martes, 1 de septiembre de 2026

DOMINGO EN LA PLAZA NUEVA

 


Mi mejor amigo y yo paseamos por las calles de Norta. Los domingos solemos ir al rastrillo que ponen en la plaza nueva. Nos confundimos entre el gentío. Los anticuarios venden cachivaches; estufas de carbón del año de la guerra, piezas de metal o hierro oxidadas. También venden posters de pelís antiguas para cinéfilos mitólogos. Venden carteles de antiguas exposiciones de arte o de eventos; toros, verbena, zarzuela, estrenos de teatro... y litografías de la villa de Norta de los años 20, grabados de las antiguas industrias, que pertenecían a los hermanos ibarroalgo o etxegorolla imágenes de bulevares con mujeres resguardadas en sus quitasoles y hombres con chistera, fotos en blanco y negro amarillentas por el paso del tiempo. Y allí congelados han quedado antiguos viandantes, floridas plazas, floridos mayos del 69, edificios vetustos de estilo inglés, ajardinadas mansiones, casas obreras, las fuentes, el casco antiguo con sus siete calles y los ecos de los antiguos gremios, los grabados de los mineros saliendo de su explotación o los obreros reunidos por el sindicato ante la fábrica, las huelgas multitudinarias, la insurrección ciudadana, los certámenes de poesía y florales, las corales... todo congelado en estos grabados que ahora venden a euro por barba.  Y le compro al viejo los sellos por pena.

 Un hombre de venosos brazos me agarra de la espalda y me acerca a su puesto ambulante. Su mano sujeta un álbum de sellos.  Se trata de un viejo con barba macilenta y blanca, cara arrugada, calva prominente y aliento de rata. Un Domingo me picó con un sobre lleno de sellos temáticos y desde entonces me tiene ya enganchado. Así se hicieron amigos. De esas amistades que resisten el paso del tiempo. Él es el camello que me provee de sellos y siempre me trae nuevo material. Incluso un día me llevo a un apartado y allí se abrió su gabardina y me mostró el primer sello que circuló en tiempos de Isabel II. Jamás podrás pagar este sello, jajaja, se rió, se desternilló, a poco se le desencaja la mandíbula de la risa maligna..  Lo que mi camello no sabe es que le compro los sellos por pena, y aunque ese sello se ve a ojos legua su falsedad... no le quiero quitar la ilusión. Es su obsesión, su vicio legal.

Una señora nos muestra álbumes con antiguas monedas de todos los países, billetes de lugares exóticos que la traen sus hijos cuando viajan. – mi marido era marinero y en cada puerto, además del corazón de una muchacha, se llevaba monedas y sellos de allí. Y así empecé esta colección-. Todos estos coleccionistas de la plaza nueva tienen un aire siniestro.

Y aún son peores los viejos bibliófilos peleados entre sí por un incunable que descansa en tal monasterio, su coleccionismo es de alto nivel y meten los libros en urnas de cristal para exponerlos ante todos los paseantes.

Ellos compran pero nunca venden. Los más frikies de este rastrillo son los vendedores de cómics. Puedes pedirle la primera edición de una serie de manga que nadie conoce (ni siquiera en Japón) y no dudes que la tendrá, rebuscando entre sus catálogos. Allí se mezcla en alegre miscelánea los clásicos de la marvel, los mangas de amor, sexo, dragones y mazmorras, espada y brujería, los futuristas, los libros de ciencia ficción de Asimov, esas ediciones pésimas de fotonovelas, de novelitas del oeste o de amor estilo Jazmín o Corin Tellado. Toda la basura editada apoyada sobre una mesa de madera. Cultura basura que tenemos.

Y allí se mezclan antiguas novelas de la colección austral de clásicos con las novelas más actuales y caras en pasta dura. Mi amigo y yo solemos proveernos de libros al irrisorio precio de un euro, que después nos darán tantas horas de placer en las soledades de nuestros cuartos. Intercambiamos fotos de futbolistas o de series de dibujos animados con los niños. Y a los niños repelentes les vendemos nuestras cartas mágic que se han revalorizado según la revista Urza.

