SOAC
El desconocido desnudó a Soac. Sus manos envejecidas y callosas recorrían las nalgas del adolescente. En el enorme cuerpo del cuarentón al menos cabían un par de Soacs. El hedor a sudor no podía respirarse. Soac se ahogaba, las aletillas de su nariz temblaban turbadas de enfermiza voluptuosidad. Se sentía tragado, devorado por un pez mayor, aferrado a aquella masa grasienta de la que se zafaba mentalmente. El extraño susurraba obscenidades gritando cuando su venoso falo reptó por los púberes muslos del chico. El desconocido balbuceaba ya al borde del orgasmo, mientras hundía sus dedos en aquel cuerpo como si se hurgara la nariz o moldeara plastilina. Como un Dios que creara a Soac de una pasta arcillosa, el hombre le moldeaba a su antojo, inventaba su cuerpo, ungía de vida su pubis hendido en lágrimas.
Soac se limitaba a recorrer mundos fantásticos que pronto desaparecieron en un grito. No era el aullido de los lobos esteparios ni la catártica erupción de un volcán, sino un profundo sufrimiento escondido en el orgasmo ajeno, un malestar latente en cada célula, expandido por cada abierto poro, cráteres por donde el padecimiento huía de la lava ajena. A Soac le dolía el pecho, latiendo tan fuerte que apenas se oía, y las llagas de su cuello, heridas abiertas que ocultaba con una de esas bragas. – No, no te quites el pañuelo, me da morbo, pareces un chulo, un puto de barrio-
El hombre le volteó y pudo ver su espalda, magullada, herida aún fresca estremeciendo su pusilánime cuerpo de niño. El hombre apartó la vista con asco, cerró los ojos y le pidió con deferencia que se vistiera. No podía darle por el culo. Aquel lolito no tenía ni 20 años. Soac obedeció y se vistió, con la misma desidia con la que se había desnudado para el apestado cliente. Sus ojos latían muy azules, próximo a empaparse de lágrimas, mas hacía mucho que Soac no podía llorar.
- Son cinco mil-
El hombre dejó un billete en la cama y se alejó, en la puerta pensó en confesarle que era médico, que esa herida no era producto de una caída, pero se piró lacónico y no se atrevió a preguntar quien le maltrataba.
Soac guardó el billete en su tornasolado diario. El diario era un regalo de mamá; hacía tiempo que no escribía en él ni veía a su madre. Su madre escapó, le dejó sólo con su padre. ¡Maldita zorra! Soac se sentó frente a la ventana y dejó pasar las horas... ¡era tan absurdo el tiempo!. Pasaba el tiempo contemplando musarañas, pensando, incluso cuando tenía clientes o cuando leía transversalmente los mamotretos de la facultad. Esta reflexión le ha llevado un minuto veinte segundos.... ¡era tan absurdo el tiempo!, repetir esta frase se había saldado en diez segundos, los sentimientos son un producto cultural, toda filosofía es perder el tiempo, pero de eso se trata, de matar al tiempo, de olvidar que uno esta vivo. Pasar el tiempo para que todo pase igual, las aceras frente a la ventana un día se pavimentaran, los establecimientos cambiaran, los viejos morirán, sus hijos tendrán hijos, todo seguirá igual, y entonces el tiempo perdido nos encontrará. Tiempo mercenario de nuestras elucubraciones y de nuestros pasatiempos. Esta paranoia le ha costado 5 minutos de su ridícula, ociosa y pecaminosa vida.
Soak se miró en el espejo, no recayó en sus decadentes pómulos, hundidos en dos hoyuelos abismales ni en sus manos resecas o en su cutis ajado de fumador, sólo pensó en esa absurda historia de Wilde. Tiró de un manotazo su ajedrez de porcelana. Las figuras cayeron al parquet y la estrepitosa caída le asustó tanto que, incapaz de llorar, se tiró al suelo.
