miércoles, 15 de noviembre de 2017

SERGIO RAMIREZ

Sergio Ramírez es el mayor de los cuatro autores. Nace en el 42 en Nicaragua, en Masatepe. Es una figura central de la literatura centro latinoamericana. Es novelista e intelectual comprometido políticamente. Estudia derecho allí. Pertenece a la generación de la autonomía que no sé si tendrá que ver el nombre con la descolonización con EEUU. De allí preceden la mayoría de líderes de la revolución sandinista. Se exilio en Costa Rica. En 1964 con 22 años ocupó puestos importantes en la universidad. En el 69 es presidente de la conferencia de universidades americanas. Crea hasta una editorial universitaria. Vivió varios años en Berlín. En el 75 volvió a Costa Rica a incorporarse en el frente sandinista y en el 79 fue la revolución. En el 78 vuelve a Nicaragua desafiando la orden de prisión del dictador Somoza. Fue buen recibido, aunque seguía la dictadura, hubo manifestaciones populares a recibirle. Fue un eximio exiliado que, al volver, como todos los exiliados, no reconocía al país. Llegó a ser vicepresidente de Nicaragua en el gobierno sandinista del 79 al 90, en que democráticamente perdieron los sandinistas. Fue jefe de filas del frente en la oposición del 90 al 94. Dimite y abandona el sandinismo. Daisy Zamora fue vicepresidenta de cultura. Todos fueron abandonando desencantados por el cáliz del frente. En 2007 publica “adiós muchachos”, libro de memorias de la revolución. Tiene dos partes diferenciadas. El primer tomo es el entusiasmo y alegría por la revolución y la toma de poder de los sandinistas y la huida de Somoza. Hacían campañas de alfabetización y trasformaban los cuarteles militares en escuelas. Hicieron una expropiación de tierras a Somoza y las haciendas de su corte alrededor beneficiando a la gente sin recursos y pocos ingresos. En el corazón de los políticos surge de nuevo la semilla de poder, la voluntad de poder que corrompe como el anillo de Frodo o de los Nibelungos. En el frete sandinista se produce la piñata. Nicaragua era propiedad de la corte de Somoza. La devolución al pueblo de sus teirras se fue tiñendo de una corrupción política que barría para casa. Esto provoco un lucro personal de los sandinistas por las riquezas expropiadas. Él lo denuncia. La segunda parte del libro es de absoluta tristeza, y cuenta el descalabro de esta revolución y república. Parecida a la segunda república española.  Luego se produce una ascensión lenta de Daniel Ortega al poder. Ese frente sandinista que actualmente gobierna poco tiene de socialista y mucho de liberal y corrupto y es criticado por Cardenal, o por Sergio Ramírez. De hecho, le apoya a Ortega la jerarquía eclesiástica que antes le criticaba. Es un reflejo del poder de los ricos en Latinoamérica que tiene el mayor número de multimillonarios y de desigualdad ricos y pobres. Sergio Ramírez en Nicaragua desde hace 5 años organiza un festival literario centroamericano que se celebra en Managua en verano, centrado en escritores latinos y de otros lugares. Tiene concurrencias masivas. El gobierno no lo apoya en absoluto. Su novela más conocida es Margarita está linda la mar, título que saca del famoso poema de Rubén Darío. Tiene otras novelas; tiempo de fulgor, le dio miedo la sangre, castigo divino, clave de sol, un baile de máscaras, o ya nadie llora por mí. Cultiva el género de la novela negra. En una última entrevista de octubre comenta que el protagonista es un policía, Dolores Morales (los hombres allí reciben nombres femeninos como Dolores Asunción o Mercedes), a muchos se les lama con nombres de la virgen y sus devociones e invocaciones. Sus personajes son simbólicos. Él mismo ha dicho que debería apellidarse “placeres” en vez de dolores. Placeres físicos. Su protagonista es el típico hombre duro o policía de novela negra, viene de la revolución sandinista y está desencantado con el país con el que critica la revolución sandinista o la corrupción actual. Cumple con su labor de policía a pesar de su veteranía. Esta desencantado del mundo y es una metáfora de los nicaragüenses y el retrato de su actual política. Hay corrupción, clientelismo, nuevos ricos... la novela negra es un género interesante porque sirve para denunciar los entresijos del país, sacar muertos políticos, denunciar la tortura. En la revista Forges de multimillonarios dicen que es el país centroamericano con mayor número de multimillonarios. Es dinero fácil a la sombra de un régimen injusto que convive con extremadas tasas de pobreza. El autor tiene un blog literario; el boomerang. Allí escribió este artículo, “viaje desde una silla”
  
