todo. “¡Cuántos días sin importancia! Los días sin importancia me pesaban como una cuadrada piedra gris en el cerebro. De todo, sobre todo en lo referente a remover emociones y des-automatizar el código de pensamiento del lector, cumpliendo esa característica que los críticos formalistas veían por ejemplo en las obras surrealistas: el extrañamiento. Conseguido con la originalidad, una característica en el estilo de Laforet, que Horacio nunca negó aunque se haga luego una lectura tan cerrada de él.  La obra nos des-aliena y des-enajena de nuestra vida diaria, nos saca de nuestros problemas hacía una nueva enajenación (la de toda lectura.) La embriaguez de abandonar un tiempo espacio físico para trasportarnos a un universo imaginario, contagiándonos de las vicisitudes de Andrea. La fantasmal radiografía de este inmueble en la calle Aribau y sus raros habitantes parece real y consistente en nuestro cerebro por esa verosimilitud que piden Aristóteles-Horacio y el pacto de ficción entre lo narrado y su receptor, quien suspende momentáneamente juicio e incredulidad y se cree la ficción, por sobrenatural que a veces parezca. Bajo el aparente relato de hechos pretendidamente existentes, lo fantástico (igual que lo mitológico en el mundo grecolatino, incluso en algo tan objetivo como la ciencia. Esta obra testimonial tampoco es imparcial) irrumpe integrándose al surrealismo cotidiano de tan tremendista franquismo en una prosa sencilla pero que llama la atención sobre su res y verba. 

El discurso formal es de suave íntimo lirismo. Y sus temas impactan duramente: violencia por género, la diferencia mental del tío en su dictadura en el hogar, el misticismo irracional fanático de Angustias, venganzas, suicidios…Nada relata una cotidianidad de la realidad en la que supuestamente no trascurre nada más que la “bonita” posguerra. La crítica al franquismo y al papel que dejan a la mujer se sutiliza y aparecen veladas bajo la forma de una historia romántica aconsejable para una mujer afiliada a la Sección Femenina (ya que Andrea se mantiene virgen, rechaza a los pretendientes) o una historia de fantasmas gótica comercial, y gracias también a la evidente autocensura de sus páginas para pasar por el “Servicio (censor) de lecturas.”, burlarla y reírse amargamente así de todo un régimen. Nada es una obra falsamente mimética sin llegar a esa imitación de lo natural y a la tradición que recomendaban Aristóteles y Horacio, pues su lenguaje es totalmente sencillo, naturalista y realista (obedeciendo a cómo debía o se esperaba que escribiera un escritor femenino: clara, frívola, dulce, sencilla, sensible, poco reflexiva) que además quisiera imitar el realismo que según cierta crítica “hidráulica” e historicista (Menéndez Pidal, M. Pelayo y cya conservadora) era la condición inseparable de la literatura española (lo cual no es cierto, y Cervantes mismo lo demuestra.)  

viernes, 8 de marzo de 2019

AVE EN LA NADA, CARTA DE DIOS A SUS PALOMITAS

Ave en la Nada. Carta de Dios a sus palomitas:

Lo sé, este mundo lo he creado sobre una dura piedra, pero lo atraviesa un rio tierno y suave afluido de vuestras lágrimas de alegría de sátiros y mortales amandoos entre la hierba. Estas fuentes de agua clara y fresca siguen un cauce que solo dan en ti mismo, y recorren una pradera natural donde siempre es primavera verde y cielo azul; allí volaras sobre todo y todos; triste gaviota sobre el mar de de lágrimas, golondrina desorientada de Norta, águila volando majestuosa aunque sea sola. Y volarás tan alto que se asustaran y te señalarán con el dedo con risas y odios. Tú nunca olvides que existe el suelo, aunque comprendo que no quieras aterrizar ya más. Jamás dejarás de volar; ni despierto, ni en sueños, ni aun cuando el río parezca seco y digan las viudas inconsolables que has muerto. 

