martes, 12 de junio de 2018

ISABEL, "LA VAGABUNDA" DE LA PLAZA NUEVA


La pobreza no es un mal que afecte sólo a países tercermundistas. La pobreza se instala también en las afueras y extrarradios de nuestras ciudades, en los barrios dormitorios en que viven muchas familias de inmigrantes obligadas a atravesar la ciudad en metro de punta a punta para ir a sus trabajos. A veces la pobreza se guarece debajo de los soportales de un casco viejo bilbaíno, como en este relato sobre “Los Vagabundos”.

Hoy es el cumpleaños de Isabel. Hoy comemos con Isabel. Por lo que puedan pensar he de aclarar que no se trata de una cena de gala con la señorita Isabel Presley para celebrar su efeméride, para eso ya tiene a otros escritores. Esta Isabel es algo más modesta en su glamur. Isabel cumple hoy 54 años. Es una mujer grande, obesa, a la que siempre le aqueja la espalda y otros dolores. Tiene una cara mofletuda y graciosa, algo infantil. Los ojos son de un color verde intenso, aunque les asoman pequeñas arrugas en forma de afluentes. Siempre se está riendo por todo, parece una niña. Su sonrisa es bonita, aunque la estropean unos dientes demasiado grandes, demasiado sucios y algo rotos y unas paletas como de ratón. A pesar de su pobreza, Isabel siempre se está riendo por todo. 




Isabel vende mecheros y paraguas en la plaza nueva de Bilbao. La había visto antes en alguna ocasión, pero tampoco había dado importancia a su persona. Allí en medio de la noche esta mujer se encorva para vender mecheros a los transeúntes. Pero su figura no me conmovía antes de conocerla, pasaba desapercibida entre los cientos de caras que podemos ver durante el día sin que los prestemos atención. Mi mente racional y cartesiana ha aprendido a no conmoverse por los cientos de pobres que he visto y veré en mi vida. Ella sólo era una cara más, guardada en algún recóndito lugar de mi memoria donde desplazamos las cosas insignificantes, en las que ni siquiera pensamos. 
 
Una amiga mía me la presentó una noche. Salíamos de un recital de poesía en un bar cercano, como todos los primeros miércoles de mes. A Nuria se le ocurrió pasar por la plaza nueva y en uno de los soportales oscuros se paró a hablar con esta mujer. Isabel estaba apoyada en una silla plegable de esas de playa, que parecía vencerse por su peso. En la fría losa del suelo había extendido una manta, una alfombra de Aladino. Quizá le hubiera gustado que tuviera los mismos poderes mágicos para poder sobrevolar esta ciudad de Bilbao y su cielo gris, plomizo y siempre llorica de sirimiri. Quizá Isabel volaba todas las noches hacía mundos de fantasía que su imaginación creaba para sobreponerse a una realidad tan prosaica y aburrida. 

 
Isabel tomó la iniciativa y me estampó dos besos marcando la sombra de su pintalabios rojo chillón en mi moflete. Había otras personas alrededor de ella. Claudio era un señor mayor que se paseaba por aquel puesto improvisado de mecheros, con las manos en la espalda como un filosofo y que de vez en cuando sentenciaba un chiste malo como si fuera la más profunda de las verdades universales. Claudio miraba siempre al suelo, al principio pensé que era por timidez, pero lo hacía para rastrear los cigarrillos que aún se podían fumar. Recogía colillas del suelo y se las fumaba nerviosamente una tras otra. También recogía vasos de la calle, encontrarse una cerveza o un cubata a la mitad le llenaba de una alegría inmensa, sobre todo cuando encontraba latas de cerveza sin abrir. Es increíble la cantidad de bebida alcohólica que uno puede beber gratis, pues se dejan vasos completamente llenos. Quizá los abandonan en los bancos cuando van a entrar a una discoteca. Mis amigos me advierten de los peligros de esta costumbre que Claudio me ha contagiado; los vasos pueden contener droga.  Pero no tendría ningún sentido poner algún tipo de substancia alucinógena para reírse del que la beba cuando los que lo han vertido allí el mejunje ya ni siquiera están presentes. Se pueden contagiar enfermedades, pero la mayoría de ellas no se contagian por la saliva y quiero creer que el 90% de los que dejan esas bebidas no tienen ninguna herpes labial o cosa parecida. 

