martes, 5 de junio de 2018

CUENTO OSCURO DE CUBA

Oswaldo despertó en el barracón y apartó la mugrienta manta con la que su madre le había arropado la noche anterior. Había estado abrazado a una rata como si fuera la almohada, la rata estaba aplastada en la esterilla junto a un charco de sangre. No tenía sueño, pero tampoco ninguna razón para despertarse aquella mañana. Hacía tiempo que había dejado de acudir a la escuela popular, su madre no le veía ningún sentido práctico a lo que aprendía allí. Su madre se hacía la loca, pero sabía perfectamente que la rutina de Oswaldo era acudir al mercado de la Plaza Vieja o a la de San Francisco, y “llenar el saco”. Oswaldo era un pillo. “Un cabrón”, le decían allí. 

 

Era extremadamente fácil deslizar alguna fruta cuando el vendedor no miraba, y aún más fácil meter la mano en el bolso de los turistas. Aquellos europeos se quedaban embobados mirando los edificios viejos, que no eran más que un montón de piedras Todos en La Habana le respetaban, se lo había ganado. Oswaldo tenía la misma dignidad que tuvo su padre, que se ganó la vida cómo pudo, conduciendo su “almendrón”, un taxi ilegal para los ricos. Oswaldo no quería pensar en su padre. Era un trabajo como otro cualquiera para traer algo de comida a casa. Se le agolpaba en la cabeza la imagen de su padre volviendo borracho a casa.  Cualquier yanqui universitario de esos no podría hacerlo, se necesitaba de una habilidad especial, la de hacerse invisible entre la multitud y no tener muchos escrúpulos. Su padre babeando y lleno de alcohol, su padre vomitando en la puerta. “Puedo ganar más dinero que los maestros, ellos creen que saben, pero no saben nada de la vida de verdad”. Su padre pegando a su madre con una vara de hierro…

 
¡Ya estaba otra vez la vecina echando la basura en la puerta de su casa!, ¡no se enteraba la vieja de que allí vivía una familia! O lo que quedaba de ella. La vecina hacía muchas preguntas cada vez que Oswaldo salía de casa. Aquella puta cotilla con su guayabera de flores era tan gorda que no cabía por la puerta. La vieja llamaba a gritos a sus nietos que la habían abandonado. Estaba medio loca. Sus lloros por la noche se los comían baldosas y fantasmas y por la mañana sus sones despertaban a toda Cuba.

Lo de hacerse invisible no le resultaba difícil. Oswaldo se camuflaba entre las masas de negratas que deambulaban por la Habana como si estuvieran muy ocupados, cuando en realidad nada tenían más que hacer que deambular sonámbulos por la oscura y sucia ciudad. Cuba estaba llena de luz para el turista americano que se gastaba los dólares en los casinos o se servía “bloody maries” en los bares para acabar en los locales de prostitución de lujo. Cuba estaba llena de alegría, salsa, merengue y bachata, pero sólo como postal que se vendía en las tiendas como otro souvenir más. Oswaldo paseaba por el malecón, pero aquel sol no tenía luz para él. El sol era cruel y les achicharraba, iluminaba artificialmente la ciudad en los quinqués de los paseos, los tostaba a todos y los freía como frijoles, pero el sol tenía miedo de los callejones oscuros llenos de contenedores de basura, y gatos maullando de soledad. Cuba en realidad era oscura, y más negra que el África profunda. De existir un Dios este jugaba al póker americano con la gente pobre, disfrutaba con la miseria de todos y repartía mal las cartas.

El propio Oswaldo se sentía aquella mañana demasiado negro, y se intentaba quitar esa suciedad de piel y alma con jabón chimbo y una esponja de gamuza para taxis que encontraron entre “las cosas”. “Las cosas” eran toda la herencia que les había dejado el padre, antes de que les abandonara o muriera. Oswaldo no quería pensar en él. Apenas tenía recuerdos suyos, quizá la sensación de que alguna vez fue abrazado. 

 
Su padre había ido recopilando durante toda su vida un montón de trastos viejos, recogidos de la calle o que encontraba en basureros o que los turistas le regalaban. Oswaldo tenía la sensación de que allí en Cuba todo era gratis; empezando por el sol que en vez de llenarles de energía les adormecía para el trabajo y les despertaba de noche a la fiesta. Un enorme bostezo resumía la ciudad, desde los funcionarios que hacían “bisnes” en las oficinas hasta las bandas que traficaban con la droga. Todo les daba pereza, y se codiciaban los pesos para intercambiarlos por comida, pero los dólares no tenían allí el significado alquímico que le damos los occidentales. 

La vida era un regalo que le habían obligado a aceptar. Oswaldo había celebrado alguna vez su cumpleaños, cuando la abuela aún vivía y traía pastel y ponían unas velas y todos soplaban. Hoy era el cumpleaños de Oswaldo, su madre lo tenía señalado en el calendario encima de la nevera, pero había dejado de celebrarse, ya no era un niño. “Los hombres no tienen cumpleaños, eso son cosas de julandrones”.  Oswaldo no tenía nada contra los gais. La hija de Castro, el hermano del “padrecito” ahorita les había dedicado un discurso lleno de buenismo llenándose la boca de palabras sobre derechos humanos, que Oswaldo no entendía. “Lo que sé es que sin maricas y bajos de sal Cuba se iría al garete. Esto es el paraíso para los viejos verdes que buscan chulos en el malecón a bajos precios”. 

