jueves, 19 de julio de 2018

RELATO DE UN EMO


Con este relato quiero hablar de las nuevas formas de familia monoparentales, de las familias desestructuradas o disfuncionales y también de las nuevas tribus urbanas como los góticos y de los problemas psicológicos en los adolescentes, así como el problema del paro.

Relato de un emo
Amanecía en la ciudad pero Tristán seguía dormido. Como la mayor parte de los adolescentes, tenía el cuarto lleno de pósteres de grupos musicales (idolatraba al grupo Nirvana) y carteles de películas. El cuarto era angosto y oscuro. La sabana tenía aún un poco de sangre, aquella noche se la había pasado haciéndose pequeños cortes en las muñecas. Era su forma de protestar contra este mundo cruel que le habían impuesto. Le gustaba ver deslizar la cuchilla por su brazo y el color rojo y vivo de la sangre. No se consideraba gótico sino emo, era un paso más, aunque no le gustaba definirse en ninguna tribu urbana. Él no llegaba a la paranoia de querer ser sirena y cortarse los pies, o ser gato y maullar en sus conversaciones. La única libertad que nos deja esta vida es el suicidio. Sí nos obligan a vivir y a morir, lo único verdaderamente fruto de la voluntad es inmolarse. Muchos se han suicidado ya en vida y siguen con sus vidas rutinarias y monótonas. Otros no se atreven a hacerlo, hay que ser muy valiente para matarse, o quizá cobarde. La vida le daba miedo a Tristán. Su infancia la había pasado en una habitación vacía, sin juguetes. Esa nada siempre le había asustado. Nunca había tenido un cumpleaños de niño normal, con padres soplando las velas y amigos comiendo patatas fritas y bebiendo coca cola en vasos de plástico. Así que cuando llegó la adolescencia le entró un horror vacui y llenó la habitación de libros, carteles, objetos que encontraba en los basureros. Se había aburrido y sentido muy solo toda su niñez en aquel cuarto que ahora había ido poblando de falsos recuerdos.
 


También había llenado su cuerpo de tatuajes, piercins en nariz y lengua y ropa negra con cadenas y esvásticas. Le asqueaba su propia desnudez aquella mañana en la ducha: Su cuerpo escuálido y flácido, su cara taciturna y melancólica. El rímel negro de sus ojos maquillados cayéndole como lágrimas bajo el agua del grifo. No le gustaban sus venas, por las que corría presa la sangre. Sus venas eran argollas en su cuerpo, mucho peores que las cadenas de hierro que ahora se ponía sobre el cuello. Le brotaba un poquito de sangre, pero no le dolía, era algo placentero. Igual que los vampiros de la serie Crepúsculo, se había enamorado de su propia sangre. Desde Drácula hasta Caza vampiros siempre ha habido licántropos que se han alimentado de la sangre de otros. Su propia madre, ya desde el cordón umbilical, le había ido chupando la sangre y la vida. Tras cada corte se echaba un poco de agua y se chupaba las heridas. Los médicos aseguraron a su madre que era una forma de llamar su atención y que le ignoraran. Realmente la madre de Tristán no había hecho otra cosa en su vida que ignorarlo.

 
Sus padres estaban divorciados, o el murió. Tampoco le importaba. No guardaba más que malos recuerdos del padre, pegándole a su madre. Su madre siempre había pasado de él, queriendo más ser su amiga que su madre, le había consentido todo. Hay otras madres sobreprotectoras que viven a través de sus hijos, proyectan su vacío en ellos y les utilizan para sentirse bien con ellas mismas, por eso las intranquiliza si el hijo se va de fiesta. Pero su madre nunca había sido así. Había aceptado su conversión a emo como una nueva locura del hijo. Fumaba maría delante suyo y a veces la compartían, el niño siempre supo que la cajita con la marihuana estaba debajo del vestíbulo. Su madre se desvivía porque saliera alguna vez de casa y quedara con amigos, como los otros chicos de su edad. Le daba igual que volviera a las 4 de la mañana con tal que estuviera acompañado. Pero Tristán se pasaba las noches solo, viendo series, un capitulo tras otro, en el Netflix, hasta que terminaba la serie o la serie acababa con él. Sólo tenía unos amigos raros, con los que a veces quedaba para jugar a rol o escenificar escenas del señor de los anillos. Los libros no cabían en su cuarto. Su madre se echaba a llorar cada vez que entraba en su habitación. A Tristán no le gustaba que entraran allí, desde niño había convertido su cuarto en un refugio. Hasta tenía un altar místico: unas velas y un cenicero en forma de luna en la que se quemaba una barra de incienso. A su madre le gustaba mucho esparcir aquellas barras aromáticas por toda la casa. Desde el día que se mudaron a este piso Tristán se encerró en su cuarto, como una bella durmiente aletargada durante cien años.