Este es mi prestamo, Eva; te devuelvo tu nombre de Ave, vuela, y pasa de todo. A ti, Adán, te restituyo la Nada que es tu nombre y condición original antes de que torciera los nombres y las cosas. Esa Nada que siempre he querido ocultaros para que no sufrieraís. Siento haberle dado la vuelta al placer, siento haber inhumanizado al ser humano. Este demiurgo os suplica perdón por crearos sin pediros siquiera permiso. Pero por favor aceptar mi dádiva (su único cobro e interés es que la vivaís, sufraís y goceís); no puedo daros más que este mundo. Es toda mi herencia haceros esclavos del cronometro del cielo y la ambivalencia de una carne que quiere Ser. Con toda mi omnipotencia solo puedo prestaros esta corta vida con sus ilusiones y sus miserías, con otros seres que volarán junto a vosotros; algunos más alto, otros mas bajo, unos como aunteticos ángeles y con las alas más bonitas que las de Hermes, y otros a los que vosotros habreís llamado ángeles caídos y os resultarán autenticos demonios y os quemarán en parrillas, pero no olvideis que estos diablos fueron en su día ángeles y que pueden volver a serlo, a solo que les acaricieis con vuestros picos de paz y les paseis con vuestra dulce lengua el verde laurel de la esperanza, de la bella esperanza que es amar la vida. 

El hecho de que sea un prestamo, y efimero mi don, lo embellece aún más, y también que nunca podaís volver atrás en vuestro vuelo, ni nunca seaís aquel que fuisteís, pues siempre sereís más sabios. Y existireís en aquellos que os aman. No hay más cobro ni culpa que volar lo más alto que podaís. Quizá algún día volvamos a estar juntos y de nuevo ocupemos un mismo cuerpo. ¡Ojalá algún día vosotros también logreís ser dioses, a mi imagen y semejanza! ¡volar, polluelos mios, ya ha llegado el momento de partir, el aprendizaje no ha hecho sino comenzar! Si os rompen las alas y os caeis en dédalos y laberintos de vosotros mismos, no dudo de que sabreís encontrar el hilo para escapar, volar, evadiros...es decir, para seguir soñando y Siendo. Os espero. Y os mando un piquito (un besito de papa) ¡siento haber sido tan cascarrabias en algunos momentos del antiguo testamento!

domingo, 3 de marzo de 2019

EL NARRADOR ANDREA EN NADA DE CARMEN LAFORET


EL NARRADOR ANDREA EN NADA DE CARMEN LAFORET

Esta ópera prima y maestra de una veinteañera aún ni licenciada en Filosofía y Letras ha logrado llegar al canon y ser alabada por crítica, autores y con un éxito de público desbordante que sigue actualizándose. Aparentemente “nada” sucede en Nada, ya nos lo advierte el propio título que juega con el nihilismo y existencialismo de los años 30-70 (la base intelectual que vertebra el discurso y trama, en la forma en que la acogió esta posguerra literaria castellana: tremendismo de escenas y lenguaje crudo) o donde se narra la “nada” habitual y cotidiana tras el fin de la contienda civil (el hambre, la miseria, un maltrato por género, algún suicidio que suele ser menos frecuente…), lo que C.M. Gaite llamaría “brechas en la cotidianidad.” En este relato costumbrista no parece ocurrir Nada y sucede de todo. “¡Cuántos días sin importancia! Los días sin importancia me pesaban como una cuadrada piedra gris en el cerebro.” Ocurre de todo en lo referente a remover emociones y des-automatizar el código de pensamiento del lector, cumpliendo esa característica que los críticos formalistas veían por ejemplo en la obra surrealista: el extrañamiento. La obra nos des-aliena y des-enajena de nuestra vida diaria, nos saca de nuestros problemas hacía una nueva enajenación (la de toda lectura.)La embriaguez de abandonar un tiempo espacio físico para trasportarnos al universo imaginario de la lectura y contagiarnos de las vicisitudes de Andrea. La fantasmal radiografía de este inmueble en la calle Aribau y sus raros habitantes parece real y consistente en nuestro cerebro por su verosimilitud y el pacto de ficción entre lo narrado y su receptor, quien suspende momentáneamente juicio e incredulidad y se cree la diegesis, por sobrenatural que a veces parezca. Bajo el aparente relato de hechos pretendidamente existentes, lo fantástico irrumpe integrándose al surrealismo cotidiano de tan tremendista franquismo en una prosa sencilla pero que llama la atención sobre sí misma por su íntimo lirismo y temáticas: violencia, la diferencia mental del tío con su dictadura en la casa, el misticismo fanático de Angustias, venganzas, suicidios… La noche que llega a la casa familiar, mientras se da una ducha en un cuarto de baño desastrado y gótico (“una casa de brujas”) con agua helada (han cortado la calefacción y el chorro del agua helada simboliza la liberación y alivio momentáneo) no puede siquiera intuir el infierno terreno que la quemará. Las descripciones (tan liricas e intimistas) hacen de ese costumbrismo algo tremendo, excepcional, “realismo mágico” y envolverlas en esta naturalidad aparente denuncia que su presencia fuera tan usual. La crítica al franquismo y al papel que dejan a la mujer también se sutiliza y aparecen veladas bajo la forma de “un diario femenino”, una historia romántica aconsejable para una mujer afiliada a la Sección Femenina (ya que Andrea se mantiene virgen, rechaza a los pretendientes) o una historia de fantasmas gótica comercial, y gracias también a la evidente autocensura de sus páginas pudo pasar por el “Servicio (censor) de lecturas.”, burlarla, burlarse así de todo un régimen y pasando a la historia.