 
Claudio animaba aquella improvisada reunión de amigos, porque Ignacia no era el alma de la fiesta precisamente. Era una mujer de etnia gitana con los ojos muy pequeños y llorones, bastante mayor y siempre triste. El otro día le robó la bolsa de los pinchos a Memón, y buena se armó. Memón los había dejado junto a su esterilla de dormir, cubierta la bolsa con unas mantas. Ella se los arrebató. Se lio una tremenda porque Ignacia le amenazó con que al día siguiente vendría su marido con la vara a darle una paliza.

Memón era un vagabundo árabe que dormía en la calle. Siempre ponía sus mantas para dormir debajo de la tienda de golosinas y del bar Bilbao, lugar en que Isabel situaba los mecheros y a ambos les gustaba fastidiar al otro y la polémica. Claudio tenía muchas ganas de pegarle una paliza al árabe, pero tenía un miedo irracional a que la policía lo acusara de racismo. Memón había marcado su territorio, como los gatos cuando orinan en su zona de confort, o como Hitler con su teoría del espacio vital. Ya decía Woody Allen que si escuchas mucho a Wagner te dan ganas de invadir Polonia. Memón no se hablaba con el resto de los vagabundos de la plaza, que le habían condenado a un ostracismo molesto.  Ponía la música del radio casete a pilas muy alto, le hacía compañía y nos miraba como un perro rabioso lleno de odio. A veces se fumaba un porro y la soledad se le hacía menos pesada. Otras veces venía al puesto de Isabel a increparla y molestarnos. -Habéis meado en la zona dónde duermo. Lo sé. Lo hacéis todas las noches- En realidad, aquella mancha era agua, que tiraban como resultado del fregado del bar antes de cerrar. Una vez tuvimos que llamar a la policía. Esta acudió presurosa imaginando un altercado de sangre y violencia y se encontró con una disputa baladí e infantil por un trozo de acera. -La policía no está para estas tonterías-, nos advirtió.   

 
En aquel grupo también estaba Carlos, que acababa de ser padre y constantemente nos enseñaba fotos por el móvil de su hija. “-Ha sacado la mala ostia del padre. Tiene un carácter que le vas a dar dos besos y te muerde” Carlos quería ser un padrazo ya desde el día que nació su niña y lo grabó todo con el móvil. De su mujer no hablaba bien, pues se desahogaba con nosotros, la mujer podía echarle una bronca de espanto y al día siguiente despertarles a besos del sofá donde había desterrado esa noche a su marido. Cuando había discusión en casa, Carlos venía aquí a oxigenarse y desahogarse. Carlos, a pesar de sus 23 años, presumía ya de ser padre. ¿Cómo se podía ser padre tan joven? Eso me hacía sentir mayor. Siempre me incomodan las personas con un nivel cultural inferior al mío pues me parece que han vivido más que yo. Hay una ley no escrita que nos obliga a disfrutar de la vida, reñida con el leer o estudiar. Decía Fitse; leer es no vivir y vivir es no leer. En aquella noche lo que triunfaba eran los gestos chabacanos, la inmanente levedad de las cosas, las actitudes obscenas; el pedo, el eructo y el griterío. Un conjunto de furia y ruido, de nadería, que nada significa, y que no persigue la belleza sublime, pero de eso es de lo que se constituye la mayor parte de la vida. También había en aquel cenáculo extraño un árabe que apenas hablaba. Estos eran los curiosos personajes que aquella noche me fueron presentados 
 
Los empecé a llamar desde entonces “los vagabundos” no preocupándome de la aporofobia que este término puede entrañar si no se expresa cariñosamente como yo lo hacía. Les llamaba “los vagabundos” igual que denominaba “el psicólogo” a mi amigo estudiante de sicología o “filosofo” al hombre que me daba clases gratuitas de pensamiento en distintos cafés. Tampoco era gramaticalmente correcto llamarles vagabundos; de aquel grupo sólo el árabe dormía en la calle. Los demás eran pobres, pero percibían una RGI (renta de garantía de ingresos), unos 600 e al mes y vivían en pisos de alquiler compartidos, todos ubicados en el casco viejo. Eran vagabundos en alma, si presuponemos un espíritu cosmopolita a esta figura idealizada del trotamundos. 

