martes, 12 de junio de 2018

¿Y SI ME SIENTO MUJER?, YERAY Y EL TRANS-SEXUALISMO


¿Y SI FUERA MUJER AUNQUE HE NACIDO HOMBRE? Millones de personas en el mundo se hacen esta pregunta. Sin embargo, muchos países siguen penalizando el cambio de sexo. En España hay unas condiciones muy duras para que la seguridad social pague este proceso de tomar hormonas y pasar por el quirófano. Lo principal en estos procesos es el asesoramiento psicológico, se establece un seguimiento al paciente, se le aplican test para medir si la decisión ha sido meditada. Y sin embargo, en algunos aeropuertos al presentar el DNI corregido (que tanto trabajo cuesta actualizar) te siguen examinando los órganos sexuales como se podría hacer para tasar a una serie de animales. 

Al volver esa noche de esa fiesta Yeray no se tumbó a dormir la mona como siempre, sino que se quedó mirándose en el espejo. Había nacido en un cuerpo de hombre, pero ¿y si fuera una mujer heterosexual nacida en el cuerpo equivocado? En esto reflexionaba mientras el espejo le devolvía una imagen de sí mismo en la que no estaba a gusto. Se sentía como la madrastra de Blancanieves a la que el espejo confiesa que no es la más guapa del reino. Le atraían los hombres, estaba claro, pero un tipo de hombre muy concreto, muy masculino. Siempre se enamoraba de los heteros, de los malotes. Eróticamente, al menos. Luego descubría que era un cerdo machista misógino homófobo o un maltratador y le dejaba, pero antes se acostaba con él, aunque fuera por interés antropológico. Por mala persona que resultara ser su amante, un polvo se le concede hasta a un pobre, decía el dicho. Siempre se enamoraba de los que le hacían sufrir. No soportaba a los chicos demasiado femeninos porque él lo era. 

Pero su feminidad no era el postureo artificial del grupo de chicos con los que salía por los bares del “ambiente”. Él odiaba esa pluma artificial fruto del alcohol, esa pluma impostada y falsa como frívola es la noche. Le ponían nerviosos esos chicos gais que exageraban su pluma, tocándose el culo entre ellos o gritando y haciendo el mariquita. No es que tenga pluma-fobia, es que no lo ve natural en él mismo al menos. Puede ser natural en otras personas, pero no en él. Él no podía darse un morreo con un desconocido que acababa de conocer en la discoteca, si no era su pareja. Esto lo había visto hacer infinidad de noches, dos tíos que salían tocándose el paquete a ritmo de Madona y que se ponían a imitar a Belén Esteban a gritos. Esas actitudes le incomodaban, aunque no las censuraba. Era un problema suyo, de inferioridad, pero se sentía incomodo con ellos. Él era femenino sin tener pluma. Era sensible, incluso en su forma de hablar tan dulce. Era una persona sentimental, tímida y otros valores que por educación hemos considerado siempre femeninos. 

Mientras se miraba en el espejo se odiaba así mismo y se planteaba su género. Supongo que la mayoría de los seres humanos se quedan con el cuerpo en que han nacido por una especie de conformismo, lo aceptan sin reflexionar en ello. Esas personas nunca se plantearían operarse. La gente se resigna a su cuerpo igual que aceptan trabajos inhumanos y explotadores. Antes, en la edad media, el tema no podía ni ser pensado, pues el sujeto era más bien objeto. Bastante tenía el aldeano con llevar algo de comer a su familia. El tema ni siquiera pasaba por sus mentes. Aunque siempre se ha jugado en el teatro con el transformismo, el disfraz, un baile de máscaras en las que por un instante asumes una personalidad distinta. El hombre se viste de mujer y una mujer como Orlando de hombre, pero aquello no pasaba de ser mero divertimento de juglares, un juego de egos, yos y personalidades (persona significaba máscara) Odiaba a esos actores que siempre interpretan el mismo papel y que se llevan el personaje a casa, no pueden desconectar por pura deformación profesional. 

