Tengo cáncer y me voy a morir. El médico me ha dado unos meses de vida. Ya sabes como va esto... Todo va bien hasta que deja de ir... Y un día te haces unas pruebas inocentes y sales con una radiografía que te deja helada. Aquí esta el tumor, te señala el médico y la chica de radios te sujeta una mano mientras te sonríe tristemente con las rayitas de los ojos. A ti no te importa donde se localice tu cáncer dichoso. Él medico te da todo tipo de indicaciones y te especifica todo técnicamente. A ti eso te la resbala. Un religioso te ofrece su mano y su apoyo. Eso tampoco te reconforta. Vas a chamanes, visitas gúrus, vas a terapias de sicólogos, hablas con filósofos... ninguno te dice nada que no supieras; te vas a morir y no hay prozac que te calme eso. El médico te indica el grado evolutivo de tu enfermedad que tiene un nombre impronunciable pues cada cáncer es distinto, cada uno un mundo y te habla en esa jerga profesional que se gastan los doctorcillos para al final concluir que no hay vuelta de hoja, se mire como se mire, y digan los nuevos estudios médicos de una universidad de un estado estadounidense de nombre impronunciable lo que quieran. Lo llamen como lo llamen la muerte es la muerte. Ya vista de negro, ya la escondamos en cementerios, ya vaya con Armani. Si esta mujer llama a tu puerta, no abras... el viento te hiela. El mundo es algo sin sentido ni orden ni lógica ni razón. En ese momento entiendes cuales son las cosas que verdaderamente importan en esta vida y cuales no. Jerarquizas los valores de tu vida intuitivamente. Quizá si tú siempre has estado con los pies en la tierra, apegada al Dios inmanente de las pequeñas cositas, de los pequeños placeres bajo un gran fondo trágico, rutinario y aburrido que es la vida... de pronto te vuelves religioso o trascendente y más libre. Tú, luchadora, que siempre has estado batallando en el día a día, cocinando en tu cocina. Empiezas a pensar que todo eso es material, una vida superficial, baja.. y adquieres, así, por ciencia infusa o inspiración divina, un mayor nivel de conciencia, más trascendente, idealista, te haces más supra conciente, empiezas a pensar por ti misma. Pronto todo te importa en la misma igualdad, todo es lo mismo y cada cosa tiene para ti el mismo valor; ósea ninguno y todos los del mundo. Las cosas siempre dependen de cómo las mires, desde que perspectivas, y ahora ya ves el mundo desde las alturas, desde arriba, como cuando a uno le echan del trabajo y entonces mira a sus subalternos con aires de superioridad, a lo chula yo. Hay un indiferentismo en los ancianos que nada tiene que ver con el indiferentismo adolescente porque es un pasar de todo, pasado de rosca, después de haber vivido y pensado en todo. En cambio la indiferencia adolescente es un pasar de todo intuitivo, sano. ¡ojala nunca las escuelas hubieran intentado hacerme racional!, grito Honderling o Rosseau y demás ¡y por algo lo gritaron! Esto lo comprenden muy bien los sufridores natos de esta vida. De repente lo importante no es pagar la hipoteca, cobrar las pensiones, esperar en las largas listas de espera de los ambulatorios, discutir sobre la juventud con tus compañeras de cartas y de bingo... todo eso ya pasó, tu vas a morirte, y a nadie le importa ese hecho, a nadie le importa tu propia muerte, el mundo seguirá girando aunque tú ya no estés ahí para creer que lo mueves, y todo... todo se irá contigo. Salvo el recuerdo. Quizá. Una postal en blanco y negro, viejas reliquias del pasado que coleccionareis, vosotros, mis nietos y un par de generaciones es lo que dura este recuerdo diluido en el polvo enamorado.
Cuando te percatas de eso, de la conciencia de morirte, y te haces a la idea, y lo aceptas y asumes resignadamente... empiezas a caminar por tu casa como levitada, con alas, se te empañan los ojos cuando ves a un muchacho que empieza su caminar por esta vida, te apiadas de los pobres bebés metidos y encarcelados en su carricoche desde bien niños... las pequeñas cosas de la vida dejan de cobrar ya su importancia y te sientes tú más trascendente que todos esos objetos. Te sientes por fin mujer cuando toda la vida te has sentido un animal de carga, un objeto de ir tirando, para que goce tu marido, ser buena esposa, profesional competente y autorrealizada, y el que pensarán los demás. Y en ese momento te revalorizas a ti misma, te humanizas asumiendo tu Yo, y te vuelves... egoísta dirán algunos, pues no.... te vuelves tu misma, te vuelves humana de verdad.
