viernes, 22 de febrero de 2019

LA MUERTE DEL BARTHES. ¡LARGA VIDA AL AUTOR!


Nunca me he creído la muerte del autor y en cambio, descorché el champán cuando me enteré del fallecimiento del autor divino, (pues no la habia entendido correctamente; esa denuncia ética que Nietzsche diagnostica de una sociedad de falsa y doble moral que sigue igual y con nuevas supercherías y mitos.) Hay una diferencia fundamental entre ambas muertes: Nietzsche nos da un riguroso parte de defunción de la ética de su tiempo positivista pero en Barthes es un deseo y una amenaza.  Amenaza parecida al “muera la inteligencia” de Astray (que se cumplió cuando aquel falangista, encargado de dar parte de su muerte, visitó al genio huraño, a quien nadie visitaba, sabiendo el día en que moriría de “gripe salamantina” –el día que lo mataría él- para que el ABC titulara en primera plana en letras sensacionalistas: ¡ha muerto la intelectualidad católica. En cambio, lo de resucitar pero no como lo entiende la ingenua metafísica sino con zapatillas no se cumplió, lo primero que se quemó en su estufa.) Es un ejemplo de la instrumentalización del autor, en este caso por la iglesia cátolica, del ser humano en carne viva y puño y letra reducido a una cárcel de tinta física o electronica ya sea en un manual de historia literiaria del positivismo o en la santa Wikipedia. Y esa sí que es la verdadera muerte del autor; porque era obvio que las zapatillas de Unamuno iban a ser lo primero en quemarse, pero al menos no permitiré que usen su pensamiento vivo y contradictorio en los sermones de la parroquia de mi barrio. Y mientras yo le defienda, Unamuno sigue vivo en mí y de forma real, no como lo entiende la ingenua metafísica.  Por eso, si el autor ha muerto vamos entre todos a resucitarlo, pero no como lo entiende la ingenua metafisica sino con sus mismas zapatillas y pensamiento. 

No, nunca ha muerto el autor. Tan cierto como que Unamuno fue asesinado por un falangista. No han muerto los dos autores que Barthes quiere separar y secular. Su ensayo acaba diciendo “la resurrección del lector implica la muerte del autor”, pues las nueva teorías de la recepción, deconstructivistas y semióticas intentaban revivir en aquel mayo del 68 en que publican Iser, Jauss y el propio Barthes, a ese espectador y lector que durante toda la edad medía había sido una masa pasiva a la que un cura moralizar con su rollo, obligados a asistir a los autos de fe y otras aburridas obras de creación divina a la salida de la misa. Diferencia Barthes entre el autor (según Foucault aquel que responde legalmente a lo que ha dicho en un texto, una figura legal que surge por causas administrativas para poder “Vigilar y castigar” a quien ofenda al status quo) y escritor. Aunque no lo diga explícitamente. Para Barthes no hay nada humano en un texto salvo el lector. El autor desaparece tras escribir un texto. Él lo llama “escritor”, un sujeto que escribe, sin más, realiza este acto mecánico y se va diluyendo hasta desaparecer completamente. Pero sí que habla de una especie de autor que permanece en el texto y que después llamaría Wayne Booth “autor implícito” por seguir con lo de “lector implícito” de Jauss en su experiencia lectora con la Obra Abierta (Umberto Eco). Todo lo que la persona humana ha connotado en el libro. Pero no se entienda como su subjetividad, sentimentalidad, ideología etc. sino en el sentido más pragmático de la morfosintaxis: la voz que queda a modo de narrador y polifonías de personajes.

Hay que entender contra lo que arremete el autor francés deconstructivista: toda la superchería, idolatrías y ritualizaciones en torno a esta figura autorial que se convierte en figura pública y social de intelectual, obligado a asistir a los aspectos extraliterarios de su creación: ruedas de prensa, entrevistas, conferencias, firmas de libros, clubes de lectura (herencia de los salones del XVII y XVIII) …No hay más que pasarse un día por la feria del libro de Madrid o asistir a un acto de cultura (y no conocimiento) en una casa de cultura para ver que esto no solo no ha desaparecido sino que ha aumentado. También comparto con Barthes el deseo de que este interés por la vida personal, íntima y privada del autor real desaparezca, pero lo que me aterraba del anuncio de su muerte era que pudiera morir todo lo humano que en un texto rebosa. Pero observo que la individualidad y originalidad de un texto en cuanto lo ha creado un ser único y excepcional, que es cada uno de los humanitos que componemos la humanicé tampoco ha muerto, a pesar de tanta poesía pura (fría) y tanta tecnología mimetizando imitando copia-pegando textos descontextualizados y fragmentarios, desvirtuados, porque su muerte implicaría la muerte del ser humano. 