En ese momento querría tener el mal de Cesar y echar espumarajos por la boca, o desvanecerse como damisela decimonónica, pero no era anémico, ni epiléptico, siquiera capaz de desmayarse... Las lagartijas como él se arrastran por la vida con la cola cortada, y ya lo dice él refrán: del suelo ya no se puede caer más bajo.
Se prostituye ante señores con corbata y padres de familia, con hedor a sapo verde y sin tiempo, siempre con prisa. Sin levantarse, gateó hasta el mueble bar, abrió la puerta y en posición fetal digerió el 43 a pelo. Fumaba sin parar, un cigarro tras otro, encendiéndolos con la mecha del anterior. La colilla le temblaba entre los dedos y la última calada dejaba en el un regusto amargo. El tiempo se lentificaba, el calendario temblaba trémulo en la pared, el piso se llenaba de sombras, en una penumbra interior como el profundo apagón de un escritor ciego. Parpadeaba, henchido de una rabia que le contraía las comisuras de la boca, se revolvía dentro de la alfombra como un gato embrollado en su ovillo o un niño perdido por los dédalos de la primera infancia.
Llamaron a la puerta. Por el portero automático comprobó que quien presionaba el timbre era su padre. Parecía llevar prisa, daba chupadas nerviosas a su puro. Iba enfundado en una bufanda gris. Soac le abrió el portal. Soac no oyó sus palabras – he venido por el anuncio del periódico- Soac subió el volumen de la mini cadena al máximo mientras se volvía a desnudar. Lentamente, casi con la dulzura con la que le acostaba su madre, se arropó entre las sabanas de su camastro. Su cama olía a sexo reciente. La almohada apestaba a tabaco y sudor. No se molestó en recoger el ajedrez roto, ni en bajar la persiana, ni en sacar al gato que se orinaba entre la basura y los libros tirados por el suelo. Como siempre, no durmió. Sólo soñó despierto. Soñó que su viejo no estaba llamando a la puerta. Su propio padre no había podido leer aquel anuncio de la sección de relax. “Rubio de cara aniñada. Suma discreción y con sitio.”
Soak ha emigrado de Marruecos a la guipuzcoana localidad de Andoaín no por problemas políticos o económicos, sino por una cuestión personal. Soak tiene 18 años, es moreno, de ojos verdinos, viste ropa de marca (zapatillas Nike y pantalones de zara) y es homosexual. Su familia era de clase social media tirando a alta. –
En mi país hay mucha pobreza pero a mí no afectó nunca, siempre he podido comprar una coca cola o ir a un concierto. En España disfruto de mucha menos renta, ¡imposible mantener mi nivel de vida...! - asegura.
Soac empezó a tener relaciones sexuales con otros chicos a la edad de quince años. Hace un año su padre se enteró. Le persiguió por todo el pueblo, una aldea llamada Khadesh, y propagó por el pueblo su “deshonra”. Según las enseñanzas coránicas del Islam la homosexualidad es pecaminosa e incluso el estado la persigue. El castigo penal para esta desviación sexual es siempre la muerte, el presidio o la lapidación.
Soac nos cuenta, entre lloros, cómo su padre le borró del libro familiar y le repudió, renunciando a ser su padre. Le expulsó de la casa paterna, aunque su madre, muy enferma, no estuvo de acuerdo en la decisión. Soac, con los ahorros de toda su vida, partió rumbo a un destino incierto en una patera. Tuvo que pagar 1000 alharís a una de las mafias portuarias para embarcar en la barcaza junto a otros treinta jóvenes que compartían su huida. – Tuve miedo, mucho miedo a caerme en el mar. Ni siquiera sé nadar y aquel fin de semana la tormenta nublaba el cielo. Sólo respiré al llegar a la costa de Málaga. Era de noche y por suerte no patrullaba la guardia civil por la playa. Un matrimonio nos cobijó y nos dio de cenar.- relata el adolescente.