 
No salía ni para comer. Era como el insecto de la metamorfosis de Kafka, parecía que su madre le pasaba la comida por debajo de la puerta, o el artista del hambre que muere en una jaula encerrado. Jaulas de oro para un palomo cojo al que no dejaban desplegar las alas y volar. A Tristán le gustaba mucho Kafka. Su madre le llamaba para comer dándole unos golpes en la pared. Eso le molestaba, era el hechicero en su caverna, y no aceptaba visitas. A veces con sus miniaturas de las guerras de las galaxias escenificaba escenas, como las niñas pijas que juegan con barbis y casas de muñecas. De niño había querido ser mago, adivino, un Gandalf y ahora le había dado por ser escritor. Antes de dormir escribía una especie de diario con reflexiones. Varias estanterías se habían vencido por el peso de los libros de corte fantástico y de terror. El complejo de Diógenes sólo es complejo si le acompleja a uno mismo, y dejó de ser un problema cuando sustituyó los libros por los ebooks. Se trataba de que no abultase el problema, para poder enseñar el cuarto a las visitas. En los armarios tenía libros en vez de ropa, pues no le gustaba ir de compras con su madre, eligiendo por él la ropa más hippie y alternativa, él no le daba importancia a su aspecto o a su cuerpo. Vestía lo más negro que podía, para manifestar una especie de luto perpetuo con la muerte de dios y del mundo. A pesar de tener 25 años, su madre le seguía comprando la ropa como si fuera un adolescente. Pero es que seguía comportándose como un adolescente inmaduro. No tenía resiliencia o resistencia a la frustración y cualquier problema le tenía encamado durante días. No quería salir de allí ni para comer, cuando el mundo se le caía encima.
 
En su balda Sartre, Kinkegaard, Nietzsche y otros existencialistas y nihilistas no le daban una respuesta más esperanzadora. A veces se miraba en el espejo las pequeñas heridas. No le gustaba ducharse, por pereza y por no ver su cuerpo. Ni levantarse todos los días a la misma hora, ni lavarse los dientes ni afeitarse como un hombre. A veces había deseado ser mujer para no tener que hacer aquel proceso de quitarse pelo, pero el dolor del parto tampoco le convencía. Nunca tendría hijos ni traería a nadie a este valle de lágrimas sin pedirle permiso. La vida era engañarse en cada despertar, y el dormir un ensayo para la muerte. La vida era una condena a muerte prorrogada por un dios sádico que disfruta de nuestro dolor.
 
No conseguía dormir, se pasaba la noche insomne y le venían voces y recuerdos. Lo conseguía a las 5 de la mañana, su sueño era pesado y lleno de pesadillas y el despertar era aún peor, levantándose más cansado de lo que se había acostado. A veces le venían ataques de ansiedad. Los preveía cinco minutos antes, pero cuando quería darse cuenta ya estaba en medio de uno de ellos. No podía hacer nada por evitarlos. Sentía debilidad en los brazos, y otras sensaciones extrañas. No podía permanecer quieto en un mismo sitio, así que de nada servía que su madre le dijera que se relajara en el sofá o en la cama. El cuerpo le pedía la misma actividad que había tenido durante el día. Y así se removía inquieto y nervioso, sintiéndose que se moría en cada ataque, o que se hacía viejo y que llegaría un día en que no podría soportar el ataque y se tiraría por la ventana. Entonces empezaba a dar vueltas al salón y a veces por la calle, que le refrescaba un poco y le quitaba el dolor de cabeza, hasta que se le pasaba. Su respiración se aceleraba, sentía ahogarse, le flaqueaban brazos y piernas, como si se le hubieran quedado muertos. Si le daba una «noche de voces», su cabeza no paraba y le venían los vaciles, consejos e insultos de la gente como en una mala digestión.  Las palabras se quedaban dentro de su cabeza, se le pegaban al pelo como chicles, y así el runrún y comezón de cabeza le iba rayando toda la noche. Siempre eran las frases que no dijo en su momento, ya era tarde para defenderse. Pero todos aquellos mensajes negativos se le habían quedado dentro y ahora salían a flote, insultándose así mismo. Las voces eran el recuerdo de todo el bullyng que había aguantado en su colegio. A veces vomitaba por exceso de bebidas energéticas, que eran el secreto de su escritura, pues le mantenían despierto hasta la madrugada. En un estado alterado de conciencia y lleno de tabaco rubio, escribía hasta que se quedaba dormido frente al ordenador. A veces por puro cansancio ya, se dejaba caer en la cama, y su neurastenia desaparecía por extenuación. Alguna vez le había dado en un bar o en el colegio y lo pasaba doblemente mal, pues debía disimularlo hasta que ya no podía más y tenía que salir de clase.
 