En cambio dios (ya se entienda como el monoteísmo cristiano y en concreto de la Iglesia Católica Apostólica Romana, ya se entienda por una metafísica que cada vez interesa a menos personas tan ocupados del más acá que estamos, o ya se entienda como una metáfora del idealismo y de una ética social virtuosa) sí que ha muerto.  Nietzsche no mata a dios en primer lugar: se halla muerta esta metáfora de todo lo esencialista, diagnostica su sociedad enferma de fea inmoralidad y denota y emite el objetivo parte de defunción, connotando así una personal queja ética. 

Pero es el riesgo que tiene dejar la obra en manos del receptor: la sobre interpretación (si no se es fiel al sentido de la obra ni se tiene respeto a lo humano y vivo de su autor.) Hay lectores de quienes no conviene fiarse, aunque se llamen así mismo petulantemente “critica deconstructivista”, porque suponen en la praxis un relativismo hermenéutico. Y así es cómo se ha leído a Nietzsche como defensor del súper nazi, a la judía Arendt como justificadora de la conductora nazi cuando sólo trata de explicarnos que el mal ya no puede ser concebido con esas connotaciones cristianas infantiles y simplonas de “bueno” y “malo”. Hay que ir “Más allá del bien y el mal” entendido al modo cristiano y volver a asociar el bien con el placer social y el mal con infringir dolor a la comunidad, como originariamente analizaba el epicureísmo. Hay que entender el mal en su plano político, social, económico pues la moral lo impregna todo. El mal actual, el dolor hacía el otro, es el mismo del que provenía el mal nazi: un “mal sin rostro ni conciencia de serlo.” ¿Les suena? Es el mal que aqueja a todo este sistema, desde su base neoliberal y raíz capitalista (intentando legitimar su origen en los dinosaurios, cuando lo natural en el hombre es el cambio y el trueque de objetos ideales y objetos fisicos y la moneda con sus ritualizaciones ideologicas solo es uno de estos cambios relativos que se pueden volver a cambiar) originado en realidad en la banca florentina y holandesa del renacimiento. Este mal sin rostro ni autoconciencia va infectando todas las vértebras de su burocratización formalista en los organismos estatales y dejando libre circulación por sus venas a los virus del capital.

Por eso lo más urgente es humanizar, humanizarlo todo, desde la academia hasta la calle. No nacemos seres humanos, nos hacemos. Recuerdo a mi catequista presentarnos a Nietzsche más católico que el Papa. Daba igual su ateísmo prácticamente (debido sin duda a su vocación religiosa frustrada traumáticamente. Con su Anticristo –él mismo- propone otra forma de inmolación socrática al Logos y no rechaza la parte prometeica-transcendente del hombre, conjugando lo apolíneo y dionisiaco.) Pero el de Basilea no mata a Dios ni a nadie: se encuentra su sociedad positivista francamente amoral y refleja una queja ética con esta metáfora de muerte de Dios. El súper-hombre no es sino su alter ego, lo que este poeta frustrado (quejándose siempre de su profesión de filólogo, dominado por madre-hermana fálicas, sin atreverse a amar a chicas y contrayendo la sífilis de la locura por ir de prosti-putas) se soñó ser. Una especie de “¿yo?... no, pero ¡probar vosotros!”) Acabó pidiendo perdón a un pobre caballo maltratado (a nosotros) porque Platón le había maltratado en su auriga ya que no se ajustaba a su idea de "caballosidad" caballerosa y de parte de Descartes, quien este más cientificamente y aristotelicamente, tambien había enjuiciado que en cuanto era un animal no podía tener alma. ¡sí se enteraran las protectoras de animales! Este abrazar a otro ser vivo precipitó aún más la siquiatrización interesada del poder politico-social-economico alemán por quitarselo de en medio, ante sus constantes ataques al nacionalismo y patriotismo alemán (para que encima luego le llamen nazi) y de la iglesia católica que, parecido a Maquiavelo, veían en él al diablo y maestro del mal.   
Pero nada de esto nos explicaba esa monja de Norai sobre interpretando al pensador como le daba la deconstructivista y receptora gana, nos vendía a un pecador arrepentido al final, retractado en constricción, y por eso el señor acogió en su seno sus teorías.