Ves las cosas grandes escondidas tras las pequeñas. Empiezas a sentir que tu ya no eres tú, que no eres una persona metida en su burbuja aisladora o micro mundo o monologo interior, sino que no eres nadie en el fondo, sólo una gota de agua después de una tormenta y que se irá por el desagüe, polvo eres y polvo serás, o mejor dicho aire, por todo aquello de que la materia ni se destruye ni se construye y el espíritu que siempre tiende a más altas cimas, a lejanos horizontes, por más que el espíritu no sea más que una engañosa ilusión de nuestro dolorido cuerpo material. Tu eres parte de algo grande, del espíritu de la naturaleza, del vol- geist o el espíritu colectivo o alguna cosa superior a ti, un sturm drag, una inteligencia creadora y superiora. Es un ejercicio de modestia verdadera y no de la falsa. Un ejercicio religioso de sentirse tan sólo un junco movido por la corriente, por más que seas un junco pensante metido en este arroyo, en este río del Sistema. Tu transito en esta vida ha sido la herencia de muchas personas que también pasaron por ella y no se quedará ahí, tu vida será el legado para las generaciones venideras y eso es lo que más llena tu vida. En ese momento quieres la inmortalidad, quisieras ser eterna, bañarte en la laguna Estigia con las demás almas en pena, y no ser tragada por los mares y lodos del olvido. Y te preguntas que es lo que tienes; mansiones, coches, trabajos... ya no son nada. Sólo tienes amigos, pero ¿son amigos de verdad? ¿o son personas interesadas en tu vida? ¿contactos, conocidos?
¿Tienes realmente a tu familia o de pronto descubres que en tu familia pasan de ti, que cuando menos te lo esperes te meten en una residencia o te obligan a firmar una orden de eutanasia voluntaria para quedarse con tu herencia? ¿en tu familia rota y desestructurada no va cada uno a lo suyo, como egoístas aislados dentro de una caduca organización económica? ¿qué es lo que tienes? Apenas nada. ¿qué ha sido tu vida? Todo al final era nada, como reconocía Hierro, uno de los mejores poetas de este país y de este siglo, que vio hundirse todas las utopías comunistas y humanistas de una época. Todo era nada. Mi grandiosa vida al final ha sido nada, te dices. Nada, nada, y esa nada... ese vacío te horroriza, horror vacui. Porque el mundo parece lleno, lleno de informaciones, de aglomeraciones de personas, de medios de comunicación, de tecnologías, pero en el fondo es un mundo vacío, un mundo inerte, sin razón, sin conciencia (no de clase sino de identidad), un gélido mundo vacío, una horrible naturaleza muerta es este mundo. Así lo ha visto siempre el cubismo y los científicos supra humanos y niños bien. Aunque no, nosotros, los humanos. Y dicen que el arte sólo consiste en eso, en saber callar a tiempo, no hablar de lo que no sabes, ahogarte y anegarte en la nada de Heidegeer, en contribuir con tu hermético silencio como intelectual a esta espiral del silencio que nos va ahogando a todos, a todos, mar de silencio sobre- informado del que nadie se salva... silencio, silencio, silencio culpable, silencio doliente, vacío aspirando alguna vez y como siempre a serlo todo. caos aspirando a ser orden. Vacío queriendo engullirlo todo. ¡que enorme contradicción la humana! Y piensas que tu vida sólo han sido unos pequeños momentos de placer, de goce intenso, que son los únicos que recuerdas... unos pequeños momentos de felicidad, o ni siquiera eso, de “contentura”; como unos pequeños “sketz” de comedía televisiva sobre un gran trans- fondo trágico. Por lo general son más los malos momentos que los buenos, pero por los buenos merece la pena haber vivido. Y entonces quisieras eternizar esos buenos momentos al menos, pasárselos a alguien. Y es cuando te da por escribirle esta carta a tu nieto. Lo que más miedo nos da de morirnos, querido nieto, es perder la conciencia, dejar de ser nosotros, que aunque seamos sólo cuerpo no podríamos vivir en el vacío, en el caos, en el silencio, en la nada o en la animalidad o en la locura. No podemos y por eso sentimos esta necesidad de hablar aunque el silencio sea nuestro único compañero de viaje cuando todos tus camaradas en esta batalla ya te han dado de lado. Podemos vivir sin manos, sin brazos, sin pies, pero no sin conciencia, querido