Después de conocerlos siempre que pasaba por la plaza nueva me paraba a saludarles. Como si tuviera una deuda de honor con ellos. No podía librarme de la necesidad de saludarles o pararme un rato a hablar y así de alguna forma visibilizarlos. A veces se establece una relación curiosa entre el que pide en la calle y el ejecutivo o funcionario que todas las mañanas pasa por esa rue para ir a la cafetería cercana en su minuto de descanso. Se establece un trato a veces incomodo, como si el pobre ya te conociera y de alguna forma te obligara con su mirada delatora acusadora e inquisitiva a dejarle unas monedas. En mi caso, lo que se fraguó fue una amistad que no entendía de clases sociales. 

No sé cómo acabé ahí esa noche. Nuria propuso ir al cumpleaños de Isabel y yo la seguí como un perro faldero. La plaza nueva estaba vacía esa noche, nunca la había visto tan oscura pues las farolas tenían su cristal roto. Era una noche cerrada y fría, el cielo lloraba como nunca, pero aquellos soportales me guarecían como si estuviera bajo muchas mantas en mi cama calentito y la lluvia picoteando la ventana. En verano el tiempo invitaba a esas tertulias, pero en invierno tampoco eran del todo desagradables, la lluvia refrescaba el parterre. Las parejas se despedían en los portales de su noche de besos. Los bancos lagrimeaban lluvia como niños pobres a los que se les caen los mocos. Los bares habían bajado sus persianas. Y un borracho se balanceaba apoyado en la pared. Deseé no cruzármelo, pero el hombre bebido se sumó al grupo de “los vagabundos”. 

 
Los bares estaban ya cerrando. Recogían las sillas. Los camareros vinieron con una bolsa llena de pinchos. A veces los del bar lo dejaban todo revuelto en una bolsa de plástico y parecía vomito. O los metían en una caja en la que se mezclaba la tortilla con las gambas o el huevo. Aun así, se lo llevaban a sus bocas sucias como si no hubieran comido nunca. A mí me daba pena que el camión de la basura cogiera la caja y la tiraba al contenedor que volcaba en su furgón, porque de aquella caja comía toda la plaza nueva. Pronto el circulo se fue ensanchando. No sé si estaba borracho, pero de repente desfilaban ante mí un montón de personajes literarios, quiero decir, un montón de caracteres y personalidades que bien podrían protagonizar o secundar mis cuentos. 

Isabel se había sentado en el borde de la calzada, delante de la tienda de chinos. En aquella tienda de golosinas se habían reído de mi cuando arrastraba bolsas cargadas de libros. Me los regalaban en un puesto los domingos, se deshacían de los que no habían conseguido vender endilgándomelos a mí. Estaba muy malito por esa época y los recogía porque eran gratis y eran libros. Me apenaba que los tiraran. Un amigo dice que idealizo los libros, no deja de ser letra impresa y muerta. Los libros sin portada me daban menos pena, eran libros sin alma, al menos exterior. Debe ser como los vegetarianos que sienten pena por los pobres corderitos o vacas, pero no por los mariscos, en especial si es langosta. Asesinaban libros. No podía verlos en los contenedores. De ahí a recoger basura había solo un paso, una débil frontera que uno puede traspasar si se descuida. Por eso no me parecía raro que los camareros dejaran aquellas bolsas de pinchos tiradas en la acera para que los cogiéramos. A veces venían con bandejas elegantes y pinchos separados. Ellos lo comían sin escrúpulo, aunque lo sirvieran mezclados. Lo que más me chocaba de todo eran las relaciones de poder que se establecían en torno a este regalo. Quería hacer un experimento sociológico o político. Nos han inculcado el sentido de propiedad, nos han enseñado desde niño que las cosas tienen su precio, que por todo hay que pagar algo, que nada es gratis ni dan duros por una peseta. De pronto aquellos pinchos desbarataban todas esas teorías neocapitalistas que parecían inherentes a la condición humana. Quizá lo inherente sea el trueque, el intercambiar cosas, no el capitalismo como está ahora montado. Y en el trueque siempre hay un elemento comunista y no consumista que es el compartir, algo tan cristiano en el fondo…Sobre esto reflexionaba en aquel momento, mientras os vagabundos se llenaban la boca de mahonesa y crema Cheedar. 