Por eso hay que reconsiderar al creador que es lo primordial antes que la obra (que no deja de ser un objeto fisico) o su receptor, que sin emisor jamás sería interlocutor reinando en esta tirania de las masas medias y mediocres como las entendía Aristoteles en su punto medio habitual, y del público borrego. Revindico al creador que late escondido, pero gritando toda la obra, que hace de su vida materia literaria y de sí mismo personaje literario en la autoficción y todos los trasuntos en los que la disfraza. No hablo de vida en el sentido durante siglos entendido por el serio positivista, encasillando a un ser humano en la parcelita estanco de su corriente, aportando cuatro fechas descontextualizados en listas y más listas y fríos datos aportados por una desalmada rata erudita de biblioteca. No. Hablo de que cada libro está vivo, gracias a nosotros, pero también a que alguien se tomó el gusto de escribírnoslo. Esa voz, ese latido, ese fantasma, no nos abandona en toda la lectura, pues está más vivo que nosotros. “Quien toca un libro no toca, pero cree tocar a un hombre.”


Me satisface personalmente que haya muerto el interés por una iglesia teológica que en la praxis histórica se ha desvelado una gran asesina y que haya fenecido así mismo el interés por una metafísica teleológica (y me estoy refiriendo a la católica y no a la de otros credos o formas de sublimación no religiosas, es decir: laicas) que ha negado lo físico en pos de lo ideal e intelectual, ya desde Platón hasta Rocco Varela.  Se llama metafísica porque va más allá de la física y ese ir más allá implica alienarse en algo superior, en una supraconciencia, enajenarse mentalmente hacía algo que lo supera a uno y a lo que debe subordinarse.  Es decir, consiste en enloquecer, en salirse del cuerpo concreto en pos del fantasma, negando nuestra parte más carnal y concreta ¡¡Descalificada durante siglos y siglos de NO SER solo porque es finita!! Bien, pues ese cuerpo hace algo mejor que ser: vive, existe y libremente quizá decida Ser, pues existir no significa renunciar a querer existir más, a perseguir esencias sabiendo lo utópico de lo absoluto y sin renegar de lo polivalente. 

Lo que me entristece es que la muerte de la metafísica y en concreto del catolicismo asesino haya ido acompañada de otras muertes: la ética, la de la historia, la de las humanidades, la de la novela, la de lo humano que pueda quedar aún en el humanismo, que parece al haberse secularizado, haberse quedado en la nada y vacío. Y está relacionado con que se ha matado a dios sin terminar de humanizar al bicho humano. Se ha restado importancia al objeto sin tomar el sujeto aún una verdadera autoestima por mucho que disfrace su fragmentación de Yos posmoderna de yoísmos y personalismos, que no son realmente el individualismo humano y humanista.  Habría que revindicar al autor humano tras su obra, pero ya no sólo al autor implícito en la obra gritando en toda ella “Estoy aquí, ¡sí tú lector!: ¡te estoy hablando a ti de que he vivido, de que he sentido, de que he reflexionado, sufrido, gozado y amado! No te fijes solo en mi cuerpo de tinta por favor, en estas cuatro letras que he logrado escribir, fíjate en mi alma.”

Debería ya de una vez hablarse del “escritor explícito”, ese ser que no valora nadie: ni al editor que le otorga un ridículo 5%, además con la hipocresía esa de la ley de derechos intelectuales (surge para seguir enriqueciendo las macroindustrias editoriales y no a este pobre hombre. Forma legal que acaba pagando el mundo académico, con profes atemorizados de compartir un poema de Gloria Fuertes con sus niños), ni al periodista que desvirtúa sus palabras… Ni al crítico al que no le importa cuánto de humano y trabajo haya en estas páginas sino su validez formal, y ni siquiera a “esas fans” que se han hecho un imago mental con una foto, cuatro datos biográficos y esta mentira bonita llamada literatura.