nieto. Mira a la Fitseral, por ejemplo; otra luchadora, cantando, haciendo arte, con sus brazos y piernas amputadas. O la amy witehouse, se pasa el día fumada. O las mujeres premio nobeles. No sé, afrontar el dolor. Y es también muy triste vivir y morir sin memoria, pero yo por suerte aún la conservo y aunque tengo muchas lagunas afectivas y culturales... conservo la memoria histórica porque he sentido históricamente (y eso es muy importante y vital) y porque creo poder recordar con nitidez ciertos momentos de mi vida como si acabara de vivirlos. Yo podría hablar de la guerra civil, de la transición, mejor que mil libros de historia, mejor que esos fríos periodistas creyendo en una objetividad que niega lo humano, a nosotros, los que lo vivimos, los “rojos” sobre los que se ha corrido un tupido velo para no levantar el polvo, para no remover la mierda, para envolver en silencio nuestros gritos de desesperación. Engullirlos en la espiral de silencio comunicativa, y cuando no tenemos voz, ni portavoz, y sólo tenemos voto, pareciera quizá que nunca hemos existido. Pero existimos, mi querido nieto, aunque ahora lo nieguen profesores y empresas. Y cuando me juzguen allá arriba si he sido feliz o no, podré decir orgullosa que he tenido momentos felices. ¿Y a donde se irán esos buenos momentos? ¿se quedan en mi caja de pino? Yo quisiera pasártelos a ti en una cajita de alabastro, para que cuando te sientas triste o sólo... puedas abrir esta cajita de sueños y sorpresas y rescatar de allí la esperanza que es lo último que se pierde, nietecito mío. Aunque nos peguemos siempre con la misma piedra y seamos animales rutinarios de nuestros fracasos, “de fracaso en fracaso y tiro porque soy un payaso”. Que la caja de tu abuela sea tu particular caja de Pandora. Quiero que cuando termines de leer esta carta, pienses, reflexiones, sientas con el corazón, llores con las lágrimas y sonrías con la vida. Dulcemente pero con una ironía amarga por dentro, como cuando yo te acariciaba el pelo y te besaba en la nuca, y te acunaba cantándote aquella canción de cuna “ea, ea, mi niño amado de su abuela”. Quiero que recuerdes a tu abuela como una mujer sonriente, sólo en mis buenos momentos, que mi imagen te sirva en tu vida para darte ánimos y energía para continuar. Es una putada morirse, ¿para que vamos a negarlo?, pero una putada más grande, y esto grávatelo en tu cabecita, sería morir sin haber vivido de verdad. Un romántico, Honderling, un gran poeta del que decían estaba loco (porque decía cosas sinceras) tiene un verso precioso que se hizo el lema en la vida: ES MEJOR MORIR PORQUE SE HA VIVIDO QUE SEGUIR VIVIENDO PORQUE YA SE HA MUERTO.
No te creas que tu abuela no ha tenido sus momentos de bajón, como decís ahora, claro que sí. He visto mucha hambre, muertas, miserias... y aún teniéndolo todo nos quejábamos menos. He visto el precipicio y el abismo de esta vida y he mirado cara a cara a la locura (a veces he sentido que la vida me enloquecía) igual que hoy he de mirarle a los ojos, sin apartar la vista, a la muerte.
He visto muchas muertes pero nunca acabas de creerte la muerte hasta que te toca a ti, hasta que de pronto te diagnostican el cáncer de mamá y te dan, regalo del médico, unos cuantos días de vida para despedirte. No quiero alargar más esta despedida porque parecería que no me quiero ir, jaja. Me gustaría morir pero sólo de visita, hacer una visita y volver a la vida después,¿cómo será la muerte, el dolor... sobretodo como será lo de después?.
Hay que conservar el humor siempre, hijo, hasta cuando la vida te enseñe sus peores fauces, no hay que perder la sonrisa irónica aunque la vida nos de ostia tras ostia. De fracaso en fracaso vamos aprendiendo. Son los golpes, las heridas, las pequeñas o grandes tragedias, las que nos van haciendo grandes en la batalla diaria de esta vida. En eso consiste madurar; en ir envejeciendo físicamente, arrugándote como un pomelo amargo, manzana caída del árbol de la vida sobre un pobre científico. Madurar es ir perdiendo nuestra imaginación, nuestra inocencia, nuestra felicidad infantil, el paraíso de la placenta, ir haciéndonos de piedra, endureciéndonos, engriseciendonos, haciéndonos fuertes, amargándonos con tantos sufrimientos.