Viaje desde una silla  Sergio Ramírez
            La literatura no deja de ser nunca un viaje que se inicia en la primera página de un libro, y se llega a puerto al cerrar ese libro. Y hay grandes libros que cuenta la historia de un viaje. Los nueve libros de la historia, de Herodoto, para empezar. En tiempos de este historiador, cronista, periodista, y por fuerza novelista, no era posible distinguir entre historia y narración. Ni siquiera era posible separar de la fábula el relato de verdades.
Frente al vacío y la oscuridad que representan lo desconocido, el amor a la verdad objetiva ha sido siempre un deber, y la imaginación una tentación: la rigurosidad en la selección de los datos, de un lado, y la libertad de suponer, del otro. Es lo que diferencia al novelista del periodista, aunque sean los mismos dedos los que tecleen para crear una crónica que cuenta verdades, o una novela que cuenta mentiras  
 Heródoto probó que se necesitaba curiosidad para el oficio. Esa curiosidad no podía ser saciada sin echarse a navegar, y a andar. Lo extraño comienza más allá de las fronteras. Es la avidez por saber acerca de lo desconocido lo que da sentido al viaje. Y lo que nos pone en camino.
Homero relata no un viaje propio sino ajeno, el de Ulises de regreso a Ítaca, su anhelada patria, al terminar la guerra de Troya. Virgilio cuenta el viaje de Eneas, derrotado en esa misma guerra, hacia su nueva patria, que será Roma. Cervantes nos cuenta el viaje de don Quijote por los campos de la Mancha; en realidad no uno, sino dos viajes, uno por cada parte del libro. Un viaje de ida y regreso, ambas veces.
           Y es lo que hará Joseph Conrad más tarde, un escritor que antes fue marinero en barcos mercantes, tentado siempre por lo desconocido, tentación que lo lleva hasta las profundidades del alma humana, como en su novela El corazón de las tinieblas, que cuenta la historia de un viaje por un río africano, Marlow e busca de Kurz, un río que viene a ser como el Hades, maldad y oscuridad.
O el capitán Abab en busca de Moby Dick, la ballena blanca, en la novela de Herman Melville, que es también demoniaco, por obsesivo, tanto que sólo puede terminar en  catástrofe, en derrota y en muerte. Siempre travesías malditas hacia lo desconocido.
Los viajes así contados están siempre llenos de interrupciones. En los accidentes, en los obstáculos para llegar, está la historia. La consabida frase final de los cuentos "y vivieron felices para siempre" indica el cierre de un relato lleno de peripecias que hemos seguido con desazón, y a la vez la apertura de otro que ya a nadie interesa, y que ocurre fuera de las páginas del libro donde lo que hemos buscado, y encontrado, son los obstáculos.  Si Ulises y Penélope vivieron juntos una ancianidad feliz, es algo que nadie contará, porque nadie quiere oír una historia sin sobresaltos.
Pero el viaje de don Quijote se diferencia del de Ulises y del de Eneas, en que ellos quieren llegar cuanto antes a su destino; Ulises ansía ver su patria después de años de ausencia, encontrar a su mujer, a su hijo, cansado de la guerra, y no quiere aventuras, sino regresar a la vida doméstica. Son las aventuras las que se le interponen en contra de su voluntad, y lo atrasan durante diez años, lo mismo que duró la guerra de Troya.