Marginado toda su vida ese escritor, genio, autor, plumilla, poeta obrero, ingeniero del verso, iluminado profetico, artesano de blog, novelista mal pagado o cómo coño quiera autodenominarse él y no Barthes... marginado hasta que le dan un premio importante que no es un agradecimiento o un honor sino unas disculpas. El día que a mí me den ese galardón no lo dedicaré a quienes me apoyaron e influyeron sino a los que me despiezaron y despellejaron vivo en vida como unas auténticas arpías y furias griegas: con toda mi ironía romántica dedicada, para que no me sobre interpreten y se me entienda. El premio se lo pueden guardar si me han entendido este artículo: ¡Humanicémonos! Revivamos como autores de nuestra vida y obra.     

Incluyo el famoso y polemico texto de Barthes (quien murió accidentado-asesinado en extrañas condiciones, demostrando que las notas-incluso algunas que desentonan como esta- sobreviven a las liras y lo ideal-intelectual a lo material sin que esto sirva de excusa para reprimir lo fisico o hacerselo pasar puñetas al autor carnal durante su p.y carnal existencia) : 

LA MUERTE DEL AUTOR

ROLAND BARTHES
Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: “Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos”. ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia personal ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas literarias sobre la feminidad? ¿La sabiduría universal? ¿La psicología romántica? Nunca jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que van a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe.

Siempre ha sido así, sin duda: en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura. No obstante, el sentimiento sobre este fenómeno ha sido variable; en las sociedades etnográficas, el relato jamás ha estado a cargo de una persona, sino de un mediador, chamán o recitador, del que se puede, en rigor, admirar la performance (es decir, el dominio del código narrativo), pero nunca el genio. El autor es un personaje moderno, producido indudablemente por nuestra sociedad, en la medida en que ésta, al salir de la Edad Media y gracias al empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal de la Reforma, descubre el prestigio del individuo o, dicho de manera más noble, de la persona humana. Es lógico, por lo tanto, que en materia de literatura sea el positivismo, resumen y resultado de la ideología capitalista, el que haya concedido la máxima importancia a la persona del autor. Aún impera el autor en los manuales de historia literaria, las biografías de escritores, las entrevistas de revista, y hasta en la misma conciencia de los literatos, que tienen buen cuidado de reunir su persona con su obra gracias a su diario íntimo; la imagen de la literatura que es posible encontrar en la cultura común tiene su centro, tiránicamente, en el autor, su persona, su historia, sus gustos, sus pasiones; la crítica aún consiste, la mayor parte de las veces, en decir que la obra de Baudelaire es el fracaso de Baudelaire como hombre; la de Van Gogh, su locura; la de Tchaikovski, su vicio: la explicación de la obra se busca siempre en el que la ha producido, como si, a través de la alegoría más o menos transparente de la acción, fuera, en definitiva, siempre, la voz de una sola y misma persona, el autor, la que estaría entregando sus “confidencias”

Aunque todavía sea muy poderoso el imperio del Autor (la nueva a crítica lo único que ha hecho es consolidarlo), es obvio que algunos escritores hace ya algún tiempo que se han sentido tentados por su derrumbamiento. En Francia ha sido sin duda Mallarmé el primero en ver y prever en toda su amplitud la necesidad de sustituir por el propio lenguaje al que hasta entonces se suponía que era su propietario; para él, igual que para nosotros, es el lenguaje, y no el autor, el que habla; escribir consiste en alcanzar, a través de una previa impersonalidad – que no se debería confundir en ningún momento con la objetividad castradora del novelista realista – ese punto en el cual sólo el lenguaje actúa: toda  la poética de Mallarmé consiste en suprimir al autor en beneficio de la escritura (lo cual, como se verá, es devolver su sitio al lector). Valéry, completamente enmarañado en una psicología del Yo, edulcoró mucho la teoría de Mallarmé, pero, al remitir por amor al clasicismo, a las lecciones de la retórica, no dejó de someter al Autor a la duda y la irrisión, acentuó la naturaleza lingüística y como azarosa de su actividad, y reivindicó a lo largo de sus libros en prosa la condición esencialmente verbal de la literatura, frente a la cual cualquier recurso a la interioridad del escritor le parecía pura superstición. 

El mismo Proust, a pesar del carácter aparentemente psicológico de lo que se suele llamar sus análisis, se impuso claramente como tarea el emborronar inexorablemente, gracias a una extremada sutilización, la relación entre el escritor y sus personajes: al convertir al narrador no en el que ha visto y sentido, ni siquiera el que está escribiendo, sino en el que va a escribir (el joven de la novela – pero, por cierto, ¿qué edad tiene y quién es ese joven’? – quiere escribir, pero no puede, y la novela acaba cuando por fin se hace posible la escritura), Proust ha hecho entrega de su epopeya a la escritura moderna: realizando una inversión radical, en lugar de introducir su vida en su novela, como tan a menudo se ha dicho, hizo de su propia vida una obra cuyo modelo fue su propio libro, de tal modo que nos resultara evidente que no es Charlus el que imita a Montesquiou, sino que Montesquiou, en su realidad anecdótica, histórica, no es sino un fragmento secundario, derivado, de Charlus. 

