sábado, 21 de julio de 2018

EL INVENTOR DE LA GUERRA


En la guerra nadie gana, no hay héroes ni vencidos. Las guerras del pasado fueran cosa de ideales, pero actualmente solo el dinero las motiva. Las multinacionales de armas provocan guerras tribales con la complicidad de estados corruptos de burocracia bananera. Mandamos dinero y recursos a países en conflicto bélico, con escepticismo de que lleguen e incertidumbre de cuánto lo intercepta el estado de allí. Las guerras siempre son las mismas: Vietnam, el avispero yugoslavo, oriente medio…  Actualmente nos asolan más de 3000 guerras o guerrillas. Muchas las forman críos reclutados, con una pistola y una Coca-Cola en la mano, aunque se mueran de hambre. En esos países los misioneros cristianos y los voluntarios de ONGs y movimientos internacionales construyen escuelas, organizan campañas de comida y otros proyectos. Incluso internet ha llegado a estas aldeas en las que faltan las necesidades más básicas, pero tienen Wifi. Algunas guerras son tan antiguas como el territorio, venían con él, y otras las hemos promovido nosotros. La guerra a veces surge por problemas culturales y religiosos, por la tradición, como el conflicto palestino-israelí. Surgen dictaduras y EEUU, como garante de la democracia y el liberalismo, las pone de excusa para bombardearlas y distribuir sus armas. La guerra despierta en los hombres el instinto de supervivencia más primario.
 

EL INVENTOR DE LA GUERRA

Mi hermano pequeño estaba escribiendo una redacción para el colegio, y le conté este cuento sobre el inventor de la guerra. Aseguran las leyendas de los chamanes y de los viejos nativos sudamericanos que su tierra fue siempre tierra de paz. Al fuego de una hoguera rendían culto a sus antepasados. Vivían en la ciudad del Paraíso. En la remota noche de los tiempos se asentaron allí los dioses de la naturaleza, confundiéndose entre los mortales. Estos antiguos habitantes vivían aislados de toda civilización por la selva del Amazonas, hasta hace bien poco. Practicaban el anarquismo antes de que algún aristócrata ácrata inventara esa palabra. Los indios no tenían ningún Dios o todo era Dios. Se sentían agrestes y salvajes sin preocuparse de nada. Hasta que llegó aquel empresario. No era un industrioso del caucho, a los que estaban acostumbrados sino que su negocio era algo extraño: vendía piedras.
En Nueva York los hombres vivían dentro de jaulas para pajarracos distribuidos por toda la urbe. Monstruosos rascacielos funcionales se batían por alcanzar el cielo, torres de Babel desafiando las nubes. En una de estas caóticas ciudades industriales nació Mr. Nadie. Este ejecutivo raro y mediocre vendía piedras por Central Park a las parejas que se besaban con fruición. Todos se reían de su extraña profesión, pero él sentía que esta era la llamada, y él era el Elegido, debía vender piedras, era su misión casi mesiánica. No es que estuviera loco, es que era pietista. En Nueva York las piedras carecen de valor, en el metro ya todos tienen su propia cara pétrea.Así que una mañana decidió trasladar el “negocio” de venta de piedras al por mayor a un lugar donde se  tomaran en serio su mercancía.
 
Así llegó a la aldea llamada Paraíso, cuya única necesidad de subsistencia era colmada por el gran río Amazonas. Al extranjero le sorprendió que no viviesen en un estrecho dúplex como él. Disfrutaban de una selva que no consideraban de su propiedad, ¡Que panteísmo extraño el suyo! Desde que el alba los despertaba hasta la caída de las estrellas se colmaban plenamente de felicidad. Su tierra respiraba tan fértil que no necesitaban casi cultivarla. Los frutos caían de los árboles espontáneamente. Cuando llegó él, se bañaban juntos en el río. Les extrañó que llevara telas sobre su piel, con aquel calor. Hasta entonces nadie se había percatado de que llevaban desnudos sus atributos humanos. Empezaron a sentir vergüenza y frío, y le pidieron su ropa de marca. Allí todos compartían todo y lo de uno era de todos. Por eso retiraron la palabra al foráneo, cuando este se negó a compartir sus vestimentas.
Mi hermano me interrumpió. - ¿En el pueblo no había ningún niño que se notara desnudo? Como aquel del cuento del traje invisible del emperador.-
 
Sí, en la aldea vivía también un mochuelo- proseguí- un niño que cada noche soñaba en las ruinas con los antiguos dioses. Quería emularlos y cabalgar en un auriga por el cielo azul.   Este niño, dorado como el sol, en todo caro a los dioses, eximio y fuerte aunque de apocados ojos y tímidas maneras, se entrevistó con el empresario de piedras; Al niño le inquietaba el mundo extraño del que escapaba el empresario de piedras. Un mundo al que sólo podía llegar en sus incursiones lectoras. Sus padres le prohibían leer, alegando que ante su sed de infinitos bastaba saciar el estómago. Esa era la mentalidad india: leer era pervertirse por los occidentales, era convertirse en uno de esos seres amargados y decadentes de las películas que alguna vez habían visto en el cineclub de la aldea. 