La propia sique es un juego de multiplicidad de personalidades. No hay un Yo único. Eso le hizo pensar en su primera novia que tenía doble personalidad y a veces le salía la Amaia sádica y otras veces la cariñosa y era un lío distinguir con qué mujer hacía el amor ese día. Luego la sociedad se sofisticó y el mundo entero se volvió loco y empezó a revolucionarse y los humanos quisieron ser lo que no eran. Al principio vendría todo a través de la chufla y la frivolidad. La idea de travestirse es tan vieja como la humanidad. Pero siempre visto como una postura cómica, carnavalesca, especulaba Marcos ante el espejo. Las revoluciones empiezan pidiendo algo mínimo y luego van subiendo las condiciones reclamadas. Al principio se lucha porque no exploten a mujeres y niños y luego por un salario cada vez mayor y un horario laboral cada vez más reducido. Y en esto la transexualidad se había conquistado igual. Ni él es el indicado ni es el momento de criticar la supuesta evolución de la historia. La ciencia tenemos claro que evoluciona, pero en las humanidades dudamos; no sé si es mejor una novela de ahora que una escrita hace 200 años. Detrás suyo muchos valientes pioneros habían quedado en el camino para que ahora hoy la palabra transexual se deslizara con normalidad en una conversación. 
Pero él no lo tenía nada claro. Por supuesto no era un capricho, no era ese adolescente de 15 años que pide para su cumpleaños un implante mamario. No, si él diera el paso sería algo totalmente pensado, reflexionado y vuelto a pensar. Pero era un paso irreversible. Siempre podría volver a operarse. Pero esto no era como jugar a papas y mamas de niño o travestirse con una peluca y la ropa de la abuela a lo Sicosis. Esto era más que un tatuaje que te haces y llevas toda tu vida hasta que lo ves arrugado en tu piel tersa de vieja y entonces te pagas la operación laser para quitártelo. Tampoco era como llevar pendientes o no llevarlos. Su tío llevaba dos pendientes en la oreja y no era gay, pero lo hacía como forma de trasgresión. A él todo lo que fueran agujas le daba un pánico atroz y esa era la razón de que no se hubiera puesto pendientes ni hecho tatuajes ni picado droga. La misma aguja con la que le sacaban sangre en el ambulatorio le daba un miedo atroz y siempre se mareaba. Cambiar de sexo era una cosa muy seria que se resolvía en el cirujano, no una decisión de un día que te levantas sintiéndose mujer. 
Empezó a pensar en las razones que le llevaban a querer ser mujer. La principal era que le gustaban los hombres, pero hay miles de gais a los que le gustan los hombres y no se operan. Pero al gustarle los gais tan específicamente masculinos dudaba si no sería más feliz con un DNI con nombre femenino. Una cosa era la feminidad, como el derecho que tiene la mujer a mostrarse femenina, con los valores positivos que a ella van asociados, y otra el feminismo, que se supone es la lucha por una igualdad entre sexos y que no es el antónimo de machismo porque no plantea la división sino la integración. 
Los poetas románticos hablaban del eterno- femenino. Había una serie de atributos que se asociaban a la mujer o al hombre amanerado; ser dulce, suave, tímida, recatada, sensible… lo que entonces se llamaba machistamente “el ángel del amor”, como denuncia Virginia Woolf en su Habitación Propia (la mujer escritora necesita antes que nada un cuarto dónde escribir una estabilidad económica) El hombre que comparte esos valores ya era tildado de homosexual, aunque haya hombres sensibles o metrosexuales que no son homosexuales.  En su caso coincidía la feminidad con la homosexualidad. Feminidad con la que había nacido, pero no afeminamiento amanerado provocado o pluma. 
Quizá lo ideal era la mezcla heterogénea y ambivalente, con los valores más positivos de lo entendido por femenino y los valores más positivos de lo masculino. Él conocía muchas lesbianas que habían adoptado los valores más denigrantes del hombre; su violencia, su racionalismo intolerante, su imbecilidad, sus conversaciones que sólo giraban sobre futbol y coches. Conocía a lesbianas que eran como hombres, y que, cerveza en mano veían finales de liga y a veces maltrataban a su pareja como los americanos en los años 50. Eran como lesbianas indignas de serlo, porque estaban asimilando valores negativos asociados normalmente al hombre. Claro que esto sería caer en un reduccionismo. Los valores tradicionalmente vinculados a lo masculino no son todos negativos ni los feminismos positivos. La mujer puede nacer con una fuerza física por lo general inferior al hombre, pero todo lo demás es educativo. El niño viste de azul y la niña de rosa, a él le regalaban unos micro machines y a ella una cocinita y unas barbies para que vaya ensayando su vida conyugal. 