Por último, el Surrealismo, ya que seguimos con la prehistoria de la modernidad, indudablemente, no podía atribuir al lenguaje una posición soberana, en la medida en que el lenguaje es un sistema, y en que lo que este movimiento postulaba, románticamente, era una subversión directa de los códigos –ilusoria, por otra parte, ya que un código no puede ser destruido, tan sólo es posible burlarlo– pero al recomendar incesantemente que se frustraran bruscamente los sentidos esperados (el famoso sobresalto surrealista), al confiar a la mano la tarea de escribir lo más aprisa posible lo que la misma mente ignoraba (eso era la famosa escritura automática), al aceptar el principio y la experiencia de una escritura colectiva, el Surrealismo contribuyó a desacralizar la imagen del Autor. Por último, fuera de la literatura en sí (a decir verdad, estas distinciones están quedándose caducas), la lingüística acaba de proporcionar a la destrucción del Autor un instrumento analítico precioso, al mostrar que la enunciación en su totalidad es un proceso vacío que funciona a la perfección sin que sea necesario rellenarlo con las personas de sus interlocutores: lingüísticamente, el autor nunca es nada más que el que escribe, del mismo modo que yo no es otra cosa sino el que dice yo: el lenguaje conoce un sujeto, no una persona, y ese sujeto, vacío excepto en la propia enunciación, que es la que lo define, es suficiente para conseguir que el lenguaje se mantenga en pie, es decir, para llegar a agotarlo por completo.

El alejamiento del Autor (se podría hablar, siguiendo a Brecht, de un auténtico distanciamiento, en el que el Autor se empequeñece como una estatuilla al fondo de la escena literaria) no es tan sólo un hecho histórico o un acto de escritura, sino que transforma de cabo a rabo el texto moderno (o – lo que viene a ser lo mismo – el texto, a partir de entonces, se produce y se lee de tal manera que el autor se ausenta de él a todos los niveles). Para empezar, el tiempo ya no es el mismo. Cuando se cree en el Autor, éste se concibe siempre como el pasado de su propio libro: el libro y el autor se sitúan por sí mismos en una misma línea, distribuida en un antes y un después: se supone que el Autor es el que nutre al libro, es decir, que existe antes que él, que piensa, sufre y vive para él; mantiene con su obra la misma relación de antecedente que un padre respecto a su hijo. Por el contrario, el escritor moderno nace a la vez que su texto; no está provisto en absoluto de un ser que preceda o exceda su escritura, no es en absoluto el sujeto cuyo predicado sería el libro; no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está escrito eternamente aquí y ahora. Es que (o se sigue que) escribir ya no puede seguir designando una operación de registro, de constatación, de representación, de pintura (como decían los Clásicos), sino que más bien es lo que los lingüistas, siguiendo la filosofía oxfordiana, llaman un performativo, forma verbal extraña (que se da exclusivamente en primera persona y en presente) en la que la enunciación no tiene más contenido (más enunciado) que el acto por el cual ella misma se profiere: algo así como el Yo declaro de los reyes o el Yo canto de los más antiguos poetas; el moderno, después de enterrar al Autor, no puede ya creer, según la patética visión de sus predecesores, que su mano es demasiado lenta para su pensamiento o su pasión, y que, en consecuencia, convirtiendo la necesidad en ley, debe acentuar ese retraso y trabajar indefinidamente la forma; para él, por el contrario, la mano, alejada de toda voz, arrastrada por un mero gesto de inscripción (y no de expresión), traza un campo sin origen, o que, al menos, no tiene más origen que el mismo lenguaje, es decir, exactamente eso que no cesa de poner en cuestión todos los orígenes.

