sábado, 24 de marzo de 2018

DAVID GROSSMAN


David Grossman nace en Jerusalén en el 54 y es el más joven de todos. Estudia filosofía y teatro en la universidad hebrea. Se acerca al principio a la literatura infantil. En el 83 escribe su primera novela para adultos la sonrisa del cordero. Ha trabajado para la radio estatal israelí. Fue despedido porque su cadena de radio no puso como primera noticia la declaración de Josef Arafat reconociendo al estado de Israel y protestó hasta que le echaron. Se enteró por la prensa que le habían despedido. Ha sido traducido a muchos idiomas y ha recibido muchos premios. Sus obras han sido llevadas al cine por directores israelís (alguien a quien comer, libro de gramática interna o el chico zigzag y la sonrisa del cordero) El teatro Baracaldo ha puesto ahora cuatro películas seguidas israelís. Es un activista por la paz y en la segunda guerra del Líbano en 2006 dio una conferencia de prensa cerca del campo de batalla. Los tres narradores israelís son pacifistas. Pidió al gobierno que parara el fuego. Los israelís atacaban desde ahí, e invaden la zona. Pide al gobierno israelí que deje la invasión y pide el alto el fuego y las negociaciones. Su hijo mediano murió a los 20 años en la guerra, dos días después de que estos tres escritores israelís denunciaran la invasión de Israel. Su hijo fue alcanzado por un misil pues era director de tanques. El escritor no vive en Jerusalén ni en Tel Aviv sino en un pueblo a las afueras de Israel. Escribió la sonrisa del cordero en el 83, bésame amor en el 86 (e la que aparece el personaje del polaco Bruno Schulz), el libro Gramática interna en 2001, el chico zigzag en el 94, tu serás mi cuchillo en el 98, llévame contigo en el 2002, la memoria de la piel 2003, y la vida entera, mas allá del tiempo, delirio, el abrazo o gran cabaré. Todas están en castellano, en la editorial Tusquets y Seix barral. Ha recibido el premio booker a la mejor novela no inglesa en 2014. Es autor de los ensayos presencias ausentes, la mente como forma de vida, la miel del león y escribir en la oscuridad


Cuenta que cuando su hijo dijo su primera palabra, luz, estaba feliz porque el niño se hubiera desarrollado sano y normal pero inquieto por el nuevo mundo al que el niño se enfrentaba al poder nombrar las cosas. Sintió tristeza. Hay diferentes luces, la que se derrama en el cristal del vaso, la que se desliza por la ventana y todas esas luces serán olvidadas por el niño al disponer de una palabra para nombrarlas. Eran luces a las que se disponía antes de poder nombrarlas. Es la importancia y la miseria negativa del lenguaje. Las palabras son etiquetas que no reflejan y que nos hacen olvidar la realidad. escribió una carta cuando su hijo murió en la guerra del Líbano.

 




Carta de David Grossman a su hijo, muerto, Uri Grossman

Mi querido Uri:

Hace tres días que prácticamente todos nuestros pensamientos comienzan por una negación. No volverás a venir, no volveremos a hablar, no volveremos a reír. No volverá a estar ahí, el chico de mirada irónica y extraordinario sentido del humor. No volverá a estar ahí, el joven de sabiduría mucho más profunda que la propia de su edad, de sonrisa cálida, de apetito saludable. No volverá a estar ahí, esta rara combinación de determinación y delicadeza. Faltarán a partir de ahora su buen juicio y su buen corazón.

No volveremos a contar con la infinita ternura de Uri, la tranquilidad con la que apaciguaba todas las tormentas. No volveremos a ver juntos Los Simpson o Seinfeld, no volveremos a escuchar contigo a Johnny Cash ni volveremos a sentir tu fuerte abrazo. No volveremos a verte andar y charlar con tu hermano mayor, Yonatan, gesticulando con ardor, ni volveremos a verte besar a tu hermana pequeña, Ruti, a la que tanto querías.