 
Pero Oswaldo era muy macho. Antes se dejaría colgar de una palmera que aceptar dinero de esos turistas que tocaban el culo a los cubanitos en short. Además, Oswaldo tenía mujer. Allí en Cuba llamaban mujer a todo. Era una chica con la que se acostaba, que siempre le hablaba de poetas, de Reinaldo Arenas, de Lezama y José Martí. La conoció en la escuela. Ahora iba a la universidad y pasaba un poco de él. Aquella intelectualilla solo soñaba con ahorrar unos chavitos e irse a Miami y escribir un libro contra Castro. Pero estaba muy buena la niña. Oswaldo no la escuchaba cuando se sentaban en las rocas a tomar el sol hasta hacerse muy de noche. La dejaba hablar, mientras miraba su cuerpo estremeciéndose como el balanceo de las olas cuando descargaba su orgasmo de espuma contra el acantilado. 

Isla era una Cuba, apenas un peñasco rodeado de mar. Una isla es el mejor lugar del mundo para los solitarios, los que deciden o son obligados a vivir aislados. María Elena miraba el mar inabarcable con sus ojos de perla del caribe. Se daba mucha coba ante el espejo, igual quedaba con ella a las 12 y llegaba dos horas más tarde de recolocarse el vestidito. Ahora, con las rodillas apretadas al pecho, disertaba sobre por qué los intelectuales occidentales habían imaginado el paraíso en forma de isla. Platón, Tomas Moro, la Atlántida, incluso la isla de Nunca Jamás de Peter Pan, que era como Elenita llamaba a Oswaldo a pesar de que ya tenía 15 años. Allí la edad daba igual, solo es un dato en el DNI falsificado, porque la vida les hacía espabilar desde pequeños y les robaba la infancia, si es que alguna vez la habían tenido o solo era un par de fotos en un viejo álbum polvoriento. -Incluso Robinson Crusoe- continuaba María Elena, de cuclillas sobre la cala. -¿Qué crees que simboliza Robinson Crusoe, Oswaldito?- Oswaldo no entendía sus palabras, entretenido en el movimiento de sus labios. – Robinson Crusoe es el civilizado que llega al paraíso y en vez de disfrutar de él intenta colonizar al pobre Viernes. Lo mismo que han hecho los EEUU con nosotros- Oswaldo pensó en que él mismo era un Viernes, al que María Elena quería civilizar.

 
El mercado estaba muy triste aquella mañana, oscuro como siempre y especialmente solitario. Normalmente el rastro bullía de vendedores, charlatanes, y melones rodando por los suelos. Pero esa mañana Castro daba un discurso. “El nuevo no era tan pesado como su hermano”, se consolaban los habaneros. Aquellos discursos llenos de literatura se hacían cada día más escuetos, como si cada vez hicieran menos falta las palabras porque la vida se justificaba por si misma. Todos los cubanos estaban en la plaza para escuchar la arenga presidencial.  Oswaldo celebraba ese día su cumpleaños, como la mayoría de los cubanos, pues muchos padres habían registrado a sus hijos el día de la Revolución, haciendo coincidir ambas fechas señaladas. 

Oswaldo volvió con el saco vacío a casa. Tampoco encontró a maría Elena en la playa.  Se habrá hecho “gusana”. Así llamaban a los cubanos listos que escapaban de la isla en brazos de un turista español. Oswaldo se apeó para casa, pero no encontró comida en el congelador. Aquella choza estaba hecha una bochinge. Sentía ganas de darle candela a todo y acabar con su miseria. En la casa solo se apilaban ruedas de coche, televisores que no funcionaban, móviles robados, cartones, cajas, maderas… pero no había nada que llevarse a la boca. ¡Vaya regalo les había dejado su padre! ¡ya se podía haber llevado toda esa basura del conuco a la tumba! Se lo había dejado como una choza cruel, como su último chiste de mal gusto. Aquel pendejo lo mejor que había hecho era irse y dejar en paz a la madre llena de moratones. Se embalaba y no paraba, todo jalao, venga a fajarla de galletas a la vieja. Su madre le había repetido miles de veces; -deja de meter majá y ponte a trabajar-, pero Oswaldo no veía sentido a trabajar para no ganar nada. Allí era imposible hacerse rico, solo compartir la pobreza. Tampoco había trabajo de verdad. Se hacía que se trabajaba, pero en realidad todos dejaba pasar el tiempo, entretenidos en los vuelos de las moscas y el recorrido de las hormigas sobre sus piernas. 

 
Cuba era oscura como la noche y todos sesteaban y luego dormían. Se despertaban y volvían a dormir, pero sin sueño, movidos por un sopor que inundaba todo de pereza. Quizá Oswaldo no sería el único que soñaba despertar convertido un día en príncipe, ni el único que maldecía la vida cuando volvía a encontrarse una rata bajo su almohada. Las tripas le crujían y las engañaba con ron, era lo más fácil de cambiar por una cartilla de racionamiento. El ron le daba sueño y así pasaba la tarde a la sombra hasta que la noche lo volvía a cubrir todo con su manto igualador. La luna iluminaba las farolas y los letreros luminosos de los casinos y pubs, pero Oswaldo aquella noche se la pasó abrazado a su madre. Se la había encontrado muerta entre las sabanas, insolada por el sol, y cubierta de sombra.   


 
 

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