Al llegar aquí no encontré un mundo mejor, todo lo contrario- logra balbucear. Aunque aquí la homosexualidad no es un delito penal, su situación económica le ha obligado a prostituirse. – Soy “chapero” porque es lo único que sé hacer; dar mi cuerpo, hacerme daño a mí mismo. Yo no hago cosas malas, como otros marroquíes, no vendo droga ni robo ni mato a nadie.-
Soak no quiere hacer daño a nadie en este país, pero sabe que se esta haciendo daño a sí mismo ya que desea morirse. Un cliente le dijo que las cosas en España eran así, y le insultó, le llamó basura y escoria.
Soak vive en un centro de acogida, con otros inmigrantes ilegales, y estudia un modulo de peluquería en el barrio de Hernani. Sin embargo, sabe lo difícil que será encontrar trabajo pues no tiene DNI, y si no trabaja no puede obtener papeles, con lo cual su situación en nuestro país le parece de difícil solución aunque no sólo se ha adaptado a todas las costumbres españolas, sino que ya en su país compartía los mismos gustos europeos, nos asegura.
SoaK: me duele q solo quieras mi cuerpo
Cliente: de repente te da la vena esta
Sook: solo me usas yo para ti soy un aperitivo
Cliente: pero si ya sabes porque No, las cosas no son blancas y negras
SoaK: yo no te importo nada solo quieres follarme solo quieres mi culo para calmar tu polla
Cliente: si ya sabes que no no te me hagas el victima
SoaK: yo quiero a un txiko romántico, cariñoso y dulce q me haga el amor y q me quiera
Cliente: me dirás que te lo pasaste mal
SoaK: no, me sentí genial me hiciste feliz al penetrarme pero... esa sensación se acaba estar cachondo dura poco mientras q estar enamorado dura mas estar cachondo esta bien pero no llena tu polla me puede llenar el culo, pero no mi alma ni mi cabeza
Cliente: jo me haces sentir mal
SoaK: si te sientes mal... = es señal d q sientes algo x mi
oye que yo no soy de piedra eh no se lo que piensas que soy una maquina de sexo y ya
SoaK: q nadie se va a enamorar nunca de mi
Cliente: como que no se va a enamorar nadie eres guapo, estas súper bien, eres majo, .... bueno veo que tienes algún otro ligue
SoaK: no, estoy hablando con mi hermano q se acaba de conectar y no tengo ligues un perro del hortelano xq ni me comer ni dejas comer no me comes y te pones celoso si me comen los de+
Cliente: tienes unos prontos que me dejan KO ya te has enfadado conmigo. mira te voy a decir la verdad, aunque con esto lo único que voy a conseguir es que me agregues a la lista de no admitidos la verdad es que algo siento hacia ti, no se si es temporal o que pero no lo había sentido con los anteriores tíos con los que había estado, mas bien no lo había sentido antes con ningún tío. Pero la verdad es que tengo novia como bien lo dijiste en algún momento en el que estábamos haciéndolo. El mero echo de pensar que tengo que romper con ella y el que tenga que decir a la gente que tengo novio pues me da terror, vamos es superior a mi. Ese es el motivo de todo por eso digo que no podemos ser novios, pero bueno amigos si por mi parte
Yo solo tenía diez años. Entré en uno de esos chats, por probar, todos mis colegas en el colegio lo hacían, ¿yo por qué iba a ser menos? No sabía yo lo que me gustaba. Empecé a hacerme pajas porque todos los niños en el cole presumían de hacérselas.
- da mucho gustito, ya veras. ¿tu nunca has probado? No me lo puedo creer. Que pardillo eres. Pero, vamos a ver, ¿a ti no se te empalma?-
Yo entonces era tan inocente que nunca había sentido en mí esos impulsos, esas pulsiones e instintos malignos y perniciosos que el cura me condenaba porque decía que eran obra de Satanás. Aquel cura siempre me preguntaba si yo había cometido el pecado de Onan y como yo no sabía lo que eso era, enmudecía, agachaba mi cabeza con resignación y me iba de allí cabizbajo y con la lagrimilla a punto de salirme por un ojo. Debía ser aquello muy malo, algo horrible, una cosa vergonzosa. En cambio mis compañeros de colegio fanfarroneaban de ello como quien presume del chalet que su padre se ha comprado, de los tazos, de los gogos, de acciones o de móviles. Y yo tenía que probarlo, porque si presuntamente causaba tanto placer...