sábado, 23 de febrero de 2019

LO QUE BORGES ENSEÑÓ A CERVANTES

El vol. Lo que Borges enseñó a Cervantes: Introducción a la literatura comparada sintetiza críticamente las principales teorías y perspectivas dentro de la ciencia, y por tanto es la forma idónea de que un estudiante de posgrado se adentre en la disciplina. Darío Villanueva, además de haber sido director de la RAE, presidió varios organismos relacionados con ella: la Asociación Internacional de Hispanistas, la Sociedad Española de Literatura General y Comparada (SELGYC) y la Asociación Española de Teoría de la Literatura (ASETEL). Fue catedrático de Literatura Comparada en la Universidad de Santiago, y rector en ella entre 1994 y 2002. Haun Saussy es un erudito reputado (presidió la Asociación Americana de Literatura Comparada y fue profesor en la Universidad de Chicago), y César Domínguez ostentó la Cátedra Jean Monnet de Integración Europea y también fue profesor en Santiago. Ellos mismos forman un contexto variopinto y multicéntrico, de lo local a lo global, estudiando una materia que se define por su heterogeneidad, pretendiendo ampliar el horizonte en sus diferencias complejas. Quizá se tenga la impresión que la ocupación de los comparatistas es fundamentalmente epistemológica, pero en este libro hay una preocupación a su vez por lo ético, educativo, social, por ese lector común que revindicó Virginia Woolf: interlocutor ideal que disfruta leyendo y asociando las obras a su enciclopedia mental, relacionando, contactando obras. Una comp. literaria consiste en leer una obra a través de otras; hallar trasferencias y conexiones entre obras, artes y contextos culturales.. “Inter” y “trans” serán los prefijos que recorrerán este ensayo. El eje vertebrador de los capítulos lo protagoniza sin duda la utopía de Liter. Mundial (Weltliteratur) de Goethe. Siguen una evolución casi cronológica: comienza en los inicios de la disciplina (no ocultando las vicisitudes en el periplo) y acaba en una posmodernidad como amenaza de oportunidad, apocalíptica o integrada. Se puede uno abocar al nihilismo del desprestigio universitario de la filología y del mismo oscurecimiento de los estudios humanísticos durante toda su trayectoria, o aferrarse en la Resperanza de su amplitud de objetos de estudio y perspectivas. La clásica definición de Henry Remak «La Liter. Comparada la estudia más allá de los confines de un país particular, y en sus relaciones con otras áreas de conocimiento” quedó cuestionada por las dudas que la teoría deconstructivista lanzó sobre la trascendencia de la liter.; y por la nivelación posmoderna que la ha desvalorizado en el “cualquier frase del twitter sobre Borges me vale” y en unas meta e inter redes sociales que más que transduccir en la praxis copian-pegan, mimetizan mensajes descontextualizados, fragmentarios y reiterativos más fielmente que esos copistas medievales siguiendo a Aristóteles (El apocalíptico U. Eco caricaturizaba al posmoderno de nuevo escolástico del sistema dictado por EEUU.) Y así se olvida lo realmente importante en literatura: seguir creando y leyéndola. Los llamados Estudios Culturales no significan tampoco una solución, sobre todo en su realización norteamericana. Su apertura temática los ha convertido en un cierto cajón de sastre en el que la liter. resulta un simple almacén de bigdata, más información repetida a lo loro para aprobar un examen que logos- palabra trascendida en conocimiento simbólico e interiorizado por su receptor.

viernes, 22 de febrero de 2019

LA MUERTE DEL BARTHES. ¡LARGA VIDA AL AUTOR!


