jueves, 10 de agosto de 2017

SUICIDIO DE LUNA



“Ella se asomó a la ventana, apoyó la frente en el cristal, observó la acera casi desierta y, soltando un largo suspiro, pensó que de aquel día no pasaría…
Era el día señalado. Los gatos amarillos ladraban en los cubos de basura. Los poetas sonámbulos leían bajo la luna, que caía sobre la ciudad y se reflejaba en la ría. La contaminación de la ciudad era en realidad polvo de hadas. Un unicornio halado volaba sobre los tejados. En la azotea de su casa, ella lloraba, con los puños sosteniendo su cabeza. Desde la ventana lo espiaba todo; los gritos del mercado y su olor a sardinas, el tráfico de los coches (elefantes de la jungla urbana), el humo de fábricas y chimeneas. Ella se dejaría caer, y no sentiría nada, un poco la impresión y nada más. Abriría la ventana y volaría, en brazos de Peter Pan, como un hada volátil por su nube mágica. La ventana era el mirador de las efímeras estrellas, diadema de estrellas muertas. Volaría con sus alas de cera de Ícaro y besaría el azabache de la noche, hasta derretirse con los rayos del sol que queman la mañana. Y caería en el dédalo, en el laberinto, en el juego de espejos y puertas cerradas que es la muerte. Al fondo del cuarto hay un ovillo con el que juega el gato. El ovillo es el cordón umbilical entre su madre y ella. El ovillo es también el hilo que la ha permitido salir siempre ilesa del laberinto de Ariadna y Teseo. El dédalo de Ícaro. Pero el mino tauro la ha devorado, imposible escapar. Su cara esta pálida, tiene ojeras y cara de ángel caído.  La ciudad es una bola de nieve que al agitarse se llena de copos. Una esfera de cristal, aislada del resto del mundo. Ella  conoce todos los movimientos de los ciudadanos. Camina sin rumbo por la ciudad y entra al pulmón verde del parque, que es un gigante que sopla vendavales de hojas. Se mecen los árboles, se espantan las palomas.   En el parque hay videntes, cantautores, parejas de enamorados, un vendedor de globo. Y el silencio enmudecido de la noche. Deambula por las ruinas de este pueblo fantasma. Hoy la Luna brilla y no sé si en Norta se respira mejor.
Abrazaría la noche como al fantasma de una madre ausente. Estaba tan unida a ella, que ahora, ante su muerte, se sentía más que huérfana; naufraga. Sobre su cama, el álbum de fotos. Las fotos de su madre, amarillentas. Su madre dejó un día de comer y se dejó envolver por la pena. No la mató la edad, la mató la fobia al tiempo, pues el tiempo perdido siempre nos acaba encontrando. Ella la cuidó toda su vida, desde que enfermó y se jubiló. Se recriminaban la una a la otra su soledad y se herían como única forma de demostrarse cariño. La existencia de la una se justificaba sabiendo que la otra seguía la misma suerte. La madre era un cadáver viviente, por piernas tenía huesos y las moscas la rondaban en las tardes calurosas como aves carroñeras ante una muerta en vida. Un sol de justicia y un verano de infierno, y en el invierno peor, porque se le congelaba la nariz. Y ella la peinaba su escaso pelo disimulando su incipiente alopecia. Y la echaba perfume como se arroja estiércol a la tierra yerma. ¿Qué sentido tenía todo esto, maquillar a una moribunda? Sola, siempre sola, cuidó de su madre.
Luego la llevaron al hospital y allí rezaron juntos a los ángeles de las esquinas de la cama. Tenía que cuidar de su madre pero era la madre la que cuidaba de ella. Ella robó un paquete de cigarros de un cajón que habían dejado los enfermeros. Sonó la alarma, los enfermeros se la echaron encima por robar el tabaco. Salió a la calle sonámbula,  fantasma.
Ahora sólo lleva un camisón que trasluce sus pechos. Un ángel vigila su vigilia. Oye el camión de la basura. Se erizan sus pezones al sentir el aire penetrándola y dándola un gélido beso en la nuca. Abre la ventana y entra la brisa del norte. Y bosteza mientras se apagan las luces de las farolas y últimos bares abiertos.  Es la diosa del Olimpo que espía a los mortales de su barrio y las cotillas de la portería. Su boca quiere comerse a la luna. Se aferra a su almohada, como una niña que al oír su nana se duerme.  Ha creído escuchar la voz de su madre desde el mismo báratro. Pronto va amaneciendo y el sol clarea su pelo rubio. El balcón del ático está lleno de musgo y enredaderas. Todo parece un cuento de hadas pero un cuento gótico, siniestro. Le gusta mirar por la ventana, pues más allá del trastero el cielo la pertenece.
Al fondo del ático está su cama turca Sus largos brazos abrazan sus piernas, y así puede pasarse horas mirando musarañas.  Ella parece tan indefensa así dormida como una muñeca deshilachada de posguerra. Me gusta mirarla así, porque solo durmiendo se la disimulan un poco los hoyuelos de los mofletes y las ojeras cobran de nuevo color. Es bonita, con sus labios de fresa sonrojada pegados a un desierto de piel clara y pálida. Su cara sería la de un ángel de niña, pero ahora recuerda más a un fantasma, que solo vive de noche, arrodillada junto a su ventana. Hasta que, sin pensarlo, se deja caer.

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