Uri, mi amor, durante tu breve existencia todos aprendimos de ti. De tu fuerza y tu empeño en seguir tu camino, incluso aunque no tuviera salida. Seguimos, estupefactos, tu lucha para que te admitieran en los cursillos de formación de jefes de carros de combate.

No cediste a la opinión de tus superiores, porque sabías que podías ser un buen jefe y no estabas dispuesto a dar menos de lo que eras capaz. Y cuando lo lograste, pensé: he aquí un chico que conoce sus posibilidades de manera sencilla y lúcida. Sin pretensión, sin arrogancia. Que no se deja influir por lo que dicen los demás de él. Que saca la fuerza de sí mismo. Desde que eras niño, eras ya así.

Vivías en armonía contigo mismo y con los que te rodeaban. Sabías cuál era tu sitio, eras consciente de ser querido, conocías tus limitaciones y tus cualidades. Y, la verdad, después de haber doblegado a todo el ejército y haber sido nombrado jefe de carros de combate, se vio claramente qué tipo de jefe y de hombre eras. Y hoy oímos hablar a tus amigos y tus soldados del jefe y el amigo, el que se levantaba antes que nadie para organizar todo y que sólo se iba a costar cuando los otros ya dormían.

Y ayer, a medianoche, contemplaba la casa, que estaba más bien desordenada después de que cientos de personas vinieran a visitarnos para ofrecernos consuelo, y dije: tendría que estar Uri para ayudarnos a recoger.

Eras el izquierdista de tu batallón, pero te respetaban porque mantenías tus posiciones sin renunciar a ninguno de tus deberes militares. Recuerdo que me habías explicado tu "política de controles militares" porque tú también habías pasado bastante tiempo en esos controles. Decías que, si había un niño en el coche que acababas de detener, lo primero que hacías era tratar de tranquilizarle y hacerle reír. Y te acordabas de aquel niño, más o menos de la edad de Ruti, y del miedo que le dabas, y lo que él te odiaba, con razón. Pese a ello, hacías todo lo posible para facilitarle ese momento terrible, pero siempre cumpliendo tu deber, sin concesiones. Cuando partiste hacia Líbano, tu madre dijo que lo que más temía era el "síndrome de Elifelet". Teníamos mucho miedo que, como el Elifelet de la canción, te lanzases en medio de los disparos para salvar a un herido, de que fueras el primero en ofrecerse voluntario para el reabastecimiento de las municiones largo tiempo agotadas. Temíamos que allí en El Líbano, en esta guerra tan dura, te comportases como lo habías hecho toda la vida en casa, en la escuela y en el servicio militar, que te ofrecieras a renunciar a un permiso porque otro soldado lo necesitaba más que tú, o porque aquel otro tenía una situación más difícil en su casa. Para mí eras un hijo y un amigo. Y lo mismo para tu madre. Nuestra alma está unida a la tuya. Vivías en paz contigo mismo, eras de esas personas con las que uno se siente bien. No puedo ni decir en voz alta hasta qué punto eras para mí "alguien con quien correr" (Nota: título de una de las últimas novelas de David Grossman). Cada vez que volvías de permiso, decías: ven, papá, vamos a hablar. Normalmente, íbamos a sentarnos y conversar a un restaurante. Me contabas un montón de cosas Uri, y yo me enorgullecía y me sentía honrado de ser tu confidente, de que alguien como tú me hubiera escogido.

Recuerdo tu incertidumbre, una vez, por la idea de castigar a un soldado que había infringido la disciplina. Cuánto sufriste porque la decisión iba a indignar a los que estaban a tus órdenes y a los demás jefes, mucho más indulgentes que tú ante ciertas infracciones. Castigar a aquel soldado, efectivamente, te costó mucho desde el punto de vista de las relaciones humanas, pero aquel episodio concreto se transformó después en una de las historias fundamentales del batallón, porque estableció ciertas normas de conducta y respeto a las reglas. Y en tu primer permiso me contaste, con un tímido orgullo, que el comandante del batallón, durante una conversación con varios oficiales recién llegados, había citado tu decisión como ejemplo de comportamiento por parte de un jefe.

