martes, 19 de julio de 2016

LA MUERTE



Mi abuelo dijo en el entierro de mi tío, el que murió con cuarenta años, “aquí no se queda ni el apuntador”. Y es cierto, en este teatro de la vida, en esta tragicomedia de la existencia, tarde o temprano se corren los vellones hasta del último figurante y lo más extraño de todo es que no por ello el espectáculo deja de continuar. Ósea que tu la espichas pero el universo sigue girando, ¡algo que se le hace tan difícil de aceptar a un adolescente como yo!. La vida es un teatro al que le dan por saco los actores, los espectadores, los figurantes y el bufón- narrador que aquí os cuenta esta historia.
Somos estrellas fugaces intentando dejar una estela de nuestro paso. Somos aves de paso que intentan siempre anidar en la eternidad. En esta vida estamos de tránsito, estrellas fugaces dejando a nuestro paso una estela de polvo dorado. Pasamos de todo, como Jesús, que pasó de largo por el mundo, según dice la Biblia. Viaje de la vida hacía Nunca Jamás, la tierra de Peter Pan. Del no ser dentro de un feto al no ser dentro de una caja de madero de pino. De una caja a otra caja, y en medio; este absurdo llamado vida, este teatro que hemos de improvisar y que, confesémoslo, no tenemos ni idea de cómo vivir. Somos niños que nos hacemos de nuevo niños en la vejez. De la nada nacemos y a la nada vamos. Pero no somos polvo, por Dios ¡que asco!, sino aire, éter, viento, esperanza, estamos hechos de ilusión y de altos aires, de suspiros, de aire enamorado que diría Quevedo.
La vida es un viaje donde no importa el llegar, o la meta, sino el mero viajar. Imagínate que lo importante fuera el fin y no los medios... entonces viviríamos para morirnos, ese sería nuestro objetivo vital y nuestro finalismo.... y así no hay quien viva. Por eso hay que vivir en la mentira, en la mentira de que la vida es eterna, soñar con que somos inmortales dioses (sabiendo que soñamos)
La vida, por decirlo matemáticamente, es una constante con muchas variantes y esas variantes somos los vivos. Ósea que a la Vida como tal le da igual los vivos, ella seguirá dale que dale con nuevos vivos.
Son cosas distintas la vida y los vivos, el objeto y sus sujetos. Los vivos somos los únicos que variamos, los dinámicos, los Heraclitos, en una vida y en una muerte estáticas, inamovibles. ¡no hay quien mueva la eterna muerte! La muerte se puede intentar evitar, se puede subir la esperanza de vida, pero ahí sigue ella, constante, cabezona diría yo, no se quiere ir de nuestra vida. Y tenemos que echarla, ya lo creo que sí, no podemos vivir en el nihilismo apegados a la conciencia de nuestra mortalidad. No podemos enamorarnos de la muerte aunque la muerte sea ese femme fatale de la que es tan fácil enamorarse.
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Uno no puede enamorarse de esta pálida dama de cara blanquecina, espigada guadaña, y sensuales labios. La muerte es una mala puta sidosa que a los enamorados de la muerte los vuelve unos pobres diablos cojuelos, cainiticos, unos románticos tísicos y tuberculosos. No la dejemos. No sé quien dijo que toda reflexión sobre la muerte nos impide reflexionar sobre esta vida. Y es que hay que vivir y hay que vivir con conciencia, reflexionar sobre la vida que vivimos. Y la muerte, bueno, con saber que ahí esta... ya vale. No hay que darla más importancia. La muerte es esa mujer fatal que siempre quiere llamar la atención y si la hacemos un poco caso la muy viciosa del narcisismo nos intentará robar toda nuestra vida. Deja entrar en tu vida a la muerte... y ya no la sacas de tu cabeza. A la muerte no hay que darla ni un vaso de agua. Lejos, lejos, lagarto, lagarto, como dice el sentido común de los gitanos. Vade retro, muerte, en esta puerta no entrarás porque estamos protegidos con los amuletos de esta vida. La muerte es el único problema sin solución, todo lo demás en la vida tiene una solución... aunque no podamos dar solución a todos los problemas. La muerte es el determinismo, el pathos y el inamovible status social (la muerte iguala lo mismo a pobres que a ricos, dijo Hegel, nos hace a todos iguales. Y allí van los señoríos, dijo Manrique)  Todo lo demás en la vida es movible, solucionable, siempre se pueden mover las X s y despejar las incógnitas, los misterios del hombre, con nuevos misterios por supuesto. Hallar la