Lleno de angustia y desazón, iba al bachiller de mala gana. Le habían suspendido todos los cursos que se pueden suspender. Por edad ya tendría que estar en la universidad, pero su madre había considerado más progresista llevarle a una escuela de educación especial, ante sus deficiencias académicas y malas notas en la escuela. Allí le trataban como a un tonto, le hacían leer libros del barco de vapor y no le enseñaban nada. Aprendía cosas prácticas como hacer carpintería o poner tornillos, porque habían dado por supuesto que no servía para estudiar. 

 
Dudó esa mañana levantarse o no, apurando un segundo de pesadilla. El más mínimo esfuerzo cómo echarse jabón le hastiaba. Quería que le salieran alas y emerger al mundo de las ideas y renunciar a las tareas escatológicas o inmanentes. Su estómago contradecía esos deseos de ser etéreo y los callaba comiendo algún pincho a la salida de una conferencia sobre Mundo disco o Harry Potter. Dormía con la ropa puesta para ahorrarse el vestirse. En la cocina, un zumo y soledad. Había ido a la oficina del paro por contentar a su madre, pero en el ordenador sólo aparecían trabajos de camarero y otras cosas para las que era un negado. Había que eliminar las que pedían idioma, carné de conducir o título. A cambio de enseñarle a hacer un currículo, le obligaron a apuntarse a un montón de cursos sin sentido. Cuando hablaba con la funcionaria de Lanbide esta le miraba de arriba sus pintas, sus cadenas y sus ropas de Adán y después de explicarle los trabajos a los que podía optar apostillaba; «pero lo importante es querer trabajar» Estaba harto de que le llamaran vago. Le obligaron a ir a una asociación de inserción laboral. En el curso básico de informática y ofimática le enseñaron a usar el office y a escribir en Word. En las de economía a hacer balances, el pasivo inmueble, el activo.... Pero enseguida pasaron de hablarle de otros números: los que montaba Ruiz Mateos vestido de Superman para llamar la atención de la prensa sobre el cierre de sus empresas. Era raro dar eso en una clase de economía. Tristán se aburría de tanta estadística. Las clases eran peor que las de su colegio de educación especial. El colegio progresista era laico, pero allí también le daban clase de comportamiento cívico. Una profesora argumentaba que a un niño hay que educarle con una buena ostia a tiempo. Y él se avergonzaba secretamente de su excéntrica madre y de la educación sentimental que había recibido, tan al gusto de los románticos. A veces contestaba a la profesora con aquel poema de Kalhi Gibran; tus hijos no son tus hijos, son hijos de la vida...Y entonces la señora le respondía: «Como se nota que no has tenido hijos, cuando los tengas me darás la razón» No estaba entre los planes de Tristán tener hijos.
 
Tristán jamás había tenido novia ni novio. Se concebía así mismo como un ser asexuado, sin género, y eso conllevaba cierta austeridad y estrechez o frigidez sexual. Cuando alguien le tocaba se apartaba con rechazo. Él era un duro y le molestaban los besos pegajosos de su madre, que olían a porro. A veces esta le había propuesto salir juntos de fiesta. Se la imaginaba de la manita como si fuera un retrasado. Ella lo hacía para sacarle de casa, y porque no se fiaba de sus extraños amigos. Pero Tristán de mayor no sería ese tipo de solterón que toma cafés con su mamá. Tristán tampoco tenía amigos. En aquella cuadrilla de frikis que habían formado, ninguno estudiaba ni trabajaba. Eran lo que se dice unos «ninis». Sólo decían estupideces o comentaban series. Todos tenían la cara pálida, como las damas mojigatas del romanticismo inglés, como las de los mimos que edifican cárceles imaginarias a la salida del corte inglés, payasos tristes.
 