Has iluminado nuestra vida, Uri. Tu madre y yo te criamos con amor. Fue muy fácil quererte con todo nuestro corazón, y sé que tú también viviste bien. Que tu breve vida fue bella. Espero haber sido un padre digno de un hijo como tú. Pero sé que ser el hijo de Mijal quiere decir crecer con una generosidad, una gracia y un amor infinitos, y tú recibiste todo eso. Lo recibiste en abundancia y supiste apreciarlo, supiste agradecerlo, y no consideraste nada de lo que recibías como algo que te fuera debido.

En estos momentos no quiero decir nada de la guerra en la que has muerto. Nosotros, nuestra familia, ya la hemos perdido. Israel hará su examen de conciencia, y nosotros nos encerraremos en nuestro dolor, rodeado de nuestros buenos amigos, arropados en el amor inmenso de tanta gente a la que, en su mayoría, no conocemos, y a la que agradezco su apoyo ilimitado.

Me gustaría mucho que también supiéramos darnos unos a otros este amor y esta solidaridad en otros momentos. Ese es quizá nuestro recurso nacional más especial. Nuestra mayor riqueza natural. Me gustaría que pudiéramos mostrarnos más sensibles unos con otros. Que pudiéramos liberarnos de la violencia y la enemistad que se han infiltrado tan profundamente en todos los aspectos de nuestra vida. Que supiéramos cambiar de opinión y salvarnos ahora, justo en el último instante, porque nos aguardan tiempos muy duros.

Quiero decir alguna cosa más. Uri era un joven muy israelí. Su propio nombre es muy israelí y muy hebreo. Era un concentrado de lo que debería ser Israel. Lo que está ya casi olvidado. Lo que muchas veces se considera casi una curiosidad.

A veces, al observarle, pensaba que era un joven un poco anacrónico. Él, Yonatan y Ruti. Unos niños de los años cincuenta. Uri, con su absoluta honradez y su forma de asumir la responsabilidad de todo lo que sucedía a su alrededor. Uri, siempre "en primera línea", con el que se podía contar. Uri, con su profunda sensibilidad respecto a todos los sufrimientos, todos los males. Con su capacidad para la compasión. Una palabra que me hacía pensar en él cada vez que me venía a la mente. Era un chico que tenía unos valores, ese término tan vilipendiado y ridiculizado en los últimos años. Porque en nuestro mundo loco, cruel y cínico, no es "cool" tener valores. O ser humanista. O sensible al malestar de los otros, aunque esos otros fueran el enemigo en el campo de batalla.

Pero de Uri aprendí que se puede y se debe ser todo eso a la vez. Que debemos defendernos, sin duda, pero en los dos sentidos: defender nuestras vidas, y también empeñarnos en proteger nuestra alma, empeñarnos en protegerla de la tentación de la fuerza y las ideas simplistas, la distorsión del cinismo, la contaminación del corazón y el desprecio del individuo que constituyen la auténtica y gran maldición de quienes viven en una zona de tragedia como la nuestra. Uri tenía sencillamente el valor de ser él, siempre, en cualquier situación, de encontrar su voz exacta en todo lo que decía y hacía, y eso le protegía de la contaminación, la desfiguración y la degradación del alma.

Uri era además un chico divertido, de un humor y una sagacidad increíbles, y es imposible hablar de él sin mencionar algunos de sus "hallazgos". Por ejemplo, cuando tenía 13 años, le dije: imagínate que puedas ir con tus hijos un día al espacio, como vamos hoy a Europa. Y él me respondió sonriendo: "El espacio no me atrae demasiado, en la tierra se encuentra de todo".

En otra ocasión, en el coche, Mijal y yo hablábamos de un nuevo libro que había despertado gran interés y estábamos citando a escritores y críticos. Uri, que debía tener nueve años, nos interpeló desde el asiento de atrás: "¡Eh, Ustedes, los elitistas, recuerden que llevan detrás a un inculto que no entiende nada de lo que dicen!".

