domingo, 22 de julio de 2018

NORAI, EL 15 M Y OTRAS FERIAS DE LIBROS Y ARTESANIA


En este relato quiero contar otra historia en positivo y hablar del proyecto de integración intercultural que emprende la asociación cultural y religiosa Norai en Bilbao. Ofrece un servicio de bookcrosing o de librería gratuita, se trata de libros itinerantes y de intercambio. Además ofrece diferentes talleres de escritura, filosofía o teatro. Es lugar de oraciones para otros credos, como el mahometano. En este relato reflexiono sobre el papel de la religión en nuestra sociedad posmoderna: el nuevo cristianismo existencialista y todas las formas religiosas de la nueva era. También analizo la marginación hacía la filosofía o el mundo universitario. Por último muestro las ferias de artesanía y también el papel político del 15M Y de Podemos como renovador del cambio social. 

 


La asociación Norai tiene un local en la calle Bailén de Bilbao la vieja. La llevan dos hermanas monjas mayores. La señora Amalia esconde las arrugas de sus ojos con unas gafas de culo de vaso. Es muy bajita y algo regordeta y tiene un andar gracioso. La hermana Sofía es también bajita, de pelo canoso y aspecto bondadoso. Dos brujas buenas. Aunque lo lleve esta orden religiosa, la mayoría de profesores son ateos o agnósticos. Al entrar por la puerta lo primero que encuentras es la librería de libros gratis, pero si atraviesas un pasillo diminuto ves varias puertas. Una de ellas lleva a la sala dónde se ensaya teatro. Otra a los despachos. Y la última al cuarto dónde rezan los musulmanes y donde a veces se celebran grandes comidas comunales, recitales de poesía o diversos actos.  Bajando las escaleras llegas al almacén, repleto de libros en innumerables estanterías. Uno se pierde en este laberinto de libros y puede enamorarse de alguno de estos libros muertos que esperan ser resucitados. Te lo puedes llevar gratis y no tienes por qué devolverlo. También puedes preguntar por un libro en concreto y te lo buscan en el ordenador, archivado en una larga lista de Excel. Si quieres puedes hacer un donativo o traer los libros que acumulan polvo en tu desván y darles mejor vida. Últimamente llegan tantos libros que no les caben, ni en la librería ni en el almacén. Si es una enciclopedia antigua lo más seguro es que ni te la recojan. Pero tienen libros infantiles, de arte ilustrados, en otros idiomas, novelas rosas, de misterio… Llegan tantos que son como mensajes en botellas de náufragos que nunca serán escuchados. Me pregunto cómo se financia esta asociación pues todas las actividades que ofrecen son gratuitas. Quizá reciban algún tipo de subvención municipal. Las voluntarias que trabajan alli como dependientas de la librería no reciben ningún tipo de sueldo. Y el poco dinero que se puede conseguir se revierte en la asociación. 


Iván, el profesor del grupo de teatro aficionado, llega tarde como siempre. Se disculpa de la tardanza. Huele un poco a whisky. Me gustan las boinas bohemias que lleva a veces. Nos deja movemos por el escenario, se trata de soltarnos, de hacernos creativamente con el espacio. Sabe mucho de teatro. En Chile estudió arte dramático, se ha recorrido toda Europa con varias compañías. Al entrar le ha dado un beso en la boca a su novia, una de las voluntarias  de la librería. Nos pasa el nuevo libreto. La anterior obra fue un éxito, a pesar de que me quedé en blanco, se me olvidaron algunos diálogos y tuve que improvisar y salir como pude. «Mucha mierda», nos despide. Los integrantes del grupo abandonamos el lugar del ensayo, para dejar pasar a los marroquíes que, sentados de rodillas sobre unas mantas, rezan cara a la Meca. Se oyen todos sus rezos en una misma voz uniformada, un ruido monótono y monocorde. Me hace gracia que ayunen durante el ramadán, pero que a partir de cierta hora de la noche se abra la veda y coman carne. Me parece muy digno que aunque la asociación sea cristiana dejen espacio a otras religiones y culturas. Cenamos los de teatro en el kebab de la esquina: zumos naturales y kus kus con crema de cacahuete, nachos y arroz con pollo. 
 