Nunca me he creído la muerte del autor y en cambio, descorché el champán cuando me enteré del fallecimiento del autor divino, (pues no la habia entendido correctamente; esa denuncia ética que Nietzsche diagnostica de una sociedad de falsa y doble moral que sigue igual y con nuevas supercherías y mitos.) Hay una diferencia fundamental entre ambas muertes: Nietzsche nos da un riguroso parte de defunción de la ética de su tiempo positivista pero en Barthes es un deseo y una amenaza.  Amenaza parecida al “muera la inteligencia” de Astray (que se cumplió cuando aquel falangista, encargado de dar parte de su muerte, visitó al genio huraño, a quien nadie visitaba, sabiendo el día en que moriría de “gripe salamantina” –el día que lo mataría él- para que el ABC titulara en primera plana en letras sensacionalistas: ¡ha muerto la intelectualidad católica. En cambio, lo de resucitar pero no como lo entiende la ingenua metafísica sino con zapatillas no se cumplió, lo primero que se quemó en su estufa.) Es un ejemplo de la instrumentalización del autor, en este caso por la iglesia cátolica, del ser humano en carne viva y puño y letra reducido a una cárcel de tinta física o electronica ya sea en un manual de historia literiaria del positivismo o en la santa Wikipedia. Y esa sí que es la verdadera muerte del autor; porque era obvio que las zapatillas de Unamuno iban a ser lo primero en quemarse, pero al menos no permitiré que usen su pensamiento vivo y contradictorio en los sermones de la parroquia de mi barrio. Y mientras yo le defienda, Unamuno sigue vivo en mí y de forma real, no como lo entiende la ingenua metafísica.  Por eso, si el autor ha muerto vamos entre todos a resucitarlo, pero no como lo entiende la ingenua metafisica sino con sus mismas zapatillas y pensamiento. 

No, nunca ha muerto el autor. Tan cierto como que Unamuno fue asesinado por un falangista. No han muerto los dos autores que Barthes quiere separar y secular. Su ensayo acaba diciendo “la resurrección del lector implica la muerte del autor”, pues las nueva teorías de la recepción, deconstructivistas y semióticas intentaban revivir en aquel mayo del 68 en que publican Iser, Jauss y el propio Barthes, a ese espectador y lector que durante toda la edad medía había sido una masa pasiva a la que un cura moralizar con su rollo, obligados a asistir a los autos de fe y otras aburridas obras de creación divina a la salida de la misa. Diferencia Barthes entre el autor (según Foucault aquel que responde legalmente a lo que ha dicho en un texto, una figura legal que surge por causas administrativas para poder “Vigilar y castigar” a quien ofenda al status quo) y escritor. Aunque no lo diga explícitamente. Para Barthes no hay nada humano en un texto salvo el lector. El autor desaparece tras escribir un texto. Él lo llama “escritor”, un sujeto que escribe, sin más, realiza este acto mecánico y se va diluyendo hasta desaparecer completamente. Pero sí que habla de una especie de autor que permanece en el texto y que después llamaría Wayne Booth “autor implícito” por seguir con lo de “lector implícito” de Jauss en su experiencia lectora con la Obra Abierta (Umberto Eco). Todo lo que la persona humana ha connotado en el libro. Pero no se entienda como su subjetividad, sentimentalidad, ideología etc. sino en el sentido más pragmático de la morfosintaxis: la voz que queda a modo de narrador y polifonías de personajes.