Eran cosas distintas la feminidad, el afeminamiento y el feminismo. También hay mujeres a las que les encanta hablar mal de otras mujeres y que son más machistas que los propios hombres. “mira a esta sin marido, será bollera” Yeray se sentía confuso. ¿Él quién era? El ya no sería esos ojos con ojeras de leer, porque se las quitaría con la operación. Su cara ya no sería su cara, sino otra artificial llena de Botox. En su pecho poblado de matas de pelo crecería de repente, casi de la noche a la mañana, la redondez de unos senos. Su abuelo solía decir que “cuanto más oso el hombre más hermoso”. Él no podía estar más en desacuerdo, porque rechazaba a los gais con aspecto camionero que en el mundo gay llaman “osos”. A veces su abuelo se cortaba unos pelos del pecho y se los ponía a Yeray en el suyo para que le creciera la pelambrera. ¡Y ahora él tomaba hormonas para quitarse esa selva! Conocía a mujeres que todas las noches se afeitaban por debajo de la nariz para despertarse al día siguiente con un bigote de hombre. Él era más que su cuerpo, porque su alma esencial y su identidad había nacido femenina. Pero a veces por más que se apretara los pechos no lograba encontrar el alma aquella. 

Tampoco le molestaba su cuerpo. Lo aceptaba como había aceptado tantas cosas. ¿Qué más daría tener pezones llenos de leche o no tenerlos si en su alma era mujer? También la madre naturaleza es femenina. La Diosa (tierra) tiene nombre de mujer. Las brujas la adoraban en su Wicca, la gran madre de todos. Los antiguos prehistóricos adoraban a la venus de la fertilidad, porque la mujer trabajaba la cosecha, cuidaba de los hijos, cocinaba y velaba la cueva mientras el hombre se iba de caza o de guerra. Entonces el canon femenino consideraba las más bellas a las mujeres más gordas y con mayores senos, porque estas eran las que mejores condiciones físicas tenían para los partos sucesivos.   Era el sexo elegido por Dios para la protección de los hijos y la especie, aunque la biblia las haya condenado ya desde la tentación de Eva a Adán para que mordiera la manzana. Pero la Biblia no hablaba de Lilith, que según los evangelios apócrifos era la otra mujer de Adán. Si Eva representaba a la mujer-monja o ángel, Lilith simbolizaba el verdadero pecado, la verdadera serpiente, la mujer fatal o demonio. Eva, llevada por la misma curiosidad que le Pandora a destapar la caja de los truenos (quedando solo la esperanza como lo último que se pierde) había contribuido a ese mito de la mujer chismosa y cotilla. 
Aquella noche decidió ser mujer en su interior, aunque fuera un hombre en el espejo. Al final operarse o no era lo de menos. Platón decía que nacemos como una unidad, pero que el rayo de Zeus separa en dos este feto y cae al mundo de las cosas de forma dual, bipolar. Hemos basado la historia de la humanidad en dualidades cuando Platón decía que la misión del hombre en la tierra era encontrar esa otra mitad de la que le habían desprendido. Ese es el origen del amor romántico, uránico lo llamaba Platón, en que buscamos nuestro amor eterno y verdadero, nuestro príncipe azul que a veces resulta rana, o nuestra media naranja, con la que han debido exprimir algún zumo por ahí.