Apunto los títulos de los libros que me interesan y bajo las escaleras al sótano. Allí me suele esperar Carlos el filósofo que da charlas de filosofía para el que quiera asistir. Carlos se estaba durmiendo en el sofá cuando me ha oído bajar las escaleras de madera. Escondido entre sombras, su figura se me hace hoy más decadente que nunca. Lleva una barba poblada blanca, a lo Marx, le da aspecto de sabio druida de alguna tribu celta. Bajo su nariz un poblado mostacho me recuerda al de Nietzsche. Carlos no se preocupa mucho de su aspecto físico o imagen personal. Creo que esto es algo que comparten todos los estudiantes o profesores de metafísica: en nombre de la esencia ideal descuidan su apariencia. Carlos sólo tiene tres chaquetas, las tres iguales, y cuando una se gasta se pone otra idéntica. Lleva pantalones de pana y siempre tiene un libro entre sus manos. Un sudamericano graba la conferencia de hoy en una cámara de video apoyada en un atril y me sumerjo en ella, tomando notas en mi ordenador portátil. 

 
El filósofo ha estudiado periodismo y filosofía en la Complutense, sin matricularse, en la última fila. Los profesores le invitaban a comer a casa y regalaban libros. Aquel trato personalizado con los profesores no se ha vuelto a ver en nuestras universidades. Ahora ni te escuchan un programa de radio que hayas hecho por tu cuenta para no interferir en la nota. Y te lo encuentras el cd en su despacho en el mismo sitio que lo dejaste.  El filósofo conoció a la intelectualidad de la movida, al catedrático de filosofía García Calvo expulsado injustamente de la Complutense en el tardofranquismo, aplicándole la Ley de vagos y maleantes. Solía ir Carlos en Madrid  al Manuela y al Ateneo o al círculo de Bellas Artes con matrículas de precio simbólico. Trabajó para radios entrevistando escritores y le regalaban libros las editoriales. Hasta que le dijeron que nunca más trabajaría mientras estuvieran ellos en el poder. Carlos fue a la oficina de Lanbide con un currículo hecho con sus aforismos y ambivalencias, sus reflexiones filosóficas. La funcionaría se rio de aquel extraño currículo, para luego ponerse seria. “Estos casos políticos son más difíciles de tramitar...”, dijo otro funcionario desde dentro.   

Lo que más me gustaba de aquellas clases de teatro era el descanso para fumar y conversar sobre la obra o cuando acababan las clases de filosofía y tomábamos un café en el bar de al lado. Esta asociación hace a título particular más por la cultura que muchas campañas institucionales. A veces celebran grandes comilonas. Una cazuela de arroz alimenta a toda la mesa, se van llenando los platos de plástico mientras alguien lee un poema. Conversamos sobre lo divino y lo humano. Sobre todo, de lo divino. Nunca he querido vincularme demasiado con la asociación porque su ideología de nuevo cristianismo existencialista y dios-amor no me convence. Todo aquello del comunismo cristiano, de los curas obreros de la transición, ya pasó. La new age de esta postmodernidad no puede acabar con el proyecto moderno de secularización que se enraíza en una tradición de tres siglos desde Kant o incluso anterior: en Spinoza, en los panteístas...El ateísmo es tan antiguo como la religión. Tratar de restaurar el cristianismo en estos tiempos es más una contrarreforma e involución que una revolución progre como tratan de vendérnosla. 



En esta era de acuario, de nueva aurora y sociedad liquida son muy bien venidos los chamanes, el reiki, el yoga, los santeros, los talleres de homeopatía, para llenar ese vacío que ha dejado la muerte de Dios. Si Dios no existiese habría que inventarlo, el hombre teme a la libertad, el hombre clama al cielo nuevas cadenas.. .son frases existencialistas que ahora pueblan mi recuerdo. Me cansan bastante las discusiones sobre Dios, diálogos de sordo, dialécticas sin ninguna síntesis final, debates en los que el religioso sigue pensando lo mismo que pensaba anteriormente y que al ateo no le hacen renegar de su nihilismo. Aprecio todo lo que los religiosos han ayudado humanitariamente a los más desfavorecidos, aquí o en África, pero no sé por qué tenemos que evangelizar a los pueblos, colonizarlos y considerarlos inferior culturalmente, eternos menores de edad a los que hay que convertir. Ese deseo de llevarles la religión verdadera es la misma voluntad de poder que mueve al religioso a venderte la idea de Dios como una enciclopedia en el portal. Suelo dar con la puerta en las narices a los testigos de Jehová con sus biblias mormonas. Ahora elegimos la religión como quien hace compras en un supermercado de ideologías, el budismo en oferta en la primera estantería y algo más escondido un taoísmo de marca blanca. Y así cogemos de una y de otra las partes que nos convencen y hacemos un batido multifrutas con el zen y la cienciología, lo exotérico y las flores de Bach que le dan más sabor. 