Y estos niños se nos tiran al cuello como tiburones, ellos necesitan esas cartas, de las cartas no admiran siquiera su validez estratégica ni la imagen que las ilustra, solo el precio que vale en el mercado. Estos niños son unos auténticos especuladores y saben de carrerilla los precios de las cartas, ejercitando toda la memoria que en el colegio no usan. Se te arrojan a las cartas no más verlas, igual que ante un ejemplar de Harry Potter firmado por la autora. En estos cromos ponen su vida y el dinero de la paga de sus padres. Luego están los puestos de mascotas. A mí me dan pena los canarios que afónicos claman su libertad metidos en sus jaulas de plástico, ni siquiera doradas. Y los hámster que eternamente giran y giran en su polea mascando sus carrillos.

 

Y con el canto de todos los pájaros y jilgueros de colores exóticos el mercadillo parece algo lleno de falsa vitalidad.  Los raterillos se acoplan a los paseantes, se les acercan tanto que podrían soplarles en las orejas, confundidos entre las algarabías tumultuosas. Actúan con mucha cautela y cuando quieres darte cuenta ya te han desvalijado la cartera. Las señoras elegantes de la villa toman sus cafés en las mesas abalaustradas de hierros de la plaza. Algunos sacan a pasear a sus perros y se acercan a ver el motivo de tanta expectación. Reparten caramelos.

 

Un gitano vende un montón de videos sacados de un videoclub en bancarrota. Y los moros tienden en sus mantas cedés y deuvedés que a todos les parecen caros porque se los piratea un amigo por menos. Y los chinos les hacen la competencia con precios más baratos, y venden objetos de luces, juguetes electrónicos, relojes con calculadora digital, tamagochis y pequeños autómatas. También se venden revistas atrasadas, se amontonan montañas y montañas de periódicos entre los que navegan los ancianos ociosos. Los jubilados asisten a esta feria del libro de ocasión, y colecciones, pero sólo para ver, casi nunca compran, simplemente para sentirse metidos entre gente. Pues hay también quien te toca el culo o se excita ante tanta gente empujándose por salir de ese bullicio hasta el puesto que buscan. Y también hay fóbicos sociales, como yo, que tenemos agorafobia de las masas y casi nos desmayamos en medio de la acera.

Hay puestos de ropa, casi siempre regentados por gitanos, y puestos de comida, de fruta, de telas, de zapatillas hechas en África, y con cárteles de rebajas. Y todos gritan para atraer a los paseantes. Hay rumanos que en el suelo echan sus vergüenzas, y que sólo tienen para vender pilas o objetos estropeados. Y esta el niño que simplemente pide dinero. Y el vagabundo que te increpa al paso. Los borrachos que hacen la resaca en esta plaza. Y toda la alegre turba de jubilados y de hombres de familia bebiendo sus carajillos y sus vermus, de txikiteo y tapeo por los bares. Los camareros resacosos de la farra de anoche no dan abasto sirviendo zuritos, cervezas, pintas, mostos... antes de la comida familiar de los domingos. Todos se reúnen en los bares con sus amistades o los familiares lejanos y hacen allí su Domingo, después de acompañar a la abuela que viene de la misa en Begoña. A mi mejor amigo y a mí nos gusta filosofar por la calle. Vamos al café teatro boulevan o irune y nos sentamos en un banco del parque. Allí se nos juntan todas las palomas para que las echemos miguitas de pan y mi amigo las espanta con una pierna pues le parecen ratas voladoras de la ciudad.  En ese banco siempre se nos sienta un viejo, con el periódico robado del contenedor, a darnos conversación o una vieja loca que nos cuenta su vida.  A veces nos sale un yonquí pidiéndonos patéticamente con una vocecilla lastimosa: ¡Dame algo, tío!, ¡dame algo!, y a mí me da mucha pena y le pregunto lo que quiere, pero él acostumbrado a que nadie le de nada sigue repitiendo: ¡dame algo, tío, dame algo!. Y sí le das dinero te sigue mirando y te sigue pidiendo algo, no sé lo que pide, quizá lo que todos andamos buscando. Como la dama de las palomas que lloraba con los pájaros. 

 

Unos niños se ensucian en el barro y unos adolescentes se comen los labios en un banco, y los viejos cogidos de la mano pasean por los parterres. Y mi amigo y yo filosofamos. En estos bancos me recuerdo también con la pandilla de los colegas y con mi novia cuando nos tocaba hacer todo ese teatro que hacen las parejas, o me recuerdo con mi abuelo (con Alzheimer) cogidos de la mano. 