Hoy en día sabemos que un texto no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura. Semejante a Bouvard y Pecuchet, eternos copistas, sublimes y cómicos a la vez, cuya profunda ridiculez designa precisamente la verdad de la escritura, el escritor se limita a imitar un gesto siempre anterior, nunca original; el único poder que tiene es el de mezclar las escrituras, llevar la contraria a unas con otras, de manera que nunca se pueda uno apoyar en una de ellas; aunque quiera expresarse, al menos debería saber que la cosa interior que tiene la intención de traducir no es en sí misma más que un diccionario ya compuesto, en el que las palabras no pueden explicarse sino a través de otras palabras, y así indefinidamente: aventura que le sucedió de manera ejemplar a Thomas de Quincey de joven, que iba tan bien en griego que para traducir a esa lengua ideas e imágenes absolutamente modernas, según nos cuenta Baudelaire, “había creado para sí mismo un diccionario siempre a punto, y de muy distinta complejidad y extensión del que resulta de la vulgar paciencia de los temas puramente literarios” (Los Paraísos Artificiales); como sucesor del Autor, el escritor ya no tiene pasiones, humores, sentimientos, impresiones, sino ese inmenso diccionario del que extrae una escritura que no puede pararse jamás: la vida nunca hace otra cosa que imitar al libro, y ese libro mismo no es más que un tejido de signos, una imitación perdida, que retrocede infinitamente.

Una vez alejado el Autor, se vuelve inútil la pretensión de descifrar un texto. Darle a un texto un Autor es imponerle un seguro, proveerlo de un significado último, cerrar la escritura. Esta concepción le viene muy bien a la crítica, que entonces pretende dedicarse a la importante tarea de descubrir al Autor (o a sus hipóstasis: la sociedad, la historia, la psique, la libertad) bajo la obra: una vez hallado el Autor, el texto se explica, el crítico ha alcanzado la victoria; así pues, no hay nada asombroso en el hecho de que, históricamente, el imperio del Autor haya sido también el del Crítico, ni tampoco en el hecho de que la crítica (por nueva que sea) caiga desmantelada a la vez que el Autor. En la escritura múltiple, efectivamente, todo está por desenredar, pero nada por descifrar; puede seguirse la estructura, se la puede reseguir (como un punto de media que se corre) en todos sus nudos y todos sus niveles, pero no hay un fondo; el espacio de la escritura ha de recorrerse, no puede atravesarse; la escritura instaura sentido sin cesar, pero siempre acaba por evaporarlo: procede a una exención sistemática del sentido. Por eso mismo, la literatura (sería mejor decir la escritura, de ahora en adelante), al rehusar la asignación al texto (y al mundo como texto) de un secreto, es decir, un sentido último, se entrega a una actividad que se podría llamar contrateológica, revolucionaria en sentido propio, pues rehusar la detención del sentido, es, en definitiva, rechazar a Dios y a sus hipóstasis, la razón, la ciencia, la ley.

Volvamos a la frase de Balzac. Nadie (es decir, ninguna persona) la está diciendo: su fuente, su voz, no es el auténtico lugar de la escritura, sino la lectura. Otro ejemplo, muy preciso, puede ayudar a comprenderlo: recientes investigaciones (J.-P. Vernant) han sacado a la luz la naturaleza constitutivamente ambigua de la tragedia griega; en ésta, el texto está tejido con palabras de doble sentido, que cada individuo comprende de manera unilateral (precisamente este perpetuo malentendido constituye lo trágico); no obstante, existe alguien que entiende cada una de las palabras en su duplicidad, y además entiende, por decirlo así, incluso la sordera de los personajes que están hablando ante él: ese alguien es, precisamente, el lector (en este caso el oyente). De esta manera se desvela el sentido total de la escritura: un texto está formado por escrituras múltiples, procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, una contestación; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino, pero este destino ya no puede seguir siendo personal: el lector es un hombre sin historia, sin biografía, sin psicología; él es tan sólo ese alguien que mantiene reunidas en un mismo campo todas las huellas que constituyen el escrito. Y ésta es la razón por la cual nos resulta risible oír cómo se condena la nueva escritura en nombre de un humanismo que se erige, hipócritamente, en campeón de los derechos del lector. La crítica clásica no se ha ocupado nunca del lector; para ella no hay en la literatura otro hombre que el que la escribe. Hoy en día estamos empezando a no caer en la trampa de esa especie de antífrasis gracias a la que la buena sociedad recrimina soberbiamente en favor de lo que precisamente ella misma está apartando, ignorando, sofocando o destruyendo; sabemos que para devolverle su porvenir a la escritura hay que darle la vuelta al mito: el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor




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