O, por ejemplo, una vez que tenía un higo seco en la mano (le encantaban los higos): "Dime, papá, ¿los higos secos son los que han cometido un pecado en su vida anterior?" O cuando me resistía a aceptar una invitación a Japón: "¿Cómo puedes decir que no? ¿Tú sabes lo que debe ser vivir en el único país en el que no hay turistas japoneses?".

Cuando en la noche del sábado al domingo, a las tres menos veinte, llamaron a nuestra puerta y por el interfono se oyó la voz de un oficial. Fui a abrir y pensé: ya está, la vida se ha terminado. Pero cinco horas después, cuando Mijal y yo entramos en la habitación de Ruti y la despertamos para darle la terrible noticia, ella, tras las primeras lágrimas, dijo: "Pero seguiremos viviendo, ¿verdad? Viviremos y nos pasearemos como antes. Quiero seguir cantando en el coro, riendo como siempre, aprender a tocar la guitarra". La abrazamos y le dijimos que íbamos a seguir viviendo, y Ruti continuó: "Qué trío tan extraordinario éramos, Yonatan, Uri y yo". Y es verdad que sois extraordinarios. Yonatan, Uri y tú no erais sólo hermanos, sino amigos de corazón y de alma. Teníais un mundo propio, un lenguaje propio y un humor propio. Ruti, Uri te quería con toda su alma. Con qué ternura te hablaba. Recuerdo su última llamada de teléfono, después de expresar su alegría por el alto el fuego que había proclamado la ONU, insistió en hablar contigo. Y tú lloraste después. Como si ya lo supieras.

Nuestra vida no se ha terminado. Sólo hemos sufrido un golpe muy duro. Sacaremos la fuerza para soportarlo de nosotros mismos, del hecho de estar juntos, Mijal y yo, nuestros hijos, y también el abuelo y las abuelas que querían a Uri con todo su corazón -le llamaban Neshumeh (mi pequeña alma)-, y los tíos, tías y primos, y todos sus amigos del colegio y el ejército, que están pendientes de nosotros con aprensión y afecto. Y también sacaremos la fuerza de Uri. Poseía una fuerza que nos bastará para muchos años. La luz que proyectaba -de vida, de vigor, de inocencia y de amor- era tan intensa que seguirá iluminándonos incluso después de que el astro que la producía se haya apagado. Amor nuestro, hemos tenido el enorme privilegio de haber estado contigo, gracias por cada momento en el que estuviste con nosotros.
 
En la sonrisa del cordero el protagonista es un universitario. En la vida entera el hijo del protagonista muere en la batalla. Su última novela gran cabaré que en la traducción lleva un titulo diferente. Es premio booker en Inglaterra al autor no inglés en 2017. La mitad del premio se lo dan al autor y la otra al traductor. El protagonista es un monologuista o cómico cuya función es hacer reír a los que van a un local de copas. Pero el se indigna y se va calentando en su monologo y el publico se va, lo que es una metáfora del macrocosmos de la sociedad de Israel. Solo se quedan a oírle dos personas relacionadas con el pasado, que no huyen. 