Hay que entender contra lo que arremete el autor francés deconstructivista: toda la superchería, idolatrías y ritualizaciones en torno a esta figura autorial que se convierte en figura pública y social de intelectual, obligado a asistir a los aspectos extraliterarios de su creación: ruedas de prensa, entrevistas, conferencias, firmas de libros, clubes de lectura (herencia de los salones del XVII y XVIII) …No hay más que pasarse un día por la feria del libro de Madrid o asistir a un acto de cultura (y no conocimiento) en una casa de cultura para ver que esto no solo no ha desaparecido sino que ha aumentado. También comparto con Barthes el deseo de que este interés por la vida personal, íntima y privada del autor real desaparezca, pero lo que me aterraba del anuncio de su muerte era que pudiera morir todo lo humano que en un texto rebosa. Pero observo que la individualidad y originalidad de un texto en cuanto lo ha creado un ser único y excepcional, que es cada uno de los humanitos que componemos la humanicé tampoco ha muerto, a pesar de tanta poesía pura (fría) y tanta tecnología mimetizando imitando copia-pegando textos descontextualizados y fragmentarios, desvirtuados, porque su muerte implicaría la muerte del ser humano. 

En cambio dios (ya se entienda como el monoteísmo cristiano y en concreto de la Iglesia Católica Apostólica Romana, ya se entienda por una metafísica que cada vez interesa a menos personas tan ocupados del más acá que estamos, o ya se entienda como una metáfora del idealismo y de una ética social virtuosa) sí que ha muerto.  Nietzsche no mata a dios en primer lugar: se halla muerta esta metáfora de todo lo esencialista, diagnostica su sociedad enferma de fea inmoralidad y denota y emite el objetivo parte de defunción, connotando así una personal queja ética. 

Pero es el riesgo que tiene dejar la obra en manos del receptor: la sobre interpretación (si no se es fiel al sentido de la obra ni se tiene respeto a lo humano y vivo de su autor.) Hay lectores de quienes no conviene fiarse, aunque se llamen así mismo petulantemente “critica deconstructivista”, porque suponen en la praxis un relativismo hermenéutico. Y así es cómo se ha leído a Nietzsche como defensor del súper nazi, a la judía Arendt como justificadora de la conductora nazi cuando sólo trata de explicarnos que el mal ya no puede ser concebido con esas connotaciones cristianas infantiles y simplonas de “bueno” y “malo”. Hay que ir “Más allá del bien y el mal” entendido al modo cristiano y volver a asociar el bien con el placer social y el mal con infringir dolor a la comunidad, como originariamente analizaba el epicureísmo. Hay que entender el mal en su plano político, social, económico pues la moral lo impregna todo. El mal actual, el dolor hacía el otro, es el mismo del que provenía el mal nazi: un “mal sin rostro ni conciencia de serlo.” ¿Les suena? Es el mal que aqueja a todo este sistema, desde su base neoliberal y raíz capitalista (intentando legitimar su origen en los dinosaurios, cuando lo natural en el hombre es el cambio y el trueque de objetos ideales y objetos fisicos y la moneda con sus ritualizaciones ideologicas solo es uno de estos cambios relativos que se pueden volver a cambiar) originado en realidad en la banca florentina y holandesa del renacimiento. Este mal sin rostro ni autoconciencia va infectando todas las vértebras de su burocratización formalista en los organismos estatales y dejando libre circulación por sus venas a los virus del capital.

Por eso lo más urgente es humanizar, humanizarlo todo, desde la academia hasta la calle. No nacemos seres humanos, nos hacemos. Recuerdo a mi catequista presentarnos a Nietzsche más católico que el Papa. Daba igual su ateísmo prácticamente (debido sin duda a su vocación religiosa frustrada traumáticamente. Con su Anticristo –él mismo- propone otra forma de inmolación socrática al Logos y no rechaza la parte prometeica-transcendente del hombre, conjugando lo apolíneo y dionisiaco.) Pero el de Basilea no mata a Dios ni a nadie: se encuentra su sociedad positivista francamente amoral y refleja una queja ética con esta metáfora de muerte de Dios. El súper-hombre no es sino su alter ego, lo que este poeta frustrado (quejándose siempre de su profesión de filólogo, dominado por madre-hermana fálicas, sin atreverse a amar a chicas y contrayendo la sífilis de la locura por ir de prosti-putas) se soñó ser. Una especie de “¿yo?... no, pero ¡probar vosotros!”) Acabó pidiendo perdón a un pobre caballo maltratado (a nosotros) porque Platón le había maltratado en su auriga ya que no se ajustaba a su idea de "caballosidad" caballerosa y de parte de Descartes, quien este más cientificamente y aristotelicamente, tambien había enjuiciado que en cuanto era un animal no podía tener alma. ¡sí se enteraran las protectoras de animales! Este abrazar a otro ser vivo precipitó aún más la siquiatrización interesada del poder politico-social-economico alemán por quitarselo de en medio, ante sus constantes ataques al nacionalismo y patriotismo alemán (para que encima luego le llamen nazi) y de la iglesia católica que, parecido a Maquiavelo, veían en él al diablo y maestro del mal.   
Pero nada de esto nos explicaba esa monja de Norai sobre interpretando al pensador como le daba la deconstructivista y receptora gana, nos vendía a un pecador arrepentido al final, retractado en constricción, y por eso el señor acogió en su seno sus teorías.

