Mis padres se obsesionaron con
que tuviera amigos a toda costa. Y se
desvivían en llevarme a psicólogos “Estás
mejor solo que mal acompañado” se
contradecía con “no te quedes solo un sábado a la noche”. La soledad cuando es
buscada es un bien inapreciable, te sientes un águila sobre las bandadas de
aves, pero cuando es impuesta es la peor de las putadas. Nacemos y morimos
solos. Los adultos, que siguen siendo los mismos niños solitarios, tienen sus
contactos útiles, conocidos a los que no conocen y con los que comentan
estupideces en el trabajo y en el gimnasio. Yo idealizaba la amistad buscando
mi émulo, camarada, mi igual, mi hermano, un amigo para siempre como el de la
canción de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Pedía demasiado, en mi avidez
adolescente de perfeccionismo e idealismo: alguien como yo, un idéntico que no
me llamara diferente. Un amigo de sangre y a prueba de fuego: en alguna hoguera
de campamento intercambiar nuestra herida, la sangre del dedo. ¡Qué cursi me
habían vuelto las series de compañeros de colegio de la televisión y el
idealismo alemán! Solo encontré puños y malas palabras por respuesta.
Borges se lamentaba de no haber
tenido nunca amigos. En el árbol de la vida los amigos son como
hojas; unas vuelan y otras se quedan, pero el tronco necesita respirar por las
extremidades de estas ramas tanto como por sus raíces. El árbol llora su sabia,
mientras unos vienen y otros se van. La amistad se mantiene en la distancia y
el tiempo, pues se lleva en el corazón y en el recuerdo por lejos que estés. Y
sí, se demuestra en los malos momentos, en las duras y en las maduras, en el
compadecimiento compartido de la empatía, en la compasión. En la fraternidad te
pones en el lugar del otro, y más allá del respeto, le llegas a querer, aceptar
la resilencia. El amor no es más que una atención prolongada en el otro, en el
que ves una proyección de ti mismo, y esa atención va desde el contacto más
primario hasta la obsesión más romántica. Así lo entendía Ortega y Gasset en
sus Estudios del amor. Para Platón el
amor es la búsqueda de la belleza del otro amado ya que el amador tiene una
carencia y una necesidad dentro de sí mismo que le lleva a desear al otro, que
se la complete. Las almas gemelas vienen de un mismo cuerpo, que no entiende de
género. Llevamos en los cromosomas al andrógino soñado por Platón, que por un
golpe del rayo del demiurgo Zeus o de la comadrona, se parte en dos. Estamos
destinados a vagar por el mundo hasta encontrar a esa otra media naranja, por
mucho que parezca que allá en las antípodas han debido exprimir un zumo con
ella.
Dos corazones solitarios se
reconocen, se huelen su soledad mutua como perros olfateándose el culo. Nos crían y nosotros nos juntamos. En el
dolor nos aunamos, todos a una y quizá la unión de la fuerza, pienso, mientras
alzo mi bandera antisocial. “Unidos y
jamás vencidos. Hasta la victoria” Hay que besar a muchos sapos verdes antes de
encontrar al príncipe azul desteñido. Los románticos creían el amor y la
amistad eterna, verdadera, buena y bella, ese amor ideal platónico, que los
cristianos habían identificado con Dios. Los románticos escribían poemas
sentimentales, y dramas que acababan cuando los adolescentes se casaban o
suicidaban. Los realistas nos contaron la trastienda del palacio del cuento de
hadas; aquellos novelones en que hacían inventario de los trastos de sus
mansiones y contaban las infidelidades de esos matrimonios monótonos.
Continuaban el cuento donde los otros lo habían dejado, en el final feliz
comiendo perdices a riesgo de empacho. Pero no sabían que afuera del castillo
había unos rojos con pancartas que iban a destruir palacio y Bobary, y todo
sentimentalismo romántico burgués, hasta destruirse a ellos mismos en nombre
del sexo libre. Ese amigos con derecho a roce nace de allí, pues el sexo libre
es un invento relativamente moderno. Esta ha sido mi reflexión sobre el amor y
la amistad, esperando que al lector le conmueva y le mueva pues un milímetro más
de cercanía con la soledad del otro.
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