Obra teatro La Alberta
Interior
de un palacio patricio en la época imperial romana
Esclavos griegos
La emperadora Alberta
Su hermano Ares
El cesar
La cesara
Mensajero
Profetisa Antonia
ACTO 1
Corifeo: -Ay, la Alberta, se nos ha cagado, la Alberta se cagó-van
sus esbirros a limpiar la caca.
La emperadora abrazada a un montón de
peluches: ¡caca!¡caca! ¿A qué esperáis para limpiar mis lágrimas? Quisiera
ser la emperadora que mi madre fue, pero me ha dejado de herencia la vergüenza
y esta vida es toda su dádiva, a mi hermano en cambio... Mi primer mandato será
apresar a mi familia para siempre en una
jaula, atada a grilletes. A partir de ahora honrareis a mi peluche Fantañoño, desde este día ¡jurarle
amor eterno ante esta torre de marfil y sí no lo hacéis...
-si no lo
hacemos lo de siempre, nada nuevo bajo el sol; ¡el que proteste al río!
-te tememos oh gran cesar Alberta,
pero has de saber que no eres muy original, la mayoría de emperadores cuando
llegan al poder toman como primera medida cargarse a sus enemigos políticos . Nosotros
pensamos que contigo iba ser diferente, usted antes molaba.
-No lo tenía pensado lo de
envenenaros a todos pero gracias por la idea. ¿Complacer a los sublevados con
una muerte dulce? No, peor muerte en vida les he reservado: estas pastillas del
siquiátrico de Asclepio que tantos años me han hecho tragar el bueno de Galeno.
Algunas saben a gominola.
Entra un emisario: -Vengo lunas corriendo desde Maratón, con la
lengua fuera, me siento desfallecer…le suplico por piedad un vaso de agua…-
-traigan un vaso de bebida
isotónica, por Zeus-
Corifeo: (Entre titubeos) su hermano ha regresado de las campañas bélicas
y con sed de venganza y bebidas edulcoradas también, va a invadir el palacio y
va a quitarle su cetro
Alberta, acariciándose su corona de laureles y mesando el pelo del
mensajero: --¿por qué gimoteas? ¿No te habían dicho nunca antes que siempre
matamos al mensajero?
le guillotina con una daga
hazte tu mismo los honores
II
Empieza la ceremonia de
coronación.
Alberta-quítate esos laureles
eternos, se te enredan en el pelo y esa
máscara pesada de tragedia, sería demasiada carga y edulcórame mi carita de
corazón con esa crema hidratante de
marca blanca.
Coro -¿No teme que la máscara
tape su bella esencia divina?
Alberta-Aun bella le salen granos
y heridas de comer pasteles por un embudo.
Los esclavos griegos recogen el
detritus y la limpian el culo con manuscritos de Alejandría.
- yo, que tengo mil carreras,
ochenta máster en puterio letrado, me veo reducida a ser solo un cuerpo, no me
aprecian más que mi coño.
-calla, coño, que aparece la
divina Antonia
II consulta a la pitia con un coro de su
conciencia
-¿Por qué no puedo dormir? El mal
de mis noches es entender y a la vez soñar.
Acudiré a la pitia Antonia del oráculo de Steiner, allende Delfos, en la
séptima colina de Santutxu.
Antonia. -Lo que le ocurre es muy
normal, si fuera supra normal sería usted divina
y sí fuera subnormal sería humana. Pero
encontraremos una respuesta en el divino oráculo de Xubiri.
la pitonisa le pasa un porro y se
lo fuman.
inicia la patricia Alberta un
monologo con un abanico en forma de luna a modo de espejo:
La luna hace de mi espejo, la
luna me abanica, es mi madre. por las noches me baño en las aguas del río
prohibido y lloro, como una lamia sin consuelo y con patas de rana. Yo no nací,
a mi me recogieron de las aguas de una terma, soy adoptada y por ello nunca he
encontrado en mi familia más que un enemigo. Puedo presumir de un nacimiento
mítico como el de Rómulo y Remo, criado por la loba de mi madre y el cabrón de
mi padre. Desde niña mi hermano pronto
dejó de hablarme, no comprendía que yo siempre he volado a ras de la
mediocridad de estas siete colinas de Roma. Desde que nací me han mimado con
algodones, pero a la vez me criticaban por la espalda esas sierpes viperinas de
las vecinas, hasta el punto que me han hecho creer que soy una escoria, la
meretriz más sucia del lupanar más oscuro de toda Roma.
III tertulia en el café con sus
amigas
Vivir con miedo os será una forma
de que viváis cada día con más intensidad, como si fuera el último. Disfrutad de este suculento banquete, pues será el ultimo. puede
estar envenenado, uránico o pandémico, solo lo saben los astros, ¿no os da esto
serenidad?
No me toques, he dicho que nadie
me toque.
Ten calma, hermana.
Mis huesos de cristal, los oigo
romperme, me ahogáis con vuestros egos, chillidos, dolores, culpas, miedos…-¡arrancarme
ya la piel, que yo no llego!