Por eso hay que reconsiderar al creador que es lo primordial antes que la obra (que no deja de ser un objeto fisico) o su receptor, que sin emisor jamás sería interlocutor reinando en esta tirania de las masas medias y mediocres como las entendía Aristoteles en su punto medio habitual, y del público borrego. Revindico al creador que late escondido, pero gritando toda la obra, que hace de su vida materia literaria y de sí mismo personaje literario en la autoficción y todos los trasuntos en los que la disfraza. No hablo de vida en el sentido durante siglos entendido por el serio positivista, encasillando a un ser humano en la parcelita estanco de su corriente, aportando cuatro fechas descontextualizados en listas y más listas y fríos datos aportados por una desalmada rata erudita de biblioteca. No. Hablo de que cada libro está vivo, gracias a nosotros, pero también a que alguien se tomó el gusto de escribírnoslo. Esa voz, ese latido, ese fantasma, no nos abandona en toda la lectura, pues está más vivo que nosotros. “Quien toca un libro no toca, pero cree tocar a un hombre.”

domingo, 17 de febrero de 2019

ANALISIS DEL MUSICAL BILBAO BILBAO DE KARRAKA


La obra BILBAO BILBAO se representó en el 84 (con el PSOE en el poder estatal y el PNV en el ayuntamiento de Bilbao y por sí alguien lo dudaba: en el Gobierno Vasco). Se volvió a llevar a escena décadas después, ante el éxito que esta obra tuvo y que pervivía en la conciencia de sus espectadores, un público no acostumbrado a una obra tan moderna que les enfrentaba a un Bilbao no tan idílico como el de sus bilbainadas: el real. Algunos de sus actores, en Karraka, fueron Ramón Ibarra, Ana Iribarren, Itziar Lazcano, Gurutxe Beitia, Eduardo Faviña (la transformista Yogurina), Felipe Loza, Yolanda Martínez, Loli Astoreka, Ester Velasco. Gorka Aguinaldo, Nati Ortiz de Zarate, Ramón Barea liderando la obra pero dejando lucirse al resto de actores, y a una Otxoa con su “¡libérate, libérate!” que no solo cantaba a la liberación sexual sino a la liberación en todos los sentidos. A modo de cabaret o musical en el espectáculo teatral se intercalan una serie de sketch fragmentarios, que se van sucediendo en una fiesta colorista que mueve a la participación del público, presentando el travestismo como máximo exponente de esa libertad reconquistándose. José Antonio Nielfa, “La Otxoa”, quizá no sea el mejor actor del mundo, pero sin duda es un travesti icónico en el mundo de liberación sexual gay. Representan en un Misterio Bufo posmoderno la liberación de los convencionalismos sociales, la subversión del contra poder, que pretendió poner el mundo del revés desde la izquierda más revolucionaria. Refleja un Bilbao en crisis, años luz de la postal franquista del Bilbao en blanco en negro o de la visión nacionalista de un Botxo idealizado y que en realidad constreñía entre sus siete calles sueños y aspiraciones de toda una generación que pretendía un Bilbao en colores, entre ellos el arcoíris de la bandera gay, y que también se veía amenazada por este neocapitalismo que había instalado sus cortes ingleses y centros comerciales aquí, como antes las industrias siderometalúrgicas y todo su drama obrero. 