Jerusalén es un lugar extraño lleno de conflictos religiosos y conviven judíos y árabes, pero hay demasiada historia y religión y un ambiente de tensión muy crispado, es la voz del pasado. Son tres mil años de historia, de cultura y religión y debería ser una urbe cultural, pero la ocupan los fanáticos ortodoxos. Jerusalén es lo peor del oriente próximo, no quiere vivir alli. En el 88 Arafat en nombre de los palestinos reconoce el estado de Israel. A él no le dejan dar la noticia por radio y alega que no puede hacerse cargo de un programa manipulado. Se entera por prensa de que le han echado. Boicotean la radio y castigan al que se salga del camino trazado. Entonces decidió convertirse en escritor y vivir de sus libros. Hizo un reportaje, viento amarillo, sobre los lugares ocupados. Al editarlo le acosaron los superiores y él les agradece que le echaran porque pudo ocuparse a tiempo completo de la escritura. Todos somos perderos, lo sabemos esto al ser viejos y débiles, pero al recibir un premio siente cierta fuerza. Es bonito y te da identidad porque todos tenemos una identidad de nosotros mismos y otra más existencial. El perdedor se protege del mundo exterior de vulgaridad. Crear y escribir es un privilegio, que te da el campo magnético que es la obra. Sus historias se basan en la vida de perdedores, una vida paralela a la vida autentica que tiene. Es fácil escribir sobre símbolos, pero es difícil crear personajes humanos con una existencia paralela a la vida que debemos tener. Falta dialogo en las negociaciones con los palestinos. No ve un futuro de paz. en la guerra de los 6 días estaba seguro de que iba a morir, solo tenía 13 años. Iban a convertir su colegio en un cementerio nuclear. El israelí medio tiene miedo y necesita al ejército para defenderse, pero también necesita la paz. Los miedos no son imaginarios. Un monstruo nos recuerda las vergüenzas del pasado. Estamos manipulados. Lo que vivió con su familia le afectó, pero no cambió su actitud política. Tras dos mil años de historia trágica los judíos necesitan una casa. Debería ser eso Israel. Pero es una casa donde las paredes se mueven constantemente. No habrá paz hasta que los palestinos no tengan una casa y nosotros la sensación de un hogar. No podemos permitirnos el lujo de dejarnos dormir. 
 
Usa en sus novelas el argot callejero, la lengua infantil, la literatura de ahora. hablar hebreo ahora es algo normal, pero durante siglos se ha restringido esa lengua solo a los textos sagrados. Que siga viva la lengua y su tradición y las traducciones es un milagro.  La traducción le permitió disfrutar mucho de Cervantes. Recibe muchas cartas de gente que le dice que ha escrito sobre su propia vida, aunque vengan de lejos le congratulan esas cartas. La literatura le ha enseñado que cualquiera puede ser otro. Si hubiera nacido un kilometro más abajo sería palestino. Necesita el país empatía, abrirse, rodearse de los demás. El joven debe leer mucho. Los derechistas no tienen humor, se consideran así mismos demasiado importantes. Él ha sido acusado de traición. Es un lugar Jerusalén lleno de miedos y que promueve los miedos. Oriente medio es la zona más violenta del mundo. Solo con el ejército no se puede hacer nada. Es necesaria la paz. Los palestinos no entienden el mecanismo de Israel. Regresan a los lugares donde fueron nacidos como pueblo. Es necesaria la paz. algo parece imposible hasta que pasa, pues cayó el muro de Berlín, entró al poder Gorbachov, ha habido un negro en la casa blanca. En algún momento se solucionará lo de Gazza. Hay que invertir en sanidad y educación. ¿viviremos siempre en guerra? Israel es algo más que una colonia inglesa pero ahora está explotando por ambos lados o bandos. 
 
En la vida entera una mujer en Jerusalén muere en un atentado. La novela empieza a partir de ahí. Podría situarse en cualquier sitio. La mujer tiene un amante. Grossman lo primero que dice es que todo lo que escribe es autobiográfico y que busca hacernos preguntas. Cuando vemos que alguien muere en la guerra nos preguntamos si es autobiográfico. Los escritores buenos hablan de si mismos al crear personajes. Está terminando la novela. El hijo muere en la guerra en la ficción y también en la realidad. Cuanto más locales son las historias más universales resultan. Hay que escribir de lo que conoces, de lo que has vivido, de lo que tienes alrededor. El escritor sigue la misma pregunta, el mismo planteamiento en todas sus novelas. Siempre escribe la misma novela. Hay algo en el fondo que permite identificar sus novelas. Hay un sello personal, lo que le motiva, lo que está en el fondo. Esa ley motiv hace que acabes interpretando todo como autobiográfico. Averiguas cosas de esa persona que desconocías. La novela habla del viento, de la noche. Grossman es el autor más experimental de los tres. En la vida entera el padre recibe la noticia de que el hijo ha muerto en la guerra. La madre que se había separado del marido le empuja a que se lancen a vagar por Israel. Se van recordando los hitos de su vida juntos y separados. 
La luz del día se atisba ya y ahí están tendidos en el extremo de un campo, el fresco verdor envolviendo por completo el ojo con una infinidad de matices, despertándose ambos de una ligera cabezadita aunque enredados todavía en las telarañas del sueño, ella y él solos en el mundo, nadie más, al tiempo que el aroma del principio de los tiempos emana de la tierra, el aire vibra en medio de un susurro de infinidad de diminutas criaturas y el velo de la aurora sigue firmemente tensado en lo alto, traslúcido y cubierto de rocío, cuando a los ojos de ambos asoma una pequeña sonrisa previa a cualquier miedo y previa a ellos mismos.