Siempre estás con tus ataques de
histeria, vas a despertar a todo el reino
Me da tan igual la vida…Entre
todos habéis hecho de mi esta piltrafa, soy la apestada del reino, hasta los
esclavos me llaman la loca. y van gritando por la calle; la loca, la loca…les
oigo, no puedo escapar de esas voces, por todas las esquinas de palacio me
persiguen esos sonidos histriónicos, esas voces me han acompañado siempre,
desde niña. yo era menos que una mota de polvo, siempre la loca, siempre la
escoria de la familia, ninguneada por todos, a nadie le importa mi dolor,
siempre a las faldas de mi madre la reina, motejada, insultada, el hazmerreir
de mi hermano el importante. y si grito porque me encuentro sola todos lo ven
como el llanto de una niña consentida y mal criada.
IV
¿qué vamos a hacer con la Bernarda Alberta?
la niña está tomando mucho poder,
ya no nos roba solo chucherías, ahora pretende gobernarnos, ¿qué vamos a hacer
al respecto?
-yo me niego a envenenar a una
hija, es inmoral
- por favor mama, pero si ni
siquiera es tu hija-
-ya pero igual que hay peluches a
los que se les coge cariño...
- nada de sensiblerías en mi
casa, la vida es un o ella o nosotros y nuestro deber de estado es envenenar a
esa muchacha.
-¿y cómo lo haremos?
-pondremos un poco de cianuro en
su desayuno de crispis
- por fin el reino encontrará la
paz cuando matemos a esa niña. la tenderemos una trampa, cuando venga como cada
mañana a darnos pena con sus balbuceos de niña consentida. Nos convertiremos en
agua al morir, no en cenizas.
Entra un ejército de soldados de la legión
romana.
V
-le traemos su desayuno-
-¿y qué esta vez? ¿cianuro, opio,
cicuta?
La patricia se bebe su desayuno.
-sé qué queréis envenenarme, nada
se me escapa.
-te hemos preparado una
ceremonia- (el hermano le pone unos laureles)
- eres la hija del Cesar y vas
a acceder al trono.
- yo lo que quiero es mataros a
todos, me habéis llamado adefesio, decís que estoy gorda como en la conjura de
los necios, que soy una niña mimada y que no soy capaz de hacer nada en la vida
pero no es verdad, y os lo voy a demostrar. Me voy a vengar de todos. En cuanto
veis que voy tomando poder me empezáis a temer y queréis reducirme porque
siempre he sido una molestia para vosotros. Sé que mi hermano me quiere matar,
que mis propios padres pretenden envenenarme para no tener que aguantarme. Mi
madre intenta convencerme de que entre en razón, mi padre y mi hermano le han
encargado que me envenene. En este monologo me quiero desahogar, explicar mis
traumas al universo aunque nadie me haga caso. Me habéis estigmatizado, me
habéis hecho creer que soy un desecho social.
-¡basta! Ya he aguantado
demasiada tontería en este palacio. bebe esto, hija, es por tu bien.
Alberta bebe el ungüento y lo
escupe cuando nadie la ve.
Entierro. Hacen una fiesta unas
vestales con laureles y ofrendas y libidaciones.
-Al final mi hermana ha muerto y
tanta paz deja en el reino como secretos se lleva a la tumba.
-sufre pero a nadie le importa, todos se ríen de mi hija, se
la toman a chufla por muy emperadora que haya sido, al final por compasión el
público la va a resucitar.
Todos se acercan a ver el ataúd donde Alberta cierra fuerte
los ojos y permanece callada haciéndose la muerta.
- ¿De verdad crees que la hemos matado?
- La niña encerrada en un ataúd ya no molesta. -
Van pasando los familiares a ver a la fallecida. Alberta
tiene una media sonrisa en la cara. Todos piensan que está muerta y ella se
sonríe con el equívoco.
-Ha fallecido la gran Alberta Estulticia Choncholis,
patricia de la región romana, bajo los auspicios del gobierno del Cesar en el
año 1 d.c
-Rindámosla un homenaje como solo ella se merece. Que vengan
las coeforas a rendir culto a las hereidas, las meigas y que las parcas de la
muerte cubran con sus telas la noche. Llorar plañideras por esta que fue grande
de Roma, aunque menospreciada y vilipendiada por su familia, marginada siempre
en su gineceo.
Todos pasan por el velatorio
donde en un ataud la patricia Alberta les observa calladita, haciendose la niña
buena, y luego la muerta.
Todos comentan cuatro topicos,
los que se esperan en el entierro, palabras de compromiso, cuando le han estado
toda la vida haciendo la vida imposible y riendose de ella. Ella sale de
repente del ataud y les saluda, con el pelo mojado y un rictus mortuorio pero
sonriente.
- No estaba muerta, ha sido todo
una interpretación, la mejor interpretación de mi vida, una loca verdadera que
finge su propia locura, para vengarse de su familia.