 
No sé si estaba borracho, pero todo aquello tenía la sustancia de la que están hechos los sueños. Esa atmosfera etérea, irreal, me hacía creer que estaba soñando. Los personajes eran demasiado literarios para ser reales. Isabel estaba alegre porque hoy había vendido tres mecheros a los viandantes y se había sacado 3 euros y quizá por eso se había permitido comer tanto, se estaba dando el premio de llevarse un burrito mexicano a la boca. También estaba contenta por su cumpleaños, pero eso era lo de menos. Sin embargo, aquel cumpleaños lo estropearon los aguafiestas de la policía que la reprendieron por vender mecheros en un puesto ilegal. “Haré que no he visto nada, que usted no está vendiendo nada y no tomaré parte del asunto. Pero si la vuelvo a ver me veré obligado a llevarme toda la mercancía” La policía no estaba para tonterías, pero sí para estropear cumpleaños. 

A mí siempre me ha parecido que su negocio de vender mecheros era una tapadera. Demasiada coincidencia que se pusiera a venderlos justo a las 11 de la noche, que cerraban los bares y dejaban lo sobrante en bolsas. A esa hora no hay tanta gente dispuesta a comprarte un mechero como a plena luz del día o de la tarde. Isabel no estaba obsesionada con recoger los pinchos, si se los daban bien, pero sí no se compraba unas patatas fritas y una lata de coca cola de los chinos y pasaba la noche igual, sin abandonar nunca su sonrisa. Creo que él que me obsesioné con aquellos pinchos, ese grial tan disputado, era yo, tan proclive a mis obsesiones de toda índole. 

Después de esa noche hubo más noches en las que comprobé que ese ritual culinario se repetía. Claro, por eso estaba tan gorda la señora.  Ella, sonriendo en todo momento, nos hablaba del curso que estaba haciendo para Lanbide.  La obligaban a hacer cursos en vez de buscarla trabajo. Los cursos de informática de nada la iban a servir si nadie la contrataba. Sentado en un banco de la plaza, comenté en bromas que estábamos haciendo la esquina. 

En esos momentos, como llamada por la broma de la esquina, apareció una prostituta real, no como las imaginaba en mi mente mistificadora de escritor. Le faltaba algún diente, y era fea, pero el cuerpo no estaba mal. Era lo que mis colegas de la universidad llamarían una M.I.L.F o una mujer madurita pero que aún se podía follar. Mis compañeros clasificaban a las mujeres en dos; las que se podían follar y las que no, porque eran feminazis. Había algo de infantil en esa definición inventada, en ese neologismo de feminazi, una forma ingenua de referirse a la mujer que te supera y no comprendes. La prostituta no parecía prostituta, supe mucho después que lo era. No sé cómo no me di cuenta. Tenía un rostro escuálido, estaba muy delgada, después me pregunté si tendría alguna enfermedad venérea o sexual, si aquella mujer desgarbada podría conducir a la sífilis y a la locura a sus amantes. Sus gestos eran vulgares y su actitud muy frívola, por su boca solo salían insultos y palabras mal sonantes. Estaba también ella algo borracha y se iba sujetando en la pared. Se balanceaba de un lado a otro. 

 
No sé si era el pedo que llevaba, pero aquella situación con los vagabundos lejos de incomodarme me divertía. Carlos nos puso el video del parto de su hija por octava vez, mis padres ni siquiera se acordaban del día que nací salvo porque celebraba los cumpleaños siempre en la misma fecha. En cierta forma me daban envidia aquellas vidas tan básicas y sencillas, sin preocupaciones intelectuales metafísicas. Hablaban de la mili y de sus gamberradas en los campamentos. Era una parte de la vida que me había perdido. La prostituta empezó a tirarle a Carlos bolas de papel y se pusieron ambos a jugar como chiquillos. Yo me subí a un alto de la pared, escalando unos pilotes. Hoy era el cuerpo y no la mente el que hablaba. El día de su cumpleaños ningún bar se acercó a ofrecernos pinchos, aunque Isabel había dispuesto una mesa y unos vasos y platos de plástico, como en los cumpleaños de los niños. Se pusieron a bailar coplas y sevillanas y sacaron muchas fotos. Isabel estaba más sonriente que nunca, aunque había suspendido el examen de Lanbide. Era la nadería en mitad de la noche, pero toda aquella felicidad improvisada debía ser escrita.

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