En el piso de arriba duermen varios sudamericanos y gente que no tiene dinero para pagar un alquiler. Allí te ofrecen una cama a precios simbólicos y recogen a mucha gente de la calle. Juan duerme allí. Baja las escaleras, le toca barrer la librería. Estaba cocinando algo de pasta para cenar esta noche cuando han tocado el timbre. Es Luis, que acaba de terminar su jornada en el mercado de la Ribera limpiando pescado. Madruga mucho y termina a las 4 y media, así que llega tan cansado a la residencia esta que a veces se mete en la cama directamente, aunque el estómago le esté rugiendo. Cuando despierta de su larga siesta, cena algo ligero y se vuelve a meter en la cama, porque muchas veces trabaja de madrugada en otro trabajo pluriempleado. 

En la asociación hay también un catequista, un sacerdote con mucha pluma, se nota a leguas que es gay. Cada vez que le veo me pregunto cómo conciliará su deseo sexual con su condición, si esto le hará sentir culpabilidad interior. Le gusta mucho la música de los 80. En los conciertos de Mecano y de Enrique Bunbury sacaba el mechero como si fuera una adolescente más. Ha estudiado Filosofía y letras por la Uned. En sus clases presenta a Nietzsche como el más religioso de los hombres. Bautiza todas sus enseñanzas, y nos vende al mayor de los ateos como un pecador arrepentido abrazado al cristianismo amor al final. Todo lo lleva a su terreno. A veces celebran un cine fórum con cine de autor y de misioneros y las catequesis las retransmiten por Skype y video conferencia. No suelen ir muchas personas a estas charlas y el público lo componen pirados de toda índole o amas de casa aburridas a las que les da igual si hoy les hablas de Heidegger que del misterio de la santa trinidad. Lo reciben todo con su sonrisa de querer saber más y apuntan conceptos que no entienden en sus libretas estampadas de flores. Por eso dejé de ir a estas charlas. 

Empecé a ir a esta asociación porque me regalaban los libros. Ellos lo llaman Book-crosing. Llegan más libros que los que la gente se lleva. El libro no vale nada, está devaluado, no te lo cogen ni en bibliotecas ni en rastrillos. Antes iba a la plaza nueva porque en un puesto me regalaban todos los que sobraban. Me obsesioné con los libros. Me daba pena que acabaran en la basura y los rescataba y arrastraba en bolsas hasta el desván de mi casa, en la que ya no cabían más.  Las bolsas se me iban rompiendo por el camino y parecía un viacrucis. A veces me quedaba dormido en un banco, con las bolsas rotas por el suelo.  En los puestos me pegan con la mano y me miran mal o me observan mientras apunto títulos de libros. Una vez robé uno y llevan diez años echándomelo en cara y tratándome de ladrón. Tengo derecho al olvido. Ahora me han pasado bibliotecas de libros digitales y audiolibros y me he quitado esta manía y no he vuelto a la plaza. Esos puestos de segunda mano han proliferado con la crisis.  Algunos de mis amigos vendían por Ebay o Todocolección ropas que se encontraban, pero sigo añorando los regateos con los árabes. En el mercadillo aparecía a veces la policía pues todos se robaban unos a otros. A veces tenía la sensación de que se pasaban de mano en mano el articulo hasta acabar en la bolsa de la gitana que me intentaba vender el artículo que me acababan de robar. 