 
Un día su padre le dio una paliza por reconocer que admiraba al Gran Gatsby que aparecía en una novela. El extranjero hasta se parecía  físicamente al gentleman. El niño le asolaba de preguntas inquisitivas sobre su vida en la gran ciudad. Pronto el niño prefirió este maestro a los chamanes del pueblo. El ejecutivo raptó al niño, porque le había confesado sus malos tratos y se quedó con su patria potestad, pero se les prohibió la entrada en el pueblo. Ambos se retiraron a un claro del bosque. Un día, mientras el pequeño encendía un fuego, su nuevo tutor le habló de un asunto llamado negocios: «Nosotros somos civilizados, no pegamos a los niños y nos vestimos» «Pero todo lo arregláis con dólares. Una vez vi uno tirado en el barro y lo pisoteé y luego viendo lo que era lo recogí del suelo y ahora lo tengo guardado en el herbario como un trofeo. - »
-No- su sonrisa era espeluznante- Los ricos no tienen dólares, sino.... ¡Piedras! Como esta que tengo en mi mano- dijo mostrándoselas- Sólo sirven estas piedras talladas. Te daré tres de estas si me construyes una cabaña, odio convivir con tanto bicho-
Por si alguien no entiende el maquiavélico plan del vendedor lo explicaré. La estratagema era muy sencilla. Él tenía piedras y nadie quería piedras porque en el mundo rico se funciona con monedas. ¿Qué hacer entonces? Muy fácil, él convencería al  niño de que las piedras servían para comprar bienes materiales, y como “esos salvajes” no tenían otra moneda de cambio, adoptarían las piedras y él sería rico. Inventaba así una nueva  moneda, y con ella la civilización y con ella la tragedia que envolviera al pueblo en la más absoluta decadencia. El dinero corrompe las almas puras.  
 
El paraíso se estructuraba en partes iguales. Cuando un propietario moría, repartían a la comunidad las tierras y las redistribuían. El extranjero convenció a escondidas a cada aldeano. Les prometió que podrían tener más cultivos si se hacían con los de los otros y se asociaban. Esto significa más trabajo, pero también más comida.-Se dirigía a ellos como a críos estúpidos y analfabetos. Así fue escogiendo y formando un grupo que robaría la tierra del vecino.  También les aseguró que si cultivaban por la noche aumentarían la cosecha. Hoz en mano todos los elegidos se pusieron manos a la obra. Rindieron la tierra en una noche (por separado se hubiera saldado en muchos días). Al despertar algunos vecinos se acercaron a verles trabajar, y se mofaban. El hombre gris le contó al niño la fábula de la hormiga y la cigarra. El niño seguía con atenta mirada la historia.

Pasó el crudo invierno y la primavera se asomó al pueblo. Algunas «hormigas” se retiraron al oeste del pueblo y otras al este. Y construyeron un muro. Un muero de la vergüenza. Un muro de las lamentaciones. Todos querían aumentar su productividad y no consentían que se entrometieran los del otro lado del muro. A un lado se cultivaba legumbres y al otro verduras. Ambos lados quedaron disconformes por la rigidez de sus dietas. El extranjero aseguró que para regular los precios de esos cultivos precisaban de sus piedras. En la aldea trabajaron día y noche en la construcción de la cantera, extrayendo la piedra. Pueblos colindantes participaron en la edificación de la nueva fábrica para tallar las piedras rojizas, la bautizaron la “Casa Roja”.

La agricultura se ralentizó mientras duraron las obras públicas, y cuando entraron en circulación las piedras rojas no quedaban ya alimentos que comprar.  El extranjero les explicó en qué consistía la inflación. A todos ellos la palabra inflación  les sonaba a la explosión de un globo que se hincha e infla demasiado. Ahora la piedra roja volvía a no valer nada, la fruta costaba más, era más cara. Aunque nadie los comprara se seguían recolectando manzanas, porque el ejecutivo les pagaba su sueldo en monedas rojas.

Así llegó la pobreza al pueblo y todos los males que le acompañaban como garrapata a perro flaco. El extranjero, elegido ahora alcalde, concedió préstamos que después se cobró con elevados intereses.
Les prometió más piedras rojas Mr Nadie si le protegían de sus enemigos invisibles, que creía perseguidores en sus pesadillas. Para tal función los armó con palos. Les encaraba que usaran un arsenal tan precario. Los habitantes del Paraíso alzaron con ladrillo y sudor la nueva factoría de armas. Las armas ya no pertenecían sólo al ejército combatiente, se popularizaron entre los ciudadanos. Crearon un club del rifle. El extranjero les había contagiado su paranoia; el tembleque al sacar las llaves de sus nuevos apartamentos de cemento, temerosos de un posible atraco. Algunos tenían tanto miedo que se drogaban con hojas de camomila o el soma del cannabis y cerraban muy fuerte los ojos, intentando despertar de aquel letargo angustioso. Otros juraron fidelidad al líder a cambio de protección. Muchos prefirieron asociarse en mafias y comandos terroristas. - La aldea ha perdido sus señas de identidad, esta irreconocible. ¡Nos matamos entre nosotros!- decían los más viejos.
 