Es un esperpento humanizado, relativista, ambiguo y ambivalente que empieza parodiando la fundación mítica y legendaria de ese Bilbao que nunca existió más que en la mente de los escritores nacionalistas a partir del XIX y reflejando, por su contra, un Bilbao real con el que el público pudiera identificarse desde el humor, pero también desde el horror. Bilbao como microcosmos de los sentimientos universales; “el universo es un Bilbao más grande” dijo un Unamuno que creció entre sus apretadas calles gremiales del casco antiguo. Pretende una unión en comunidad, una aldea global, pero no desde las ideologías (de un signo u otro) ni desde la globalización, sino del propósito de mejorarlo con esta crítica social entre todos, para que a esta ciudad británica y aburrida donde como dijera Blas de Otero “siempre llueve, llueve y llueve” le venga al fin la primavera de visita turística. Se plantea esta diegesis una fantasía disparatada, alocada y divertida que a veces recuerda demasiado a la realidad. Rechazando la mimesis naturalista; todo en la obra es exagerado e hiperbólico, deformando como un espejo del Callejón del Gato donde Valle Inclán escribía sus esperpentos y se veía a veces reflejado en Quijote y otras en Sancho: los personajes caricaturas, el discurso distorsionado y fragmentado, la música estridente o autoparódica (danzas vascas, alardes tradicionales con “vasquitas” y “neskas” del PNV con su faldita y blusa blanca), las escenas de gags cómicos, los bailes desordenados y caóticos, el ambiente desarmonico en un espacio a veces cruel, el tiempo repasando diacrónicamente prácticamente toda la historia de la villa, desde su fundación medieval-renacentista hasta nuestros días, o los de entonces, pasando por la sombra teológica y fascista, la trasgresión de las manifestaciones y revoluciones de los 70 y 80, a veces absurdas (la leve y velada crítica a HB y el mundo abertxale) y otras un grito autentico de indignación por la reconversión y crisis industrial que había dejado el descalabro de las infraestructuras fabriles.

Siempre desde el humor, nada pretende herir, todo es una enorme fiesta báquica, dionisiaca, en la que la ironía nos hará mejores personas desde la autocrítica. También en sus formas innova: escenas de travestismo, el color, la estética Almodóvar propia de los 80 y La Movida, la menor importancia del texto sobre las formas visuales convierten el musical en un cómic, en una historieta gráfica y cómica de Bilbao más que en una seria y positivista historiografía de la villa regalada por la BBK. La expresión corporal, la danza, el baile, los monólogos en los que se apela directamente al público al que se invita a salir al escenario o con el que el actor se confunde y al que interroga retóricamente o en inquisiciones que buscan empatía, los números de cabarets (más parecidos al musical de los años 20 en París o Berlín,  los números de cancán, el jazz, el music-hall de Broadway que a la caduca revista de variedades franquistas donde unas mujeres cosificadas exhibían las medias y todo era acartonado como el propio régimen.) Unas escenas provocadoras de estriptis que se conocían ya por el destape. Los desnudos parodian el tener que desnudarse. ¿Por qué la necesidad de ver las bragas de la actriz en lugar de admirar sus dotes interpretativas? Y así es también Bilbao Bilbao una crítica a la cosificación capitalista de la mujer, a su exhibición en objeto del triunfo varonil, reivindicándole en contra como un sujeto creador de su obra y vida. “La Otxoa” es la reina de este musical-teatro, eclipsando las brillantes actuaciones de Ramón Barea, Ramón Ibarra o Gurutxe Beitia, cantando libérate a un Bilbao Bilbao que lo entendió, espero, más allá de la alusión sexual.   