Mi amigo y yo vamos a veces a la playa, pero a él le da vergüenza mostrar su cuerpo y siempre permanece vestido aunque el sol le achicharre. Y yo me doro y me pongo moreno mientras leo una novela. Se nos acercan chicas y con ellas charlamos. Las untamos de crema solar en la espalda, las besamos, poco más, ellas se irán, la noche aparece, se nos cae al suelo un trozo de helado y seguimos paseando por el malecón de nuestra tristeza. En la playa los organilleros armonizan las veladas de los enamorados. Y los poetas escriben versos a la luna y al mar en los cafés cercanos. Los domingueros abandonan su trozo de playa dejando prueba de que por allí pasaron, un rastro de basuras y envoltorios a su paso. Y se van con la tumbona, con las bolsas de mimbre de la merienda, con las gafas de sol, con la colchoneta acuática y los flotadores.

 

Y se duchan en los grifos públicos. Se descalzan y se limpian los pies. Se quitan la arena, se quedan en nada. Y caminan todos con esa resaca que dejan las muchas horas expuestas al sol. Todos se marchan a casa con dolor de cabeza y sintiéndose sucios, mojados, húmedos, manchados de una arena tan fina que traspasa la piel y se adentra en los interiores.  En el restaurante marítimo solía celebrar con mi familia las mariscadas. Daba igual que festejáramos bautizo, comunión o entierro, allí íbamos a ponernos hinchados de zancarrones, de langostas, de quisquillas, percebes, langostinos y gambas. Por la noche el restaurante pone velitas en las mesas y allí los enamorados se cogen las manos. Y el viejo organillero va pasando de mesa en mesa recogiendo la voluntad.

 

Mi amigo y yo salimos por los bares y allí nos emborrachamos y reímos de la fauna trasnochada de los bares, frivolizamos sobre sus frivolidades (ósea meta frivolizamos) o nos ponemos a discutir sobre cómo la física actual tiene el mismo discurso que la filosofía de Frankfurt. Le cuento mi vida, me habla de su ajedrez, lloro por mis padres, me habla de la serie de televisión, me divierte, me cuenta cosas intrascendentes que me despiertan una tímida sonrisa de fusto. Intenta animarme, que me de vida, pero a veces él también se siente vacío, dolido, triste, sólo, y entonces nos ponemos pesimistas y frente a la feria de muestras de Bilbao criticamos a toda la escuela funcionalista americana y la war-haus que los parió. Nos ponemos coléricos y empezamos a despotricar de los EEUU, hablar de la decadencia y el fin del mundo, nos sentimos muy solos. L decadente occidental.  Y a través de nuestras retinas va sucediéndose siempre las mismas imágenes, los mismos paisajes, las mismas casas obreras de estructuras precarias, las farolas tristes, los perros sin amo, las plazas solitarias a la noche, las basuras tiradas, los container quemados, la tristeza de la noche cayendo sobre Norta. Y aparecen los fantasmas. 

Nuestros discursos, las polémicas sobre l Frankfurt no son diálogos socráticos o platónicos, son más bien dos monólogos entrecruzados, dos soliloquios de solitarios solidarios, dos voces ahogadas de viejos cascarrabias, de niños viejos, de colegas que se amargan y a los que les entra el bajón, el vino triste, la oscuridad del mundo, las sombras, todo esta negro, todos nos engañan. Él siempre tiene un opinión conservadora, de derechas, acomodada, y la mía es siempre la humanista, la de izquierdas, la incomodada e incomoda, pero pensar tan distinto y sentir tan igual nos sirve para amigarnos aún más. Y hblmos de Michael more.

Somos polos contrarios y a la vez dos complementarios, somos tan distintos que somos dos iguales. Él sancho y yo el otro. Pero él tiene algo ya de mí y yo algo ya de él.....El más racional. yo más sentimental, y en el fondo somos el mismo niño triste de taciturna mirada como canta amaral.

Nuestros monólogos son el ejemplo de que la comunicación humana no existe ni puede existir, la comunicación esta basada en el error y el malentendido que dijo Lacan (Y quizá esta frase la haya yo también malentendido, malinterpretado y usado)  pero aunque la comunicación verbal al final sea un dialogo de besugos y el dialogo de los políticos se quede en palabras que no llevan a nada... existe otra comunicación, una comunicación no verbal, inconsciente, que permanece oculta, dentro de las sicologías y de los corazones, un dialogo entre las profundidades cavernosas de nosotros mismos, un dialogo donde las palabras sobran. Donde las palabras, mejor dicho, ya no bastan.

 

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