Tristán a la salida del colegio especial y de los cursos del Inem, se acostumbró a ir a conferencias y presentaciones de libros de fantasía. Trascribía algunas de esas charlas al ordenador, para que perdurara y no se perdiera, a fuerza de trascribirlo algo se le quedaría. Algunas ya las veía por streming desde su ordenador y así no tenía que molestar a todas aquellas señoras con su tecleo impertinente. Tampoco se perdía un festival de cine, ya fuera de cine fantástico, gore, o de series o videos de YouTube. Entraba gratis a los museos con su carné de parado. Y así se fue conformando una vida cultural que le mantenía por unas horas alejado de su ordenador. Esto agradó a su madre, que ya pensaba que su hijo tenía el corazón frio, hecho de silicio, o que una manzana de Macintosh se lo había sustituido, como al hombre de hojalata. Tristán se escribía en la mano cosas que quería recordar porque así no se le olvidaba: títulos de pelis o libros que le recomendaban los frikis de su grupo. Sólo pisaba su casa para encerrarse en el cuarto con el ordenador a ver videos, series, escribir o bajarse películas por el Emule. El ordenador se había convertido en parte de sí mismo y el ratón era ya una extremidad más de su cuerpo.

 
Aquella noche iba a ser especial. Se celebraba la clausura del festival de cine gore Caostica en el monte Artxanda. Habían dejado mascaras para que la gente se pusiera y había barra libre de cervezas. Tristán se puso una careta de Jocker, y mientras veía los cortos de terror y cine fantástico imaginó hacerse con una sierra eléctrica y provocar una masacre en aquel evento. Se haría una careta de pieles humanas. Después de las películas entregaron unos premios, y lo grabó todo con su móvil. Algunos cineastas y actores de los cortos conversaron con los asistentes. La noche acabó haciendo una pequeña hoguera en la ladera. Leyeron cuentos góticos de vampiros. Les metieron miedo: en aquel monte, aislado del resto de Bilbao, cualquier asesino podía descuartizarles, sin que nadie se enterara. Aquellas historias para no dormir no asustaban en absoluto a Tristán. Su vida había sido el peor relato de terror que se puede contar ante la lumbre. Se acordó del macarra de su padre, siempre borracho o ausente, se largaba a Marruecos sin decir nada y volvía con una bolsa llena de marihuana. Pero no quería dedicarle ni un segundo de su recuerdo.  

 
Aquella fogata le recordaba a las que hacían los monitores en los campamentos scout a la que su madre le obligó a ir, obsesionada con que hiciera amigos. Asaban patatas, chistorras, y a veces saltaban el fuego como en las sanjuanadas o en las fiestas de san Roque. Era verano. Posiblemente hoy fuera San Juan. La luna brillaba llena en una noche sin estrellas. En aquellos campamentos solían subir a una explanada a contemplar astros: el cinturón de Orión, las constelaciones de la osa mayor y menor, Leda, o la estrella polar que venía del ártico y había iluminado el portal de belén y guiado a los reyes magos. Tristán contemplaba el cielo vacío esa noche. No había estrella a la que pedir un deseo. Él seguía su propia estrella, pero sólo había sido un estrellado en la vida. La luna convertía en lobos a los hombres aquella primera noche del verano. A Tristán le hubiera gustado quemar todos sus libros de reinos mágicos y crónicas de Nardia en una pira común y empezar de nuevo. También le hubiera gustado que le salieran colmillos y chuparles la sangre a todos, bajo el amparo de la luna cascabelera de los lunáticos. Tristán quería arder con las llamas y sentir cómo su cuerpo se quemaba y se purificaba hasta llegar al cielo. El fuego purifica el alma. Y entonces todos danzarían en un aquelarre y orgía dionisiaca hasta el amanecer. El demonio le señalaría con su pezuña y le sacaría de su infierno, el de los otros. Nada de todo esto pasó, solo eran las fantasías de un gótico que daba miedo con sus cadenas, pero que ahora se había quedado dormidito como un niño bueno en el calor de la noche de verano. Otra pesadilla: los otros niños le pegaban con el palo de freír chorizos y avivar la hoguera scout.
 



No hay comentarios:

Publicar un comentario