EL TEATRO VASCO DURANTE LA TRANSICION. COMICOS DE LA LEGUA Y SU OBRA MAKINA BELTXA


El teatro vasco durante la Transición lo conformaron varias compañías de cómicos ambulantes.  En el 66 se había fundado Akelarre siendo Luis Iturri su líder hasta el 84. Junto a él se forma Cómicos de la Legua en el 69, un año después del Mayo francés, aunque hasta el 76 no pueden vivir profesionalmente de su arte. El nombre homenajea a estos juglares castellanos y de la comedía del arte (igual que vimos en Els Joglars) Su líder indiscutible hasta su fin en los 80 fue Ramón Barea, actor, director, guionista, escritor, premio Nacional de Teatro 2013, director de la Compañía Nacional. He de comentar que conocí personalmente a esta figura del teatro vasco, nacional y mundial a la salida de su representación precisamente del esperpento Luces de Bohemia de Valle Inclán, en el Teatro Serantes de Santurce. Fui a pedirle un autógrafo y me respondió, divertido, que se lo firmara yo a él. Después me invitó a un café y a su término alabó lo buen actor que yo era, y estuvo un buen rato elogiando mis dotes interpretativas. Era la primera vez que nos veíamos, así que deduzco que interpreto muy bien los cafés. La digresión de esta anécdota la cuento como ejemplo de su gran ironía. Akelarre fue un grupo más masivo, popular pero heterogéneo. (Santiago Gurrutxaga, Alex Ángulo, César Saratxu…) y basado en la dirección de obras teatrales, con una mayor profesionalización. Lograron contactos con otras productoras, incluidas las cinematográficas y musicales, ya que Pedro Barea, hermano de Ramón, les puso en relación con los estudios discográficos de La Movida madrileña musical. Un espectáculo es un fenómeno global donde los elementos sonoros y musicales son esenciales. Era una comuna de teatro libre, pero a diferencia de la mayoría de compañías si tuvo a este líder destacado. Quiso hacer un teatro menos nacionalista local. Montaban obras casi espontaneas e improvisadas, que no pueden ni quieren ensayar, y evolucionarán a un teatro de cámara y ensayo, más articulado, refinado y vinculado socialmente. Se denotan influencias de Darío Fo y La Comedia del Arte. Es clara la ideología política- social. En 1980 representaron una de sus obras más conocidas, “Makina beltxa”, con el objetivo de sensibilizar contra la central nuclear de Leimoniz que quería implantarse en este pueblo, como finalmente se hizo, sin consultar a ninguno de sus habitantes (como Garoña ahora). Pretenden que el pueblo se resista a ello. En esta obra participaron Ramón Ibarra y Ramón Barea, su líder. Dura 20 min, divida en 3 o 4 partes que conozcamos, pero debido a la mala calidad y limitación de los VHS de la época la imagen y sonido se han deteriorado. No se sabe si es del mismo día o de varios espectáculos. Nos da una idea de cómo era Euskadi, dos años antes de que ganara el PSOE. Es un teatro callejero de naturalidad pero no naturalista, compuesto a través de escenas fragmentarias. 

MAKINA BELTXA Un juglar cuenta ante el público la historia de un monstruo espantoso (la central). Representa la figura típica del recitador medieval (del trovador, juglar, que a su vez viene del bardo celta, el aedo y rapsoda griego…) El escenario simboliza minimalistamente una aldea vasca y también el lugar de representación es la plaza mayor de este pueblo. En el caserío de Azcoreta hay una mansión y un pozo de Lamiak (ninfas, nereidas), que defiende el boticario de Berasategui, pero este desapareció misteriosamente. Y un Cómico de la Legua quedó enloquecido al contar esta historia: “Cuando no había en este pueblo ni plaza ni ayuntamiento ni este señor de barbas de entre el público… apareció de repente un terrible monstruo negro, arrojando llamas de infierno por sus fauces y grandes cuernos.” Parece el comienzo de un cuento, de un “érase una vez” y los niños están encantados. A la vez parece el inicio de una leyenda y el cura de Leimoniz que a su vez es el txapelaundi o erudito vasco del pueblo, que recopila estos mitos populares llevándolos a su terreno religioso, parece complacido hasta que se ve ridiculizado en la figura de clérigo que interpreta Alex Angulo. (A Angulo siempre le ponían de cura, incluso en el cine de su amigo Alex, en El día de la Bestia.) Este invoca, entre rezos y oraciones, a San Miguel mata-dragones para que libere a su pueblo del monstruo-máquina: y sermonea y predica como era costumbre en el mester de clerecía: “Cuando la Razón no basta acudamos a la fe. Recemos, todos de rodillas. ¡No sois dignos! El cielo todo lo ve, y socorre solo a quien tiene fe” (así que sean generosos en la colecta de boina final.) Pero se niega san Miguel a combatir. Aparece una mujer y la filmación se trunca. En escena entra un imponente pajarraco gigante con zancas, un dragón enorme en forma de gusano que lanza fuego por la boca, relacionado con algunos aparatos técnicos usados en las fiestas populares como los toros de fuego, los fuegos artificiales, los lanzafuegos. La gente se asusta, ¡claro!