verdad es buscarnos nuevas mentiras sedantes. Todas las mentiras que nos seden del dolor de cabeza que nos da la conciencia de la muerte. Ese miedo a la muerte es el que mueve tanta producción de fármacos y medicamentos para el dolor de cabeza en este país. Es la conciencia de la muerte una de las causantes de los llenazos de los bares y de los plenos en los divanes sicológicos, en las sesiones espiritistas de reiki y nueva era, y en general... la mayor lacra, la peor peste, la enfermedad que nunca tendrá remedio. Todo eso es la puta llamada Muerte, con su rostro de Nacha Guevara, su pelo lacio y azabache y su manto oscuro. Esa muerte que juega al ajedrez con el medieval. Esa muerte que se lleva siempre a los mejores, porque los peores se enraízan en la vida como malas hierbas. Puta muerte, muerte ¡que cara te vendes!, puta de lujo, puta de barrio y arrabal, da igual, la muerte no distingue jerifalte de piltrafilla, la muerte pone a cada cual en su lugar (no en el cielo o en el infierno sino en un dorado sepulcro familiar o en un nicho común o en una urna de cenizas)
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La reflexión actual sobre la muerte no es la antigua, entre inmortalidad o perennidad, eso ya se ha zanjado. Sabemos que al menos quedaremos en el recuerdo de los seres queridos. La única reflexión en torno a la muerte que los pocos filósofos que queden pueden hacerse hoy es... ¿dejaré mis huesos a una academia para que estudien “mi alma”? ¿donaré mis órganos a una persona que los usará, siendo poseída por tu alma? ¿me dejaré calcinar y chamuscar como un perrito caliente contribuyendo de paso a la contaminación atmosférica de una de estas incineradoras tan postmodernas?
¿me enterraré bajo un árbol celta al modo romántico intentando así sobrevivir en un libro, un árbol y un hijo, enraizándome en la tierra? ¿seré devorado por un perro con hambre?
¿será mi karma reciclada por una pobre mariposilla de esas que sólo viven un efímero día? ¿vendré en un eterno retorno, cuando resuciten los cuerpos en plan zombi, y volveré a ser yo mismo tal y como yo era? ¿me microgeneticaré o congelaré dentro de una cámara frigorífica del Mc Donald para que me descongelen los aliens? He aquí la actual reflexión sobre la muerte, la única posible, he aquí el dilema. He aquí la cuestión. Ser o no ser, dormir, morir, tal vez soñar.  Mis abuelos han decidido irse a vivir frente al cementerio para - según ellos- ahorrarnos el trasporte y el coche funerario. Cada mañana yo despierto y veo por los ventanales un cementerio funcional, modelo americano. Quisiera yo ser un romántico de esos y pasear por un cementerio gótico con panteones lánguidos donde orinan los perros. Quisiera yo que al menos los cementerios tuvieran un estilo y estética más romántica. Así al menos sería posible querer creer en algo. No me creo que los chinos no se entierren y me los haya comido yo en mi hamburguesa. Flipo también con el panteón funerario estilo faraónico de un gitano que se ha llenado la tumba de baratijas y oropeles de falso oro, con todo lo robado en un banco. Flipo con las plañideras gitanas que se pasan días y noches llorando ante la tumba de su hijo heroinómano. Todo el clan reunido rindiendo culto a sus muertos y ancestros. Y lo comparo con la hipocresía, la entereza y la lagrimita de compromiso de nuestros entierros actuales y me digo que los gitanos al menos aún sienten amor, a diferencia de nosotros. Y luego intento celebrar la muerte de mi amigo el poeta emborrachándome por los bares y pasando la urna entre los colegas, como un peloto de fútbol, pero veo en todo esto frivolidad y otro tipo de hipocresía; la de reír para no llorar, la de intentar que el epicureismo y los mares de alcohol te hagan olvidar, sedarte. Pero hay momentos para todo, y hay momentos que sólo pueden ser para llorar. Por mucho que toquen jazz los de Nueva Orleáns, ni la mejor mascarilla facial y crema cosmética te libra en ese momento de llorar. A veces es bueno y sano llorar, las lágrimas son nutritivas, nutren la tierra de nuestros muertos, pero sin pasarse tampoco, no vaya a ser que los ahoguemos. ¿cuánto debemos llorar en un entierro? Llora hasta que por dentro una voz, la del muerto, te consuele. En un entierro sólo el muerto te sabe consolar. 





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