 
Norai celebra ahora una comida, una marmitako, tras la charla de emprendedores. Los senegaleses cuentan cuentos, la gente recita poemas. Tocan tambores y batucadas y exhiben bailes africanos. Presentan cazuelas de arroz en esta fiesta de arroces del mundo. Hay un taller de cerámica y ganchillo y punto de cruz. Han hecho un grafiti en un mural, y dramatizan una performance contra el festival de exposiciones de arte Arco. En la jornada hay distintas ferias de artesanía, talleres de escritura creativa o de pintar oleos y una mujer presenta su colección de cuentos infantiles, políticamente correctos.  

Un día nos llevaron a un monasterio, donde nos hicieron trabajar la huerta, una especie de invernadero de plástico y nos dieron de comer gratis. Algunos africanos del grupo habían trabajado en los invernaderos de Almería y esto les parecía mucho mejor. Hacían teatro humanista, Dios aparecía como una brisa suave en la obra. Eran obras didácticas y discursos de buenísimo contra la marginación racista. Con la hermana Sofía debatí sobre la biblia y el estigma de Caín. Luego subimos al monte a ver las estrellas. Algunos del grupo habían estado en pueblos hippies ocupados, pintando en casas blancas junto al mar. Prendimos una hoguera y leíamos pasajes de los evangelios, mientras un monitor tocaba canciones religiosas en una guitarra. Acabamos la noche hablando de las ánimas.  Al día siguiente todos de resaca fuimos  a misa. Subimos al Pagasarri, y comimos en una ermita unos bocadillos. 

Solía recorrer aquel mercado medieval e iba probando las diferentes piezas de queso, salchichón y jamón que daban para probar. De repente me fijé en el vendedor de colgantes. Era peruano, de brazos prominentes y llenos de tatuajes. Vestía un pareo hippie, una especie de sabana que le cubría entero y le daba el aspecto de sacerdote de ritos extraños. Llevaba unas largas melenas desmelenadas, tenía el cuello lleno de colgantes tribales y un aspecto fiero al acercarme a él. Parecía sacado de una novela de Herman Hesse. En el puesto se repartían cerámicas y manualidades, y productos de artesanía. 

Celebraban el 15 m en la plaza del Arenal y del Arrriaga, y había repartidos varios puestos de venta. Los hippies dormían en tiendas de campaña dentro de sacos de dormir sobre esterillas. En las casetas vendían ceniceros, muñecos de trapo, colgantes y pulseras, piedras y minerales, conchas de mar, libros de segunda mano, cuadros pintados por ellos, arenas y cosas así. 

 
Nada tenía que ver con la ferie de queso y embutidos que solían poner en la plaza. O con el tradicional mercadillo de navidad. En otra de las carpas uno de aquellos hipes me lee las líneas de la mano y me predice el futuro. Me acordé de las lecturas de cartas del tarot a la que tan aficionados eran Jaro y Gilberto.  No me dijo nada que no supiera: encontraría un nuevo amor, un nuevo trabajo. Todo aquello del horóscopo y la adivinación es una superchería. No creo en la magia ni en las ciencias ocultas, ni en los fenómenos paranormales ni en la metafísica, pero no obstante robo un ejemplar de Claros en el bosque de María Zambrano. También encuentro un Cluedo en buen estado y un Risk y algún otro libro y video. ¿Este movimiento antisistema va a acabar con la maldita crisis? El Libro indignados de Hessel ha sido éxito de ventas convirtiendo a su autor en una especie de sartre de un nuevo mayo del 68. Incluso se ha comercializado una película, Libre te quiero, sobre todo esto del 15M. García Calvo con sus pareos hippis y su mujer enfundada de fulares representaban un Sartre y Simone de Beauvoir a la española. No sé si ahora con un gobierno socialista y más democrático que el anterior resurgirá otra especie de micromovida como la de Zapatero. Pero a estas alturas no confío mucho en terceras republicas. Allí les dejó a estos jóvenes, que esta noche dormirán en sus tiendas de campañas soñando con un mundo mejor, o al menos un mundo nuevo. No me planteo utopías lejanas, lo cierto es que vuelvo a casa con unos cuantos libros interesantes que me alimentarán varias noches y el estómago lleno de arroz intercultural. 

 

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