¿por qué la vida sigue esta lógica absurda opuesta a los cuentos de hadas? Lo de nacer para morir en vez de morir para nacer, no sé... no me lo preguntes, hijo. Nunca he podido entenderlo. ¿por qué el ser humano nace en lo mejor y se va en lo peor? Esa es la gran paradoja de esta vida. Nacer bebé y perfecto e ir maleándonos, perder nuestra virtud e inocencia natural, con el tiempo. El tiempo puede ser nuestro gran enemigo, nuestro falso aliado, nuestro perseguidor en el viento. Ay, el tiempo. ¿ser eternamente joven como narciso o dorian gray? Igual te aburres.
Y le creemos nuestro amigo al tiempo, ¡que falsa, traidora e interesada amistad la del hombre y el tiempo! Creemos que él nos sigue cuando por ejemplo me dio la crisis de los sesenta y empecé a vestirme de naranja estridente, imitando a una colegiala. Jaja. Creemos que el tiempo nos sigue en estas locuras humanas que todos cometemos, cuando en realidad somos nosotros quienes vamos atrás, en la cola del tiempo, en la retaguardia y no en la vanguardia como en nuestra época creíamos. Sí, ahora nos sentimos los comunistas a la defensiva, y no, hijo, en la vida siempre hay que estar a la vanguardia, afrontando el nuevo futuro. Vamos a la zaga del tiempo, pero ya no podemos buscar el tiempo perdido, ni revivir esos momentos, sólo vivir un presente que se aboca a un futuro incierto, y en último extremo a la muerte.
Y nos refugiamos en el pasado con ese miedo al paso del tiempo, pero el tiempo pasa, y esto significa que pasa sobre nosotros, posándose el tiempo en nosotros como fantasma.... Por encima de nosotros va el tiempo, superándonos y trascendiéndonos. Y el tiempo pone todo en su lugar.
Creemos aprender de la vida cuando es más bien la vida la que aprende de nosotros, de cada generación que la pisa. Siempre nos gana la batalla, hijo, siempre es la Vida contra los Vivos.
Y vivos que quieren vivir, que quieren ganarle a la Vida sus mejores momentos, y encontrarla en lo mejor. Y siempre tenemos todas las que perder pero hay que demostrarle a la vida que en ese periodo que se nos deja seremos todo lo felices que podamos, buscándola sus cosquillas y acariciándola con intensidad. Vivir es un ejercicio de chulería frente a la muerte. Simplemente.
Quizá la cosa está en que un bebé es feliz pero inconscientemente, no puede saborear esa felicidad, es feliz como lo sería un animal que sólo tuviera imaginación, sueños, instintos... y la conciencia, ¡que cosa mala es la conciencia!; es la que nos hace percatarnos de las cosas, concienciarnos y por tanto sufrir, porque no hay razonamientos fríos, todos los acompañamos de sentimientos, de sensaciones, de experiencias. A veces soñar, hijo, es muy doloroso pero no por soñar sino por el mero hecho de tener que despertar después y aterrizar. Y yo, que vivo en esta pesadilla de las quimioterapias, de las visitas casi diarias al médico de cabecera y llevándolo todo en secreto, para no alarmarnos, aún sueño. Sigo soñando a pesar de todas mis desgracias. Es lo único que te queda cuando no te queda nada.
Y los realistas nos envidian a nosotros los soñadores precisamente por eso; por tener aún sueños. Ahora sueño con más fuerza que antes, más consciente de que sueño, más sabiendo que sueño. Pero la diferencia es que ya no sueño cosas para mi, vidas que ya no viviré, ahora, hijo mío, sueño por vosotros mis nietos y mis hijos. Y desde allá arriba, yo soy la soñadora que sueña un mundo nuevo, la soñadora que os sueña a vosotros, metidos todos - como estamos- en un mismo sueño que se cree real y que sólo es una gran mentira, una ficción platónica es todo este Sistema. Sí, la vida es sueño. La vida son pequeños sueños. Por eso jamás dejes de soñar y además sabiendo que sueñas, reafirmándote en que eres un soñador, porque aunque los sueños broten de lo material, de las personas concretas e inmanentes, de las estructuras, de mis huesos, de las caderas y de mis juanetes... los sueños son eternos y soñamos lo que ya soñó Kant y antes Homero, todos envueltos en el mismo sueño. Siempre la vida ha sido sueño. En todas las épocas. El soñar es tan natural en el ser humano como el comer. El inconsciente es eterno, los sueños... sueños son, y esa es su grandeza, su trascendencia, porque los sueños siempre superan a sus soñadores. Y yo quiero que no olvides nunca esto por más que vivas en un mundo donde parece que más que sueños hay deseos. Los sueños no se compran ni se venden y sólo pueden pasarse de generación en generación. ¡sigue soñando, aunque todos parezcan dormidos, soñando con las pequeñas cosas de esta vida!
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