Todos añoraban sus baños en el río, que habían relegado y reservado al sábado noche. Las semanas transcurrían lentas, anhelando ese fin de semana. Los tractores se paralizaban, las trilladoras se averiaban, los obreros de la Casa Roja trabajaban ineficazmente y con desidia, abstraídos en las nubes, esperando la hora de cierre y concentrados en la fiestuki del sábado. Se habían obsesionado con producir. Ya les daba igual arrojar basura bajo las palmeras, vender sus cuerpos o enjaular a los pájaros tropicales para admirarlos de 7:00 a 7:10. Su nuevo jefe les regaló relojes y calendarios y apresaron el tiempo, time is gold para el burgués. El extranjero vivía en una lujosa mansión, y el niño le traía las cervezas al sofá, encadenado por grilletes invisibles. Desde su salón presidencial pronunciaba arengas ensalzando su supremacía. Aceptó un arriesgado proyecto viario y pronto la selva se quebró en una red de carreteras, que recorría hasta el último pueblo cual herida infecta que no sana. Creó una amplia red de comunicaciones. Un servicio de espías le mantenía informado a Mr Nadie sobre los avances del resto de la comarca. 
 
Los habitantes de Paraíso se creían omnipotentes frente a sus vecinos, que seguirían manipulando palos. Declararon la guerra a todos los clanes en derredor, sin sospechar que su líder había armado y embaucado a sus contrincantes con la misma cara de póquer, lienzo de fría mirada. A la aldea ahora la llamaban Nación y se mataban unos a otros. Se volvió un lugar hostil, sus habitantes tornaron cautelosos, desconfiados y prudentes. Se peleaban haciendo cola en el mercado de bananas, en las quintas del ejército y en la nueva Bolsa de piedras rojas.  Todo valía para llegar al poder y amasar piedras rojas, excepto el amor y la fraternidad, que en política no casan bien. Mediaron sus palabras, sus amistades eran ahora sus enemigos, desecharon los sentimientos por su inutilidad productiva. En este panorama crecieron y se educaron (?) dictadores como Piedrón, Codiciet, Poderinni y Opresinn.
El país prosperó. Actualmente se fabrican melocotones transgénicos porque han acabado con los naturales. Se ha doblado el número de emisiones de sus piedras (aunque estas se acumulen en las canteras sin repartirse) y su diccionario tiene más palabras que nunca, aletargadas: nadie las usa ya. Respecto al dictador, dicen que se exilió y huyó de su creación como el Dr. Frankenstein de su monstruo. Lo peor fue el invento del diccionario, la cárcel de las palabras. Envolvieron las grandes palabras como Paz o Felicidad que pueblan tus redacciones escolares, como en su día las mías y ahora las de mi hermano, y se las olvidaron dentro. Así grandes palabras, infladas como globos, tal que PAZ quedaron presas en diccionarios de la RAE. Era más importante escribirlas con corrección ortográfica que sentirlas en el interior, porque ya las palabras eran huecas, vacías, no servían, estaban desfasadas. Las grandes palabras, los grandes ideales, habían muerto. Y ante la devaluación moral de esas palabras ya quedaban excusados todos los asesinatos y en nombre de ideales que ya nadie creían seguían matándose unos a otros. El relativismo moral llegó al pueblo. 

 
¡Qué iluso creer que el empresario se tragó su propia bilis de remordimiento! Aseguran que peregrina por otros pueblos sembrando la discordia. Allende va arrasa, yerma la tierra y siembra el cielo de humo fabril y bélico. Muchos ni conocen a su gobernante, todos los políticos les parecen unos tiranos. A regañadientes cumplen con su jornada laboral, con los ojos acuosos pero vacíos, esperando al sábado bañarse en el río. Hoy en sus nuevos televisores digitales echan una de guerra, y creyendo ya la suya apaciguada con la marcha del extranjero, dan las propinas a sus hijos.
No saben que ha muerto el dictador pero en la casa Roja siguen gobernando los mismos, las piedras rojas, el dinero. Esas piedras son el motor de la historia y la sociedad, giran todos en torno a esos becerros de oro, con ojos de urraca, con ansia de posesiones, con voluntad de poder y sed de malgastar, despilfarrar, dilapidar unas piedras que sólo se consiguen con el sudor de la frente. Un sudor que se tiñe en sangre, a borbotones manando de las viejas grietas. Allá en las montañas las guerrillas luchan vanamente contra esto. Todo es en vano, hermano, las piedras rojas siempre han tenido el poder.  Esas rocas han inventado la guerra, o quizá fue el extranjero, o tal vez nosotros mismos. Definitivamente fue ese extranjero, así nos sentimos menos culpables ¿No crees? Sólo quería decirte que hubo un tiempo feliz, el edén, el paraíso, el gran jardín, en que a nadie preocupaban estos guijarros. Las piedras rojas servían también ahora para decorar sus tumbas.

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