Yo leía entonces libros de mayores y leí, creo, a un señor mayor llamado Freud al que todo el género humano le parecía “libidinoso, sexual, que sólo pensaba en el sexo”
Y yo me decía que una de dos, o Freud había sido un reprimido o bien era un obseso sexual que efectivamente sólo pensaba en el sexo. Y partiendo de ahí, generalizó con todo el género humano y ni piedad tuvo de los niños inocentes como yo, no crean.
Yo, la verdad... es que alguna vez se me había erguido el miembro, pero como cuando se me dormía la pierna – que me dolía a rabiar, hasta que volvían los nervios a ponerse en su lugar- pero nunca había experimentado placer con aquel trozo de carne que tenía colgante entre las piernas. Así que un día me encerré en el cuarto de baño y probé a ver que pasaba. Pero no disfruté mucho porque estaba tan pendiente de que aquello se agrandara que yo no sabía como hacerlo...
Quedé con un chico y este, que debía rondar por los cuarenta años, me llevó a su vieja y sucia buhardilla en una calle principal trasversal a la gran vía. Allí, mientras subimos unas escaleras vieja soy lllenas de polvo, me fue contando que acababa de terminar periodismo y relaciones diplomáticas internacionales y se había venido desde China aquí a actuar de freelance y como embajador cultural de su país, porque debía ser hijo de gente muy importante allí. Y en realidad me susurró que era un espía secreto de los servicios secretos de inteligentes espías secretos. Y yo pensé, ala, como en las películas, que guay, y creo que le dije que guay. Y entonces el me empezó a acariciar la cara en toda su redondez y a decirme ¡que cosa tan bonita! Como si yo fuera una cosa, y como si yo fuera bonita, así en femenino. Me llamaba en femenino. Y me palpaba la cara y me daba besos, pero no como la tía cuando me besaba en los papos y me dejaba la marca de su pintalabios, sino que me besaba con sus delgados labios finos y a mí me daba mucho asco. Y entonces cerré los ojos, y aunque los cerré sentí sus manos grasientas que seguían pegándome en la cara y sentí también que empezaba a bajar la mano y me tocaba todo el cuerpo. Y yo estaba muy nervioso, todo aquello me inspiraba asco, mucho asco, instintivamente, sin saber que me iba a hacer. Y entonces me enseñó su biblioteca y yo respiré un poco, debió de verme muy nervioso y me quiso relajar.
Y me dijo que si me portaba bien me daría una coca cola. Y yo admiré sus libros, muchos yo ya los había leído y de la mayoría no había sacado nada en claro, sólo que aquellos filósofos una de dos; o estaban locos o tenían mucho tiempo libre. El caso es que después de mostrarme su biblioteca, el tipo volvió a lo que estaba. Porque después de todo, yo no estaba allí para admirar su biblioteca, seguro que para eso tenía amigos intelectuales o eso que le admirarían sus libros e incluso los que él hubiera escrito. Yo estaba allí para otra cosa, pero ¿para qué?
Y entonces me di cuenta de que aquel tipo feo, con su cara de chino y sus ojos como dos rayas o dos rejillas, lo único que quería era meterme mano. Y me adentró la mano por la camiseta y sentí un asco atroz cuando mi piel sintió su mano llena de pelos, y cuando mis labios, sin poder escapar a ningún sitio, sintieron el roce de sus asquerosos labios. Y me enseñó unas revistas eróticas que él tenía allí para enseñar a los efebos como yo. Me llamó efebo y a mí todo eso me daba asco. Las revistas, él, la cama desecha, la habitación que apestaba a resina y tomillo, y como a un olor a alcanfor y a madera de pino, todo me daba asco. Me daba asco el cristo que tenía colgado de la cama y todo. Todo daba mucha repugnancia y aunque diera morbo, era asqueroso.
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