En ese momento Abram aguzó la vista. Vio a Ora sentada frente a él, apoyada en una gigantesca mochila, y más allá un campo, una plantación y un monte. Con una rapidez sorprendente se puso en pie. Pero ¿dónde estamos?, exigió saber, y Ora, encogiéndose de hombros refunfuñó, en algún lugar de Galilea, pero no me preguntes dónde exactamente. ¿En Galilea? Su rostro expresaba una sorpresa infinita. ¿Dónde estoy?, susurró, y Ora le dijo, donde nos dejó tirados anoche.

Abram se pasó la mano por la cara, se la frotó, se la restregó, se la masajeó, sacudió su enorme cabeza a izquierda y derecha: ¿quién nos dejó tirados?, ¿el taxista?, ¿el árabe?

Sí, el árabe. Le tendió la mano, para que la ayudara a levantarse, pero él, según pareció, no supo interpretar el gesto de ella.

Gritabais, recordó ahora Abram. Yo estaba dormido, pero tú también le gritabas a él, ¿verdad?

Déjalo, ahora eso no importa. Se levantó sola con un gemido al encontrarse con la hostilidad de las articulaciones y unas extremidades que parecían alegrarse por el mal ajeno. Y con razón, pensó, haciendo un análisis pormenorizado de sus faltas: haber cargado con todo el peso de Abram sobre su pobre espalda desde un cuarto piso, la pesadilla del viaje nocturno, el lunático vagar de los dos por los campos, durante el que ella, encima, se había caído varias veces, y finalmente, el desplomarse aquí, al borde de ese campo y el duermevela al raso, en el suelo.

Ya no tengo edad para esto, pensó Ora.

Esta pastilla te tumba, balbució Abram, el Prodomol. No estoy acostumbrado a ella. No pude hacer nada.

Bastante hiciste, suspiró ella para sus adentros, menudo día le di al pobre Sami, no quiero ni acordarme.

¿Pero por qué diantres nos ha traído aquí?, volvió a sublevarse Abram, como si solo ahora se diera cuenta de lo que le habían hecho. ¿Y ahora qué?, ¿qué vamos a hacer, Ora? Poco a poco se había ido llenando de unos temores que ya lo desbordaban por completo.

Ora se dio unas palmadas en el trasero para desprenderse de la tierra y las hojas secas. Un café sería de gran ayuda, pensó, y masculló en su cerebro, café, café, para acallar las preguntas que empezaban a asaltarla con unos enloquecidos graznidos, ¿y ahora qué hago con él?, ¿qué me habré propuesto trayéndolo aquí?

Pongámonos en marcha, decidió, sin atreverse a mirarlo.

¿Cómo que nos pongamos en marcha?, ¿hacia dónde? ¡Ora!, ¿adónde vamos a ir?

Propongo, dijo, sin creer que aquellas palabras pudieran salir de su boca, que cojamos las mochilas y demos unas vueltas por aquí. Vamos a empezar a andar. Así sabremos dónde estamos.