            Al contrario, don Quijote sale a buscar las aventuras, quiere hallarlas, son la razón de ser de su viaje, y cuando no las encuentra, las crea en su cabeza. Ulises tarda en llegar a su destino porque los acontecimientos indeseados no lo dejan. Don Quijote cabalga en busca de acontecimientos deseados. Si las aventuras no le salieran al paso, su viaje sería un fracaso.
Según García Márquez en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción, la certeza de creerse la propia mentira y contarla con toda naturalidad. Convertir lo extraordinario en ordinario, darle certeza a lo falso. Es la manera de contar de Herodoto, y la de Homero, y la de Cervantes. Contar con naturalidad, contar con naturaleza.
Nadie más mentiroso que Ulises, verdadero maestro en ardides. Nunca sabremos si todo lo que cuenta por su propia boca es una invención suya, o una invención de Homero. Siempre le está ocurriendo lo insólito, y de allí sus constantes atrasos en llegar a su destino.  Pero si inventó él mismo a las sirenas con su melodioso canto mortal, nunca dejará de creer que es cierto. Es la condición esencial del mentiroso.
Lo que a nosotros nos parecen dislates y exageraciones, para don Quijote son la normalidad de la vida que le toca vivir. Si no creyera, dejaría de existir, y su mundo extraordinario desaparecería. Es lo que al final termina ocurriendo. La cordura lo mata. Es decir, la mediocre realidad a la que regresa ya curado de fantasías lo mata.          
Porque, ¿qué es La Mancha sino un árido territorio rural donde nada asombroso pueda esperarse que acontezca? Es el mundo real de Sancho, donde las mozas rústicas huelen a ajo y dan de comer a los cerdos, las mismas que para don Quijote son princesas que si lucen así, sucias y en harapos, es porque se hallan bajo encantamiento. De lo contrario, el viaje no valdría la pena. Sería un viaje sin sorpresas. Salir de un mundo que de maravilloso pasa a ser prosaico es una decepción y una derrota.
Toda lectura es un viaje, un viaje desde una silla que nos lleva a lo desconocido, por arenas ardientes de desiertos ignorados, por mares procelosos, por río que son como del infierno, y aún por los aires sin entramos en las páginas de Las mil y una noches. Pero siempre regresaremos de ese viaje mejor de lo que éramos cuando lo emprendimos. 

Homero, que inventa las sirenas, se las cree. Esa es la función de la literatura; hacer verosímil una ficción, hacernos creer una mentira. No interesa una vida serena, buena, sino vidas enrevesadas, literarias, aunque sean mentira. Y es lo que hace Sergio Ramírez en esta novela, está linda la mar.
La novela está la linda la mar trascurre en dos atmosferas o espacios en la misma ciudad, pero en distinto tiempo. En 1907 en la ciudad de León, capital cultural del estado, donde nació Rubén Darío, le han hecho un homenaje un poeta. Escribió Darío en el abanico de una niña un poema. Años después, 50 años después, en 1956, en el café y tertulia reconstruyen su leyenda. Somoza viene a esta ciudad con su esposa Doña Salvadorita y sufre el dictador un atentado en 1956. L novela habla de dos épocas distantes y de la conspiración que traman contra la dictadura. Organizan el atentado. El dictador va al restaurante después del mitin y hay un bailoteo. Rafa parrales es uno de los policías típicos de allí que velan en la puerta por la seguridad del dictador. Los policías se hablan entre ellos al oído. Dentro de la fiesta bailan eléctricamente y el dictador saca a bailar a una alumna de mecanografía. Que rico el mambo. Hay risas y silbidos. Platos de pastelitos. Aparece como personaje una ayudante de pastelería de 22 años. Rigoberto la toma de la cintura y las parejas bailan en el salón de espejos. Suena; me importas tú y nadie más que tú. En la mesa presidencial reanudan conversaciones cuando el bolero acaba. Somoza entre el humo de su cigarrillo se frota su rostro pecoso y arrugado. Hay policías con el uniforme almidonado de la marina, llevan dos fusiles. El dictador echa el pitillo en el cenicero. Y bebe un black and white. Cantan no puedo con ella. La chica que saca a bailar el dictador juega a hacerse de rogar y despreciarle. La toma por el talle y agita sus brazos como maracas. De repente la chica le dispara. Todos corren derribando los atriles y caen los objetos de la mesa, el biombo y hay gritos y un charco de sangre. Se van todos corriendo y solo queda la primera dama que sostiene a su marido bañado en sangre. Llaman a la ambulancia. Que no salga nadie. La multitud se agolpa en la puerta. Caen zapatos, carteras. Todos quieren salir. Allí muere Somoza y lo suceden sus dos hijos, que también son Anastasio Somoza.

 

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