Tras esa noche hubo más noches de enfrentarse a solas con el espejo. Yeray acudía a una asociación LGTB (lesbianas, gais, transexuales, bisexuales, intersexuales, poli sexuales e indefinidos) que le llenaba de rabia contra el “hetero-patriarcado” y lo que ellos calificaban desacertadamente como “amor romántico” (el amor romántico fue mucho más en la historia que el sinónimo actual de violencia de género)   
Incluso en el mundo gay uno asimilaba el rol masculino siendo “el activo” y otro hacía de “pasivo” ¿Es genética o cultural la homosexualidad? ¿Y el deseo de ser transexual? ¿Debemos prestar el mismo respeto que tenemos hacía los transexuales a las personas que por ejemplo se sienten gatos? Quizá nos moleste que su conversación se reduzca a maullidos de vez en cuando, puede parecernos gracioso, pero menos chiste nos provocan los emos y góticos que se hacen cortes en los brazos para protestar por el absurdo del mundo y el hastío de sus vidas. ¿Y los que se cortan las piernas deseando ser sirenas? La sirenita, y la Barby, le llamaban a una chica de su pueblo que vestía como una muñeca, con el pelo rubio platino y unos tacones de llamar la atención. A él también le silbarían por la calle si la gente se enterara de su cambio de sexo. Muchas veces abandonaba llorando el bar en el que había ligado, le dejaba al conquistador con la copa de ginebra en los labios, por miedo a que las cosas pasaran a mayores y acabara por descubrir lo que aún lastraba entre las piernas. Le gustaba que le trataran como a una mujer. cuando le veían con su peluca tan bien puesta, que parecía pelo natural. Nadie sospechaba que fuera un hombre. La invitaban a copas. La mujer lo tenía mucho más fácil para ligar. No entendía cómo todas las mujeres no eran ninfómanas. Él lo sería si hubiera nacido mujer. El mundo gay es mucho más promiscuo que el heterosexual, no sabía si por un mayor deseo sexual entre los varones o porque se trataba de un amor sin compromiso, sin palabras grandes de amor, y sin esa histeria de la mujer por formalizarlo todo en una relación, una boda, una garantía de que no sólo la querían para una noche de sexo. 

Estaba muy bien el mundo aquel de Platón, pero allí en su nube, porque la realidad era mucho más prosaica. Lo que debe ser es sólo la sombra de lo que es en realidad. La idea es sólo un molde de la materia, por darle la vuelta al pensamiento platónico. Todos llevamos dentro un hombre y una mujer. Pero tendemos a clasificarlo todo, a establecer grupos entre los gais; las maricas, las locas, los osos, los camioneros, las folclóricas, los bakalas, los hípsters, los intelectuales, los pijos, los nene-putas, las mariliendres (amigas del gay) …Lo reducimos a etiquetas y parcelitas estanco, pero ¿acaso no amamos todos igual? En el amor debería dar igual el género del que ama y es amado. No, no le gustaba ese mundo carnavalesco del disfraz en el ambiente. El camaleón se mimetiza con la hoja verde del árbol para sobrevivir. Ella no denegaba de su máscara, todos la llevamos, pero algunos por demasiado tiempo y no son capaces de quitarse las caretas, por miedo a mostrar sus cráneos vacíos. ¡que vivan las cadenas, que vivan las caretas! Yeray había decidido quitarse la careta, salir de un armario en el que nunca había entrado y esta liberación era como la del esclavo de Platón cuando se desprendía de sus grilletes de sombras hacía la luz. 

 

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