Abram la miró de hito en hito. Tengo que estar en casa, dijo muy despacio, como quien le explica a un débil mental algo muy sencillo.

Ora se cargó la mochila a la espalda, se tambaleó bajo su peso y esperó. Abram no se movía. Los puños de la camisa le temblaban. Esa es tuya, le dijo Ora señalándole la otra mochila, la de color azul. ¿Mía?, pareció asustarse y tropezó al recular, como si la mochila fuera un sibilino animal dispuesto a saltarle a la espalda. No es mía, murmuró, no me suena.

Es tuya, volvió a decirle Ora, y ven ya, empecemos a andar, hablaremos por el camino. No, se empeñó Abram, y la rala barba se le estremeció ligeramente, yo de aquí no me muevo, antes tienes que explicarme qué… Por el camino, lo interrumpió ella, y emprendió la marcha muy encorvada y moviéndose toda ella como si un inexperto titiritero estuviera manejando los hilos, te lo contaré por el camino, aquí ya no nos podemos quedar más. ¿Por qué no?, preguntó Abram. Soy yo la que no debo quedarme más en este sitio, le dijo con naturalidad, y al decirlo supo que tenía razón y que esa era una regla de oro que debía observar desde ese momento: no quedarse demasiado tiempo en el mismo sitio para no ser un blanco fácil, ni para los pensamientos ni para nadie.

Aterrado, la vio alejarse hacia el sendero. Enseguida volverá, pensó, seguro que vuelve. No me va a dejar aquí. No se atreverá. Pero Ora no se detenía ni miraba atrás. A Abram le temblaba la boca de lo enfadado y ofendido que estaba. Dio una patada en el suelo y soltó un gruñido corto y amargo que lo mismo podía ser el nombre de ella como hija puta o mcagonsuputam quién-te-crees-que-eres, demente, espérame, todo de una vez y sin respirar. Ora se encogió y siguió andando. Al borde de sus fuerzas Abram levantó la mochila, se la echó al hombro izquierdo y emprendió la marcha tras Ora arrastrando los pies por la tierra. El sendero pasaba por entre campos y plantaciones. Los plateados sauces resplandecían y abundantes matas de mostaza se erguían al borde del camino con sus racimos de aromáticas flores amarillas. Qué bonito es esto, pensó Ora y siguió caminando, aunque no tenía ni la más remota idea de hacia dónde se dirigía. Oía los pasos de él a sus espaldas, su vacilante andar. Ora miró de reojo hacia atrás: perdido y asustado, se abría paso a tientas por aquel espacio abierto y Ora pensó que Abram se movía a la luz del día como ella en la oscuridad y recordó cómo se lo había encontrado la noche antes, una sombra encorvada y torpe en las profundidades de un piso oscuro.

En el que según parece no enciende la luz, comprendió Ora, cuando finalmente Abram le abrió después de haberla tenido un buen rato llamando con los nudillos y hasta dando patadas a la puerta. El timbre estaba arrancado de cuajo. En la escalera no quedaba ni una sola bombilla. Había tenido que subir a tientas cuatro pisos, palpando las agujereadas paredes, agarrándose al grasiento pasamano de piedra y envuelta en todo tipo de apestosos olores que flotaban en el aire. Cuando finalmente le abrió —las gafas, que serían nuevas para él, se las había quitado Ora precipitadamente—, lo que vio fue un simple bulto. Le pareció tan inmensamente ancho en la oscuridad que por un instante dudó de que se tratara de él, por lo que pronunció su nombre con cierta reserva, y como él callara Ora añadió, ya estoy aquí, mientras buscaba con qué palabras más podría ir rellenando el vacío que empezaba a sentir en el estómago. La asustaba la oscuridad del piso detrás de Abram y la sensación de que él asomaba de allí observándola como un oso desde su guarida. Ora se armó de valor y metiendo la mano en el piso tanteó la pared hasta encontrar un interruptor. A los dos los inundó una luz amarillenta y en ese instante sus miradas intercambiaron una rápida información carente de toda piedad.


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